Niña-mirando-por-la-ventana

Superstición

Por Félix Mansilla

Superstición. Esa es la palabra. Cada vez que me recuesto en los asientos solitarios en penosos colectivos siento la mirada de gente que no me está mirando. De algún modo, en mi entrega al sueño con los minutos o segundos contados me sucede esto, pienso supersticiosamente.

No sé bien lo que es en realidad la superstición. No sé realmente por qué me ocurre cada vez que viajo. Pero lo raro es que sólo en los viajes de vuelta a casa. No ocurre cada vez que me recuesto en el camino de ida. Las imágenes, los planos, las secuencias se parecen a los films de terror/suspenso. Luego de recostarme, de intentar dejarme atrapar comienza la superstición.

Sudor, temblor, frío. Paz/falsa tranquilidad y nuevamente sudor, temblor, frío. La noche se convierte cada vez en más noche y he llegado a vivir situaciones en las que perdía a mi familia, volvía a mis noches de insomnio de la infancia, aquella caída a un pozo en el que estuve toda una tarde atrapado, llorando sin parar y temiendo nunca salir.

En un viaje, de esos de los que en parte describí, los movimientos que veía, aun con los ojos cerrados, no dejaban de aterrarme. El camino se volvía de colores confusos y terrenos sinuosos en los que no podía caminar sin tropezar y moverme con tranquilidad. El viento no tenía fuerzas, pero hacía de mí un ser indefenso.

No podía salir. Los movimientos de mis manos, piernas y actitud nada podían hacer para salir de aquel ruinoso paisaje. Y a todo esto se debe sumar mi rendición ante tan imposible búsqueda de una rápida salida de aquel sueño. No existía un plan alternativo. Mi derrota temporaria ya estaba afirmada. Sudor, temblor, frío. Rendición.

Superstición, sabía que era la superstición. Ella me perseguía en cada regreso a casa y tras despertar, indicar al chofer cuál era mi parada, bajar, sentir el frío, el invierno y pensar sólo en la cena y en los niños y en mi mujer, esa pesadilla rondaba cada poro de mi ser hasta descolgar mi ropa en el perchero.

Sentir el calor familiar, el cariño de los seres de mi ser, la semilla que construye mi felicidad cada día, dejaba a un lado todo el sudor del viaje rutinario y temeroso. Hasta caer tumbado en la cama, hablar con ella, pensar en mañana y comenzar a dormir, los pensamientos fríos de mi cabeza apoyada en el asiento de aquel colectivo volvían para no irse hasta que de un tirón decidía sacarlos de mí.

Cansado tras un día laboral ya lejano, a la espera de mi superstición con ruedas, el ansiado regreso se afirmaba como una secuencia de la que intentaba escapar. Sudor, temblor, frío. Mi cansancio era un hecho, mi rendición a que el viaje sea más corto una ilusión y el temor a entrar en la pesadilla un embudo difícil de desbandarse.

Por eso, cada regreso a la secuencia de temor, frío y temblor ya era una costumbre. Una costumbre de la que quería salir. Pero inevitable de borrar. Fácil de volver a sentir, difícil de intentar escapar, ilusoria, volátil, desgarrada, interiorizada. Sudor, temblor, frío. Regreso, escape, salida, fuerzas, luchas. Parada, ansias, hogar, sueño y superstición.

insomnio

Insomnio

Por Félix Mansilla

Tengo esa tristeza de domingos de invierno a la tarde por llover. No la busco, pero sé que me hace falta. A veces. O no, quizá.

Espero tener ese insomio que deseo y que me inspire para pensar, armar, concluir, desarmar, inventar, recordar, valorar, deshechar, añorar, amar, querer, odiar, sentir, continuar, decidir, esperar, reflexionar, intentar, olvidar, extrañar, mirar, seguir, caminar, dormir…volver…estar…

Ahora es todo lo que busco y espero. No son días fáciles. Hace mucho que no los sentía. The Beatles, Spinetta, Lennon de fondo, la tristeza en mis espaldas y la energía delante mis ojos.

Los recuerdos en el cajón, los libros por leer, los discos por disfrutar, los días por llegar y las esperanzas de querer cambiar. Es una noche más, lo sé, pero el temor interno no se fuga y hace doler.

Todavía espero su despedida. Todavía pienso. Más me culpo, menos quiero olvidar. Pero es una noche más. Seguro…

Más en el blog Comouncuentoveo

rincones

Casitodo

Por Nicolás Bernal

Todo me gusta, casi todo
las cosas que son a tu modo
pregunto casi todo.

