Corazón

Todo corazón

Por Tomás Gianandrea

Corazón

A mi amigo Dardito Ormazábal, desaparecido fisicamente en Junio de 2013.

Dicen que se hizo expulsar cuando el partido recién arrancaba. Diez minutos, veinte, veintiuno como una locura, como una exageración, no más. Partido trabado, como casi siempre. Lógico. Con mucho por jugar a esa altura del encuentro; un 0 a 0, un 1 a 0 o un 20 a 0 daba igual, todo se puede revertir con tanto tiempo por delante. Es más, hubo espectadores que llegaron tarde y se quedaron con ganas de verlo. Se hablaba muy bien de él.

Decían que en él mano a mano era impasable, que cerraba cómo ninguno pero que era horrible pegándole a la pelota, imposible que dejara un despeje dentro de la cancha. Sin ir más lejos, una vez se la puso a uno de los reflectores de la torre de iluminación, en un partido que ganaba sobre la hora y aguantando, obvio. Otra vez, la clavó en contra en una final, para no ser menos. Pero un millón de veces cortó antes de que se generara cualquier bolonqui.

Dicen que lo que hizo, lo hizo de corazón. Qué sintió que no llegaba, que la impotencia al ridículo, a la humillación pudo más. Qué sintió que lo desbordaban por enésima vez, o más, o quizás era el primer caño que le tocaba sufrir y no lo pudo soportar. Dicen que quedó viéndole el número a ese delantero oscuro, escurridizo y rápido que en un abrir y cerrar de ojos lo dejó piantado, loco, desquiciado. Le nubló la vista, lo cegó. Dicen que intentó un primer guadañazo, para hacerse respetar, tal vez, y falló. Porfiado, como todo vasco, se incorporó, lo midió y le metió el trancaso. Listo. Asunto resuelto. Roja directa, sin vueltas.

Creyó que era lo mejor, que así estaba bien. Metió un golpe bajo y duro. Nos dejó con uno menos y se fue sin saludar. Nos metió en un bolonqui importante, preguntándonos si pedir o no el 225 para que vuelva a cruzar, a cortar, a sacar, a reventar, de abajo y de arriba. Justo, ahora más que nunca desde arriba.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

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Guayabas

Por Mariano Contrera*

Era una tarde insoportable, estábamos en primavera pero la temperatura ascendía a cuarenta grados. Escribir un texto que transcurra en la plaza 1810, parecía simple al principio, pero ni una idea se caía de los árboles. Estaba ahí, buscando inspiración en la hora muerta, ese bache entre después que cierra el banco y antes de que abran los negocios y salgan los chicos del colegio.

La fuente apagada llamaba a remojar las patas, y el lagarto Tacho (habitante estable de la plaza, que tiene su guarida debajo del Monumento al Bombero) disfrutaba de sus primeros calores al sol. El cuidador de la plaza, sentado en un banco cercano, era el único allí aparte de mí. A paso lento, arrastrando las alpargatas recorría, siguiendo cuidadosamente un recorrido que abarcaba la sombra de las plantas. Tendría sesenta, grandote el tipo, y pelado completo. Se acercó. A un metro de distancia de mí, se estiró y tomó un fruto de la planta bajo la cual estaba sentado.

—¿Una Guayaba? —dijo el viejo estirando la mano, ofreciéndome algo.
—¿Perdón? —no sabía a qué se refería. Tenía cara de bonachón, de buen tipo, parece que estaba aburrido y con ganas de hablar.
—Guayaba ¿nunca probaste? es una fruta tropical que extrañamente se adaptó a estas latitudes —clavaba una de sus largas uñas en la dura cáscara del fruto, y lo abría. Jamás me había percatado de la existencia de una planta frutal en la Plaza 1810.

Parecía ser de esos viejos que saben de todo, por lo que le comenté de mi búsqueda de inspiración para escribir sobre la plaza, tal vez tuviera alguna anécdota digna de ser contada.

—Qué sé yo, tenés el Monumento a la Madre que corona la fuente, está el Monumento al Bombero y el lagarto que vive debajo, el Homenaje al Empleado Público, el recordatorio a los Héroes de Malvinas, el busto de Perón y Evita—. Aquí estuvo como diez minutos el viejo despotricando contra la maldición de los lobenses por ser la cuna de Perón, con improperios varios. Aparentemente no simpatizaba. —Es una fruta rara, tiene un gusto algo extraño, como a kiwi, de exterior verde y blancas por adentro. No era un fruto de lo más sabroso, más bien indefinido en cuanto a sabor, pero antes que nada—. Mientras el viejo seguía.

