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Protoplasma en Ruth Resto Bar

Esta noche la banda local vuelve a Ruth Resto Bar para ponerle música al verano en la ciudad. Será después de la medianoche en Castelli 77.

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Después de la medianoche, Protoplasma se proyectará en Ruth.

Así lo anuncian en su web los chicos de Protoplasma: “Continuamos con los shows de la temporada verano 2014, esta vez, en Ruth donde vamos a estar tocando las canciones de Energía invisible, más los temas que formarán parte del nuevo material que preparamos para una segunda placa”.

Además, informan que en la previa “va a estar DJ Mao Fioritto pinchando discos de rock, pop, underground, deep house (música de los ’80/’90 en formato original). Así que se viene una gran noche”.

En 2014, Protoplasma prepara la grabación de su segunda placa, donde quedará plasmado el sonido hard actual de sus canciones que dan cuenta de la evolución de su sonido rock con elevación.

Para esta noche, lo planeado es desplegar un set-list cargado de todo su material que va desde Energía invisible al presente.

El show está programado para pasada la medianoche.

 

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La grieta que amontona

Por Félix Mansilla

—Al galpón de La Grieta, en la estación de trenes —dijo el más fresco que se sentó adelante.
—¿Quién toca, che? —preguntó el tachero más canchero de Silver City.
—Los Natas.
—Uh, altos motoqueros esos locos —arrojó entre tosidas entrecortadas. Sus manos sujetaron fuerte el volante/timón del Peugeot lancha 504, viejo y ruidoso.

El taxi avanzó a alta velocidad por el empedrado del barrio de la vieja estación de trenes. Los muchachos no hablaron entre sí durante el recorrido que empezó en el centro hacía tres minutos. Antes de llegar, el taxista preguntó si había drama en hacer dos cuadras en contramano.

—Son dos cuadras y los dejo en la puerta.
—¿…? —asintieron sin opciones.

Fue un viaje que a velocidades normales dura diez minutos, pero la lancha los dejó en cinco sin diagonales de por medio. Al toparse con el imponente cuadro del Meridiano V, vieron infinidad de autos y bicicletas que se amontonaban sobre el cordón pronto a una interminable fila de eucaliptos centenarios. Desde adentro fluían ruidos entrecortados. “Hola. Si, si. Hola, ¿se escucha?”. Sentadas sobre una tranquera llena de musgos —en el estacionamiento improvisado del predio— tres chicas compartían el humo de un charuto importado. Entre risas y abrazos, la de vestido verde, calzas negras y zapatos de bailarina, cruzó al otro lado de la calle.

—Ey, Lu ¿qué pasa? —interrogó la que se bajó apurada en dirección a su amiga—. ¿Qué encontraste?
—Al final nada. Parecía una moneda —explicó con desilusión. La que se quedó en la tranquera las esperó.
—Ustedes dos están cada vez más quemadas. Muuuy quemadas —rió.

El portón de acceso al galpón de La Grieta no tiene mucho de distinto a cuando era un depósito de encomiendas de los Ferrocarriles provinciales. Un pequeño hall bien iluminado deja ver el brillo de los ladrillos barnizados, las cumbreras viejas y el techo de chapas. Sobre una mesa pequeña llena de panfletos del centro cultural, una caja de zapatillas con billetes y un cuaderno de hojas cuadriculadas, dos chicas cortaban las entradas. Media hora después, The Siniestros comenzó un show que duró poco más de una hora.

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Luego, los músicos de Natas subieron al escenario. La algarabía rebotó en lo alto de las chapas. Los aplausos se multiplicaron en 360º de una locura a punto de comenzar. Una infinita distorsión de guitarra acopló en las paredes y fue imposible hablarse sin preparar la garganta. Los músicos movían sus cabezas como en una expresión positiva sin fin: cabeza abajo-nuca en cuello y así. Tras el primer tema el bajista de la banda, pelo canoso, remera negra arremangada en los hombros y porro humeante en la boca, dijo un seco “buenas noches”. Los golpes de una batería semiacustizada y ruido a tacho compacto, dieron el pie a una melodía de guitarra sucia de metálico emanar. El guitarrista, barba rala, nariz fina y capucha zombie, se movía como hamacando un bebé. Caminaba hacia el sitio de la batería de espalda al público y se hacía señas con el batero que ya estaba con la remera mojada y una expresión con la boca dura y los pelos con suspensión. La mayoría movía las cabezas sin dejar de mirar el espectáculo. Cerca de donde estaba una chica menuda, un flaco de brazos flacos y piernas flacas, se tambaleaba demasiado. Molestaba sin querer demasiado. Como pudo se acercó a uno de sus amigos con el andar flaco.

