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El verdadero amor

Por Tomás Gianandrea

A mi querido Carlos Tunstall

Y así como llegó corriendo detrás de un amor, enseguida nomás se topó con el otro, que no sé si es más fuerte o menos importante. Se topó con ese amor a los colores, el que no se negoció, con el que no se transa. Ese amor, que irremediablemente es puro y para siempre. Sin buscarse, se encontraron. Lo de ellos fue amor a primera vista.

El Gordo llegó con el bolso llenó de ilusiones, de futuro. Dejó la ciudad de las diagonales y se mudó al pueblo del General, para formar su familia. Y ahí lo estaba esperando el Gigante, que caminaba lentamente hacia el centenario.

El Decano necesitaba un incondicional y el Gordo se dejó llevar. De entrada nomás, mientras Los Beatles alcanzaban su máximo esplendor, a él lo maravillaban los fenómenos del básquet: Capponi, Coccaro, Tomatis.

Pero fue el bendito fútbol quien le dio la llave del club, primero como entrenador luego como directivo, y así lo enlazó para siempre, mientras los dorados años ‘80 se hacían desear. Pero no conforme con la naranja y la Nº 5, incursionó también en el voley.

Abarcó todo y más. Se llenó de alegrías y tristezas, de gloria y amargura. Pero jamás renunció a ese flechazo de la primera vez.
A cada paso demuestra la pasión, el sentimiento, el sentido de pertenencia. Pisa el hall central y se le infla el pecho, se le agranda la sonrisa.

Respira el aire del Poli y parece que vuela. Es uno pero es todos. Conoce la historia como la palma de su mano. Puede ser entrenador, directivo, planillero, utilero, aguatero o ponele el nombre que quieras, pero si lo veo llorar sé que está recordando.

Si lo veo enojarse, sé que tiene razón. Si lo veo alentar, sé que lo siente. Si lo veo sonreír, sé que algo bueno está por venir. Yo lo quiero ver siempre junto a su amor.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

3

Las aventuras de Pancho Quintero

Por Menocchio y Melquíades

Los personajes, acciones y lugares oscilan entre la más pura de las verdades y la más desembozada invención. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

En esta biografía no autorizada, inédita y desquiciada diremos que, ya a los doce años, comentó como al pasar un cuento de media carilla de un amigo de la Escuela Nº 26 a la que asistían. Sin mediar otra intención que la de provocar le dijo: “Che, ¿qué quisiste decir después del “había una vez…?”. A los 16 agarró a las patadas al grito de “¡César ‘Leche’ Lapaglia, retirate del fútbol y poné una parrilla al paso!”, un hermoso jarrón congoleño de arcilla blanca que su abuela mendocina ó entrerriana trajo como regalo del Paraguay.

Casi todos en la Villa Cattoni aún recuerdan el día en que su mejor amigo, el negro Roberto Battistini, lo esperó a la salida de la escuela para boxearlo a raíz de una lapidaria observación a su desempeño en el acto del 12 de octubre. Pancho le gritó que él no peleaba con gente que no sabía moverse y apenas hablar.

Dicho esto, trepó al Expreso Empalme Lobos que lo refugió durante todo ese año de la pesada mano del Negro, famoso por haber derribado de un solo golpe de puño a su tío materno en una discusión familiar de notables características.

Ya en su primera adolescencia, Pancho comenzó a aficionarse por la lectura. Hemos hablado ya de sus referentes pero no aún del libro que lo acompañó al irse de su casa: un incunable, regalo del “Paloma”, titulado “La vez que divisé tierra y cambié la historia para siempre”, de Rodrigo de Triana, con prólogo del “Polaco” Bastía.

Ya en sus fervientes 19 y en la más dura de sus etapas, se encontraba firmemente moldeado e influenciado por una amplia alameda de autores, entre los cuales se encontraban desde el analista político y profesor de pilates, Joaquín Morales Solá, el popular bandoneonista lobense Roberto “Corazón” Vistalli, la poeta infantil y concertista de piano, María Elena Walsh y Roberto Retamar, el mediático ex DT de Atlas y actual vendedor de almanaques en los semáforos, que publicó una obra de tan poca tirada como polémica, titulada “Cuba y ron: el papel de los laterales volantes en el proceso revolucionario”.