—Y después tenés las dos réplicas de estatuas griegas, que son las más desubicadas si se quiere. El discóbolo, que es la denominación convencional de una famosa escultura griega realizada por Mirón de Eleuteras en torno al 455 A.C, es un retrato en honor a la disciplina olímpica de lanzamiento de disco, tallada en mármol. La otra es la Venus de Milo, esa joven que vez ahí adelante con el busto al aire y un lienzo cubriéndole la cintura, es una de las estatuas más famosas esculturas de la antigua Grecia y se cree que representa a Afrodita. Si bien a la original le faltan los brazos, a ésta le fueron agregados —parecía saber bastante de historia y de las esculturas, y cuando creía que era todo un erudito, salió con la siguiente anécdota.

—Recuerdo una noche que al flaco Flores lo habían pelado al póquer en Los Naranjos. Un “amigo” tuvo la mala idea de comentarle que un beso a la estatua podía a cambiarle la suerte. Fue tal el golpe que se dio el flaco cuando cayó con la estatua encima que tuvieron que llamar a la ambulancia de los Bomberos para sacarlo de abajo ¡Tendrías que haberlo visto! —estalló en carcajadas el viejo. Qué sé yo quién diantres era el flaco Flores, simulé una risa para no ofenderlo. Escupió un par de semillas de Guayaba y continuó su relato.

—Bueno, lo curioso es que el deportista la observa, mientras ella displicentemente le da la espalda, mirando hacia la calle 25 de mayo. Resulta que ambas esfinges las donó la misma persona, un médico acaudalado que vivía sobre la calle Belgrano, enamorado de una joven de apellido Cantú que vivía en donde ahora está esa heladería. El viejo las hizo poner específicamente en esa posición, y le hizo saber a la dama que estaría allí como la estatua, mirándola y esperando a que ella se digne a no darle más ese dorso desnudo bellamente tallado, esperando al menos una contemplación, que gire ese exquisito cuello bellamente tallado, y lo honre tan solo con un dulce beso de su mirada. Yo era chico en ese entonces, tendría cinco o seis años, pero recuerdo que todo el mundo comentaba eso. La piba era jovencita, veinticinco tal vez, hermosa, gordita pero rubia de ojos claros, piel rozada. Todo ese puterío la traumó, la gente comentaba cosas, que a ella le gustaba provocar, que era una descocada, de todo se decía. La pobre chica, ni salía de su casa, no podía ir a bailes ni a reuniones que ya le sacaban el cuero. Eventualmente dejó de tener amigas, todo el pueblo no dejaba de comentar el tema de las estatuas. El tiempo pasó, ella se fue unos años al campo de la familia en Elvira, pero la fama de loca no la abandonó.

—La vida en este pueblo tiene muchas cosas buenas, como la tranquilidad y el conocer a los vecinos y tener ayuda cuando se la necesita, pero también tiene sus cosas malas. Cuando te tildan de loco, de yeta o de degenerado la fama te sigue hasta la muerte, y fue así que Faustina Esperanza Cantú murió como una pobre loca, colgada de una rama de esta misma planta de guayabas.

—¿Pero quién te contó esta pavada? —fue lo primero que esgrimió mi abuela al leer el texto. Siempre chequeo los textos con mi familia y en esta ocasión fue extraordinariamente incluida ella, que no vive normalmente con nosotros, está en el asilo de ancianos, ya que no está muy bien de la cabeza.

—No sé, un viejo que cuida la plaza, supongo que sabrá algo de todo eso, ¿por? —no entendía los rezongues de la vieja, aunque protestaba por todo últimamente, por lo que no era tan extraño tampoco.

—Eso es una pavada, el viejo tarado ese te dijo cualquier cosa. La chica de Cantú se casó con un tipo de Capital, un tipo de plata y se fue a vivir a la Recoleta. Me acuerdo porque era unos años más joven que yo, pero algunas veces hemos hablado en alguna reunión. El viejo que vivía en la calle Belgrano no era médico, era un tiro al aire con fama de galán. Martínez o algo así era el apellido. Se jugó toda la plata que tenía, le gustaba la timba casi tanto como el chupi. Tenía un par de campos heredados que se los terminó jugando. Una vez arruinado, se terminó enganchando una vieja con algo de plata, de las Chacras —parecía estar convencida de lo que decía, pero había algo que faltaba explicar.

