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El verdadero amor

Por Tomás Gianandrea

A mi querido Carlos Tunstall

Y así como llegó corriendo detrás de un amor, enseguida nomás se topó con el otro, que no sé si es más fuerte o menos importante. Se topó con ese amor a los colores, el que no se negoció, con el que no se transa. Ese amor, que irremediablemente es puro y para siempre. Sin buscarse, se encontraron. Lo de ellos fue amor a primera vista.

El Gordo llegó con el bolso llenó de ilusiones, de futuro. Dejó la ciudad de las diagonales y se mudó al pueblo del General, para formar su familia. Y ahí lo estaba esperando el Gigante, que caminaba lentamente hacia el centenario.

El Decano necesitaba un incondicional y el Gordo se dejó llevar. De entrada nomás, mientras Los Beatles alcanzaban su máximo esplendor, a él lo maravillaban los fenómenos del básquet: Capponi, Coccaro, Tomatis.

Pero fue el bendito fútbol quien le dio la llave del club, primero como entrenador luego como directivo, y así lo enlazó para siempre, mientras los dorados años ‘80 se hacían desear. Pero no conforme con la naranja y la Nº 5, incursionó también en el voley.

Abarcó todo y más. Se llenó de alegrías y tristezas, de gloria y amargura. Pero jamás renunció a ese flechazo de la primera vez.
A cada paso demuestra la pasión, el sentimiento, el sentido de pertenencia. Pisa el hall central y se le infla el pecho, se le agranda la sonrisa.

Respira el aire del Poli y parece que vuela. Es uno pero es todos. Conoce la historia como la palma de su mano. Puede ser entrenador, directivo, planillero, utilero, aguatero o ponele el nombre que quieras, pero si lo veo llorar sé que está recordando.

Si lo veo enojarse, sé que tiene razón. Si lo veo alentar, sé que lo siente. Si lo veo sonreír, sé que algo bueno está por venir. Yo lo quiero ver siempre junto a su amor.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)