—Gordo, sacame de acá que estoy re loco —dijo en una expresión dolorosa, con los pómulos ajustados—. Sacame de acá —su mano de dedos largos apuntó simbólicamente a la entrada. Su amigo lo tomó del brazo pidiendo permiso y disculpas entre la multitud. El flaco ya se había escabullido y pisó a más de uno al pasar. En el playón cercano a la barra se apuró y sólo dejó a su paso gente que observaba su andar zigzagueante sin darle demasiada importancia. Su amigo lo encontró y lo desplazó con el ímpetu de un lazarillo en apuros. El flaco se perdió.

Mientras el guitarrista encapuchado afinaba con la vista clavada en el piso y su pierna derecha pisaba pedales entre cables, el bajista se volvió hacia su amplificador y prendió el cigarrillo que ya no se notaba en sus labios. Acomodó la correa del instrumento y con la mano derecha tomó el cigarro y lo volvió a acomodar en la caja negra. Con movimientos lentos, la visión en el techo y un vaivén moderado, no dejaba de desdoblar notas gruesas que rebotaban en cada pecho como un golpe expansivo. El batero sacudía más los pelos que no dejaban notar su rostro mojado.
Al terminar el set de los Natas, las luces se prendieron y la gente siguió parada. Sobre el escenario, los plomos comenzaron a desarmar la batería que en menos de cinco minutos quedó guardada en un baúl cuadrado con ruedas diminutas. Sobre el cemento donde termina la rampa que conduce a la pista, había una mesa llena de discos de bandas locales. Más de ciento cincuenta placas de producciones semiartesanales se prestaban a salir como el comienzo de un acontecimiento actual con proyección futura. Muchas bandas, muchos discos y arte, que es cultura.

Al costado de la mesa de discos los Natas conversaban con tonos roncos y pausados. La mesa, de dos metros y medio de largo por uno de ancho, brillaba como un espejo a contraluz. Allí, dos chicas observaban las contratapas y averiguaban los precios. Al lado, el bajista de Natas prendió otro charuto que compartió con una joven de baja estatura que lo felicitó por el show.

La humareda espesa del cigarro siguió circulando entre músicos y asistentes. El trío charlaba con los que se acercaban a preguntar los precios de los discos, mientras tomaban de una botella marrón de cerveza sin etiqueta.

En la barra quedaban pocos consumiendo. En el piso se veían los vasos de plástico aplastados, colillas de cigarrillos y papeles de panfletos desperdiciados. Sobre una escalera que conduce al altillo de la cantina, una pareja de jóvenes se besaba como la última vez y otras dos charlaban con señas. Debajo de los escalones, el flaco zig-zag dormía con la cabeza entre sus piernas acurrucadas. Al costado, una mancha de vómito gris opaco tocaba la punta de goma de sus zapatillas de lona roja, manchadas con el negro smoke de la ciudad.

Sus amigos le hacían una ronda como custodiando el trance y charlaban bebiendo de la misma botella. En la salida quedaban pocas bicicletas y ningún auto. Sobre el empedrado, los taxis al acecho levantaban a los caminantes con vuelos nocturnos. La chica de la entrada seguía en la vereda repartiendo panfletos de los próximos shows en La Grieta. Como salida de foco, la luz de un patrullero con velocidad de rutina pasó sin hacer ruido.

El oficial hizo un paneo con los ojos negros bien abiertos. La camioneta se detuvo. Tres chicos se quedaron callados. Otro escondió el humo detrás. Fue un minuto. Después se alejaron sin dejar rastros. Lo que acababan de ver, no pasó en ningún otro lugar del globo. Por lo menos esa noche.

(de la edición Nº 27, enero 2014)

Vía eutanasia

Vía eutanasia

Por Félix Mansilla

El cuadro que ofrece mi ventana no es más que eso: una vida que se expande en un cuadrado, neto, poco particular. Nada más. Es todo lo que tengo, todo lo que recibo hoy. Desde que el destino me acarició para permitirme crecer, nunca lo pensé de otra manera. A veces me alimento como un optimista ortodoxo o como un tipo al que no le quedan elecciones. Quién pudiera devolverme el tiempo que no es más que aquel donde mi vida no era ni una cama, ni el techo o la pantalla de mi ordenador como únicos escapes forzosos.
Hace tres años todo cambió. No supe jamás resolver esta desidia que cayó sobre mí.