—Eso no explica las estatuas abuela. ¿Por qué pusieron esas y justo en esa posición? —pregunté ingenuamente. La abuela se encogió de hombros, mientras meneaba la cabeza.

—Qué se yo, las tendrían de oferta en la fábrica de estatuas. Capaz fueron a comprar alguna de San Martín y no les alcanzó la plata. Y están puestas así por pura casualidad m’hijo. Usted también se cree cada cosa.

Parecía más convincente la explicación de la Nona, aunque suele desvariar, no está muy bien. Quizá la verdad es una mezcla de ambas, o de ninguna de las dos, pero lo interesante es encontrar la más atractiva. Que cada uno elija.

*Lobense, autor de los libros “La idea fija” y “Media hora de felicidad” (Editorial Cien Km).

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

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Broma Pesada

Por Fernando Negro

Llevaba cerca de una hora sentado en el banco ubicado en frente a la glorieta. La miró tantas veces, como al reloj que le habían regalado la semana pasada cuando cumplió cuarenta y cinco años. Lo recibió de su vecino, el almacenero, único amigo y confidente.

No había mucho para contar de su vida, a esa edad, podría decirse que no conocía nada del mundo, lo que sabía lo sabía por su trabajo, las computadoras. Vive a dos cuadras de la Plaza Tucumán, se lo ve solo los sábados a las veintidós horas cuando va sentarse en ese lugar.

“Sólo una bocanada de aire, para volver a mi propio mundo”, decía Oscar para sus adentros. No le gustaba para nada que se juntara gente cerca de él, sobre todo los pibes, que tenían la molesta costumbre de hacer la famosa “previa” en la glorieta. Eso lo enfadaba en demasía.

Pero ese sábado algo le llamó la atención. Dos personas de traje estaban paradas frente al Monumento a San Martín, un poco lejos, pero la vista todavía le daba para saber que eran dos personas de traje. Uno alto, pelo hasta la cintura. El otro, estatura mediana, pelo corto.

“Me cagaste”, “Vos te acostaste con mi mujer”, “la puta que te parió, cinco lucas valen más que una amistad”, escuchaba a la distancia, al mismo tiempo que intentaba distinguir más de las dos figuras que discutían debajo de la luz sobre la vereda de esa cuadra.

Pasaron cinco minutos, contados sin reloj, hasta que vio como uno de los dos sacaba un arma. Su cuerpo se estremeció antes de escuchar el disparo. Cuando salió, Oscar estaba saltando otro de los bancos de la plaza. Su corazón latía tan aprisa, que ni se dio cuenta que se llevó por delante una rama que el árbol despidió en la tormenta del martes anterior. Caminaba con dificultad, pero esas dos cuadras, las hizo más rápido que la velocidad de la luz.

Fue al baño, se miró al espejo, hasta que mirando su rostro pudo calmarse. Después se desvistió al darse cuenta que en su pierna izquierda debajo de la rodilla le salía sangre. Se curó y se echó a dormir. Olvidó que debía mandar un trabajo urgente a primera hora del domingo.

Eran las doce del mediodía, lo notó porque la luz entraba por la ventana. Se levantó, el dolor había desaparecido. Fue a la PC, envió el mail con el trabajo, fue la primera vez que le importó poco si le pagaban o no. En su cabeza giraba lo sucedido la noche anterior: las palabras, el arma, el disparo. Pensó que la Plaza estaría repleta de policías, que los vecinos iban a ser llamados a declarar a la comisaría y que él iba ser uno de ellos. Pasaban las horas. No recibió un llamado, nunca tocaron su puerta.

Empezaba a morir la tarde, detrás del inmenso eucaliptos que Oscar lograba ver desde su casa. Ese inmenso árbol nacía en la plaza. Una vez llegó a pensar que era como el ojo de Sauron, pero descartó esa idea, no por la altura, sino por lo malvado, ese árbol era su protector. Cuando volvió a la realidad, giró su cabeza y vio el celular sobre la mesada. No tenía mucho crédito, tal vez para un mensaje.

Recordó a su confidente, fue con el celular hasta el borde de la cama, se sentó y empezó a escribir. “Anoche vi un asesinato. Dos tipos discutiendo. Tengo miedo, lo vi todo, pero no quiero llamar a la policía, encima por el cagazo que tuve ni me senté en la PC y tengo mucho laburo para hacer, mañana pasate que te cuento, ni ganas de salir me da, el barrio no es lo que era antes”.

