A la sombra

A la sombra

Por Mariano Contrera

A la sombra

La sombra de la parra aplacaba apenas el calor agobiante de ese martes 18 de enero, el sol caía y los últimos rayos de luz se filtraban por entre las pobladas y fructíferas ramas; me dejaba llevar por uno de esos míseros placeres que un tipo de clase medía puede darse, un Gancia con soda, hielo y limón mientras observaba, sentado en una reposera de playa, el patio con pasto recién cortado por mí en esa misma víspera, con una mezcla de orgullo y resignación a la vez.

No era por demás extenso, pero permitía la existencia conjunta de una frondosa higuera y un antiguo limonero que raquíticamente resistía con sus últimos esfuerzos los ataques de las invasivas ramas de la vid. Me llamó la atención un pájaro “rengo” de un ala, que se las arreglaba para engullir los diversos frutos, moviéndose de una planta a otra con gran destreza. Era tal la pesadez de la tarde que hasta los insoportables perros del desconsiderado vecino parecían haberse tomado un respiro de sus incansables ladridos para dar lugar a una propicia siesta, solo podía oírse un por demás pacífico silencio.

Ni autos, ni motos, ni siquiera la incansable música de cumbia del vecino de la esquina que somete al barrio entero con su rítmica tortura. Tampoco niños jugando, ni cantar de las aves, mucho menos gente charlando en las calles. Silencio. Solo silencio.

Divagaba mientras el sueño comenzaba a apoderarse de mí, luego de tres vasos de aperitivo la mente deambulaba por diversos “que hubiera pasado si…” cuando de pronto algo me rescató forzosamente de los brazos de Morfeo. Fue tal el cagazo que me pegué que una sonora y estridente puteada pudo oírse en todo la manzana. Algo había rozado mi pierna, era un pequeño y anaranjado gato, medio atigrado con franjas amarillas a lo ancho de su lomo.

—Fuera de acá gato boludo, no tengo comida —casi se lo susurré, como si alguien pudiera escucharme hablando con un animal, mientras me despabilaba un poco, me sorprendí de todavía tener un vaso a medio llenar en mi mano derecha. Afortunadamente no estaba mi hijo de ocho años en casa, de lo contrario hubiera roto soberanamente las pelotas para que lo adoptemos como mascota.

Me mandé lo que quedaba del vaso de un solo trago, lamentablemente me di cuenta demasiado tarde que estaba caliente como el pis del mismo gato que me estaba acariciando. “¡Fuera!”. Esta vez fui un poco más incisivo con mi orden, incluso acompañé con un brusco ademán con la mano, como para asustarlo un poco, solo logré una mirada incomprensiva por demás humana, me observaba atentamente, con la cabecita medio ladeada, mirándome a los ojos como intentando figurarse qué le estaba diciendo.

—Mirá, gatito, si buscás alguien que te adopte acá cagaste, Lorenzo se fue con mi señora a la casa de los abuelos, y el único que podía darte bola era él, porque mi señora odia a los gatos. Encima hace como un año que me está rompiendo las bolas con que quiere un perro, y si te dejo entrar a casa ¿quién la aguanta después? viste como son las mujeres… Correte, me voy a preparar otro vasito.

No sé si sería la incipiente embriaguez, o el hecho de estar solo, pero una súbita oleada de ternura me invadió mientras exprimía las últimas gotas de un limón.

—Tomá, media milanesa fría. Te la doy porque hace como una semana que está ahí. ¡No pienses mal, eh! Ya sé cómo son ustedes, en seguida se encariñan y después no se van más. —El felino la devoró rápida pero a la vez suavemente, como disfrutándola, me pareció algo raro, ya que los gatos que había tenido cuando niño comían como muertos de hambre.

—¡Debés ser el único al que le gustan las milanesas de Clara! —Lancé una carcajada al aire, pero la callé instantáneamente al darme cuenta de nuestra soledad. El animal me estudió nuevamente, vigilándome.

Es curioso lo estúpido que se siente uno al reírse en soledad ¿Acaso se necesita de oyentes para exteriorizar emociones? Tenemos pudor en soledad pero no en público, que cosa extraña. La luz de la madrugada me trajo de vuelta al mundo, abrí los ojos como pude, eran las seis de la mañana, según mi celular, aunque el sol brillaba como si fueran las diez. Aparentemente un cuarto Gancia había sido demasiado. No había rastros del felino, me desperecé como pude y me fui a la cama a esperar al resto de mi familia como si nada hubiera pasado.