Vivimos tantas veces rodeados de estupideces
que nos para la secuencia de dejarnos en el olvido.

Estamos lejos de perdernos
en problemas yo te enredo
y bajamos contra el sol
rematando corazones.

En mi vida hay pocas soluciones y los limites se vuelan.

Entre tranqueras y otras trancas
en mi cabeza y otras yerbas.
Que consumo el de la espera.

Me gusta casi todo.
Revolcarnos en el piso
naufragarte con mi lengua.
Del placer a la condena.

De las risas a las prisas
de dejar todo de lado
y que sea lo quiera.

Me gusta casi todo.
Que me encierres por capricho
y que me escape por heridas
que no se cicatrizan
que preguntan todavía
cómo estás en todos los rincones más oscuros de mi vida.

Más en el blog Brevestiemposraros

1-Alerta_hoy

Reflexiones de Una Goma

«Los carteles con instrucciones de procedimiento en caso de incendio son completamente inútiles. No imagino a nadie que, corriendo por su vida en completo estado de pánico, se detenga a leerlos».

«Se puede saber que tan ansiosa está una persona por la cantidad de veces que baja de la vereda hacia la calle para ver si viene el colectivo».

«Alguien tiene que ponerle las cosas en su lugar a los meteorólogos. No puede ser que se basen en predicciones cuasi astrológicas cual Horangel, sin tener una certeza mínima sobre lo que puede o no caer sobre nuestras cabezas.

“El día de hoy se presenta soleado, probablemente desmejorando hacia la tarde, con probabilidades de lluvia en el área metropolitana, probabilidades de chaparrones en ciertas áreas, probabilidades de vientos fuertes, probabilidades de granizo, probabilidades de mantenerse así durante toda la semana”».

Más en el Blog unagoma

Pink-Freud_7732-l

Pink Freud

Por Mariano Contrera

El doctor Zamudio estaba contando otra de sus inverosímiles historias en el bar cuando me acerqué a la mesa. Me saludaron los parroquianos, para luego continuar con el relato. Afortunadamente recién había comenzado, por lo cual podía llegar a tomar el hilo de la anécdota. Aparentemente, se trataba de un extraño caso que había tenido con un joven paciente, de unos seis años de edad. Me llamó la atención, e incluso me pareció poco creíble, que atendiera niños en su consultorio, dado que es psiquiatra sin ningún tipo de especialización en esa área, pero decidí darle el beneficio de la duda y seguir creyéndole.

―Sería allá por el año 84, 85, más o menos. Puedo calcular la época porque andaba en el Peugeot 504, y lo compré cerca de ese año. Cero kilómetro, full, asientos de cuero… un maquinón. Verde oliva era el color, con caja de quinta. ―Una breve pausa, y la mirada del relator se perdió por un instante en la vidriera, tal vez rememorando el auto que tanto añoraba, o tal vez mirando algún culo que pasara por afuera.

Bueno, volviendo al tema. Aún puedo ver en mi memoria la desesperación de sus ojos. Esos padres primerizos al borde de las lágrimas, rogándome que los ayudara y que ayudara a su hijo. Me comentaron que el pobre niño sufría algún tipo de autismo, no de los más graves pero tampoco de los más leves. En ese entonces, este desorden no estaba completamente estudiado y había pocas certezas sobre los tratamientos a seguir.

No se sabía mucho del tema. La señora estaba muy buena, rubia con rulos, tez bastante clara y un buen cuerpo. El tipo, por otra parte, tenía una reverenda cara de pelotudo a pedal. Muy buenas personas los dos. Concertamos otra cita, pero en la siguiente debían concurrir con Tomasito, el nene en cuestión.

Alcides se llamaba, lo averigüé luego de un tiempo. En ese entonces sólo se lo conocía como El doctor. Cerca de los sesenta, el tipo ya estaba retirado de todo consultorio psicológico y psiquiátrico. Solía darle recreo al secreto profesional dentro de la confianza del bar, y comentar locuras y chusmeríos de los vecinos. Ya estaba jubilado, por lo que todo le chupaba un huevo. Éramos cuatro aparte de él en la mesa. El flaco Ramírez, el Tero, Lucho y yo, todos expectantes del relato.