El mensaje llegó cuando Marcelo estaba cenando con su mujer, su hijo, y su cuñado que venía de Mar Del Plata a pasar un tiempo con la familia. Lo vio, miró a su mujer y se empezó a reír.

—¿No te parece que te fuiste al carajo?
—Necesita que lo despierten, dice Marcelo.
—¿Pero todo esto vale la pena? Es una broma pesada, de muy mal gusto, sentenció la mujer.
—Mi amor, está todo bien, a lo sumo si sigue así iré a hablar con él. Durante toda la semana me encargué de hablar con los vecinos y la policía para que sepan. Estaban todos de acuerdo. La imagen que daba todos los sábados por la noche en la plaza, era suficiente para saber que había que hacer algo por él.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

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Pancho Quintero: su vida

Por Menocchio y Melquíades

Pancho Quintero fue un no tan célebre personaje llamado a quedar en la historia. Siempre los personajes son recordados por hacer cosas inolvidables o impensables, pero Pancho lo será por ser un antihéroe y por sus actos simples, mundanos y desgraciados. Ignorado por la prensa y por la historia oficial, nos ofrecemos al mejor postor con esta semblanza exclusiva.

Nació un lejano y lluvioso 25 de mayo, en Empalme Lobos. Su casa se encontraba sobre la Avenida Zapiola, camino que conduce al cuartel homónimo del partido de Lobos. Es el paso más súbito del campo a la ciudad y viceversa, con el bar “El último farol” como refugio del paisanaje más variado de estas pampas.

Su familia estaba compuesta por su padre Julián, su madre Amelia y su hermano mayor, Leonardo. Éste partiría en 1985 a la selva misionera en busca de una vida en contacto directo con la naturaleza. Fue, con los años, un inolvidable luchador que le cantó a la paz mundial. Su madre, como toda madre, lo apoyó en su aventura. Pancho se mantuvo indiferente, en cambio, su padre creía que era un pelotudo y que tenía que trabajar en el ferrocarril.

La infancia de Pancho transcurrió en la calle, al ritmo de bicicleteadas en la siesta, escondidas y manchas televisor. Los niños y los perros eran el paisaje cotidiano, por doquier. Al partir su hermano y estar su padre comprometido en cuerpo y alma al ferrocarril y necesitando Pancho de referentes, se hizo de éstos en el barrio. Entre otros, el “Paleta” González, central zurdo metedor de la Primera de Provincial y, en sus ratos libres, lector de poemas de Garcilaso de la Vega.

Pero también el Paloma Trecú, privilegiado tenor en el coro de Elu Reyes que se quedó mudo a los diecisiete por un único y desconocido agente viral que fue a dar con su garganta en un cumpleaños con choripaneada en el Parque. Música coral, literatura colonial y fútbol local: este inusitado caldo de cultivo moldearía la vocación por la que Pancho pasaría a la historia, en sus supuestos ochenta y dos años de vida, la de furibundo crítico de cualquier tipo de manifestación artística, deportiva y social, tanto local como internacional, actual como pasada.

Trabajó casi toda su vida. Lo hizo por míseros salarios en negro o en gris: empleado municipal, vendedor de espuma en los corsos, mozo y albañil. Fue cadete y ayudante de cocina. Logró terminar la secundaria en el Comercial con el título de Perito Mercantil e intentó seguir sus estudios en el Instituto Nº 43. Fue estudiante de magisterio y de varios profesorados, viajó por todo el país en busca de carreras que fueron desde Veterinaria con orientación en pequeñas mascotas hasta Medicina.

Tuvo su paso por la difícil Licenciatura en Artes Plásticas con orientación en grabado y muralismo mexicano. Sus ex compañeros de estudio ya no lo recuerdan.

También pasó muchos años del otro lado de la ley, violándola con actividades como el tráfico de saquitos de té, proxeneta de ovejas para la peonada de la estancia El Capricho, en General Villegas, y testaferro de jueces y ex galanes de novelas. Pero también se vio reñido con la moral y las buenas costumbres al involucrarse en una red clandestina de figuritas del Mundial 74 y en la compraventa de rulemanes para armar carritos durante los festejos del día del Niño. Fue procesado por asociación ilícita al integrar el staff de un programa en una radio ilegal como imitador de Jorge Corona.

En su vida pasó por matrimonios tan felices como fugaces y adicciones varias (a las películas en blanco y negro, al sexo en grupo, a las tiras de Cataldo). Cambió de orientación política y de religión casi tantas veces como orientaciones políticas y religiones hay. Se lo escuchó definirse, pedantemente, como un “obrero del intelecto” pero también, más modesto y menos borracho, como “un don nadie sin fortuna, caído en desgracia por obra de un destino esquivo”. Nunca tuvo certeza en ningún orden de la vida pero en ella hizo lo que mejor y peor le salía: criticarla.

