Electromac

Creciendo siendo en Empalme

Por Nicolás Bernal

Y los primeros recuerdos que se vienen en fotos, esas calles de tierra ahora de asfalto, en la avenida Zapiola el jardín 902, con el Mapa y Pablo éramos tortugas ninjas, festejando cumpleaños en Rivadavia, nada malo podía suceder a menos que mis padres me vayan a buscar. El barrio era nuevo de casas iguales, en la colonia Manotas nunca aprendí a nadar y a lo hondo le tenía terror. El grupo era sano, acampando en el gran Electromac.

Y de los chicos del barrio nunca me voy a olvidar, reventando los sapos con fosforitos, caminábamos a la deriva como nos guía el viento, en bicicleta a la casa de mi abuela cerca del Porongazo, un bar de borrachos que nos faltaba tiempo para pisar.

Descubríamos lugares nunca antes investigados, de casas abandonadas, de cavas extrañas con mitos de gente ahogada. Y pordioseros y mal hablantes nos descubríamos en el humo al fumar varios cardos sobre el canal y mareados seguíamos escondidos en las gorras de bandidos, con guerras de piedras y encierros de castigos. Los amores no existían, todos juntos espiando una vecina. El chocolate era el barro y el barro nuestra pintura, salpicado en la cara, resecado por el sol que en Empalme pega distinto.

Las piletas eran las zanjas o la de algún afortunado, secándonos en las paredes esperando que se haga la hora para ir a entrenar al inigualable Club Provincial. Los dedos pegoteados de naranja afanada de estación, los caramelos que se fueron al bolsillo sin preguntar, las lagartijas esperando ser desafiadas y los días de lluvia jugando con el Songa de los hermanos Viglieri.

Mis amigos de Lobos que venían a colaborar en las inseguras chocitas de bolsas arpilleras, mi hermano Luquitas que me seguía a todos lados era adorado y protegido por todos, en los arcos con palos de paraísos se cansó de hacer goles. Buscando la vuelta para conseguir algunas monedas para las figuritas, el problema se armaba cuando el álbum se llenaba. El kiosco del bigote era el más visitado. Llegaban las fiestas y todos juntos doce y media en la esquina de siempre.

Fui creciendo y poco a poco aprendiendo que las cosas sencillas me llevan a esos momentos que están guardados en mi corazón. Los pelos que asoman, la voz que se aflauta y la excitación ya es otra con las rayas del Venus que me acompañan. Podemos todo lo que queremos, todo vomitado esperando el Expreso de regreso a Empalme.

Y hablando de viajes, esos viajes eternos en bicicleta sobre la Arévalo con viento en contra, el galpón de Provincial que chiquito se ve. En el Porongazo a la tardecita vermut y papas fritas, invitándolo a mi abuelo para que nos acompañe. En frente de casa, en el Pali Bar, aprendí a jugar al billar gol y a mentir en el truco, estos tipos de bares eran muy concurridos.

Lo demás por ese entonces era paja y re significación. ¿De dónde soy? De Empalme Lobos. Empalme es el Springfield de Argentina y el lugar de las cinco esquinas. Empalme es lo que lo que la gente es.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)