―A la próxima aparecieron con el pendejo. Hablé un par de pavadas con los padres y los saqué afuera. Estando solo con el pibe, nos sentamos en el piso a jugar con unos autitos que llevé para la ocasión. Parecía bastante normal en la manera de jugar, sólo que no me registraba para nada. Le hablaba y nada, no respondía ni con un gesto siquiera.

Si apenas le tocaba el brazo o lo rozaba en lo más mínimo, se ponía inquieto, pero tampoco se desesperaba. Directamente me ignoraba. Transcurrieron así varias sesiones, tal vez siete u ocho meses. Había poco avance, pero es normal. Encima yo iba como a la deriva, ya que jamás había tenido un caso similar.

Tomó un sorbo de café del diminuto pocillo. Noté que el tamaño de los mismos disminuía cada dos o tres años. No solo en el bar de Manuel, sino en todos los lugares en general. Es una vergüenza pagar quince mangos por un dedal de café, pensé. El doctor y licenciado lo pedía regularmente con una medida de JB, luego de hacer una especie de fondo blanco con el café ya frío, hacía durar el whisky una media hora aproximadamente. Siempre de impecable saco marrón a cuadritos, y camisa desprendida debajo. Acostumbraba vestir formal, conservando una impronta y una presencia impecables, sólo que un poco pasado de moda, pero entendible considerando que ya estaba entrando en los sesenta años de edad.

―Empezaron temprano los calorcitos ese año, por lo que sugerí a los padres que se tomaran un fin de semana en la costa o en algún lugar descampado, como para que se relajaran un poco y a la vez el niño tuviera algo de esparcimiento. Estábamos teniendo sesiones dos o tres veces por semana, la mayoría de ellas ad honores, estaba intrigado y a la vez emperrado en buscar una solución o una ayuda, ya se había vuelto un desafío personal; pero todos necesitábamos un descanso. Yo me quedé en mi casa con la que en esa época era mi señora, ellos aprovecharon mucho más el receso, fueron a Aguas Verdes, un lugar en la costa de lo más tranquilo y decadente.

Hizo una pausa para prender un cigarrillo. Pidió fuego a uno de los oyentes, aspiró profundamente mientras una espesa y lechosa nube envolvió su rostro arrugado. Los bigotes canosos pero amarillentos por la nicotina revelaban su adicción. Aclaró su garganta y la aceitó con algo más de whisky. Sostenía el cigarrillo de una forma particular, entre el dedo mayor y el anular, éste elemento en su mano izquierda era el complemento ideal para darle más énfasis y seriedad a los aparatosos gestos que acompañaban su relato. Continuó:

―Al regresar de su viaje, inmediatamente me llamaron a mi casa, en esa época no existía el celular, con una emoción desmedida, y luego de un par de intentos por hacerse entender a pesar de los llantos, me contaron sobre su excursión. La emoción les impedía expresarse bien. Luego de unos minutos lograron calmarse, y los jóvenes padres narraron detalladamente su travesía.

Era domingo a la noche, y a pesar de que me había clavado un vinito con la cena, hice un esfuerzo por seguir el hilo de la noticia que me contaban. El viaje había sido normal, el niño en el asiento de atrás, con la vista perdida en la ventanilla, sin hablar una sola palabra ni expresarse de ninguna manera, ni un grito ni un quejido siquiera. Durmió solamente un rato en el interminable viaje de cinco horas en el Fiat 128 turquesa. Al llegar al pueblo, se dirigieron directamente a la playa.

Ante la desesperación de la joven pareja, ni bien se detuvieron el niño abrió la puerta y salió corriendo, delirante de felicidad. Según ellos, el nene había jugado durante horas e incluso había interactuado con sus progenitores de una manera demasiado afectiva para él, llegando incluso al grado de abrazarlos. No era que yo desconfiara de la buena fe de ellos, pero quería comprobarlo yo mismo, quizá sus grandes deseos de ver una mejoría los habían engañado y los hacían ver cosas inexistentes o no tan trascendentales.

Les dije que se lo tomaran con calma, que a pesar de haber experimentado ese supuesto cambio drástico, el niño estaba lejos de una cura completa y definitiva, pero que todo avance era positivo. Yo quería verlo con mis propios ojos, por lo que pactamos un viaje a la costa todos juntos.

Alcides dio la última pitada al cigarrillo y lo apagó en el cenicero con enérgicos movimientos. (Me cuesta llamarlo por su nombre de pila, Doctor Zamudio conlleva otra investidura.) Casi ni lo fumó, de hecho lo prendió al pedo, pero hay ciertos fumadores que disfrutan el sólo hecho de sostenerlo en sus dedos, por costumbre; se sienten como desnudos, o no saben qué hacer con las manos si no sostienen a su incondicional amigo en brasas.