Vivió como pudo: con hambre en las sobremesas, con frío en verano y calor en invierno, con sueño al despertarse. Su ánimo y su apariencia lo erigían como un ser hosco, inútil, abstracto e inverosímil. El motor incansable de su vida le trajo todo tipo de consecuencias: atentados con molotovs, pedradas en el techo de su casa por las noches, gases lacrimógenos de la policía, ejecución sumaria de hipotecas en su contra y persecución de inspectores de tránsito, supermercadistas chinos y vecinas solteronas.

Algunos cuentan que en la época en que Antonio Cafiero fue gobernador de la provincia, fue desafiado a duelo por muchos de sus criticados. Asimismo, otros dicen que fue incluido en una lista de peligrosos criminales por la DEA junto a Pablito Café, narco y poeta colombiano de escaso relieve.

Lo que es cierto es que no se salvaban ni las obras de teatro experimentales, los relatos eróticos de aficionados ni los resultados de los torneos de libres. En realidad apuntaba, con todo su resentimiento, a todo un estado de cosas que no lo dejaba vivir en paz con nada ni nadie. Su estrechez intelectual era la coraza que lo defendía de tanta injusticia, de tanta verdad a medias y de tanta espesa amargura.

Intentaremos encontrarle la vuelta a toda esta desgraciada historia. Tal vez el origen de toda su infelicidad y temeridad haya derivado de la conflictiva relación con sus padres. Pancho, al cumplir los diecisiete, fue agasajado con una cena por su madre: pastel de papas con pasas de uva. Ni bien fue servido, cubrió la fuente con un espeso vómito, de mala apariencia y peor vaharada.

Dijo que le pareció infame la decisión de ponerle pasas de uva. Su padre lo estampilló contra la pared de un cachetazo de revés ya que lo creía un pelotudo como el hermano. Su madre lloró a mares. Pancho se fue de casa para no volver jamás. Esos primeros años de fugado los pasó sobreviviendo debajo del puente distribuidor.

¿Habrá tenido algo que ver todo esto con su última aparición como crítico en la revista “Empanadas criollas, asado con cuero y caudillos federales”? En ella aparecieron una serie de notas anónimas que exaltaban el guiso de mondongo como un “regalo al paladar” al tiempo que demonizaban al pastel de papas con pasas de uva por el hecho de incluir a éstas últimas. “Una infamia imperdonable” era la frase que cerraba una de esas notas.

Nos quedan un par de certezas: la primera es que la vida es hermosa pero finita y, de tal forma, trágica. La segunda, que la libertad de uno empieza donde termina la del otro. Pancho, a pesar de tanto infortunio buscado o involuntario, las comprueba sin medias tintas, arriesgando el todo por el todo.

Afortunada o desgraciadamente, ya no hay chances de que alguien más se anime a recordarlo o a invocarlo en vano o, tal vez, con algún mínimo atisbo de legitimidad, misericordia o benevolencia.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

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Segunda Guerra (cuarta entrega)

Cerrando estas entregas viajeras y en un mapa imaginario, ubicamos a los principales protagonistas de la Guerra, trazamos sus movimientos y dejamos establecido como quedó la cosa. Un antes y un después en la Historia: el genocidio.

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Por Mauricio Villafañe

Es un monstruo grande y pisa fuerte: Introducción, nudo y desenlace

El resentimiento, las crisis económicas y políticas, la inestabilidad, la incapacidad del orden mundial vigente y el expansionismo de las grandes potencias (aliadas y no aliadas)* desembocó en la guerra. La invasión nazi a Polonia fue el chispazo que hizo estallar la ya tensa situación. Del ataque sobre Polonia, Alemania pasará a Francia, asaltando y ocupando buena parte de su territorio a mediados de 1940. Estos primeros movimientos se caracterizan por el desarrollo de la blietzrieg o guerra relámpago, una combinada y rápida ofensiva aérea y blindada que rompía con la línea enemiga y ocupaba posiciones claves.

Así, se impedía el retroceso o el abastecimiento del enemigo. Más al oeste, la España de Franco (devolviéndole a Hitler las “gentilezas” del bombardeo a Guernica durante la Guerra Civil Española) permanece neutral, asegurándole al Eje el control de casi toda Europa Occidental y del Mediterráneo. El bastión occidental fue Inglaterra quien resistió, a pesar de las bombas nazis, gracias a su condición insular (que la aislaba) y al apoyo financiero de EE.UU, que por el momento se mantenía fuera del conflicto.