A los 21, Pancho consiguió su primer trabajo en el semanario “La Palabrería” como crítico de espectáculos. En una humilde media carilla ofrecía su opinión sobre la cartelera local. Todos recordarán la morrocotuda polémica que se armó cuando publicó su crítica sobre un show de danzas clásicas, reflexología y ciencias ocultas en el Centro Cultural “Cabral, soldado heroico”.

Decía cosas como: “¡Horrible! ¿Quién fue el carpintero que talló a esas bailarinas? ¡De- MA-DE-RA, todas!” ó “…lo único que se puede ver en este antro son hippies como el Betito Carranza, responsable directo de este malcarado baile…”. Las artistas a las que Pancho describía como de madera y de otras formas abominables, sólo tenían 8 años y estaban realizando un espectáculo a beneficio de la preservación del pejerrey peludo, muy apreciado pero en vías de extinción por las pestes bubónicas medievales y los agroquímicos neoliberales.

Además, el Betito (homónimo del recordado ex jugador de Boca Juniors y Racing Club entre otros) la ligó de rebote y fue tildado de hippie cuando era, en realidad, uno de los promotores culturales más aclamados de la ciudad a costa del odio e incomprensión del aparato cultural dominante. Algunos decían que estaba construyendo, pacientemente, su candidatura a la intendencia. Otros, más realistas pero igual de alcahuetes, sostenían que aspiraba a formar parte de la Comisión Directiva de la Biblioteca Sarmiento.

Pocos dieron cuenta de que en realidad era un jugador compulsivo en rehabilitación y que lo perdían el Gancia con limón y las bochas en el Club Independiente. Tras este funesto hecho, Pancho se alejará definitivamente no sólo de la crítica sino también de la asistencia a espectáculos actuados por menores de 18 años.

Bajo el seudónimo de Lydia Lamaison escribió unos cuantos años para la célebre revista “Vida”, aunque, por el estilo y vocación que ya le vamos conociendo, fue amablemente invitado a dar un paso al costado por el jefe de redacción cuando realizó una contundente crítica a esa misma revista titulada “Ya no compre esta revista”. En ella iba nombrando y acusando no sólo a los que escribían en ella y a todos los directores de sección sino que también se llevaron su parte el señor que realizaba la limpieza y una lectora llamada Sonia Santagata que, muy amable y persistentemente, todos los días mandaba una carta de dos carillas en las que siempre recordaba que amaba la revista y todo lo que en ella salía.

En total diez personas fueron marcadas a fuego por la columna del Licenciado Quintero, como le gustaba hacerse llamar, bajo acusaciones tan infundadas como temerarias que iban desde el mote de deudor moroso del nunca bien ponderado Charly Bar hasta comerse los mocos, las uñas y las eses.

Las vueltas de la vida lo fueron poniendo en otros lugares. Una calurosa noche en la que la conocidísima banda local “Caminando por Valdano” presentaba su disco volvió a irrumpir, clara como un grito en la noche, la crítica de Pancho. Haciendo ya unos cuantos años que se había llamado a silencio ante una amenaza del Club de Amigos del Velocípedo, regresó patéticamente triunfante con la entrega a los miles de asistentes de panfletos titulados “¿Caminando… por dónde mierda?

En ellos denunciaba al empresario pyme quinielero Jorge Vaslano por el dudoso financiamiento de esta banda con dinero que, según esta incomprobada denuncia, provenía del blanqueo de dinero a partir de negociados con jeques árabes, milicos de frontera y vendedores de muebles usados. Todo terminó mal: hubo una confusión del departamento de imprenta de la DGI que determinó finalmente que el investigado era el ex futbolista y actual empresario Jorge Valdano.

Esa noche terminaron el quinielero, los de la banda, el dueño del Bar “Almacén Martínez” (lugar donde se presentaba “Caminando…”) y Pancho en la comisaría jugando al truco y cebándoles mates a los presos.

Quienes aseguran y recontra juran que lo vieron por última vez afirman que, todo cagado su raído saco gris por las palomas de la plaza, el viejo Pancho deliraba en inenarrables insultos contra las calles adoquinadas y su anacronismo.

