Niña-mirando-por-la-ventana

Superstición

Por Félix Mansilla

Superstición. Esa es la palabra. Cada vez que me recuesto en los asientos solitarios en penosos colectivos siento la mirada de gente que no me está mirando. De algún modo, en mi entrega al sueño con los minutos o segundos contados me sucede esto, pienso supersticiosamente.

No sé bien lo que es en realidad la superstición. No sé realmente por qué me ocurre cada vez que viajo. Pero lo raro es que sólo en los viajes de vuelta a casa. No ocurre cada vez que me recuesto en el camino de ida. Las imágenes, los planos, las secuencias se parecen a los films de terror/suspenso. Luego de recostarme, de intentar dejarme atrapar comienza la superstición.

Sudor, temblor, frío. Paz/falsa tranquilidad y nuevamente sudor, temblor, frío. La noche se convierte cada vez en más noche y he llegado a vivir situaciones en las que perdía a mi familia, volvía a mis noches de insomnio de la infancia, aquella caída a un pozo en el que estuve toda una tarde atrapado, llorando sin parar y temiendo nunca salir.

En un viaje, de esos de los que en parte describí, los movimientos que veía, aun con los ojos cerrados, no dejaban de aterrarme. El camino se volvía de colores confusos y terrenos sinuosos en los que no podía caminar sin tropezar y moverme con tranquilidad. El viento no tenía fuerzas, pero hacía de mí un ser indefenso.

No podía salir. Los movimientos de mis manos, piernas y actitud nada podían hacer para salir de aquel ruinoso paisaje. Y a todo esto se debe sumar mi rendición ante tan imposible búsqueda de una rápida salida de aquel sueño. No existía un plan alternativo. Mi derrota temporaria ya estaba afirmada. Sudor, temblor, frío. Rendición.

Superstición, sabía que era la superstición. Ella me perseguía en cada regreso a casa y tras despertar, indicar al chofer cuál era mi parada, bajar, sentir el frío, el invierno y pensar sólo en la cena y en los niños y en mi mujer, esa pesadilla rondaba cada poro de mi ser hasta descolgar mi ropa en el perchero.

Sentir el calor familiar, el cariño de los seres de mi ser, la semilla que construye mi felicidad cada día, dejaba a un lado todo el sudor del viaje rutinario y temeroso. Hasta caer tumbado en la cama, hablar con ella, pensar en mañana y comenzar a dormir, los pensamientos fríos de mi cabeza apoyada en el asiento de aquel colectivo volvían para no irse hasta que de un tirón decidía sacarlos de mí.

Cansado tras un día laboral ya lejano, a la espera de mi superstición con ruedas, el ansiado regreso se afirmaba como una secuencia de la que intentaba escapar. Sudor, temblor, frío. Mi cansancio era un hecho, mi rendición a que el viaje sea más corto una ilusión y el temor a entrar en la pesadilla un embudo difícil de desbandarse.

Por eso, cada regreso a la secuencia de temor, frío y temblor ya era una costumbre. Una costumbre de la que quería salir. Pero inevitable de borrar. Fácil de volver a sentir, difícil de intentar escapar, ilusoria, volátil, desgarrada, interiorizada. Sudor, temblor, frío. Regreso, escape, salida, fuerzas, luchas. Parada, ansias, hogar, sueño y superstición.