Respecto al frente oriental y para mediados de 1941, Hitler decide invadir la URSS, dando por terminado el pacto de no agresión. La resistencia del Ejército Rojo fue tan heroica como desorganizada. Una de sus claves fue la táctica de “tierra arrasada”: la quema de campos que le negaba el abastecimiento a la extensa línea alemana. Esto, junto a la llegada del invierno, van limando las reservas que le hubieran permitido a los nazis ocupar los puntos urbanos y geopolíticos más importantes de la URSS: Leningrado y Moscú.

El extenso y finalmente fracasado sitio de Leningrado fue desgastante y dramático, con grandes costos humanos. Fue uno de los puntos de inflexión dentro del conflicto: Stalin convocó a la defensa de la “Patria de los trabajadores” y dio inicio así a la ofensiva soviética, haciendo retroceder a los nazis. La posterior persecución y avance ruso aceleró el ritmo de la derrota nazi.

A esta altura la guerra ya era mundial: los Estados Unidos aportaban a los aliados su tecnología y superioridad productiva. En este marco, el bloque aliado invade Italia, derrocando a Mussolini, y Francia, en el famoso “Día D”. El “cerco aliado” estaba tendido y la otrora potencia alemana estaba deshecha desde lo moral, económico y militar. Hitler se suicidó y Berlín fue ocupada.

La guerra siguió en el Pacífico. Los bombardeos yanquis se vuelven indiscriminados ya que un ataque de infantería sobre la isla sería costoso y hasta imposible. En la adopción de esta táctica la que pagó el precio fue la población civil japonesa. Decidido a jugar el todo por el todo y en un hecho sin precedentes, los EE.UU lanzaron dos bombas atómicas y Japón se rindió incondicionalmente.

Estamos hablando, hace unos meses ya, del conflicto armado, ideológico e interimperialista más importante, destructivo y cruento de la historia. El desastre humano y material era su lógico corolario. Incalculables montos de dinero, millones de vida en los frentes de combate o en los campos de concentración.

2

Produciendo muerte: el genocidio

Detengámonos un momento en este último punto. En paralelo al desarrollo de la Segunda Guerra, los nazis fueron orquestando diversas medidas de persecución, aislamiento y eliminación de los/as judíos/as. De las leyes se pasó al ghetto y de ahí a la llamada “Solución Final” entendida como el exterminio sistemático, masivo y “racional” de los/as judíos/as. El crimen organizado en torno a la cuestión racial era “producido”; es decir, el exterminio se hallaba unido al progreso industrial del mundo moderno y se desarrollaba como si fuera parte de una cadena de producción (ni más ni menos que la producción de muertes en serie).

El hacinamiento en campos de concentración y exterminio implicaba el despojo y todo tipo de vejaciones, imaginadas o no. En los campos se determinaban los/as aptos/as para el trabajo, a quienes se los/as superexplotaba hasta el agotamiento. Niños/as, viejos/as y muchas mujeres pasaban directamente a las cámaras de gas y a los hornos crematorios. El objetivo nazi era la purga y la remodelación biológica de la humanidad mediante un genocidio.

Como dice Enzo Traverso, esto llevó al desgarro de un tejido histórico sustentado en las relaciones humanas, que es el que permite a hombres y mujeres reconocerse como tales ¿Cómo podría sostenerse eso cuando verdugos y víctimas no se reconocen humanos? Este es el significado profundo del genocidio, un quiebre dentro del quiebre que significó la Segunda Guerra Mundial. Hagamos el amor, no la guerra. Buen viaje para todos y todas.

*No sólo la Alemania nazi se hallaba en una fase de expansión territorial y/o de ampliación de sus imperios. También en esto estaban implicadas todas las grandes potencias; esto llevó a la colisión y a la guerra.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Por Soledad Arguello

Editorial Nº 25: Mucho más que dos

Por Soledad Arguello

Por Soledad Arguello

Pasaron dos años. Veinticinco ediciones, muchas historias, entrevistas, cuentos, autores/as de acá y la búsqueda permanente de conformarnos como un medio que invita a la reflexión, a dar a conocer las cosas que hace gente con ganas de cambiar, al menos las formas simbólicas de comunicar.