Esperaba que alguien con “las pelotas bien puestas” desde el gobierno comunal tome la decisión de asfaltar “estos empedrados de mierda” pese a la reticencia de los tradicionalistas y de las “viejas chotas”.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Carrillo

Más vale prevenir que curar

Ramón Carrillo (1906- 1956) fue un médico sanitarista santiagueño que tuvo el mérito histórico de haber sido el padre del sistema de salud pública nacional. Fue el primer ministro de Salud de la Nación y su nombre es una referencia obligada en la materia.

Por Mauricio Villafañe*

Fue funcionario y militante peronista que cambió la historia desde donde le tocó actuar, estando a la altura de las circunstancias y de lo que demandaba la hora de transformaciones que se abrieron en nuestro país con el peronismo. La conmoción política, social y cultural que el peronismo significó y significa en la Argentina abarcó muchas instancias, entre ellas la de la salud. La situación heredada del “antiguo régimen” (conservador, oligárquico, fraudulento, entreguista, explotador) era angustiante: paludismo, tuberculosis, lepra y sífilis (entre otras) eran moneda corriente en ciudades y zonas rurales a lo largo y ancho del país.

Con Carrillo emerge la necesidad de que los poderes públicos se hagan cargo de lo que debían y les tocaba. De esta forma van tomando fuerza términos (y acciones políticas concretas) como acción médica preventiva, atención primaria y medicina social. Hay que recordar que hasta entonces la salud la gozaba quién podía pagarla: no existía la salud pública como la podemos entender hoy. Era concebida como una cuestión individual, liberal, sin conciencia o interés en las problemáticas sociales.

Carrillo se vino de Santiago y se recibió de médico con honores en la Universidad de Buenos Aires. Se especializó en neurocirugía, siendo enormemente reconocido. Sin embargo y dejando su propia carrera y bienestar personal en un segundo plano, se dedicó a la función pública entendida como el servicio a los que más lo necesitaban. Donde existe una necesidad, nace un derecho: así reza una de las proclamas del ideario social peronista y Carrillo lo entendió y lo cumplió a la perfección.

Será designado, en 1946, al frente del Departamento Nacional de Higiene para luego ser elevado al rango de Secretaría. Finalmente, en 1949, se cumple el anhelo del doctor Carrillo: la creación del Ministerio. Estos cambios no son meramente formales sino que responden a una elevación en la asignación de recursos y así de importancia en la masa presupuestaria destinada a la salud pública.
Su histórica y revolucionaria gestión va a generar buena parte de la infraestructura sanitaria del país, incluso hasta nuestros días.

En 8 años se construyeron más de 4.200 establecimientos de salud, ampliando la capacidad en camas a más de 130 mil. Otro dato gira en torno a la reducción, en menos de una década, de la tasa de mortalidad infantil como al aumento de la esperanza de vida al nacer. Se va a inaugurar el Instituto de Medicina Preventiva y se instrumenta el Primer Plan de Salud Pública nacional. Crea e impulsa la inauguración de los primeros centros de salud que van a permitir la erradicación (del paludismo, por ejemplo, primer caso en el mundo frente a una endemia) o la drástica baja en los índices de distintas y muy graves enfermedades.

Advierte la imperiosa necesidad de no depender de los laboratorios extranjeros y crea la primera fábrica nacional de medicamentos para así disponer de los remedios que el pueblo demandaba. Por otra parte y conjuntamente con la Fundación Eva Perón, se establecieron los Hogares para la Ancianidad (el germen de la geriatría) y los Hogares Escuelas para los niños/as más necesitados/as al brindarle educación, alimentación y albergue. Ni viejos ni pibes pidiendo o muriendo en las calles, justicia social y protección del Estado a favor de los olvidados de siempre.

Esta concepción, ligada a este momento de ampliación general de derechos, parte de que la política sanitaria es parte de una política social más amplia que encarnaba el proyecto peronista y que, por otra parte, esta política sanitaria sólo puede hacerse efectiva si llega al pueblo. En esta lógica cobra importancia la prevención y no ya la solamente la curación tras haber contraído la enfermedad.

Hay mucho de pedagogía en la idea de salud de Carrillo: debía “enseñar” al pueblo a vivir en salud para así poder tener una vida digna. Como Dios no está en los detalles de hoy, en el Plan de Salud Pública se hacía cargo de ellos, prestando atención incluso a la arquitectura de los hospitales (luminosidad, funcionalidad) y al aliento de cursos que iban desde instrumentación quirúrgica hasta administración hospitalaria pasando por hemoterapia y anestesiología.

