Luna en la Oscuridad

Luna en la oscuridad

Por FPM 

En ese tiempo anduvo como buscando cosas que tenían que ver con él, o al menos esas que se sientan en la butaca de la sala de espera que queda en frente de la puerta de la percepción interior. Era para él esa parte del día —o de la noche— que se divide entre lo que se presume como real y todo lo que vive como ideal, que asoma en el llano de la mente como un camino de expectativa constante.

La inconsciencia de ese estado supremo del yo, ese lugar de la mirada del amo de la sombra de él mismo. Por eso, ese andar por los ríos de una zona que es ajena a la parte social lo llenaba de problemas del tipo universal, esos que arden en la curva que conduce a ciertos estados de locura apagada, reprimida. Para él las relaciones personales eran laberintos difíciles, no quería conciliar a cada momento. En cada soplo en el que se entablaba de forma sugerida —casual u obligatoria— los climas lo atormentaban, pero no podía responder.

No quería que eso lo desemboque en una esquizofrenia absurda, víctima del encuadre de normas con jurisdicción inmediata a la sensibilidad del ser. Entonces, esa búsqueda se volvía eterna y todos los días era un problema nuevo. Así, durante poco menos que la mitad de su paso por el aire, tarea que lo convirtió en un ser que respondía de modo automático, reciclable, pasajero. Cada relación social era un partido en el estrecho de lo que está empeñado en ser un bien, un gesto, con la otra cara de la luna, esa que mira en la oscuridad.

Una de esas veces, prefirió retirarse, respirar la tregua, desandar el instinto. Ahí estaba el punto. Ese no ser que desea y se apaga, aunque sabe de regresos continuos. Sentía en reflexión, los flechazos de su ego permeado por la idea de saberse menos al momento de comunicar eso que desde adentro hablaba como un desquiciado.

Era el alter ego ese que se callaba, pero lloraba imbuido en las gotas de la resignación. No podía aunque desease que se alejen para jamás volver. Hasta que la conoció una noche caminando solo, en medio de una reflexión filtro. Se vio aturdido, sintió que por un momento —el cruce de las miradas, el latido distinto— todo cesaba. Incluso el vacío.

La conocía. Sabía que alguna vez sintió lo mismo. Que la vivió en la sangre. Como cuando era un púber y observó deseoso los pechos una mujer de cuarenta en la plaza, con dos bolsas de supermercado en cada mano. Blusa blanca ajustada. Perfume de mujer. Cremas de jazmín. Piel dorada del sol. Lentes negros. Aires de mamá con hijos maduros. Fue un momento único.

Una queja interior le dio puntadas de calor desde la nuca hasta los meñiques. La sed en su lengua. Los ojos como láser. El deseo en sus pantalones. Vio el andar de eso que se presume en el aire e insinúa el candor de un hambre de esperar. Después, su experiencia no fue mucha, aunque menos que la que esperaba. Después de un mal brebaje, perdió la sed, se le acabaron las reservas de sudor en invierno, la leña del hogar que daba energía al alma de la queja erótica, procaz, animal.

La vio pasar. De nuevo sintió lo mismo, pero en su actualidad, en una forma interior, en el cuero, en el centro de su garganta. Los dos estaban entrados en años. Salía de comprar cigarrillos, siguió al acecho. A las tres cuadras, aún la perseguía con la idea puesta en el instante del careo. Ella llevaba puesta ropas de media mañana. Un joguin negro con su forma de mujer que no perdió lo bello ni las esperanzas.

El pelo atado, mojado en una mañana como las de todas las mañanas de sus días. Él apretó el paso y vio como sus bolsas de supermercado le daban un marco de simpleza que le atravesó el pensamiento. Se volvió a enamorar. La mujer llegó a su casa, él no se animó.

Al llegar a su departamento puso la radio a fondo, fue al baño y comenzó a cocinar nervioso. Desde el éter viajaba una balada acústica. Sin saber de qué se trataba, el mensaje le llegó desde la música porque sintió que todo giraba en torno de él, que hablaba solo, pensaba, armaba.

—¿Qué tengo que hacer, la puta madre?

Almorzó tranquilo con un zapping acostumbrado, protestando frente a la tv esas cosas que no quería tragar. Juntó los platos, lavó sin espuma, secó mirando el sol por la ventana que a la una entraba sin tostar. La pensó de nuevo. La imaginó en la ducha, por la mañana, sacándose la bata, desatándose el pelo, con ropa interior blanca inmaculada, sus piernas a base cremas, los senos desnudos, el espejo, los besos. La llamó, contó sus deseos. Esperó. Por la tarde se encontraron y comenzaron a armar esta historia que sigue sin fin.

Foto de portada por Nico B Mansilla.