Noviembre nos pareció la excusa para retratar aquellas anécdotas y lugares de acá nomás. Por eso, viajamos por la historia de Pancho Quintero, gran baluarte que supo caminar las calles de Empalme Lobos. También el placero de la 1810, quien explica los recuerdos que hacen a la explicación de la posición de las estatuas. O los episodios que transcurrieron en la glorieta de la Plaza Tucumán.

Las aventuras en una vinería abandonada en Salvador María y la forma de ver la vida en un pueblo que creció junto a Electromac y el paso de los trenes. La memoria de un amigo que partió o la previa a viajar a la gran ciudad en las viñetas de la historieta Cabrón.

Entonces, la propuesta del Aniversario II se desliza por las postales de acá, escritas por plumas de acá que de algún modo intentan sumar algunas páginas a la memoria de la ciudad, de sus lugares, sus pueblos, sus paseos, sus cielos. A leer, a olvidar el mundo paralelo real. Dos van, muchos vendrán. Que comience otro viaje más.

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Conseguí el viaje Aniversario II: Postales de acá

Buscá el Nº 25 de revista el viaje en los lugares de siempre. “Postales de acá” es un paseo por distintos lugares de la zona que reflejan historias de personajes de acá, por escritores de acá. 

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Portada viaje Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013.

La propuesta del Aniversario II se desliza por las “Postales de acá”, escritas por plumas de acá que de algún modo intentan sumar algunas páginas a la memoria de la ciudad, de sus lugares, sus pueblos, sus paseos, sus cielos.

A leer, a olvidar el mundo paralelo real. Dos van, muchos vendrán. Que comience otro viaje más.

Viajan: Fer Sambade, Mauricio Villafañe, Menocchio y Melquíades, Mariano Contrera, Alan Dimaro, Fernando Negro, Tomás Gianandrea, Soledad Arguello, Nicolás Bernal y Lesformasinformales.

Conseguila en…

Lobos: Colombo diarios (H. Yrigoyen y Arevalo). HJ Electricidad (H. Yrigoyen 57). Pericles (9 de Julio). Gráfica Arias (Berro 381). Mirar Cultura Lobos (Rauch 155). Stihl Concesionaria (H. Yrigoyen 983). Scotti Seguros (Moreno y Laprida). Pastas Biló (Perón 344). Pintureria Barbieri (Alberdi 120). Custom Shop (Bs. As y Almafuerte). Canal Cuatro Lobos (Bs. As), Biroccio Molinos (Olavarrieta 332), Andale Wey (Ayacucho 30), Soc. Rural (Las Heras 87), Casa Cultura de Lobos (Salgado 585). Peluquería Cousin´s (Moreno 539). Agencia Movistar (9 de Julio 63). Giorgis Automotores (San Martín 267).

En Salvador María: Ferreteria Don Atilio (Av. 10 Jerónimo Topa). Autoservicio La Armonía (Av. 10 J.T). (calle Nº 5). Churros Las Garcías (Av. Costanera, Laguna de Lobos).

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Tiburones en Paraguay

Por Nicolás Bernal (junto a Matías y Menotias)

Caminando por cuadrados mis cuádriceps, bien peinado, perfumado y un misil pasó por mis ojos, peinó mi pelo y formó un jopo dinamitado lleno de olor a pólvora, juro por el sol que hubiera dado una falta envido por ese polvo pero tenía solo un gol y unas manos callosas de tanto cielo. Miré delicadamente el cielo y sonreí.

Pensé en decirle que estaba en guerra pero es tan linda que tenía miedo que corra con sus atrofiados gemelos hacia su montaña perfecta y desde ahí me grite: sos un lagarto humano fumando Marlboro que muestra el número del celular. Dame una cerveza, le dije a José el dueño de Quilmes, José el fierrero, el cargado de risas infantiles, él me dijo: “deja la mesa que es para tomar y andá a buscar tierra en tus deseos íntimos que se desnudan ante un poco de polvo, de pisos sin barrer”. Me ajusté bien los pantalones y le dije a mi hembra que un hombre sin un ruido sexual es una médula virgen y eso los hace competentes.

Pero ella se iba, loco, se iba, cerraba los ojos, la re cagaba a flores pero se iba por la arena cuando yo pensaba en jardín. José el fierrero se dio cuenta que ya salía el sol y yo había prometido la vida, me hizo firmar unos papeles y me dio un 22.

Yo solo le pregunte: “¿ese cigarrillo es de menta?” Me dijo que sí, entonces cargué mi bolso negro y me fui a otro planeta a hablar con José.