Asimismo, para mejorar y operativizar el funcionamiento de la creciente estructura hospitalaria, se dividió al país en diferentes zonas sanitarias, de acuerdo a la atención de las problemáticas específicas de cada región. Se advierte una suerte de doble proceso que se podría caracterizar como centralización normativa y descentralización ejecutiva: mismas normas y criterios pero la toma de decisiones y la atención primaria fundamental a cargo del centro de cada zona.

La hipertensión arterial y las cefaleas van a complicar su propia salud y, tras cuestionamientos internos y una enorme tarea, renunciará a su cargo. Va a verse obligado al exilio en 1955 a raíz del golpe cívico-militar contra el segundo gobierno de Perón. Seguirá trabajando en Brasil, donde fallece a fines de 1956. Sus restos podrán ser repatriados recién en 1972, cumpliendo con el trágico destino de desarraigo (hasta en la muerte en su caso) que muchos compatriotas han sufrido en esos duros años de exilio, proscripción y represión sobre los derechos y avances populares.

Cumplimos con esta humilde columna: una suerte de homenaje a uno de esos imprescindibles, a uno de esos hombres que dieron hasta su vida para hacer del bendito suelo de esta Patria un lugar digno de ser vivido si todos y todas tenemos más y mejor salud pública.

*Estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

CHUSE 4

Alto comando

Por Félix Mansilla

Mirar esa parte del pueblo en las alturas nos hacía sentir héroes de la nada. Estábamos en la terraza de la fábrica abandonada Uviac, por fumar el pucho de la victoria y siendo parte de una aventura más de sábado a la tarde.

Desde lo alto, podíamos divisar apenas una parte del pueblo, lo que nos conducía a investigar todo el abandono de las botellas de tres cuartos o descubrir etiquetas de vinos que no fueron a parar a ninguna mesa.

El Pollo sacó un paquete de Philips Morris, arrugado —igual a los que fuma también hoy—- con apenas dos cigarros aplastados. No recuerdo quién agarró el resto, pero sé que eso hizo que todos saquemos de nuestros paquetes para convidar.

Tomá uno

—Ahora me toca a mí.
—Pero si recién fumamos de los tuyos.
—Agarrá, che. Dos mangos salen. Fumate uno —dijo George casi sobre el final de la década un peso un dólar.
—No, gracias. A los cohetes los prendo en navidad —contestó Verdún con media carcajada.
—Pero andá a cagar, si cuando no tenés sos capaz de fumar un marlo de choclo, infeliz.
—Che, dejensé de joder con los puchos ¿Vieron la calza de Meli? —preguntó el Gordo.
—Sí, boludo. El otro día en el baby pasó con las manos ocupadas pero con la cola que se le movía sola para todos lados.
—Andá, mejor está la amiga. Pero, bueno, que tiene mejor cola Meli eso está cantado.

Món jamón

—Che, ¿cuándo vamos a hacer una pesca? Hace un montón que no vamos todos juntos —tiró el Pollo.
—Sí, en especial vos, que ahora sos monaguillo y vas todos los sábados a misa —mandó Atilio.
—Faaa, ¿té acordás de la monja? Qué vieja de mierda. A mí no me quería —rezongó el Gordo.
—Claro, también vos —se defendió el Pollo.
—¿Yo qué? si lo único malo que hice fue avisarle que habían traído al video La tentación de Cristo. Hizo de cuenta que le nombré al diablo. Ya habrá espichado la vieja.
—No, no murió. Está en Lobos. Vive cerca de Las Delicias.
—La otra era buena, pero esta vieja era más mala que la mierda. No te podías ni tirar un pedo sordo que en el medio de la misa te hacía parar para mandarte al fondo donde te veía todo el mundo. Con qué necesidad.
—Che, pero vos no querés a nadie.
—Cómo qué no. A vos te quiero, bobo, pero esa vieja que reviente por zorra.
—Che, dejala tranquila a la vieja.
—Ahí lo tenés al santulón. Si comés santos y cagás diablos.
—Vos porque nunca tuviste un vínculo con las monjas.
—¿Qué, vos tuviste algún vínculo con las monjas? —dijo el Gordo haciendo que vomitaba en la cornisa.

