Carrillo

Más vale prevenir que curar

Ramón Carrillo (1906- 1956) fue un médico sanitarista santiagueño que tuvo el mérito histórico de haber sido el padre del sistema de salud pública nacional. Fue el primer ministro de Salud de la Nación y su nombre es una referencia obligada en la materia.

Por Mauricio Villafañe*

Fue funcionario y militante peronista que cambió la historia desde donde le tocó actuar, estando a la altura de las circunstancias y de lo que demandaba la hora de transformaciones que se abrieron en nuestro país con el peronismo. La conmoción política, social y cultural que el peronismo significó y significa en la Argentina abarcó muchas instancias, entre ellas la de la salud. La situación heredada del “antiguo régimen” (conservador, oligárquico, fraudulento, entreguista, explotador) era angustiante: paludismo, tuberculosis, lepra y sífilis (entre otras) eran moneda corriente en ciudades y zonas rurales a lo largo y ancho del país.

Con Carrillo emerge la necesidad de que los poderes públicos se hagan cargo de lo que debían y les tocaba. De esta forma van tomando fuerza términos (y acciones políticas concretas) como acción médica preventiva, atención primaria y medicina social. Hay que recordar que hasta entonces la salud la gozaba quién podía pagarla: no existía la salud pública como la podemos entender hoy. Era concebida como una cuestión individual, liberal, sin conciencia o interés en las problemáticas sociales.

Carrillo se vino de Santiago y se recibió de médico con honores en la Universidad de Buenos Aires. Se especializó en neurocirugía, siendo enormemente reconocido. Sin embargo y dejando su propia carrera y bienestar personal en un segundo plano, se dedicó a la función pública entendida como el servicio a los que más lo necesitaban. Donde existe una necesidad, nace un derecho: así reza una de las proclamas del ideario social peronista y Carrillo lo entendió y lo cumplió a la perfección.

Será designado, en 1946, al frente del Departamento Nacional de Higiene para luego ser elevado al rango de Secretaría. Finalmente, en 1949, se cumple el anhelo del doctor Carrillo: la creación del Ministerio. Estos cambios no son meramente formales sino que responden a una elevación en la asignación de recursos y así de importancia en la masa presupuestaria destinada a la salud pública.
Su histórica y revolucionaria gestión va a generar buena parte de la infraestructura sanitaria del país, incluso hasta nuestros días.

En 8 años se construyeron más de 4.200 establecimientos de salud, ampliando la capacidad en camas a más de 130 mil. Otro dato gira en torno a la reducción, en menos de una década, de la tasa de mortalidad infantil como al aumento de la esperanza de vida al nacer. Se va a inaugurar el Instituto de Medicina Preventiva y se instrumenta el Primer Plan de Salud Pública nacional. Crea e impulsa la inauguración de los primeros centros de salud que van a permitir la erradicación (del paludismo, por ejemplo, primer caso en el mundo frente a una endemia) o la drástica baja en los índices de distintas y muy graves enfermedades.

Advierte la imperiosa necesidad de no depender de los laboratorios extranjeros y crea la primera fábrica nacional de medicamentos para así disponer de los remedios que el pueblo demandaba. Por otra parte y conjuntamente con la Fundación Eva Perón, se establecieron los Hogares para la Ancianidad (el germen de la geriatría) y los Hogares Escuelas para los niños/as más necesitados/as al brindarle educación, alimentación y albergue. Ni viejos ni pibes pidiendo o muriendo en las calles, justicia social y protección del Estado a favor de los olvidados de siempre.

Esta concepción, ligada a este momento de ampliación general de derechos, parte de que la política sanitaria es parte de una política social más amplia que encarnaba el proyecto peronista y que, por otra parte, esta política sanitaria sólo puede hacerse efectiva si llega al pueblo. En esta lógica cobra importancia la prevención y no ya la solamente la curación tras haber contraído la enfermedad.

Hay mucho de pedagogía en la idea de salud de Carrillo: debía “enseñar” al pueblo a vivir en salud para así poder tener una vida digna. Como Dios no está en los detalles de hoy, en el Plan de Salud Pública se hacía cargo de ellos, prestando atención incluso a la arquitectura de los hospitales (luminosidad, funcionalidad) y al aliento de cursos que iban desde instrumentación quirúrgica hasta administración hospitalaria pasando por hemoterapia y anestesiología.

Asimismo, para mejorar y operativizar el funcionamiento de la creciente estructura hospitalaria, se dividió al país en diferentes zonas sanitarias, de acuerdo a la atención de las problemáticas específicas de cada región. Se advierte una suerte de doble proceso que se podría caracterizar como centralización normativa y descentralización ejecutiva: mismas normas y criterios pero la toma de decisiones y la atención primaria fundamental a cargo del centro de cada zona.

La hipertensión arterial y las cefaleas van a complicar su propia salud y, tras cuestionamientos internos y una enorme tarea, renunciará a su cargo. Va a verse obligado al exilio en 1955 a raíz del golpe cívico-militar contra el segundo gobierno de Perón. Seguirá trabajando en Brasil, donde fallece a fines de 1956. Sus restos podrán ser repatriados recién en 1972, cumpliendo con el trágico destino de desarraigo (hasta en la muerte en su caso) que muchos compatriotas han sufrido en esos duros años de exilio, proscripción y represión sobre los derechos y avances populares.

Cumplimos con esta humilde columna: una suerte de homenaje a uno de esos imprescindibles, a uno de esos hombres que dieron hasta su vida para hacer del bendito suelo de esta Patria un lugar digno de ser vivido si todos y todas tenemos más y mejor salud pública.

*Estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)