Se rascó el bigote, y se pasó la mano por sobre el canoso y engominado pelo. Lo tenía extremadamente blanco, y el gel berreta que usaba (o tal vez, las grandes cantidades del mismo) le producía una desagradable y cuantiosa caspa, parte de la cual cayó como copos de nieve sobre los hombros del ruinoso saco a cuadros, estilo príncipe de Gales.

―Tuve una sesión con el niño antes de la excursión costera, sinceramente no noté mejoría alguna, ni se dio cuenta que estaba conmigo, pero ante la insistencia de la pareja acepté viajar. Fuimos en mi auto, salimos bien temprano la mañana del sábado para llegar a la tarde y aprovechar el día en la playa. A eso del mediodía estábamos allá. Dejamos las cosas en el departamento que habían alquilado y fuimos directo a la orilla del mar. La reacción de Tomasito fue tal cual me habían dicho ellos. Juro por Dios que no lo podía creer. ―Agitaba la mano enérgicamente, sosteniendo el vaso de whisky en su mano derecha, con los tintineantes trozos de hielo, sin que una sola gota se derramara.― ¡El pendejo salió corriendo como gato quemado, se metió en el agua y no salió como por cinco horas! No lo podía entender. El domingo arrancamos el día de playa desde temprano. Le compré un barrenador de telgopor al niño para que jugara con las olas, y de paso usarlo como excusa para poder meterme a jugar con él en ese extrañamente calmo mar.

Paramos sólo para almorzar y merendar, luego estuvimos horas y horas en el agua. Ya cerca del amanecer, el sol caía y la marea crecía. Quedamos exhaustos los dos y nos sentamos en la arena húmeda observando el paisaje. Los dos ahí tendidos, frente a la inmensidad del mar y el hipnótico sonido de las olas, era el momento perfecto para retomar la terapia. Sin quitar los ojos del horizonte, le pregunté si realmente sabía lo que le pasaba. No esperaba respuesta alguna en realidad, por lo que la sorpresa fue mayor al oírlo.

Giró lentamente la cabeza para poder mirarme. Con la voz más suave y tranquila imaginable, pero a la vez con la precisión de un hombre adulto y sabio, me dijo algo más o menos así: “Mire, doctor, yo sé que ustedes creen que soy autista, y tal vez lo sea en alguna medida. También sé que tengo una inteligencia superior a lo que corresponde a mi edad, pero yo estoy bien, no se preocupen por mí.”

»Me quedé paralizado, fue una mezcla de temor, de sorpresa y hasta de vergüenza. No sé, pero fue de lo más asombroso que me haya pasado. Pasaron unos segundos o tal vez algunos minutos, no lo recuerdo, permanecí mudo, no sabía qué contestarle a esa persona adulta dentro del niño. “Escuchame, nene, ¿por qué entonces no te comportás como todo chico? ¿O por qué tenés problemas para relacionarte si sos tan inteligente? ¿Qué tiene el mar que te deja liberarte?”

El pibe la tenía re clara. ¿Sabés lo que me contestó? Me dijo algo así: “Es que a mí no me interesa relacionarme con nadie, entiende. Que el ser humano es un ser social y que no puede vivir aislado de la sociedad es mentira, es un invento de la modernidad que intenta bombardear nuestra vida a través de los medios de comunicación. Yo disfruto estando aquí, siento que Aguas Verdes es mi lugar en el mundo, ¿entonces por qué debo mantener una vida en la cual soy infeliz? No me interesa nada más que el mar, porque sólo aquí soy yo, soy libre.”

»No sabía qué decirle al pendejo. ¿Que cuando uno llega a la adultez debe vivir sometido a una vida socialmente aceptable y preestablecida, aunque no es la que uno quiera? ¿Que es de gente seria y grande trabajar todo el día como esclavo, vivir en un lugar contaminado de mierda y encima no disfrutar ni un segundo de paz? Era muy cruel decirle que la felicidad era un cuento de niños, que en realidad no existe, que sólo pasa en las películas. ―Alcides Zamudio estaba al borde de la silla, apoyando los codos en la mesa. A pesar de haber contado varias veces la anécdota, todavía se posesionaba y tensaba al punto de emocionarse de la forma más profunda.