Sin cura

—No sé, el único copado era el cura, que después le pintó el amor y se fue a ponerla sin culpa. Un genio. Una vez, en la primera confesión antes de la comunión, me dijo que le cuente algún pecado.
—Y sí, si fuiste a confesarte le tenías que contar los pecados —arrojó George sin decir boludo.
—No sé, le dije que había discutido con mi vieja, que le había pegado a mi hermano. Pero el tipo sabía que le estaba escondiendo algo, entonces, me dijo con esa cara de buen tipo y tono de cura después de dormir la siesta: ¿Pero debe haber algo más? Y ahí no pude traicionar a los santos que siempre pensé que eran de mármol. Pero bueno, me apretó y largué. Le conté que había visto con mis amigos unas revistas porno, que sabía que eso estaba re mal, que no era lo mejor para mí, bla bla blá.
—¿Y? —preguntó el Pollo.
—Me dejó que terminara. Y estoy seguro que alguna porno habría visto el cura.
—No creo —largó el Pollo con un tono incrédulo.
—Va, no sé, tenía pinta de que alguna había visto. En ese momento, pensé que se venía un sermón larguísimo. Pero no. El tipo fue al grano, así de una, para despacharme. “No hagas eso, dejá que tus amigos hagan lo que quieran. Eso es cosa de pajeros”, me dijo. Después cuando me enteré que había dejado los hábitos, lo entendí. El tipo la tenía clara, no por lo que me dijo, sino porque no salió con que era pecado ni nada de eso. Imaginate lo que hubiera sido.

Tipos como nosotros

—Bueno, ¿terminaron la misa ya? —apuró Verdún.
—Callate, vos ni bautizado estás.
—Sos como un anticristo. Acá, estamos todos bautizados menos vos.
—Sí, si me bautizaron. Preguntale a mi vieja, a mi hermana.
—Vos no estás bautizado…
—Che, dejen de hablar de religión un poco. Hablemos de las chicas.
—Sí, tiene razón el Gordo. Igual, las minas de nuestra edad se fijan en los más grandes.
—Te dan minas las motos por las bolas. Es eso.
—¿Qué?
—Nada, un loco de La Pampa decía eso: “Te dan bola las minas por las motos” —agregó Tobi que fumaba como un dandy, acodado en uno de los rincones de la terraza.
—No sé, hay que inventar algo, no puede ser. Un plan o una manera de que las chicas se fijen en nosotros. En tipos como nosotros.

Masterplan

—¿Y qué? ¿qué vamos a hacer?, ¿a ver, el genio?
—Bueno, el señor es el primero en renunciar sin siquiera escuchar o tirar una idea.
—Pero qué vas a hacer. Los tipos grandes se agarran a las chicas. Es así. Cuando tengamos más años…
—Ah, sos un optimista esperador ‘de-la-edad-en-que-las-minas’…
—Bueno, pero es lo que pasa —se resignó George sin decir hermano.
—Bueno. Vos no escuches. Yo pensaba la otra noche. Algo tenemos que hacer. No puede ser que nos arrebaten a las chicas, si no hacen nada. No tienen un mango igual que nosotros.
—¿Cómo que no? El viejo del granudo cambió la camioneta, se fueron un mes a Mar del Plata…
—¿Y? eso no tiene nada que ver.
—Sí, ya sé, pero bueno, dijiste que no tienen guita.
—Bueno, si vos no crees en mi plan, no digas nada. La idea sería armar una fiesta con la excusa de que estamos en primavera, vamos a la pileta…
—Pero si todavía no es verano, hace un frío para meterse a la pileta.
—Bueno, está la parrilla. Hacemos algo ahí. Colgamos dos focos, compramos cerveza, vino. Las mamamos y después va a ser más fácil.
—Es verdad. En Buenos Aires se usa eso.
—¿Viste? Yo no lo vi en Buenos Aires, pero tiene que funcionar.

Cohetazos

—¡¡¡Bajen de ahí, carajo!!! —gritó el viejo de la casa de al lado de la vinería.
—Boludo, el viejo. Rajemos —dijo el Pollo.
—Dale, dale —susurró Atilio haciendo señas con las manos. Se escucharon dos estruendos.
—Uh, está con la escopeta —alertó el George después de los cohetazos.
—Bajen, bajen que nos caga a tiros.

