los días por llegar

Los días por llegar

Por Félix Mansilla

Julio de Julio no quiere hablar. Otro Julio va a contar. Como el amanecer Julio a veces es sereno, pero no faltan esos días en que el sol no sale con la energía calma de todos los amaneceres y su personalidad se vuelve intranquila y revuelta. Revuelta a causa de factores que impiden que amanezca con serenidad y es en esos momentos donde parece ser otro hombre. Pero no.

De pequeño, fue un niño al que todo el mundo hacía pensar. Pensar en cómo un niño puede ser tan paciente y sereno y con formas tan respetuosas de dirigirse y preguntar. El tiempo y los días y los amaneceres cambian y Julio cambió. Y se volvió como el mediodía en las ciudades; con ruidos, dudas, bronca, pero sin perder el control. Se volvió de a poco en un hombre. Sí, un hombre con apenas 12 años.

Al menos él pensaba que la vida ya lo había transformado en un hombre. No era ya el niño. Sus formas, de pensar. Sus formas, de actuar. Seguía siendo el mismo, pero con premeditación y con alguna rebeldía. Pero típica. Él nunca dejó de ser quien era, pero como los amaneceres cambió. Para bien, para mal, para seguir.

Pasaron más de un puñado de albas y la noche fue el lugar en el que Julio se sintió más cómodo. Con amigos, con diálogos, con descubrimientos, con experiencias que él sabía que iban a llegar, pero sin perder la calma. Su vida seguía siendo la misma, pero los cambios la reformaban a cada paso. Con su familia nunca fue desagradecido y hoy agradece sus esfuerzos.

Hizo nuevas personas, conoció, persiguió, se cultivó y también se asustó. Pero no bajó. Siguió, con los cambios y las inseguridades, siendo el mismo. Pero, con algunas cosas más aprendidas y sabidas y esperando que lleguen los tiempos que tienen que llegar. Con menos miedos, con más expectativas. Su vida, su tiempo, sus formas fueron tomando el rumbo de los días de hoy y con la mirada puesta en un mañana.

Las tardes lo caracterizaron. Esas sensaciones de que se deja atrás un turbio y rápido mediodía, con la tensa sensación de que la noche se va a hacer esperar. Y rodó como las bolitas con las que se divertía en el colegio. Y corrió como en las mañanas de actividad física sin guardapolvos. Y caminó, con las ganas de llegar a un lugar. Y se llenó como cuando se almuerza a los apurones. Y descansó como bajo a la sombra. Y se despertó con la rapidez de saber que el tren se va. Y muchos paisajes apreció, como se observan las fotos de aquellos que no están.

Y se abrigó para sentirse seguro. Y se cuidó como de la lluvia. Y luchó como contra el viento. Y hoy espera. Espera ése y esos momentos que van a llegar. Con calma, de tardes de sol. Con angustia, como tardes de abril. Con esperanza, como de fines de octubre. Con alegría, como mañanas de verano. Con tibieza, como hojas del otoño. Con fuerza, como jueves por las noches. Con nostalgia de lunes y con armonía de miércoles. Con intriga de sábados y con espera de domingos.

Y espera. Su misión consiste en la espera. Y desea. Desea siempre tener ese insomnio que desea y que lo inspire para pensar, armar, concluir, desarmar, inventar, recordar, valorar, desechar, añorar, amar, querer, odiar, sentir, continuar, decidir, esperar, reflexionar, intentar, olvidar, extrañar, mirar, seguir, caminar, dormir. Volver, estar. Julio espera.

Hoy, los días de hoy, son los que lo dejan, al menos por instantes, con la impaciencia de un mañana y con el recuerdo de antes de ayer y con los nervios de pasado mañana. Se alentan, se alteran, corren, se estancan, pero siguen. Siguen y dejan que Julio espere. Con los miedos que se ajustan a esperar. Pero con las ganas de las noches por llegar y de los días por disfrutar.

Es difícil hablar de Julio. Es difícil sus días destacar y contar. Y sus pensamientos de amaneceres y de tardes y de noches, a veces quieren cambiar. Desear y cambiar. Con lo bueno y lo malo que envuelve cambiar.