Pensar que en muchos momentos creí tener resueltos mis dilemas de existencia. La perfidia que me tendió el tiempo aquel que, sin dudas, desperdicié a falta de imaginación para escapar de aquello que me esclavizaba con culpas, temor y algunos rencores no superados. La ruta estaba transitada. Mi deseo era tan simple, tan ordinario, que dudé apenas escapado en la mente. Esa noche ella vendría a casa y el plan era casi perfecto, porque lo único que no había resuelto era la marca del vino, aún sabiendo que ese detalle era esencial.

La lluvia que caía sobre el asfalto se hacía vapor. A cada instante miraba alrededor el movimiento atronador de los árboles. Producto de un viento incómodo, las ramas se agitaban como los brazos de un banderillero de aeropuerto, desesperado. En la radio anunciaron que llovería hasta el fin de semana. Quedé atrás de un camión. Quiero aclarar que mis palabras son el destello de recuerdos que en este momento decido contar porque fue lo que me marcó a fuego este presente.

Después de leer el informe de los peritos, destaco que no corrí con la mejor suerte. El conductor del camión optó por un desafortunado zigzag que me malgastó la vida. Después de bloquear con las ruedas traseras, mi reacción fue nula. Así lo explica la pericia: mi coche quedó incrustado sobre los chapones que anteceden el puente. El auto finalizó como una sardina. El impacto quedó como una piña en el barro de una historia amortizada. A partir de ese instante, las circunstancias me indican que el resultado fue el mejor de todos aquellos que aparecen como opción: la muerte con suerte, una vida vegetal o la anestesia que desconcierta.

Las mejores estrellas son las personas o la vida como una ocasión. Una oportunidad —que leo entre algodones— de sendas que no son más. Ahora no me dejan elegir, no puedo elegir ser porque no me puedo trasladar por mis medios y mis miedos. No logro conciliar con las ideas que en un fondo gris de mi inconsciencia me dicen que acuda a una muerte vía eutanasia. Nadie me quiere entender.

Mis propósitos en el camino, quedaron ahí mismo, en el camino. Cuando me salve de esta prisión en la que resido inquieto, todos podrán sentirse un poco en mis zapatos (curioso decir zapato). No más sufrimientos que empañen mis pasiones o que destruyan todo eso que fui, porque en la medida que mis piernas no vuelvan a darme esa normalidad que antes desprecié, no quiero ni deseo comportarme como un lisiado o simplemente un renegado sin salida. Cuando llegue el fin, todos me pensarán como alguien que supo elegir, alguien que luchó hasta que no le dieron más —vaya paradoja— las piernas. Y el orgullo.

No creo haber hecho las cosas mal. No pienso que mi paso por este camino haya sido vacío, sino como una forma de ejercicio de desaprender a cada instante. Mis memorias no serán más que aquello que transformo como legado de una vida de sueños. Creo que los sueños dejan de ser cuando se cumplen o cuando se desisten, se renuncian bajo presión o son meramente anulados por una circunstancia adversa por completo. No desisto, pero prefiero prescindir de todo aquello que —como siempre— planificamos para cumplir con mandatos sociales o para conformar a los más cercanos.

Podría resumir cada uno de mis días a través de casilleros que una vez acomodados en un plano en blanco se convergen y son: niñez feliz, adolescencia regular, adultez sin retornos. Digo sin retornos porque todo lo que tuvo que ser, fue. Simple como mirar el cielo, pero tan complicado como entender los rezagos de la lluvia. Creo en las buenas intenciones, pero descreo de las cosas que se apoyan sobre constantes turbaciones que desorientan las miradas. Jamás, aquellas personas que estuvieron a mi lado se enteraron de mi decisión. Ahora, mi deseo es que me ayuden a lograr mi final.

Los jueces no comprenden. La justicia no me ve más que como un pobre tipo al que no le funcionan las piernas. No puedo caminar, no quiero vivir. No me puedo trasladar más que en un turismo mental. Lleno mis días con pensamientos horribles como el sentir que caigo y no puedo levantarme. Cosas de un tipo simple, sin salida. Por eso, espero comprensión.