Escape

Los disparos hicieron que la banda se gane como sapo para el lavadero en los pajonales de la fábrica abandonada. Por instinto, por cagazo o supervivencia extrema corrieron como correcaminos, saltando en limpio el paredón alambrado de casi dos metros que cercaba la fábrica. Después, descansaron fumando en los andenes abandonados de la Estación.

—Bueno ¿Cómo era el plan?
—No sé, ni idea. Por ahí es una cagada lo que pensé.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Electromac

Creciendo siendo en Empalme

Por Nicolás Bernal

Y los primeros recuerdos que se vienen en fotos, esas calles de tierra ahora de asfalto, en la avenida Zapiola el jardín 902, con el Mapa y Pablo éramos tortugas ninjas, festejando cumpleaños en Rivadavia, nada malo podía suceder a menos que mis padres me vayan a buscar. El barrio era nuevo de casas iguales, en la colonia Manotas nunca aprendí a nadar y a lo hondo le tenía terror. El grupo era sano, acampando en el gran Electromac.

Y de los chicos del barrio nunca me voy a olvidar, reventando los sapos con fosforitos, caminábamos a la deriva como nos guía el viento, en bicicleta a la casa de mi abuela cerca del Porongazo, un bar de borrachos que nos faltaba tiempo para pisar.

Descubríamos lugares nunca antes investigados, de casas abandonadas, de cavas extrañas con mitos de gente ahogada. Y pordioseros y mal hablantes nos descubríamos en el humo al fumar varios cardos sobre el canal y mareados seguíamos escondidos en las gorras de bandidos, con guerras de piedras y encierros de castigos. Los amores no existían, todos juntos espiando una vecina. El chocolate era el barro y el barro nuestra pintura, salpicado en la cara, resecado por el sol que en Empalme pega distinto.

Las piletas eran las zanjas o la de algún afortunado, secándonos en las paredes esperando que se haga la hora para ir a entrenar al inigualable Club Provincial. Los dedos pegoteados de naranja afanada de estación, los caramelos que se fueron al bolsillo sin preguntar, las lagartijas esperando ser desafiadas y los días de lluvia jugando con el Songa de los hermanos Viglieri.

Mis amigos de Lobos que venían a colaborar en las inseguras chocitas de bolsas arpilleras, mi hermano Luquitas que me seguía a todos lados era adorado y protegido por todos, en los arcos con palos de paraísos se cansó de hacer goles. Buscando la vuelta para conseguir algunas monedas para las figuritas, el problema se armaba cuando el álbum se llenaba. El kiosco del bigote era el más visitado. Llegaban las fiestas y todos juntos doce y media en la esquina de siempre.

Fui creciendo y poco a poco aprendiendo que las cosas sencillas me llevan a esos momentos que están guardados en mi corazón. Los pelos que asoman, la voz que se aflauta y la excitación ya es otra con las rayas del Venus que me acompañan. Podemos todo lo que queremos, todo vomitado esperando el Expreso de regreso a Empalme.

Y hablando de viajes, esos viajes eternos en bicicleta sobre la Arévalo con viento en contra, el galpón de Provincial que chiquito se ve. En el Porongazo a la tardecita vermut y papas fritas, invitándolo a mi abuelo para que nos acompañe. En frente de casa, en el Pali Bar, aprendí a jugar al billar gol y a mentir en el truco, estos tipos de bares eran muy concurridos.

Lo demás por ese entonces era paja y re significación. ¿De dónde soy? De Empalme Lobos. Empalme es el Springfield de Argentina y el lugar de las cinco esquinas. Empalme es lo que lo que la gente es.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Ningún agregado

Ningún agregado

Por Félix Mansilla

El ahora viejo Ruiz un día se cansó de su lugar. Cazó las valijas y salió con lo puesto, casi. Desde la ventanilla del tren observó cada pueblo que a su alrededor pasaban como fuera de foco. El verde era una forma de escapar. Era ver una manera más de dejar el pasado en su lugar, para iniciar desde nuevos ripios de la vida.

Con veinte años y poco más, su presencia en cada situación mostraba una cara endurecida por el sol, con siestas de cuarenta minutos con cuarenta y dos grados a la sombra. Por eso, el viento en su sombrero hacía aletear el techo de los sueños.