Ante el silencio atónito que el doctor dijo mantener frente a las declaraciones del niño, éste reafirmó su postulado:
―¿Acaso usted no tenía sueños en su infancia? ¿O un lugar en el que simplemente fuera feliz sin la necesidad de nada ni de nadie más? Tal vez un rincón de la plaza, una calesita, o simplemente la cima de un árbol al cual trepaba. No creo que sea necesario abandonarlos. ―“Pobre niño tonto”, pensó el psicólogo, “no sabe lo que le espera en la vida, cuántas desilusiones tendrá por delante”.

―Hice un pacto con el infante para que tratara de ser más sociable, en especial con su familia, a cambio yo debía convencer a sus padres de mudarse a Aguas Verdes. Nunca lo volví a ver al pibe, ya debe ser todo un hombre. Yo, por mi parte, tomé algo de la enseñanza del pibe sobre no abandonar los sueños de niño, y aprendí a tocar la guitarra. Junto con otros dos médicos del pabellón psiquiátrico del hospital formamos una banda de rock, “Pink Freud”.

Se recostó en la silla al terminar la oración, mirando hacia el ventilador de techo del bar. Parecía estar aliviado de sacarse la anécdota de encima. Prendió un segundo cigarrillo, pero esta vez con una expresión de placer, como si hubiera finalizado de hacer el amor.
Reinó el silencio en la mesa, y por un par de segundos todos pensamos y recordamos esos deseos de temprana edad, esos anhelos más básicos y esenciales, esos sueños inconclusos de la niñez… pero hubo un gol de Chacarita en el televisor que, de golpe, nos hizo volver a la horrenda realidad.

(Este cuento pertenece al segundo libro de Contrera “Media hora de felicidad”, finalista del I Concurso Litteratura de Relato).

Luna en la Oscuridad

Luna en la oscuridad

Por FPM 

En ese tiempo anduvo como buscando cosas que tenían que ver con él, o al menos esas que se sientan en la butaca de la sala de espera que queda en frente de la puerta de la percepción interior. Era para él esa parte del día —o de la noche— que se divide entre lo que se presume como real y todo lo que vive como ideal, que asoma en el llano de la mente como un camino de expectativa constante.

La inconsciencia de ese estado supremo del yo, ese lugar de la mirada del amo de la sombra de él mismo. Por eso, ese andar por los ríos de una zona que es ajena a la parte social lo llenaba de problemas del tipo universal, esos que arden en la curva que conduce a ciertos estados de locura apagada, reprimida. Para él las relaciones personales eran laberintos difíciles, no quería conciliar a cada momento. En cada soplo en el que se entablaba de forma sugerida —casual u obligatoria— los climas lo atormentaban, pero no podía responder.

No quería que eso lo desemboque en una esquizofrenia absurda, víctima del encuadre de normas con jurisdicción inmediata a la sensibilidad del ser. Entonces, esa búsqueda se volvía eterna y todos los días era un problema nuevo. Así, durante poco menos que la mitad de su paso por el aire, tarea que lo convirtió en un ser que respondía de modo automático, reciclable, pasajero. Cada relación social era un partido en el estrecho de lo que está empeñado en ser un bien, un gesto, con la otra cara de la luna, esa que mira en la oscuridad.

Una de esas veces, prefirió retirarse, respirar la tregua, desandar el instinto. Ahí estaba el punto. Ese no ser que desea y se apaga, aunque sabe de regresos continuos. Sentía en reflexión, los flechazos de su ego permeado por la idea de saberse menos al momento de comunicar eso que desde adentro hablaba como un desquiciado.

Era el alter ego ese que se callaba, pero lloraba imbuido en las gotas de la resignación. No podía aunque desease que se alejen para jamás volver. Hasta que la conoció una noche caminando solo, en medio de una reflexión filtro. Se vio aturdido, sintió que por un momento —el cruce de las miradas, el latido distinto— todo cesaba. Incluso el vacío.

La conocía. Sabía que alguna vez sintió lo mismo. Que la vivió en la sangre. Como cuando era un púber y observó deseoso los pechos una mujer de cuarenta en la plaza, con dos bolsas de supermercado en cada mano. Blusa blanca ajustada. Perfume de mujer. Cremas de jazmín. Piel dorada del sol. Lentes negros. Aires de mamá con hijos maduros. Fue un momento único.