De ahora en más, mi decisión debe valerse por los deseos, como el de todos lo que soñaron alguna vez con conocer o viajar con las mochilas livianas. Este viaje será mejor a partir del momento que pueda caminar entre las nubes. Jamás pensé llegar hasta acá, pero es el fin. No cuenten conmigo para las lágrimas. Quiero volar y sentir que puedo hacerlo.

Necesito alas, porque mi cielo se hundió hace mucho y no corren nubes, acá, postrado en mi lecho. Un final con el principio de un instante que comenzó en zigzag, se expandió en dolor una tarde de lluvia y me empujó hasta este momento desesperado o aparente. Nadie siente aquello que no quiere ver.

(de la edición Nº 27, enero 2014)

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Formas y conceptos

Estudio Arriba es un emprendimiento lobense que propone nuevas formas de diseño y comunicación para lograr otras maneras de explicar la imagen. El plan para este año es ser un puente de producciones artísticas a través de una plataforma digital con apertura.
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Provistos en este contexto, Francisco Dates (38) y Nicolás Córdoba (27) planificaron Estudio Arriba, con la idea no sólo de evolucionar en sus formas sino también de abarcar los aspectos que se corresponden con el diseño de una imagen de marca, entre más conceptos. Desde 2011, Estudio Arriba trabaja para muchas marcas locales y emprendimientos fuera de Lobos. Entre ellos, revista Nordelta (Tigre), Las Rosas (Roque Pérez), Falabella (Bs. As.), Liberty Seguros, La Palabra (Lobos), Red Jurista (Colombia).

El diseño nos rodea a cada paso, pero estar rodeados no significa estar invadidos. Lo importante es leer esos mensajes como una prueba eficaz de eso que no es más que una imagen construida, pensada y elaborada para que todos —los receptores— las adoptemos. El fin, entre tantos, es que esa construcción represente aquello de lo que no dudemos.

Cuando vamos a una pinturería, por ejemplo, el logo de cada marca no nos deja dudar: porque esa marca la vimos en los partidos de fútbol, en las tandas de la televisión, escuchamos los spots en la radio. Por eso, cuando el tiempo apremia no tenemos ganas de elegir cada cosa, entonces, eso que resulta familiar, cercano y cómodo (logos, tipografía, calidad) es el que termina por sacarnos de encima ese dilema de seleccionar.

La imagen y el diseño definen un sinfín de cuestiones que con solo observar nos dicen con qué nos vamos a encontrar. De todo esto, se expresa Adrián Paenza (conocido Doctor en Ciencias Matemáticas), quien explica que en la imagen de cada marca “más allá de lo evidente, hay un lenguaje subyacente, algo que no se ve a simple vista (al menos en algunos casos). Saber leer ese mensaje, saber interpretar ese doble (o múltiple) sentido también tiene aplicaciones prácticas en la vida cotidiana” (Página/12, 29-09-13).

En tanto, el diseño parte desde un proceso que expresa a través de muchas formas un contenido que acarrea otras direcciones interpretativas como parte de una imagen que contiene factores como la estética y la percepción (social/cultural) que se desarrollan en los campos simbólicos.

La breve historia de ambos, converge en casualidades encontradas desde una visión conceptual en la forma de proceder en cuanto a la comunicación y el diseño. En febrero de 2001, Francisco se recibió en la UBA con el título de Diseñador Gráfico.

Cuenta que por esos años —gobierno de De La Rúa— “había cero expectativas de trabajo, pero nunca se me había ocurrido, con todo lo convulsionado de esos años, venir a trabajar de diseñador gráfico a Lobos. Acá, esa labor prácticamente no existía”, relata. Luego, comenzó con pequeños trabajos acá, lo que hizo que las cosas se fueran dando, hasta que se decidió a volver definitivamente. “Me vine a Lobos con la idea de estar tres o cuatro meses, desarrollar esos trabajos y volverme”.

¿Cómo surgió la idea de crear Estudio Arriba?
Francisco Dates: En 2009, luego de renunciar a la empresa para la que trabajé seis años, hice un viaje a Europa. En ese trayecto, me surgió la idea de crear Estudio Arriba, para trabajar para algunos clientes que ya tenía y con la idea de ofrecer el servicio a otros nuevos. Antes del viaje, la construcción edilicia del estudio empezó de a poco. A principios de 2011, encaré de lleno lo que es el proyecto Estudio Arriba. Mi idea era trabajar con un socio. En esas casualidades, Nicolás Córdoba (diseñador web) se había venido a vivir a Lobos.

