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Broma Pesada

Por Fernando Negro

Llevaba cerca de una hora sentado en el banco ubicado en frente a la glorieta. La miró tantas veces, como al reloj que le habían regalado la semana pasada cuando cumplió cuarenta y cinco años. Lo recibió de su vecino, el almacenero, único amigo y confidente.

No había mucho para contar de su vida, a esa edad, podría decirse que no conocía nada del mundo, lo que sabía lo sabía por su trabajo, las computadoras. Vive a dos cuadras de la Plaza Tucumán, se lo ve solo los sábados a las veintidós horas cuando va sentarse en ese lugar.

“Sólo una bocanada de aire, para volver a mi propio mundo”, decía Oscar para sus adentros. No le gustaba para nada que se juntara gente cerca de él, sobre todo los pibes, que tenían la molesta costumbre de hacer la famosa “previa” en la glorieta. Eso lo enfadaba en demasía.

Pero ese sábado algo le llamó la atención. Dos personas de traje estaban paradas frente al Monumento a San Martín, un poco lejos, pero la vista todavía le daba para saber que eran dos personas de traje. Uno alto, pelo hasta la cintura. El otro, estatura mediana, pelo corto.

“Me cagaste”, “Vos te acostaste con mi mujer”, “la puta que te parió, cinco lucas valen más que una amistad”, escuchaba a la distancia, al mismo tiempo que intentaba distinguir más de las dos figuras que discutían debajo de la luz sobre la vereda de esa cuadra.

Pasaron cinco minutos, contados sin reloj, hasta que vio como uno de los dos sacaba un arma. Su cuerpo se estremeció antes de escuchar el disparo. Cuando salió, Oscar estaba saltando otro de los bancos de la plaza. Su corazón latía tan aprisa, que ni se dio cuenta que se llevó por delante una rama que el árbol despidió en la tormenta del martes anterior. Caminaba con dificultad, pero esas dos cuadras, las hizo más rápido que la velocidad de la luz.

Fue al baño, se miró al espejo, hasta que mirando su rostro pudo calmarse. Después se desvistió al darse cuenta que en su pierna izquierda debajo de la rodilla le salía sangre. Se curó y se echó a dormir. Olvidó que debía mandar un trabajo urgente a primera hora del domingo.

Eran las doce del mediodía, lo notó porque la luz entraba por la ventana. Se levantó, el dolor había desaparecido. Fue a la PC, envió el mail con el trabajo, fue la primera vez que le importó poco si le pagaban o no. En su cabeza giraba lo sucedido la noche anterior: las palabras, el arma, el disparo. Pensó que la Plaza estaría repleta de policías, que los vecinos iban a ser llamados a declarar a la comisaría y que él iba ser uno de ellos. Pasaban las horas. No recibió un llamado, nunca tocaron su puerta.

Empezaba a morir la tarde, detrás del inmenso eucaliptos que Oscar lograba ver desde su casa. Ese inmenso árbol nacía en la plaza. Una vez llegó a pensar que era como el ojo de Sauron, pero descartó esa idea, no por la altura, sino por lo malvado, ese árbol era su protector. Cuando volvió a la realidad, giró su cabeza y vio el celular sobre la mesada. No tenía mucho crédito, tal vez para un mensaje.

Recordó a su confidente, fue con el celular hasta el borde de la cama, se sentó y empezó a escribir. “Anoche vi un asesinato. Dos tipos discutiendo. Tengo miedo, lo vi todo, pero no quiero llamar a la policía, encima por el cagazo que tuve ni me senté en la PC y tengo mucho laburo para hacer, mañana pasate que te cuento, ni ganas de salir me da, el barrio no es lo que era antes”.

El mensaje llegó cuando Marcelo estaba cenando con su mujer, su hijo, y su cuñado que venía de Mar Del Plata a pasar un tiempo con la familia. Lo vio, miró a su mujer y se empezó a reír.

—¿No te parece que te fuiste al carajo?
—Necesita que lo despierten, dice Marcelo.
—¿Pero todo esto vale la pena? Es una broma pesada, de muy mal gusto, sentenció la mujer.
—Mi amor, está todo bien, a lo sumo si sigue así iré a hablar con él. Durante toda la semana me encargué de hablar con los vecinos y la policía para que sepan. Estaban todos de acuerdo. La imagen que daba todos los sábados por la noche en la plaza, era suficiente para saber que había que hacer algo por él.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)