Por Agustina Furio

La lluvia de los siete días

Por Fernando Negro

Día 1. Hacía tiempo que no pagaba sus cuentas, lo señalaban sus amigos incluso como alguien de no fiar. El cielo se nubló, aparecieron las primeras gotas y con ellas tres muchachos bastante altos que venían a visitarlo. El más canoso, fue el primero en violentar la puerta y cuando lo miró le hizo una mueca.

Después le pidieron el dinero, les dijo que no tenía nada. Sabía después de esa respuesta que iba a morir. No ofreció resistencia, sólo agarró el paquete de cigarrillos antes de irse para siempre. Lo subieron al auto, y cuando pudo levantar la cabeza (solo una vez lo dejaron), vio como el vidrio empezaba a ser marcado por gotitas. Le taparon la cabeza, no veía nada, solo sentía.

El auto se movía, la lluvia era cada vez más fuerte. En el fondo hubiese deseado que fuera lo suficientemente fuerte como para romper el techo del auto y escapar. Había llegado la hora, no había tiempo para las utopías… Llegó al lugar indicado, lo bajaron del auto, y lo primero que sintió es cómo se mojaban sus labios. Entró a un lugar, suelo de barro, paredes de madera, nunca iba a salir de ahí.

Día 2. No sabía nada del exterior, pasó la noche en el barro, ni una cobija, ni un café, ni siquiera el arma en el pecho para darle muerte. Afuera llovía y se tornaba insoportable. No gozaba de mucha paciencia, pensó que su despedida del mundo iba a ser rápida, logró levantarse, sentía un gran dolor en el estómago. Sus manos estaban atadas con precintos. Algún clavo en la pared habrá para cortarlos, dijo en voz alta. Aún teniendo los ojos tapados, apoyaba su sien en la madera, buscaba algún clavo que esté a su altura, pero nunca lo encontró. Probó agachándose, saltando. A las dos horas cayó rendido al suelo. “Dónde diablos estaban”, con todo el ruido que hizo deberían estar cerca, pero nunca fueron. El dolor empezó a retorcerlo en el suelo.

Día 3. “Nunca veré un rayo de sol, nunca parará de llover”, esta vez pensó para sus adentros, y se largó a llorar después. Al mismo tiempo el dolor se le iba a las piernas con tanta fuerza, que sentía como su rodilla latía y latía. Durmió un rato, y cuando despertó, escuchó como el viento traía agua, más agua. El dolor crecía al mismo tiempo que la duda, ¿los habrá ahogado el agua?, pensó. No vinieron a decir adiós, a querer cobrar su deuda, a reírse, a querer perdonarme la vida. Maldijo el hecho de ser un apostador compulsivo.

El dinero como venía, se iba, alcohol, drogas, autos. Nunca se acordó de su madre que lo llamaba todos los días para ver cómo estaba, y él a veces ni atendía. “La vida era demasiado fácil, como para andar preocupándose con cosas de otros. No pedí venir a esta mundo, y si me voy, que sea a mi manera”, dijo una vez después de ganar quince mil dólares en una apuesta. Aunque en el tercer día de encierro quiso disculparse con su conciencia, pero era demasiado tarde. Lloró tanto, que solo lo detuvo una puntada en el estómago, para después seguir llorando.

Ya no le preocupaba que el velo no lo dejara distinguir entre la noche y el día. Se preguntaba por qué no pagó cuando había que pagar. Conoció todos los placeres, los excesos, tuvo sexo con las más hermosa señoritas, pero en ese momento, experimentó la sensación más horrible de todas, el vacío que provenía desde el interior. Estalló nuevamente en llanto, pensó en dios, y lo venció el sueño una vez más.

Día 4. Lo despertó la puntada en el estómago, daría su brazo izquierdo o el derecho para poder tocarse en el lugar, y saber si era una herida lo que había recibido. No sintió cómo las gotas golpeaban el techo de chapa, y le pareció raro ¿Habrá dejado de llover?, dijo con voz suave. Era lo último que le quedaba, tenía sed y la boca tan pastosa que hablaba sin entenderse.

Pasó el tiempo despierto, malgastándolo con teorías absurdas de lo que había pasado con los hombres que fueron a su casa y que lo llevaron a ese lugar. A pesar del dolor que sentía su mente pudo volver al pasado, no mucho tiempo atrás, pero lo suficiente como para acordarse de su mejor amigo. Nacieron el mismo día, vivieron por siempre en el mismo barrio, juntos pensaban ser dueños del mundo, hasta que una bala, a la salida de una disco, terminó con su vida. Recordaba ese día, y sentía cada vez más dolor a la altura del estómago, mucho más cuando una mano apretaba con fuerza en ese lugar.

