CHUSE 4

Alto comando

Por Félix Mansilla

Mirar esa parte del pueblo en las alturas nos hacía sentir héroes de la nada. Estábamos en la terraza de la fábrica abandonada Uviac, por fumar el pucho de la victoria y siendo parte de una aventura más de sábado a la tarde.

Desde lo alto, podíamos divisar apenas una parte del pueblo, lo que nos conducía a investigar todo el abandono de las botellas de tres cuartos o descubrir etiquetas de vinos que no fueron a parar a ninguna mesa.

El Pollo sacó un paquete de Philips Morris, arrugado —igual a los que fuma también hoy—- con apenas dos cigarros aplastados. No recuerdo quién agarró el resto, pero sé que eso hizo que todos saquemos de nuestros paquetes para convidar.

Tomá uno

—Ahora me toca a mí.
—Pero si recién fumamos de los tuyos.
—Agarrá, che. Dos mangos salen. Fumate uno —dijo George casi sobre el final de la década un peso un dólar.
—No, gracias. A los cohetes los prendo en navidad —contestó Verdún con media carcajada.
—Pero andá a cagar, si cuando no tenés sos capaz de fumar un marlo de choclo, infeliz.
—Che, dejensé de joder con los puchos ¿Vieron la calza de Meli? —preguntó el Gordo.
—Sí, boludo. El otro día en el baby pasó con las manos ocupadas pero con la cola que se le movía sola para todos lados.
—Andá, mejor está la amiga. Pero, bueno, que tiene mejor cola Meli eso está cantado.

Món jamón

—Che, ¿cuándo vamos a hacer una pesca? Hace un montón que no vamos todos juntos —tiró el Pollo.
—Sí, en especial vos, que ahora sos monaguillo y vas todos los sábados a misa —mandó Atilio.
—Faaa, ¿té acordás de la monja? Qué vieja de mierda. A mí no me quería —rezongó el Gordo.
—Claro, también vos —se defendió el Pollo.
—¿Yo qué? si lo único malo que hice fue avisarle que habían traído al video La tentación de Cristo. Hizo de cuenta que le nombré al diablo. Ya habrá espichado la vieja.
—No, no murió. Está en Lobos. Vive cerca de Las Delicias.
—La otra era buena, pero esta vieja era más mala que la mierda. No te podías ni tirar un pedo sordo que en el medio de la misa te hacía parar para mandarte al fondo donde te veía todo el mundo. Con qué necesidad.
—Che, pero vos no querés a nadie.
—Cómo qué no. A vos te quiero, bobo, pero esa vieja que reviente por zorra.
—Che, dejala tranquila a la vieja.
—Ahí lo tenés al santulón. Si comés santos y cagás diablos.
—Vos porque nunca tuviste un vínculo con las monjas.
—¿Qué, vos tuviste algún vínculo con las monjas? —dijo el Gordo haciendo que vomitaba en la cornisa.

Sin cura

—No sé, el único copado era el cura, que después le pintó el amor y se fue a ponerla sin culpa. Un genio. Una vez, en la primera confesión antes de la comunión, me dijo que le cuente algún pecado.
—Y sí, si fuiste a confesarte le tenías que contar los pecados —arrojó George sin decir boludo.
—No sé, le dije que había discutido con mi vieja, que le había pegado a mi hermano. Pero el tipo sabía que le estaba escondiendo algo, entonces, me dijo con esa cara de buen tipo y tono de cura después de dormir la siesta: ¿Pero debe haber algo más? Y ahí no pude traicionar a los santos que siempre pensé que eran de mármol. Pero bueno, me apretó y largué. Le conté que había visto con mis amigos unas revistas porno, que sabía que eso estaba re mal, que no era lo mejor para mí, bla bla blá.
—¿Y? —preguntó el Pollo.
—Me dejó que terminara. Y estoy seguro que alguna porno habría visto el cura.
—No creo —largó el Pollo con un tono incrédulo.
—Va, no sé, tenía pinta de que alguna había visto. En ese momento, pensé que se venía un sermón larguísimo. Pero no. El tipo fue al grano, así de una, para despacharme. “No hagas eso, dejá que tus amigos hagan lo que quieran. Eso es cosa de pajeros”, me dijo. Después cuando me enteré que había dejado los hábitos, lo entendí. El tipo la tenía clara, no por lo que me dijo, sino porque no salió con que era pecado ni nada de eso. Imaginate lo que hubiera sido.

Tipos como nosotros

—Bueno, ¿terminaron la misa ya? —apuró Verdún.
—Callate, vos ni bautizado estás.
—Sos como un anticristo. Acá, estamos todos bautizados menos vos.
—Sí, si me bautizaron. Preguntale a mi vieja, a mi hermana.
—Vos no estás bautizado…
—Che, dejen de hablar de religión un poco. Hablemos de las chicas.
—Sí, tiene razón el Gordo. Igual, las minas de nuestra edad se fijan en los más grandes.
—Te dan minas las motos por las bolas. Es eso.
—¿Qué?
—Nada, un loco de La Pampa decía eso: “Te dan bola las minas por las motos” —agregó Tobi que fumaba como un dandy, acodado en uno de los rincones de la terraza.
—No sé, hay que inventar algo, no puede ser. Un plan o una manera de que las chicas se fijen en nosotros. En tipos como nosotros.

Masterplan

—¿Y qué? ¿qué vamos a hacer?, ¿a ver, el genio?
—Bueno, el señor es el primero en renunciar sin siquiera escuchar o tirar una idea.
—Pero qué vas a hacer. Los tipos grandes se agarran a las chicas. Es así. Cuando tengamos más años…
—Ah, sos un optimista esperador ‘de-la-edad-en-que-las-minas’…
—Bueno, pero es lo que pasa —se resignó George sin decir hermano.
—Bueno. Vos no escuches. Yo pensaba la otra noche. Algo tenemos que hacer. No puede ser que nos arrebaten a las chicas, si no hacen nada. No tienen un mango igual que nosotros.
—¿Cómo que no? El viejo del granudo cambió la camioneta, se fueron un mes a Mar del Plata…
—¿Y? eso no tiene nada que ver.
—Sí, ya sé, pero bueno, dijiste que no tienen guita.
—Bueno, si vos no crees en mi plan, no digas nada. La idea sería armar una fiesta con la excusa de que estamos en primavera, vamos a la pileta…
—Pero si todavía no es verano, hace un frío para meterse a la pileta.
—Bueno, está la parrilla. Hacemos algo ahí. Colgamos dos focos, compramos cerveza, vino. Las mamamos y después va a ser más fácil.
—Es verdad. En Buenos Aires se usa eso.
—¿Viste? Yo no lo vi en Buenos Aires, pero tiene que funcionar.

Cohetazos

—¡¡¡Bajen de ahí, carajo!!! —gritó el viejo de la casa de al lado de la vinería.
—Boludo, el viejo. Rajemos —dijo el Pollo.
—Dale, dale —susurró Atilio haciendo señas con las manos. Se escucharon dos estruendos.
—Uh, está con la escopeta —alertó el George después de los cohetazos.
—Bajen, bajen que nos caga a tiros.

Escape

Los disparos hicieron que la banda se gane como sapo para el lavadero en los pajonales de la fábrica abandonada. Por instinto, por cagazo o supervivencia extrema corrieron como correcaminos, saltando en limpio el paredón alambrado de casi dos metros que cercaba la fábrica. Después, descansaron fumando en los andenes abandonados de la Estación.

—Bueno ¿Cómo era el plan?
—No sé, ni idea. Por ahí es una cagada lo que pensé.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)