Camila Moreno

Frágil invencible

Por Juan Ignacio Babino*

En su Santiago de Chile natal, de niña, Camila Moreno disfrutaba mucho dos cosas: los largos ratos en los que bailaban y cantaban con su mamá, y escuchar los casettes que le regalaba su papá: Mazapán, Víctor Jara, Violeta Parra, Beatles, Sinead O`Connor. Y así creció, tomando clases de danzas, construyendo su lazo con la música de esa manera: poniendo el cuerpo, bailando de acuerdo a lo que escuchaba.

A los quince años empieza a tocar la guitarra, a cantar. A veces compone, cuando le sale algo, cuando se anima. A aquellos casettes le suma —ahora por iniciativa propia— los discos de Radiohead, Pj Harvey, Nirvana, Bjork. A partir de allí ya no bailará tanto, o directamente no bailará, pero no dejará jamás la guitarra.

Camila Moreno —veintisiete años, esa cara aniñada, esos ojos un tanto achinados, algunas pecas encima, el cuerpo como un haiku— construyó su recorrido musical cargándose encima lo tradicional de la música chilena y todo el rock que escuchó en su adolescencia. Y de esa amalgama salió ese latido intenso que es “Panal”, su último disco.

Pero antes, algún tiempo antes, grabó otros discos. Sujetándome las palabras de 2008 es un disco casero —ni siquiera editado por ella misma— que recoge canciones sueltas, tomas en vivo. Es, en definitiva, un disco pirata que puede entenderse como un primer asomo a eso que llaman “La nueva canción chilena” que incluye una larga lista de cantautores y cancionistas, entre ellos: Pascuala Ilabaca, Nano Stern, Manuel García, Gepe, Fernando Milagros, Kaskivano, Angelo Escobar, Chinoy.

Camila Moreno

Parte de esa escena está hermosamente registrada en el documental Temporary Valparaíso de Vincent Moon. No bien comienza el documental, mientras se pierden por las calles esa ciudad, Camila dice: “La vida puede florecer cuando estás en el pantano”.

Al mismo tiempo (2009) y Opmeitomsimla (2010) contienen varios temas reversionados de aquel disco pirata y pueden entenderse como las dos partes de un todo. Ella misma dijo que ve a este último como el Lado B del anterior. Ambos tienen una impronta folclórica – aires de cuecas, de periconas, lamentos, ritmos tradicionales- pero Opmeitomsimla tiene un pulso mas rockero, eléctrico.

Y para que no queden dudas, basta con mirar el arte de tapa para entenderlos como complementarios: en “Al mismo tiempo” se la ve a Camila recostada sobre un colchón de piedras, lleva un largo vestido bordado con muchos colores y algunas lanas alrededor desperdigadas sobre el pedrerío. En Opmeitomsimla sobre un fondo negro se ve, apenas, una raya horizontal colorida: una hebra de lana que cruza de lado a lado.

“Ya pó, dí algo pues, que no nos van a pifiar” le dijeron aquella vez Nano Stern y Manuel García a Camila, minutos antes de salir a tocar en el Festival del Huaso Olmué, histórico encuentro folklórico de Chile. “Vamos a dedicar la siguiente canción a todos aquellas personas que creen que pueden comprarlo todo con el dinero, incluso un país” dijo Camila sobre el escenario.

El público se dividió abucheos y aplausos, y Chile Visión cortó la transmisión. “Millones” —nominada a los Grammy Latinos— es considerada a partir de aquel enero de 2010 como el primer himno antipiñerista. “Ellos gobernaron el pasado, la rutina, la energía no gobernaran el futuro. Quieren millones, millones, millones de almas en su cuenta” dice una parte de la canción.

Pero Camila Moreno no se quedó sólo con eso, con apenas eso. Y si bien tuvo otros proyectos paralelos —Caramelitus, junto a Tomas Preuss o Las Polleritas, conjunto de música folklórica con el que recorrió hace unos años Uruguay y Argentina hasta llegar a Tilcara, tocando en las calles y juntando lo justo para comer y andar— llegó un momento en que no podía siquiera volver a componer. Nada.

Unos amigos la invitaron a pasar unos días en una cabaña en Lago Deseado, Tierra del Fuego. Hacia allá fue y allá caminó largo —harto diría ella. Y allá sí empezaron a salir las canciones.

“Incendié mi voz, florecí en el barro”. El estribillo de la primera canción puede entenderse como la descripción perfecta del espíritu de “Panal” —en el que participaron Andrea Etcheverry (Aterciopelados) y Trey Spruance (Mr. Bungle, Faith no More)— un disco híper producido pero que de ninguna manera deja de sonar natural. Como si en estas canciones hubiera exorcizado aquel bajón compositivo.

Su voz adelante un canto frágil, pero irrompible. Un llamado de lo salvaje. Y si en los primeros discos Camila abrazó la herencia musical de su tierra, en este hace lo mismo pero con el rock que curtió en su adolescencia, se nota –y mucho- ese aliento anglo y experimental de Radiohead, de Bjork. En las redes sociales sus seguidores se han aventurado a decir que “es la PJ Harvey chilena”.

Hay en Panal guitarras criollas y eléctricas, baterías, piano, teclado, percusiones de todo tipo, cuerdas, cuatro, charango, vientos, coros, máquinas, loops, ruidos de auto, ecos de ríos, rechinar de caballos. “Panal” es un latido intenso, pero que encuentra sus momentos de quietud; es un disco oscuro, pero que respira cierta vitalidad esencial: “Pude escuchar mi muerte, los ojos se fueron atrás, yo tengo un lunar de signos contentos, eso no se va a borrar” canta en “Mandarina”.

O como en “Yo enterré mis muertos en tierra” (compuesta para el documental Sitio 53) que empieza con unos monótonos y suaves rasguidos de un cuatro y termina con percusiones y cantos acelerados e insistentes. Camila Moreno sigue siendo aquella niña de Santiago, pero la diferencia es que ésta hizo del canto, su nido. (Descargá los discos de Camila Moreno y otros artistas chilenos en www.portaldisc.com)

(nota publicada en suplemento cultural Radar el 30/6/13)

*Licenciando en Periodismo y Comunicación Social UNLP. Redactor del diario de rock Degarage, colaborador de Radar (Página/12).

(de la edición Nº 24, octubre 2013)