Llegaron tipo once y algo, y me despertó Lorenzo de un salto en la cama, dentro mío lo puteé un poco por haberme despertado, era brava la resaca todavía y el dolor de cabeza me taladraba la sien, pero al instante se sobrepuso la alegría por encontrarme con ellos nuevamente. Me pusieron al tanto en segundos sobre la breve visita a los parientes, y simulando las mejores condiciones físicas me incorporé al instante.

Unos mates me despabilaron un poco, mientras me hacían traspirar en otro sofocante día de verano. Anunciaban treinta y cinco grados de temperatura, y lluvia recién el domingo.

—¿Te agarró hambre anoche, amor? Te comiste la media milanesa vieja esa, ya la iba a tirar. Como te gustan tanto hoy te preparé más. A la napolitana ¿Qué te parece? —Almorzamos milanesas nuevamente.

Simulé placer al comer, besé a ambos en la frente y me fui a trabajar. Un día de mierda en el laburo, como cada uno de mis días laborales. Volví tarde a casa, ya era de noche y ya estaban los dos durmiendo. Lorenzo tenía jardín mañana temprano, y su madre aparentemente estaba cansada. Abrí la heladera, me serví un vino blanco con soda, y en un tupper verde no pude evitar encontrarme con las sobras de almuerzo, media napolitana con papas hervidas. No tenía apetito, solo cansancio y calor, mucho maldito calor. Abrí la puerta del patio solo para encontrarme con mi nuevo amigo, el fanático de la cocina de Clarita.

Siempre me gustó “Don Gato y su pandilla”, por eso se me ocurrió llamarlo Demóstenes, como ese tierno gato tartamudo de la tira cómica, personaje inspirado remotamente por un filósofo griego cuya dificultad en la oratoria fue superada a fruto de recitar enseñanzas con varias piedras en la boca. Ahí estaba el anaranjado animalito, esperándome.

Puse el tupper en el piso, y me senté al lado, en la reposera de caño a beber mi vinito. Charlamos un rato, le conté que estaba medio podrido de todo, cansado, cansado de todo, de trabajar, de mi trabajo en la fábrica de colchones, cansado de tener cuarenta años y ninguna ambición a la vista, sólo la misma vida día tras día. Él me entendió, me comprendió y conoció mi sufrir, me acarició los tobillos con su dorado pelaje, como teniéndome compasión.

—Mirá, la verdad me encantaría ser como vos. La vida que llevan ustedes los animales es espectacular, nadie les rompe las bolas, andan por cualquier lado, están con cualquier gata, no le deben plata a nadie, no tienen un crédito en el banco que les saca la mitad del sueldo todos los meses… No tienen que trabajar. ¡Por dios, no tienen que trabajar! Daría lo que fuera por ser libre de nuevo, ser un espíritu salvaje.

—Miraba el cielo casi sin pensar lo que decía, y mientras recitaba esas palabras, una estrella fugaz cruzó el cielo. Así fue como mi sueño comenzó a hacerse realidad, nunca imaginé que al día siguiente me encontraría en una vida completamente distinta, sería una persona nueva, soltero y sin nadie a quien rendir cuentas.

No crean que un genio mágico se presentó en mi casa, ni que el gato en realidad era un ser superior que cumplía deseos, o que era la reencarnación del Buda, ni que la estrella fugaz me concedió otra identidad por la mañana como suele ocurrir en las películas pedorras; lo que ocurrió en realidad fue que mi mujer se levantó a tomar agua en medio de la noche y me escuchó hablando con el gato, pudo oír sobre mis anhelos de soltería, y mis ambiciones de libertad, así que simplemente me dijo:

—Así que estás podrido de todo… entonces andate.

—Me armó las valijas y en media hora estaban en la puerta de calle esperando por una respuesta.

—Decidite, si te vas no volvés. Ahora somos dos. Demóstenes y yo. Los dos extrañamos las milanesas.

(del libro “Media hora de felicidad”. Publicado en la edición Nº 23, septiembre 2013)