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Nicolás, quien reside en la ciudad desde hace poco más de dos años, narra eso que él llama “una historia parecida a la de Francisco”, porque “comencé laburando en mi casa, tranquilo. Conocí a una chica de acá de Lobos… La realidad es que quería vivir en Belgrano, subte/quilombo, pero terminé residiendo acá que es todo lo contrario a la gran ciudad”.

Cuando se instaló en Lobos, se preguntó: “¿Ahora qué voy a hacer?”. Los ahorros que había juntado se estaban terminando, resignó un poco aquel deseo de no depender de un jefe —“mi plan desde el primer día que comencé a estudiar Diseño Web”—, entonces, su cuestión era “o trabajo en una oficina como administrativo o encaro un proyecto propio, que pese a haber venido de otro lado, pude comenzar rápido, digamos.

Más acá, en Lobos, donde se trabaja a partir de referencias y contactos. Después, de casualidad, hablando con un amigo, me contactó con Francisco. Quedamos en charlar, nos volvimos a poner en contacto y nos planteamos los objetivos que hoy hacen Estudio Arriba”.

¿Cuáles son las ideas para este año en Estudio Arriba?
F.D.: La idea base es armar una revista online, donde Estudio Arriba sea el portador de ideas en las que se plasmen las diferentes maneras de expresión del arte y el diseño. El plan es invitar a todos los lobenses que se identifican con el arte, dando espacio a su “hoja en blanco” para que se expresen con informes, imágenes.

¿Cómo piensan el concepto de diseño a nivel local?
F. D.: Por ahí para el común, la identidad de un diseño sobre una marca no es fundamental, pero en realidad es algo que puede tener un paralelo a la foto de perfil de Facebook: nadie publica una foto estirada o fuera de foco o manchada. Además, la tendencia de las grandes marcas es lograr una identidad. No hablo solo a nivel internacional, acá en Lobos hay marcas que uno las reconoce desde una primera impresión, algo que no se logra fácilmente.

N.C.: Muchas veces se piensa al diseño como algo secundario, cuando en realidad es al revés. Cualquier persona que emprende un negocio o servicio quizá no le da importancia, porque el precio de un logo de marca sale lo mismo que comprar una impresora. Por eso, invertir en una buena imagen para el negocio es signo de atraer clientes.

¿Qué podrían explicar sobre el concepto de identidad de marca?
La identidad de marca no sinónimo de costoso. El mejor ejemplo que hay es el logo de Crónica tv. Uno lo ve y sabe que es algo berreta, pero, precisamente, el diseño de su propia imagen anuncia aquello que comunica. Nada está librado al azar. El otro día leí un post en el que decía: ¿Cuál es la diferencia entre un diseñador junior y un diseñador sénior? Que cuando el junior entra a un restorán y observa el menú, dice: “Qué diseño horrible”. En cambio, cuando hace lo mismo el sénior, dice: “Ah, acá se debe comer barato” (risas).

¿Cómo analizan las formas de los diseños de Lobos?
F.D.: El diseño, en todas sus perspectivas, también habla de las ciudades. Si comparamos a Lobos con otras de alrededores podemos notar las diferencias. Acá, los estilos que adoptaron los locales de ropa, por ejemplo, son superiores al de otros lados. Cañuelas es también una ciudad que de algún modo se percibe según el diseño de su centro comercial. En los últimos años, Lobos ha recobrado una imagen global en cuanto a look, diseño que es lo que hace que cada vez le sume importancia a todo lo referido a lo que es comunicación y diseño.

(de la edición Nº 27, enero 2014)

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Redondos de tanta soda

Alberti, Zeta, Cerati. Inicios de Soda.

Alberti, Zeta, Cerati. Inicios de Soda.

Por Mauricio Villafañe

Durante muchos años se sostuvo, desde inconfesables interese$, una antinomia que hoy, desde acá, nos parece absurda, falsa y hasta estúpida: Soda Stereo o Los Redondos. Para indagar más sobre esto vamos a dar cuenta del contexto en el cual surgen y se consolidan estas dos enormes bandas del rock de acá.

