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Segunda Guerra (segunda entrega)

Ponemos segunda (valga la redundancia) para dar cuenta del contexto previo a 1939, intentando entender cómo se llegó a ese cambio de época que la segunda contienda mundial nos propone. El ascenso del hombre en el que el mal deja de ser un mero valor abstracto.

Por Mauricio Villafañe*
“El Tratado [de Versalles] no incluye ninguna disposición para lograr la rehabilitación económica de Europa; nada para colocar a los imperios centrales, derrotados, entre buenos vecinos; nada para estabilidad a los nuevos Estados de Europa (…). El peligro que nos acosa, por tanto, es el descenso rápido del nivel de vida de las poblaciones europeas (…). El hambre, que lleva a algunos al letargo y a la desesperación inerte, lleva a otros temperamentos a la inquietud nerviosa del histerismo…”**

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La gran guerra: de la paz imposible a la muerte en las trincheras

¿Por dónde empezar? Bien, por donde corresponde: por el principio. ¿Cuál es el escenario previo, en el corto y largo plazo, que termina posibilitando el acontecimiento que, en menor tiempo, es el más caro en vidas humanas de toda la historia? Viajamos hasta el siglo XIX para saber que desde la derrota de Napoleón y la consiguiente restauración, se había instalado en Europa un sistema de acuerdos, equilibrios y contrapesos que tendía hacia la “paz”. Ésta puede ser entendida como la ausencia de conflicto pero no impidiendo que las mismas grandes potencias se lanzaran a la conquista y al ensanchamiento de sus imperios ultramarinos por buena parte del globo. De esta manera, las tensiones internas se trasladaban a escenarios extraeuropeos. Desde 1870, la situación entrará en una escalada que desembocará en el estallido de la Gran Guerra de 1914. Los conflictos latentes, la competencia y la desconfianza sumada a la formación de alianzas y acuerdos fueron derivando en el establecimiento de dos bloques claramente delineados y enfrentados. Por un lado, la emergente Alemania de Bismarck y los poderosos imperios austro-húngaro y otomano.

Por otra parte, Francia va confluyendo con Rusia y Gran Bretaña (la llamada Triple Entente). El enfrentamiento entre austro-húngaros y rusos a partir del asesinato del heredero de los primeros arrastró a los bloques a la guerra. El desgaste de una lucha entre el barro de las trincheras, los cañoneos y las bombas fue prolongándose dramáticamente en el tiempo y en el marco de la complejidad de los avances y retrocesos en los frentes de combate. Por una parte, el occidental (respecto a la centralidad geográfica que en el conflicto tiene Alemania) resistió tenazmente aunque a importantes costos humanos.

En el oriental, las potencias centrales asediaban a Rusia hasta que ésta, en 1917, fue obligada a suspender su participación y salirse de la guerra por el estallido de una revolución interna. Así los alemanes podrían lanzarse con todas sus fuerzas a la lucha en Francia. Ésta continuará su resistencia con el ingreso y apoyo de EE.UU a la Entente. La ofensiva fue implacable y llevó a Alemania, a fines de 1918, al armisticio y a la rendición.

Imperialismo y  nuevo orden mundial

En medio de la aceleración de la carrera imperialista, el recurso a la guerra es ciertamente inevitable. La entrada tardía de Alemania en el reparto del mundo (dada su también tardía unificación) contribuyó a la confrontación bélica ¿Qué soluciones podrían vislumbrarse tras este drama? En concreto, los yanquis toman la delantera al proponer el principio de autodeterminación de los pueblos (y así el fin de los imperios multinacionales) y la creación de la Sociedad de las Naciones como instancia arbitral internacional. Estos nobles principios fueron desvirtuados por la voracidad, el revanchismo y la incomprensión de los líderes del tratado de Versalles.

En él se sometió económica, financiera y territorialmente a Alemania. Los otros grandes imperios fueron desintegrados al tiempo que Rusia pone comienzo a una guerra civil entre revolucionarios y contras que terminará estableciendo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). La disputa, al interior de la flamante Sociedad de las Naciones, entre europeos (ingleses y franceses) y norteamericanos irá minando su capacidad y su rol de garante de la paz, el orden y el progreso mundial.

Lo cual, sin ir más lejos, se agravó con el surgimiento, consolidación y expansión de regimenes que ponían en cuestión el consenso liberal heredado y que se podrían caracterizar como autoritarios y nacionalistas. Sus dos más altas expresiones fueron el fascismo italiano y el nazismo alemán, protagonistas de primer orden en el concierto europeo e internacional del llamado “periodo de entreguerras”.

El ascenso de Hitler y el camino a la segunda Guerra: una explicación

La paz, imprescindible para la reconstrucción y la prosperidad, será capitalizada por EE.UU, que se convertirá en acreedor de los países devastados por la Gran Guerra y, de esta forma, en el beneficiario principal, ascendiendo a la condición de potencia. El siglo XX lo terminará confirmando. La otra cara de la moneda fue Alemania, derrotada en el campo de batalla y humillada en la mesa de negociaciones. Sobrevivió a los tumbos en el marco de lo que se conoció como República de Weimar, una experiencia política duramente asediada por los conflictos entre conservadores, socialdemócratas y comunistas y por crisis económicas (hiperinflación, recesión) que terminarán abonando el terreno para el surgimiento y ascenso del nazismo durante los años ‘20 y ‘30.
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Este camino comenzará con Hitler, fundador, animador y líder indiscutido del Partido Nacional Socialista Alemán, encabezando un golpe de Estado en 1923, en Munich. El fracaso de tal empresa y la prisión lo llevan a cambiar la estrategia: llegar al poder por los medios legales, fortaleciendo al Partido (con las SS, la policía política partidaria) y participando en elecciones que le permitan aumentar las bancas en el Parlamento. Fue haciéndose eco tanto de los afectados por las sucesivas y cada vez más graves crisis económicas (desempleados, clases medias urbanas y rurales empobrecidas) como de sectores sociales conservadores y militares desencantados por la humillación de Versalles, todos atemorizados por una presunta revolución obrera. Finalmente, llegó  a canciller en 1933 (el régimen parlamentarista obligaba al presidente del gobierno a formar gobiernos de coalición entre fuerzas tan irreconciliables que lo volvía imposible).

Se tornaba necesario, a sus fines políticos, eliminar tanto la disidencia externa (expresada en los comunistas y socialdemócratas, a través de la ilegalización de sus partidos y la persecución), como interna, en lo que fue “La noche de los cuchillos largos”, el asesinato de miembros y dirigentes de las SA, la fracción de “izquierda” del nazismo.

La muerte del presidente Hindenburg elevará a Hitler a ese cargo, pero ahora del Tercer Reich, en expansión por toda Europa ante la pasividad y/o el temor de las futuras fuerzas del bloque aliado. Keynes no fue un profeta ni tuvo la bola de cristal, supo leer la clave de la primera posguerra.

Los sucesos posteriores le terminarán dando la razón. Sin embargo, no podemos quedarnos con que Hitler fue un histérico o un loco sino un hombre que encarnó valores e intereses concretos, reales, históricos y que fue parte de una época, actuando en consecuencia. Esto no lo exime ni nos lleva a negar que su cara es uno de los más fuertes e incontrastables símbolos del mal.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.
(de la edición Nº 23, septiembre 2013)