Que bien que la pasamos en Paraguay, hasta flores de postre y nada de postre. Nos pusimos a pescar y las carpas saltaban pasando la tierra pero siempre hay uno que dice que no se pesca nada, hasta que se metió en bote con jopo y pólvora a matar con escopetas tiburones.

El tema fue cuando todos los presentes en la costa se dieron cuenta que el agua era tierra y el bote era un renó 12 rojo con vidrios polarizados y música fuerte. Mirá que tantos cartuchos para tan pocos tiburones comentaban cuando dos nutrias hacían el amor.
El hombre del polvo y la imaginación al costado del cerebro encendía un pucho al revés y creía que largaba humo, pero en realidad era aire, ese aire que parece humo cuando hace frío.

Por la carretera que genera espejismos acuáticos nos vamos yendo al planeta que liberaría la malta de la Quilmes, libertad asegurada como el trigo cuando se exportó a Europa en el 90.

Misiles de polvos otra vez persiguiendo las narices acaloradas del desierto silvestre y José que me mira y me dice: “pero los Marlboro ya no vienen más mentolados”.

La concha, otra vez me acuerdo de la cara linda de esta yegua indomable y me agarra un dolor de panza que me hace pegar un volantazo aunque el que manejaba era otro tipo más consciente y menos borracho que cualquiera de todos ustedes que seguramente ya no me prestan atención.

¡Andate! le digo a la imagen en mi cabeza aplastada por un tubo de ensayo que tenía una mezcla de alcohol y 20 elementos químicos distintos, ¡ándate la puta que te parió, no ves que vamos a chocar!

Entre volantazo que viene y volantazo que va, la mejor oferta no era un curso de office y terminamos en un arroyo de Caaguazú pescando tiburones.

Tenía a un tiburón en la mira quien el mismo me mira y me dice: “¡pará! que me voy por donde vine y de paso conozco las cataratas del Iguazú”, me quedé perplejo.

En la ventanilla del renó rojo, abrazado a la puerta, discutiendo con un hombre de traje y jopo, que estaba más duro que Tinelli y tenía en la remera a Steven Spielberg con una remera de su peli Tiburón estrenada en 1975.

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Esta semana sale el viaje Aniversario II

Cumplimos dos años y deseamos que este número quede en el recuerdo en las historias de los lugares que todos alguna vez pisamos. Postales de acá es eso: el reflejo de nuestro lugar a través de anécdotas y personajes que conocemos y son de acá. 

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Porta el viaje Aniversario II, Postales de acá.

Tenemos dos años ya. Noviembre nos pareció la excusa para retratar aquellas anécdotas y lugares de acá nomás. Por eso, viajamos por la historia de Pancho Quintero, gran baluarte que supo caminar las calles de Empalme Lobos.

También el placero de la 1810, quien explica los recuerdos que hacen a la explicación de la posición de las estatuas.

O los episodios que transcurrieron en la glorieta de la Plaza Tucumán. Las aventuras en una vinería abandonada en Salvador María y la forma de ver la vida en un pueblo que creció junto a Electromac y el paso de los trenes.

La memoria de un amigo que partió o la previa a viajar a la gran ciudad en las viñetas de la historieta Cabrón. Se viene, buscala, leela, viajá.

(más en la edición Nº 25, noviembre 2013)

“Creo que todo sucede por una razón. Todo pasa cuando tiene que pasar”.

(Lou Reed, 1942-2013)

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Té de María y amor

Por Nicolás Bernal

Te miro loco y hace cuatro meses sigo loco acá, después de todo, la sangre por reembolso nunca va a llegar. Que días raros son los que pasan esperando amor. Las soluciones son las que llegan con el tiempo en vaivén.

Te pienso loco y hace tiempo que no sé que pensar, lo mejor de todo, es que un re cuerdo no sirve para esta situación. Yo que alguna vez dije, que bien le hiciste a los días en mí. Si vuelvo a casa, ojalá que de lejos te pueda ver.

Te escribo loco y hace mucho que no paro de escribir, todo me cuesta, si por la noches ya no sé dormir. Mirá los arboles en este otoño, las hojas caídas coinciden con mi lamentar. Los pensamientos escapan en orgullos que no nos dejan ver.

Te extraño loco y hace horas que de nuevo hablé con vos, fue un chispazo o las cenizas que no vuelan en el ventanal. No hay palabras, si lo que falta ya lo sabe decir una enredadera de besos y abrazos. Las golondrinas se quedaron en el calor de los dos.

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