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Redondos de tanta soda

Alberti, Zeta, Cerati. Inicios de Soda.

Alberti, Zeta, Cerati. Inicios de Soda.

Por Mauricio Villafañe

Durante muchos años se sostuvo, desde inconfesables interese$, una antinomia que hoy, desde acá, nos parece absurda, falsa y hasta estúpida: Soda Stereo o Los Redondos. Para indagar más sobre esto vamos a dar cuenta del contexto en el cual surgen y se consolidan estas dos enormes bandas del rock de acá.

No buscamos otra cosa que demostrar que esos patéticos “Que se muera Cerati” o “El Indio se la come, Cerati se la da” fueron montajes comerciales que terminaron encontrando eco en muchos llamados comunicadores y así el masivo público rockero de la Argentina de los años ‘90.

Soda se separó en 1997 con un resonante “Gracias, totales” y se volvió a juntar diez años después para volver a romperla. Hoy, Cerati no nos puede seguir brindando su música. Aprovechamos la columna para decir bien claro: “¡Fuerza, Gustavo!”. Por otra parte, Los Redondos se separaron hace poco más de 10 años; de ahí a esta parte, sus mentores (Carlos Indio Solari y Eduardo Skay Beilinson) desarrollaron sus proyectos solistas.

Desde acá, entonces, pedimos que se vuelvan a juntar. Sin embargo, la obra de ambas bandas viven y, si bien diferentes en concepto, estética, contenido y hasta posicionamientos, lejos queda para este humilde cronista y para esta publicación ese infame “Soda ó Los Redondos”.

Desde su surgimiento, a mediados de los años ‘60, el hoy llamado rock nacional no ha parado de crecer, diversificarse, resistir y/o adaptarse a los tiempos y las coyunturas (liberadoras o autoritarias). Respecto a las bandas en cuestión, tenemos a los Redondos más ligados a la resistencia y a la contracultura que el rock podía vehiculizar en tiempos de dictadura y a Soda, algunos años después, siendo parte de la llamada “apertura” democrática de principios de los ‘80.

Sus integrantes provienen de estratos sociales y generacionales distintos, de experiencias culturales y de vida diferentes. Tal vez eso explique o ayude a explicar los diferentes estilos musicales que ambas bandas dieron a lo largo de sus extensas carreras. Y eso es vital: los muchos sonidos y expresiones son muestra de pluralidad y riqueza, lo que vale es aceptar o disentir y hasta discutir o criticar pero sin estigmatizar cayendo en la estupidez que los “críticos” y el mercado nos proponen para hacernos caer en el consumo de cosas que no necesitamos.

Haciendo ahora foco en los puntos en común, tenemos que ambos “bandos” nunca jugaron el juego del mercado discográfico y de la prensa. Sus líricas y melodías son innegables, en buena parte obra de los productores y técnicos pero, sobre todo, de intérpretes y músicos de la talla del Indio, Skay y Gustavo.

Soda y Los Redondos se unen también en lo que fue su dilatada y enorme trayectoria, no medida en premios Clarín o Gardel sino en público, discos y repercusión. ¿Quién no bailó “Mi perro dinamita” como si fuera un bailarín profesional de rocanrol de los años ‘50? ¿Quién no se puso a cantar alguna vez, afectando la voz a lo Cerati, “Persiana americana”?

Colabora en la edificación y acrecentamiento de su mito sus convulsionadas separaciones y las polémicas derivadas (y magnificadas para vender más, esa vulgaridad social…).

Indio, Poli, Skay. Caminantes del rock.

Indio, Poli, Skay. Caminantes del rock.

El crecimiento desde los circuitos alternativos (under) y desde los primeros discos de los ‘80 a la masividad de los estadios y las giras latinoamericanas de los ‘90 agudizan la atención de los medios masivos de comunicación, poniéndose en marcha la construcción de estigmas y rivalidades ficticias que venían a hablar más de los intereses comerciales que el propio sistema ponía en juego que del valor artístico de Soda o de Los Redondos.

La Verdad que revelaban los medios (hoy, por múltiples circunstancias, descreemos o cuestionamos esa Verdad) impactó de lleno en los públicos rockeros que reforzaron su identificación con tal o cual banda a partir de la estigmatización y negación de la otra, como si tratara de un juego a todo o nada y donde el músico de la banda A se la come o el de la banda B se tiene que morir.

Este fenómeno también se alimenta de la crisis que la década de los ‘90 ocultamente venía engendrando y que eclosionará en los 2000: la degradación en el nivel de vida de millones de compatriotas y su repercusión en el mundo del rock mediante la mercantilización y el “sálvese quien pueda” como lema neoliberal y expresión de la devaluación de los vínculos sociales.

El pueblo no se queda esperando sino que se pone a aguantar; la “cultura del aguante” no es el reviente como fin en sí mismo sino parte del bagaje cultural popular de un país que marchaba a su propia destrucción a costa de su propio pueblo. Los sectores dominantes, responsables del gobierno de entonces y encarnados en la prensa oficial, hacen a esta cultura el chivo expiatorio de la crisis.

Según esta concepción, a Maxi Kosteki y a Darío Santillán los mató la crisis de 2001, Los Redondos mataron a Walter Bulacio en 1991 o Callejeros prendió fuego Cromagnón en 2004. Y acá la cosa es clara: la música no mata y si lo hace la policía y/o la corruptela enquistada en diferentes sectores del Estado.

De todo este cóctel se alimenta la falsa y más tristemente célebre antinomia del rock nacional. De nosotros depende no alimentarla más. Así que, a saber: ¡Buñuelitos de ricota, un buen vaso de soda fría, rock maravilla y canción animal para todo el mundo!

(la imagen de portada es un montaje!!!)

(de la edición Nº 27, enero 2014)