Una queja interior le dio puntadas de calor desde la nuca hasta los meñiques. La sed en su lengua. Los ojos como láser. El deseo en sus pantalones. Vio el andar de eso que se presume en el aire e insinúa el candor de un hambre de esperar. Después, su experiencia no fue mucha, aunque menos que la que esperaba. Después de un mal brebaje, perdió la sed, se le acabaron las reservas de sudor en invierno, la leña del hogar que daba energía al alma de la queja erótica, procaz, animal.

La vio pasar. De nuevo sintió lo mismo, pero en su actualidad, en una forma interior, en el cuero, en el centro de su garganta. Los dos estaban entrados en años. Salía de comprar cigarrillos, siguió al acecho. A las tres cuadras, aún la perseguía con la idea puesta en el instante del careo. Ella llevaba puesta ropas de media mañana. Un joguin negro con su forma de mujer que no perdió lo bello ni las esperanzas.

El pelo atado, mojado en una mañana como las de todas las mañanas de sus días. Él apretó el paso y vio como sus bolsas de supermercado le daban un marco de simpleza que le atravesó el pensamiento. Se volvió a enamorar. La mujer llegó a su casa, él no se animó.

Al llegar a su departamento puso la radio a fondo, fue al baño y comenzó a cocinar nervioso. Desde el éter viajaba una balada acústica. Sin saber de qué se trataba, el mensaje le llegó desde la música porque sintió que todo giraba en torno de él, que hablaba solo, pensaba, armaba.

—¿Qué tengo que hacer, la puta madre?

Almorzó tranquilo con un zapping acostumbrado, protestando frente a la tv esas cosas que no quería tragar. Juntó los platos, lavó sin espuma, secó mirando el sol por la ventana que a la una entraba sin tostar. La pensó de nuevo. La imaginó en la ducha, por la mañana, sacándose la bata, desatándose el pelo, con ropa interior blanca inmaculada, sus piernas a base cremas, los senos desnudos, el espejo, los besos. La llamó, contó sus deseos. Esperó. Por la tarde se encontraron y comenzaron a armar esta historia que sigue sin fin.

Foto de portada por Nico B Mansilla.

Dolores

Siempre fueron dolores

Por Nicolás Bernal

Las horas vacías que se esfuman quedándose perdidas.
Los días, la vida y todo es distinto.
Pensamos y nos pensamos.

Reflexiono y me digo: siempre fueron dolores.
Los míos y ajenos en tantos caminos que fueron al pedo si siempre el destino me lleva a tu nombre. 

Las viejas costumbres se hacen polvo en la compañía de todos tus olores.
Todos sabían que siempre fueron dolores.
Yo no veía y ahora te veo siempre tan linda, con tu mirada.

Te atrapo la mano y vamos caminando.
Los buenos sabores y esos abrazos que esperan el regreso.
Ahora reímos y ahora es verdad.

Se van los fantasmas que hacen mal.
Se van los monstruitos que nunca existieron porque siempre en la cabeza estaba tu nombre.

Siempre y otra vez siempre fueron dolores.
Que bueno besar y abrir los ojos,
te veo de nuevo y vamos de nuevo.

Más en el Blog Brevestiemposraros 

los infiltrados 1

Los infiltrados

Por Félix Mansilla

El cielo se venía abajo y los estruendos de las bombas rebotaban en los galpones que se veían a cincuenta metros. Entre la niebla y el olor a pólvora, los hermanos luchaban y planeaban su devenir heroico. De a poco, los silbidos de los aviones se redujeron a cero y sólo se sentían los ataques a los puestos detrás montados detrás de las fábricas.

En medio de tanto ruido, la paz de un viento sur húmedo despidió la banda sonora de una contienda reñida entre bicicletas. Los soldados se dedicaron a sus cosas. Así, el tiempo tomaba velocidad de cámara lenta. Un rato después, su madre los llamó a los gritos y ellos no respondieron y siguieron en su trinchera. La imaginación estaba alimentada por una colección de revistas sobre la guerra de Malvinas que su padre había heredado de un tío borracho y conservador de boina roja a todos lados.

Sus armas estaban hechas con caños de plástico a las que camuflaban con ramas de árboles bajos. Su madre volvió a llamar, esta vez amenazando con que no quería rodillas percudidas. Se escaparon al tanque de agua a la vuelta del terreno baldío ubicado en la parte de atrás de ese patio que cada vez les quedaba más chico para sus aventuras.

—Son dos, cubrime –dijo el menor con cara de perro malo.
—Ok. Te sigo. Tranquilo que nos van a ver.