No buscamos otra cosa que demostrar que esos patéticos “Que se muera Cerati” o “El Indio se la come, Cerati se la da” fueron montajes comerciales que terminaron encontrando eco en muchos llamados comunicadores y así el masivo público rockero de la Argentina de los años ‘90.

Soda se separó en 1997 con un resonante “Gracias, totales” y se volvió a juntar diez años después para volver a romperla. Hoy, Cerati no nos puede seguir brindando su música. Aprovechamos la columna para decir bien claro: “¡Fuerza, Gustavo!”. Por otra parte, Los Redondos se separaron hace poco más de 10 años; de ahí a esta parte, sus mentores (Carlos Indio Solari y Eduardo Skay Beilinson) desarrollaron sus proyectos solistas.

Desde acá, entonces, pedimos que se vuelvan a juntar. Sin embargo, la obra de ambas bandas viven y, si bien diferentes en concepto, estética, contenido y hasta posicionamientos, lejos queda para este humilde cronista y para esta publicación ese infame “Soda ó Los Redondos”.

Desde su surgimiento, a mediados de los años ‘60, el hoy llamado rock nacional no ha parado de crecer, diversificarse, resistir y/o adaptarse a los tiempos y las coyunturas (liberadoras o autoritarias). Respecto a las bandas en cuestión, tenemos a los Redondos más ligados a la resistencia y a la contracultura que el rock podía vehiculizar en tiempos de dictadura y a Soda, algunos años después, siendo parte de la llamada “apertura” democrática de principios de los ‘80.

Sus integrantes provienen de estratos sociales y generacionales distintos, de experiencias culturales y de vida diferentes. Tal vez eso explique o ayude a explicar los diferentes estilos musicales que ambas bandas dieron a lo largo de sus extensas carreras. Y eso es vital: los muchos sonidos y expresiones son muestra de pluralidad y riqueza, lo que vale es aceptar o disentir y hasta discutir o criticar pero sin estigmatizar cayendo en la estupidez que los “críticos” y el mercado nos proponen para hacernos caer en el consumo de cosas que no necesitamos.

Haciendo ahora foco en los puntos en común, tenemos que ambos “bandos” nunca jugaron el juego del mercado discográfico y de la prensa. Sus líricas y melodías son innegables, en buena parte obra de los productores y técnicos pero, sobre todo, de intérpretes y músicos de la talla del Indio, Skay y Gustavo.

Soda y Los Redondos se unen también en lo que fue su dilatada y enorme trayectoria, no medida en premios Clarín o Gardel sino en público, discos y repercusión. ¿Quién no bailó “Mi perro dinamita” como si fuera un bailarín profesional de rocanrol de los años ‘50? ¿Quién no se puso a cantar alguna vez, afectando la voz a lo Cerati, “Persiana americana”?

Colabora en la edificación y acrecentamiento de su mito sus convulsionadas separaciones y las polémicas derivadas (y magnificadas para vender más, esa vulgaridad social…).

Indio, Poli, Skay. Caminantes del rock.

Indio, Poli, Skay. Caminantes del rock.

El crecimiento desde los circuitos alternativos (under) y desde los primeros discos de los ‘80 a la masividad de los estadios y las giras latinoamericanas de los ‘90 agudizan la atención de los medios masivos de comunicación, poniéndose en marcha la construcción de estigmas y rivalidades ficticias que venían a hablar más de los intereses comerciales que el propio sistema ponía en juego que del valor artístico de Soda o de Los Redondos.

La Verdad que revelaban los medios (hoy, por múltiples circunstancias, descreemos o cuestionamos esa Verdad) impactó de lleno en los públicos rockeros que reforzaron su identificación con tal o cual banda a partir de la estigmatización y negación de la otra, como si tratara de un juego a todo o nada y donde el músico de la banda A se la come o el de la banda B se tiene que morir.

Este fenómeno también se alimenta de la crisis que la década de los ‘90 ocultamente venía engendrando y que eclosionará en los 2000: la degradación en el nivel de vida de millones de compatriotas y su repercusión en el mundo del rock mediante la mercantilización y el “sálvese quien pueda” como lema neoliberal y expresión de la devaluación de los vínculos sociales.

