Ningún agregado

Ningún agregado

Por Félix Mansilla

El ahora viejo Ruiz un día se cansó de su lugar. Cazó las valijas y salió con lo puesto, casi. Desde la ventanilla del tren observó cada pueblo que a su alrededor pasaban como fuera de foco. El verde era una forma de escapar. Era ver una manera más de dejar el pasado en su lugar, para iniciar desde nuevos ripios de la vida.

Con veinte años y poco más, su presencia en cada situación mostraba una cara endurecida por el sol, con siestas de cuarenta minutos con cuarenta y dos grados a la sombra. Por eso, el viento en su sombrero hacía aletear el techo de los sueños.

La idea de huir resultó un plan para todo el trecho sin tranqueras. Las casualidades o la suerte o el mismo viento, hizo que una madrugada de agosto baje en la estación de Lobos. Le gustó. Cruzó la avenida sintiéndose un extraño. Nadie calzaba bombacha, ni botas, ni rastra. Avistó sorprendido a un gaucho de azúcar que pasó con la boina desacomodada, toda percudida, pero nada más que eso.

Entró al hotel Géminis y al otro día era ayudante de cocina pelando pilas de bolsas de papa. Así es que decidió quedarse. Pasó una semana en el hotel. Lo que trabajaba le daba asilo y en su sombrero guardaba los morlacos que le serían de gran ayuda si decidía cambiar el rumbo.

El mismo tren que lo trajo a estos lares fue el mismo que lo dejó en la Estación de Salvador María, donde en menos de una semana comenzó a sentirse bien, como del lugar. No era raro que llamase la atención semejante sombrero en su cabeza ni la faja multicolor que resaltaba al bajar del Jeep que compró a cambio de un trabajo bajo el sol, alambrando sueños. Hoy vive bien, no se queja. Cambió un par de veces el auto y siempre anda por El Coloso, conversando, entre copas y anécdotas.

Yo lo conocí de chico. Me resultaba un hombre petiso, pero forzudo, porque cada vez que llegaba te apretaba la mano con un saludo tajante. Una vez compartimos aventuras de su pasado en varias rondas de mate en una obra en construcción. Eran esos años en los que me contaba los pelos de las axilas para encontrar la señal de crecer.

Mi viejo —que lo conocía de jornadas plenas de calor bajo el sol, quemados por rollos interminables de alambre de San Martín— me batió la forma de no ser víctima de su filosa mano derecha. La misma, en cada apretón, hacía que mis dedos queden escurridos como si Ruiz estuviese apretando un guante de látex.

—Yo no saludo más —repetí acobardado.
—Pero no. Tenés que ganarle de mano y tomar vos la mano de él.
—¿Cómo?
—Calculás mentalmente la forma de que tu mano agarre la de Ruiz. Si él no te gana tu mano, hacés que se quede sin fuerza en los garfios.

Pasaron muchos años de aquellos consejos que luego supe (y sé) aplicar en los momentos de cordialidad. Aquella explicación se me grabó en la cabeza y es muy parecida al escudo del PJ, pero sin reveses políticos.

Lo cierto es que la figura de Ruiz, ese que se vino sin rumbo y construyó sus anhelos lejos de su tierra, es como una postal porque siempre está igual. El recuerdo es el mismo cuando pasaba en el Jeep o en el Renault 12 rojo o ahora en un auto más moderno. Calculo que el cuchillo lo lleva en la guantera. Debe ser muy incomodo viajar con el lomo incrustado por un suncho envuelto en cuero.
Hace poco lo crucé. Ruiz es el mismo.

Salía de comprar del mercado donde se cocinan todos los puteríos del pueblo. Yo bajaba de la moto y le vi la sonrisa de tipo que ya no pide más nada. Es el tipo que si la charla dura más de diez minutos seguro cola alguna historia de su lugar. Siguió sonriendo y se vino con ese andar petiso al cordón de la vereda. Volvió el consejo y no sé si porque ahora olvidó el apretar de manos, pero me sentí un ganador de manos de abajo. Ruiz sacó la mano y se acomodó el sombrero.

Vi la estampa en la sombra del cemento. Llevó la bolsa de red hasta el auto, se volvió hacia mi y me preguntó por mis viejos, de la vida de mi hermana y el nuevo trabajo de mi hermano. Cruzamos algunas apreciaciones sobre el presente de River y encaró enseguida para El Coloso.

No sé si conoció al Glorioso tito o si compartió copas con Patricio Braque. Ruiz siempre será para el prototipo del provinciano nacional que ríe, se acostumbra y crece lejos.

—Bueno, nos vemos, Ruiz. Ojo con la ñorsa, eh —dije y le volví a apretar la mano como a un guante.
—Bueno che, saludá a tus viejos de mi parte. ¿Qué hace el viejo? Era salvaje tu viejo. Qué tipo más entrador. Si habremos alambrado y bolaceado por ahí —se rió y salió con el paso corto de laucha.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)