Ya en el cole se separaron y decidieron que después llevarían a cabo el ataque para la recuperación de los juguetes que les habían arrebatado del galponcito de chapas. En el recreo, el mayor se le acercó y con un codazo suave le dijo con los ojos: -Vamos.
El menor fue y esperó. En un boceto de una hoja rayada de un Gloria tapa naranja, estaba el plan.

—Leelo, memorizalo y tiralo.
—Ok. Andá que un toque vienen.

Cada uno en su clase pensaba en el ataque. El menor tenía un dato clave sobre los hermanos descarriados que habían revendido la F100 Durabit a tres pesos/dólares. Cuando el mayor se enteró, dijo: —Manga de forros. Encima vienen a pedir azúcar. Dejalos, no se la esperan.

En el segundo recreo, el menor dijo no a las escondidas, mientras que el mayor intentaba dejar de mirar a esa chica que lo volvía loco desde primer grado. Rostro moreno, ojos redondos miel y una figura que ya se acercaba más a un caminar expectante y televisivo. Su amigo se dio cuenta y el mayor chistó y se fue. Se encontraron.

—No puedo, no puedo.
—Dale. Si ella está comentando eso de que la llevaste en el volante hasta su casa y que se dieron un medio beso.
—Sí, pero creo que ella gusta de uno de los de noveno. Uno de los vecinos.
—Yo sé que vos te vas a quedar con ella. Ese flaco está en la pavada.

Estaba todo listo. Los infiltrados se acercaban a concretar el golpe. Aquellos vecinos sin código se habían quedado con los, hasta el momento, juguetes perdidos. Los otros hermanos no se esperaban nada de la vida y ni siquiera jugaban con el tesoro. El mayor golpeó las manos. Salió el menor de los otros.

—Devuélvannos los jueguetes.
—No, no. Pará ¿qué juguetes?
—Los que nos afanaron.
—Ah…esperá. Ey, vení, vení. Los vecinos quieren que les devolvamos sus juguetes.

El mayor llegó así de pesado y se rió porque no le quedaba otra. Hizo un par de preguntas con tono de sorete intocable y los hermanos se fueron en silencio. Por la noche, el menor seguía rabioso y a la espera. Cuando el mayor llegó se puso mejor, pero estaba impaciente.

—¿Y?
—Nada. Somos novios. Boludo, no lo puedo creer.
—Bien, bien ¿viste? se te dio. Que se queden con los juguetes los otros. Le robaste una muñeca.

El mayor rió y humeando el aliento expuesto al frío, caminaron rumbo a su casa. Sabían que esa noche no podrían dormir.

Un abrazo 1

Un abrazo

Por FPM

Todas las mañanas son iguales, todos los días suceden cosas nuevas, a cada instante el tiempo se consume, las luces aparecen, desaparecen, los vientos viajan con apuro. Cuando alguien nos deja, sus huellas, el camino por el cual transitó, sus vivencias y sus visiones del mundo se preparan para ser el sendero en los caminos de otros. Pero, a veces resulta un tanto injusto que se marchen los que más significan, y que partan y ya no estén más.

Vos sos uno de aquellos tantos de los que se fueron. Es por eso que la tristeza nos invadió y condujo a que se nos llene la cabeza de preguntas, aciertos, desaciertos y teorías para justificarnos la ausencia. Es de gusto, lo sé, lo sé. Pero lo que buscamos es una explicación a los demasiados absurdos finales de quienes día a día nos llenan el corazón con una sonrisa o alguna reflexión.

Eso fuiste vos; un galán con muchas vivencias, calle, amigos, café, historias, esas cosas que nunca van dejar de hacer sentir de que algo de lo que legaste a este mundo —de mierda/equivocado— sigue con fuerza. Pero los grandes son así, eso lo tenemos bien claro, porque tienen que partir.

No merecen estar en el lugar en donde todos los días ocurren cosas tan absurdas cómo la guerra, el hambre, la injusticia. Por un lado nos alegramos de que hayas partido, de que estés en ese lugar que te ganaste, en donde ya no te esperan viejos amigos. Dónde todo desde acá parece mejor.

(de la edición Nº 22, agosto 2013)

guerra

Segunda guerra (primera entrega)

Iniciamos una serie dedicada a dicha contienda para entender un poco más del siglo que hace poco más de una década dejamos atrás. En esta ocasión, su impacto en la Argentina, sus diferentes fases y el después.

