3

Las aventuras de Pancho Quintero

Por Menocchio y Melquíades

Los personajes, acciones y lugares oscilan entre la más pura de las verdades y la más desembozada invención. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

En esta biografía no autorizada, inédita y desquiciada diremos que, ya a los doce años, comentó como al pasar un cuento de media carilla de un amigo de la Escuela Nº 26 a la que asistían. Sin mediar otra intención que la de provocar le dijo: “Che, ¿qué quisiste decir después del “había una vez…?”. A los 16 agarró a las patadas al grito de “¡César ‘Leche’ Lapaglia, retirate del fútbol y poné una parrilla al paso!”, un hermoso jarrón congoleño de arcilla blanca que su abuela mendocina ó entrerriana trajo como regalo del Paraguay.

Casi todos en la Villa Cattoni aún recuerdan el día en que su mejor amigo, el negro Roberto Battistini, lo esperó a la salida de la escuela para boxearlo a raíz de una lapidaria observación a su desempeño en el acto del 12 de octubre. Pancho le gritó que él no peleaba con gente que no sabía moverse y apenas hablar.

Dicho esto, trepó al Expreso Empalme Lobos que lo refugió durante todo ese año de la pesada mano del Negro, famoso por haber derribado de un solo golpe de puño a su tío materno en una discusión familiar de notables características.

Ya en su primera adolescencia, Pancho comenzó a aficionarse por la lectura. Hemos hablado ya de sus referentes pero no aún del libro que lo acompañó al irse de su casa: un incunable, regalo del “Paloma”, titulado “La vez que divisé tierra y cambié la historia para siempre”, de Rodrigo de Triana, con prólogo del “Polaco” Bastía.

Ya en sus fervientes 19 y en la más dura de sus etapas, se encontraba firmemente moldeado e influenciado por una amplia alameda de autores, entre los cuales se encontraban desde el analista político y profesor de pilates, Joaquín Morales Solá, el popular bandoneonista lobense Roberto “Corazón” Vistalli, la poeta infantil y concertista de piano, María Elena Walsh y Roberto Retamar, el mediático ex DT de Atlas y actual vendedor de almanaques en los semáforos, que publicó una obra de tan poca tirada como polémica, titulada “Cuba y ron: el papel de los laterales volantes en el proceso revolucionario”.

A los 21, Pancho consiguió su primer trabajo en el semanario “La Palabrería” como crítico de espectáculos. En una humilde media carilla ofrecía su opinión sobre la cartelera local. Todos recordarán la morrocotuda polémica que se armó cuando publicó su crítica sobre un show de danzas clásicas, reflexología y ciencias ocultas en el Centro Cultural “Cabral, soldado heroico”.

Decía cosas como: “¡Horrible! ¿Quién fue el carpintero que talló a esas bailarinas? ¡De- MA-DE-RA, todas!” ó “…lo único que se puede ver en este antro son hippies como el Betito Carranza, responsable directo de este malcarado baile…”. Las artistas a las que Pancho describía como de madera y de otras formas abominables, sólo tenían 8 años y estaban realizando un espectáculo a beneficio de la preservación del pejerrey peludo, muy apreciado pero en vías de extinción por las pestes bubónicas medievales y los agroquímicos neoliberales.

Además, el Betito (homónimo del recordado ex jugador de Boca Juniors y Racing Club entre otros) la ligó de rebote y fue tildado de hippie cuando era, en realidad, uno de los promotores culturales más aclamados de la ciudad a costa del odio e incomprensión del aparato cultural dominante. Algunos decían que estaba construyendo, pacientemente, su candidatura a la intendencia. Otros, más realistas pero igual de alcahuetes, sostenían que aspiraba a formar parte de la Comisión Directiva de la Biblioteca Sarmiento.

Pocos dieron cuenta de que en realidad era un jugador compulsivo en rehabilitación y que lo perdían el Gancia con limón y las bochas en el Club Independiente. Tras este funesto hecho, Pancho se alejará definitivamente no sólo de la crítica sino también de la asistencia a espectáculos actuados por menores de 18 años.

Bajo el seudónimo de Lydia Lamaison escribió unos cuantos años para la célebre revista “Vida”, aunque, por el estilo y vocación que ya le vamos conociendo, fue amablemente invitado a dar un paso al costado por el jefe de redacción cuando realizó una contundente crítica a esa misma revista titulada “Ya no compre esta revista”. En ella iba nombrando y acusando no sólo a los que escribían en ella y a todos los directores de sección sino que también se llevaron su parte el señor que realizaba la limpieza y una lectora llamada Sonia Santagata que, muy amable y persistentemente, todos los días mandaba una carta de dos carillas en las que siempre recordaba que amaba la revista y todo lo que en ella salía.

En total diez personas fueron marcadas a fuego por la columna del Licenciado Quintero, como le gustaba hacerse llamar, bajo acusaciones tan infundadas como temerarias que iban desde el mote de deudor moroso del nunca bien ponderado Charly Bar hasta comerse los mocos, las uñas y las eses.

Las vueltas de la vida lo fueron poniendo en otros lugares. Una calurosa noche en la que la conocidísima banda local “Caminando por Valdano” presentaba su disco volvió a irrumpir, clara como un grito en la noche, la crítica de Pancho. Haciendo ya unos cuantos años que se había llamado a silencio ante una amenaza del Club de Amigos del Velocípedo, regresó patéticamente triunfante con la entrega a los miles de asistentes de panfletos titulados “¿Caminando… por dónde mierda?

En ellos denunciaba al empresario pyme quinielero Jorge Vaslano por el dudoso financiamiento de esta banda con dinero que, según esta incomprobada denuncia, provenía del blanqueo de dinero a partir de negociados con jeques árabes, milicos de frontera y vendedores de muebles usados. Todo terminó mal: hubo una confusión del departamento de imprenta de la DGI que determinó finalmente que el investigado era el ex futbolista y actual empresario Jorge Valdano.

Esa noche terminaron el quinielero, los de la banda, el dueño del Bar “Almacén Martínez” (lugar donde se presentaba “Caminando…”) y Pancho en la comisaría jugando al truco y cebándoles mates a los presos.

Quienes aseguran y recontra juran que lo vieron por última vez afirman que, todo cagado su raído saco gris por las palomas de la plaza, el viejo Pancho deliraba en inenarrables insultos contra las calles adoquinadas y su anacronismo.

Esperaba que alguien con “las pelotas bien puestas” desde el gobierno comunal tome la decisión de asfaltar “estos empedrados de mierda” pese a la reticencia de los tradicionalistas y de las “viejas chotas”.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)