El pueblo no se queda esperando sino que se pone a aguantar; la “cultura del aguante” no es el reviente como fin en sí mismo sino parte del bagaje cultural popular de un país que marchaba a su propia destrucción a costa de su propio pueblo. Los sectores dominantes, responsables del gobierno de entonces y encarnados en la prensa oficial, hacen a esta cultura el chivo expiatorio de la crisis.

Según esta concepción, a Maxi Kosteki y a Darío Santillán los mató la crisis de 2001, Los Redondos mataron a Walter Bulacio en 1991 o Callejeros prendió fuego Cromagnón en 2004. Y acá la cosa es clara: la música no mata y si lo hace la policía y/o la corruptela enquistada en diferentes sectores del Estado.

De todo este cóctel se alimenta la falsa y más tristemente célebre antinomia del rock nacional. De nosotros depende no alimentarla más. Así que, a saber: ¡Buñuelitos de ricota, un buen vaso de soda fría, rock maravilla y canción animal para todo el mundo!

(la imagen de portada es un montaje!!!)

(de la edición Nº 27, enero 2014)

Jack Kerouac

Editorial Nº 27: Sensación térmica

Tres formas de empezar un viaje, pueden ser tres maneras diferentes de querer seguir siendo o mutar para sentirse otro en la piel. En el mismo curso afluente, la mirada del otro puede despertar en uno y comenzar a ser un momento de reflexión individual.

Jack Kerouac

Jack Kerouac

El inicio de 2014 en el viaje planea en lo alto con tres escritores que se dejan leer también en verano. Esta propuesta, contiene tres jugados: Kerouac, Borges y Cortázar, hablándonos de “lo cotidiano”, en líneas literarias simples.

Son pequeñas historias que conllevan a pensar sobre los retazos de hechos narrados. La idea es embarcarse aunque no sobren los espacios.

Jack Kerouac, invita a pensar que desde el mismo espejo de vivir la cotidianidad como un hecho comprensivo, en el que el solo correr diario llega a distinguir la manera en que el día se vuelve natural.

El autor, lo define: “Súbitamente comprendí que todas las cosas sólo van y vienen, incluido cualquier sentimiento de tristeza: también se irá. Triste hoy, alegre mañana, borracho hoy, sobrio mañana, ¿por qué inquietarse tanto?”.

En Reunión, Julio Cortázar muta en la piel de el Ernesto Guevara y transporta parte del idilio en costas de Bahía de Los Cochinos en el amanecer de la Revolución Cubana. Así, el pasado se convierte en presente a cada paso de la memoria.

El fin se siente como un hoy transparente que se desarrolla a cada instante. Cortázar: “Aunque esto que cuento pasó hace rato, quedaron pedazos y momentos tan recortados en la memoria que sólo se pueden decir en presente, como estar tirado otra vez boca arriba en el pastizal, junto al árbol que nos protege del cielo abierto”.

En El ‘Úlises’ de Joyce, Borges acentúa las convexas formas de interpretar el caminar de la lectura y, recoge conceptos que se pueden manejar desde el pensar común, con ir y venir de las formas de interpretar la tinta en el papel.

“El primero de entrambos no dio con otra distinción entre los sueños y la vida que la legitimada por el nexo causal, que es constante en la cotidianidad y que de sueño a sueño no existe; el segundo no encuentra más criterios para diferenciarlos, que el meramente empírico que procura el despertamiento. Añadió con prolija ilustración, que la vida real y los sueños son páginas de un mismo libro, que la costumbre llama vida real a la lectura ordenada y ensueño a lo que hojean la indiligencia y el ocio”.

Si no arrancaste, hacelo. Si ya largaste, disfrutá de este viaje que se está por venir ¡Despierta!

(editorial de la edición Nº 27, enero 2014)

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Mañana sale el viaje Nº 27

La nueva edición de revista el viaje trae una entrevista a Francisco Dates y Nicolás Córdoba de Estudio Arriba, un emprendimiento lobense que propone nuevas formas de diseño y comunicación para lograr otras maneras de explicar la imagen.  

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Portada Nº 27, enero 2014.

La breve historia de ambos, converge en casualidades encontradas desde una visión conceptual en la forma de proceder en cuanto a la comunicación y el diseño.

En febrero de 2001, Francisco se recibió en la UBA con el título de Diseñador Gráfico.

En la nota, cuenta que por esos años —gobierno de De La Rúa— “había cero expectativas de trabajo, pero nunca se me había ocurrido, con todo lo convulsionado de esos años, venir a trabajar de diseñador gráfico a Lobos.