Por Mauricio Villafañe*

La segunda guerra y nuestro país

En el mes de agosto hay una serie de acontecimientos relacionados con lo que pasó a la historia con el nombre de Segunda Guerra Mundial (1939- 1945), un punto de inflexión en el orden mundial del siglo pasado. En agosto de 1934 Hitler es elegido presidente, iniciando la expansión alemana tras la “humillación” que fue el tratado de Versalles como solución de la Primera Guerra.

También en este mes, pero en 1944, Varsovia se levanta frente a la ocupación nazi, en un país caracterizado por el establecimiento de campos de concentración y exterminio. Un año después, un 25 de agosto, París es liberada. Unos días antes, EE.UU bombardea atómicamente a Japón a fin de lograr su rendición.

aliada

Este viaje, entonces, se erige como una prenda de paz ante la guerra, más aún ésta en tanto disputa entre imperialismos, ajenos todos a nuestro sentir e idiosincrasia nacional (EE.UU, Gran Bretaña, Alemania y la URSS). Nada les debe el pueblo argentino a sus enfrentamientos militares. Sí, por otra parte, es verdad que esta guerra influyó en buena parte de los sectores políticos e intelectuales (urbanos) de nuestro país.

El hecho de terminar copiando las posiciones y expresiones extranjeras en la coyuntura local (adaptando la cabeza al sombrero y no el sobrero a la cabeza) terminará llevando a la mayoría de las fuerzas políticas argentinas a concretar la famosa expresión “no nos une el amor sino el espanto”: la llamada Unión Democrática. Fue la herramienta electoral de los sectores dominantes, identificada con el bando aliado y va a oponerse, bajo el padrinazgo del embajador estadounidense Spruillen Braden, al naciente peronismo.

Éste último, fue identificado con el nazi-fascismo, pero no era más que la expresión social y política del movimiento nacional y popular, que se venía gestando desde la Secretaría de Trabajo y Previsión y que terminó naciendo un 17 de octubre en una Plaza de Mayo colmada de trabajadores y humildes de una Patria oculta para los poderosos de siempre, sublevada, profunda.

Vamos por partes: La guerra en tres fases

Volviendo a la guerra, esquemáticamente, podemos hablar de ella en tres fases: la primera, que va del estallido de la guerra, el ataque alemán a Polonia, que profundiza y acelera la agresiva política expansiva nazi que ya se venía dando desde mediados de los años 30. Así, entre 1939 y 1941, el llamado bloque aliado occidental (Inglaterra-Francia) se enfrentó al “Eje” (Alemania nazi-Italia fascista). Es la fase estrictamente europea de la guerra. En la siguiente fase, se termina configurando su dimensión mundial e imperialista (1941- 1943), a partir del ingreso de EE.UU, la URSS y Japón al conflicto.

Los yanquis sufren el ataque de Pearl Harbour, en Hawaii, por parte de los japoneses que se estaban expandiendo por el sudeste asiático. Los rusos son agredidos por los alemanes, cayéndose así el pacto de no agresión entre ambas potencias. Se da paso de este modo, según la perspectiva soviética, a la Gran Guerra Patria, lema que convertirá a la URSS de José Stalin en un actor fundamental del bloque aliado.

La última fase, presentará, por un lado, el avance aliado por ambos frentes (occidental y oriental) frente al nazismo y, por otro, la resistencia japonesa, finalmente doblegada con el lanzamiento, sobre población civil, de bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, por parte de los EE.UU.

eje

El después: Un nuevo orden “frío”, dos imperios y el “tercer mundo”

¿Y después? Tras el triunfo aliado, un nuevo orden mundial, la llamada “Guerra Fría”. Por un lado, imperialistas occidentales bajo la bandera de las barras y estrellas, capitalistas, modernos, “libres”, represores e invasores de los pueblos que luchaban por su liberación. Por otro, imperialistas orientales, bandera roja y puño cerrado en alto, comunistas y “camaradas” de la boca para afuera, represores de los pueblos que caían bajo el influjo soviético.

A fin de cuentas, un nuevo orden caracterizado por la carrera armamentística y la consecuente amenaza de una nueva guerra mundial atómica y, por ende y en todo sentido, total. En el medio y por debajo, diferentes movimientos de liberación nacional comenzaban su lucha y configuraban así una tercera posición, un Tercer Mundo, frente a las potencias mundiales en pugna. Es, de alguna forma, nuestro lugar, nuestro destino.

*Lobense, estudiante del profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 22, agosto 2013)