La idea de huir resultó un plan para todo el trecho sin tranqueras. Las casualidades o la suerte o el mismo viento, hizo que una madrugada de agosto baje en la estación de Lobos. Le gustó. Cruzó la avenida sintiéndose un extraño. Nadie calzaba bombacha, ni botas, ni rastra. Avistó sorprendido a un gaucho de azúcar que pasó con la boina desacomodada, toda percudida, pero nada más que eso.

Entró al hotel Géminis y al otro día era ayudante de cocina pelando pilas de bolsas de papa. Así es que decidió quedarse. Pasó una semana en el hotel. Lo que trabajaba le daba asilo y en su sombrero guardaba los morlacos que le serían de gran ayuda si decidía cambiar el rumbo.

El mismo tren que lo trajo a estos lares fue el mismo que lo dejó en la Estación de Salvador María, donde en menos de una semana comenzó a sentirse bien, como del lugar. No era raro que llamase la atención semejante sombrero en su cabeza ni la faja multicolor que resaltaba al bajar del Jeep que compró a cambio de un trabajo bajo el sol, alambrando sueños. Hoy vive bien, no se queja. Cambió un par de veces el auto y siempre anda por El Coloso, conversando, entre copas y anécdotas.

Yo lo conocí de chico. Me resultaba un hombre petiso, pero forzudo, porque cada vez que llegaba te apretaba la mano con un saludo tajante. Una vez compartimos aventuras de su pasado en varias rondas de mate en una obra en construcción. Eran esos años en los que me contaba los pelos de las axilas para encontrar la señal de crecer.

Mi viejo —que lo conocía de jornadas plenas de calor bajo el sol, quemados por rollos interminables de alambre de San Martín— me batió la forma de no ser víctima de su filosa mano derecha. La misma, en cada apretón, hacía que mis dedos queden escurridos como si Ruiz estuviese apretando un guante de látex.

—Yo no saludo más —repetí acobardado.
—Pero no. Tenés que ganarle de mano y tomar vos la mano de él.
—¿Cómo?
—Calculás mentalmente la forma de que tu mano agarre la de Ruiz. Si él no te gana tu mano, hacés que se quede sin fuerza en los garfios.

Pasaron muchos años de aquellos consejos que luego supe (y sé) aplicar en los momentos de cordialidad. Aquella explicación se me grabó en la cabeza y es muy parecida al escudo del PJ, pero sin reveses políticos.

Lo cierto es que la figura de Ruiz, ese que se vino sin rumbo y construyó sus anhelos lejos de su tierra, es como una postal porque siempre está igual. El recuerdo es el mismo cuando pasaba en el Jeep o en el Renault 12 rojo o ahora en un auto más moderno. Calculo que el cuchillo lo lleva en la guantera. Debe ser muy incomodo viajar con el lomo incrustado por un suncho envuelto en cuero.
Hace poco lo crucé. Ruiz es el mismo.

Salía de comprar del mercado donde se cocinan todos los puteríos del pueblo. Yo bajaba de la moto y le vi la sonrisa de tipo que ya no pide más nada. Es el tipo que si la charla dura más de diez minutos seguro cola alguna historia de su lugar. Siguió sonriendo y se vino con ese andar petiso al cordón de la vereda. Volvió el consejo y no sé si porque ahora olvidó el apretar de manos, pero me sentí un ganador de manos de abajo. Ruiz sacó la mano y se acomodó el sombrero.

Vi la estampa en la sombra del cemento. Llevó la bolsa de red hasta el auto, se volvió hacia mi y me preguntó por mis viejos, de la vida de mi hermana y el nuevo trabajo de mi hermano. Cruzamos algunas apreciaciones sobre el presente de River y encaró enseguida para El Coloso.

No sé si conoció al Glorioso tito o si compartió copas con Patricio Braque. Ruiz siempre será para el prototipo del provinciano nacional que ríe, se acostumbra y crece lejos.

—Bueno, nos vemos, Ruiz. Ojo con la ñorsa, eh —dije y le volví a apretar la mano como a un guante.
—Bueno che, saludá a tus viejos de mi parte. ¿Qué hace el viejo? Era salvaje tu viejo. Qué tipo más entrador. Si habremos alambrado y bolaceado por ahí —se rió y salió con el paso corto de laucha.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)