Acá, esa labor prácticamente no existía”, relata. Luego, comenzó con pequeños trabajos acá, lo que hizo que las cosas se fueran dando, hasta que se decidió a volver definitivamente. “Me vine a Lobos con la idea de estar tres o cuatro meses, desarrollar esos trabajos y volverme”.

Nicolás, narra que “comencé laburando en mi casa, tranquilo. Conocí a una chica de acá de Lobos… La realidad es que quería vivir en Belgrano, subte/quilombo, pero terminé residiendo acá que es todo lo contrario a la gran ciudad”. Cuando se instaló en Lobos, se preguntó: “¿Ahora qué voy a hacer?”.

Conseguí el viaje en los lugares de siempre.

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Circo Espacial y Protoplasma en el Club de Pesca Lobos

Arrancan los shows de verano, por eso, este sábado llegan al camping del Club de Pesca Lobos, desde las 17.30 hs. 

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La iniciativa Tardes de Verano del Club de Pesca, fue pensada con la excelentísima idea de brindar espectáculos culturales.

En esta ocasión, abren la temporada el espectáculo itinerante de Circo Espacial y la música rock con Protoplasma.

Las entradas tienen un valor de $35 (menores de 6 gratis).

En caso de lluvia, la fecha se traslada al sábado 25/1.

Más info en: 

www.circoespacial.com.ar

www.clubdepescalobos.com.ar

www.protoplasmarock.com.ar

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Eran dos…

Por Fernando Negro

Eran dos tipos con camisa blanca y corbata negra, pantalones negros, zapatos negros bien lustrados, eso sí. Yo estaba sentado en la puerta de mi casa contemplando con un whisky el infinito. Eran las siete de la tarde y el sol empezaba a despedirse detrás del paredón.

Eran dos, uno rubio, el otro morocho, ambos miraban mi rostro fijamente hasta que el rubio habló:

—Precisamos algo —ambos agacharon la cabeza.
—No me interesa —respondí secamente.
—Así te va ir mal ¿por qué no escuchás antes de prejuzgar?
—No sé, no me interesa, váyanse al carajo.

Caminaron mansamente, hasta llegar al lado de casa, tocaron la puerta, salió una vieja rubia, baja estatura. En este caso habló el morocho, cuando terminó la vieja fue hasta adentro y volvió con su hijo. El morocho hizo un ademán y los tres pasaron por la puerta de mi casa. Ni siquiera miraron (yo en realidad no hablo con nadie).

Mi cabeza empezó a centrarse en ese hecho, en los hombres bien vestidos; mormones o pastores lo que mierda sea vaya a saber uno lo que querían y por qué no lo dijeron de una vez.

Los mandé al carajo para mis adentros justo después de beber el último sorbo de whisky, iba a prepararme el tercero a la cocina y la silueta del hijo de la rubia apareció por la puerta.

—Te perdiste doscientos pesos boludo —dijo riéndose, el barbudo de al lado.
—¿Qué?
—¿En qué estabas pensando? Eran dos de Capital que tenían que ir a la presentación de un local de perfumes; el auto se les paró y no querían ensuciarse, por eso pedían ayuda—. ¿En qué estabas pensando?, otra vez será supongo.

Lo miré cómo me refregaba los doscientos pesos, pensé en dios, miré al cielo, comenzaba anochecer.

—¡Porteños! —cerré la puerta con llave y me fui directamente a dormir.

Más en el Blog

Funes

Los colores de Funes

Por Nicolás Bernal

Entre tantas piedras que hacen montañas
nos despertaron nuevos caprichos.

Los ríos que cruzan toda esta ruta,
las noches que caímos por distraídos.

Son las flores en la tumba de la casa hundida.
Son los gusanos que mastican viejas historias.

Estas gotas extrañas desde el cielo sin nubes
es el agua fría como un corazón.

Los duraznos maduros por la temporada,
las cosas que sirven que jamas se aplican.

Ya no lloran los árboles esta mañana
está fisurado por el viento químico.

Los colores de Funes bajo este sol,
hacen buena fusión entre cuerpo y tierra.

El lago sintiéndose extraño por el hotel,
el cielo que se le ríe por tener cinco estrellas.

Y yo te busco y hace tiempo no estás.
Cambio paisajes por tu mirada.

Y no me voy, no me fui…

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