“Es una herida de cuchillo, te queda poco tiempo, afuera llueve, parece que no frena nunca”. Era Daniel. Su voz era tan familiar, lo regresaba a los quince años, se daba cuenta por su sonrisa; mezcla de muchacho que se sacaba de encima la pelota, para ir tímidamente a hablarle a las chicas. “¿Me llevás con vos?”, suplicaba. “¿Van a venir?”, indagaba. Daniel se puso hablar del amor. “¡Te acordás que nunca le hablaste a la mina que estaba atrás tuyo, boludo!, estaba enamoradísima de vos”. “Decime dónde carajo estoy, por qué no me mataron”, dijo con el último hilo de voz. “Ya estás muerto, solo falta que le avisen a tu conciencia”, dijo con ese tono melancólico que usó para despedirse, aquella vez que murió en sus brazos.

Día 5. Daniel se fue para siempre, la voz también. No le quedaba voz, la conciencia poco a poco se apagaba. Dejó de pensar si venían a buscarlo para matarlo. Lo hirieron para ver cómo se desangraba. Esa fue su conclusión más sensata del asunto. A cada latido le seguía un golpe. Le parecía mentira, pero cada latido era una gota que moría en el techo.

Su vida se apagaba, cada vez tenía menos tiempo. En ese lugar no pasaban autos, no se escuchaban ruidos, los asesinos se tomaban vacaciones, solo hay dolor, dolor, muchísimo dolor. El dolor lo despertaba y lo desmayaba, hacía que llorara, incluso a veces se reía; como buscando acomodarlo para ver si lo aguantaba. Se hacía tedioso, no podía gritar, lloró desconsoladamente, mientras se retorcía en el barro del lugar en donde estaba. El mundo de colores se le había terminado, las mujeres no estaban, la plata se acabó, era hora de rendirle cuentas a la vida. Su cabeza giraba para todos lados, estaba mareado, tenía ganas de vomitar.

Día 6. Lograba moverse, sentía por el techo que cada vez goteaba menos. Pensó cuánto había jodido la lluvia a los que fueron a buscarlo. Empezó a sentirse mejor, incluso lograba moverse, el dolor empezaba a ceder, olía la tierra mojada, escuchaba el sonido de los pájaros ¿Cuántos días eran? ¿Seís?, seguro que sí pensó. Empezó a sentirse satisfecho, no podía volver atrás, pero sentía que había pagado el precio. Todo el dinero mal gastado, toda la gente que usó, y hasta incluso mató, empezaban a irse de la sien. Sólo estaba su cuerpo maltrecho, tirado en ese lugar.

Recordó que de chico quería ser un ave, para volar por el mundo, recordaba a su padre, llamándolo para ir a pasear por el campo en el tractor, recordó su primera vez con la mujer que tanto amó, fue la única por la que sintió algo. Cuando era chico era feliz. “No deberíamos crecer nunca”, pensó para sus adentros. Pensó en las veces que hizo sufrir, en las que sufrió, sonrió y después cesó de respirar.

Día 7. El viento de la tarde despidió la última nube que quedaba, y con ella se fueron las gotas de la lluvia que duró tantos días. Mientras la gente limpiaba lo que la tormenta dejó; se conoció un hecho que llamó la atención de todos, y que fue expuesto en una crónica del diario del pueblo. Los detalles de la historia, fueron los que están a continuación. “Detienen a tres personas y encuentran a un muerto”. Anoche, cuando la policía recorría la ciudad, se encontró con tres personas que estaban en actitud sospechosa dentro de un domicilio. Uno de ellos, quien nunca dijo su nombre, al ser revisado en el bolsillo derecho de su campera de cuero, poseía una navaja que conservaba una mancha roja.

Fue fácil para el joven policía del destacamento, era sangre. “La sangre tiene tres o cuatro días”, dijo mirando a uno de los detenidos. Un hombre, aproximadamente de unos 60 años de edad, confesó que habían llevado a la persona que vivía en ese lugar por una deuda a su guarida, la apuñalaron levemente dejándola encerrada.

“Teníamos una cuenta pendiente, pensábamos venir antes pero no lo hicimos. Cuando íbamos a verlo donde lo teníamos encerrado, nos dimos cuenta que estaba delirando. Por un momento nos divertíamos, nos debía mucha plata, demasiada. En el medio, nos pusimos a planear otros golpes. No sé en qué pensamos cuando decidimos volver, queríamos nuestro dinero, sabíamos que en algún lado había, es un mentiroso, nos estafó”, le habría dicho al Comisario. Le dio la dirección y no habló más.

Con el papel en la mano, la policía montó un operativo. Fue al lugar, una casa antigua, ubicada en el sur, a las afueras de la ciudad. Entraron, revisaron la casa, encontraron dinero, armas, joyas. Cuando llegaron a la puerta trasera, la abrieron. Divisaron un galpón de madera con techo de chapa. Fueron, lo abrieron, y ahí estaba el cuerpo, atado con precintos y sus ojos tapados con un trapo negro. La investigación continúa. La policía no logra saber quién era la persona que murió asesinada. Una fuente de este medio, consultó a los vecinos, pero ninguno se acordaba su nombre. Ni siquiera recuerdan haberlo visto.

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Foto de portada por Agustina Furio

(de la edición Nº 23, septiembre 2013)