3 manos

La Tercera Mano

Por El Negro Sin Techo

—Le recuerdo que todo lo que usted diga está bajo juramento. ¿Le quedó claro Señor Lozano? —dijo el comisario.
—Le reitero que en el veintitantos registré en el libro de inventarios del hospital el faltante de las agujas e hilos por los que usted me indaga. No hice la denuncia policial correspondiente porque no lo consideré necesario en su momento. Un incidente menor según mi entender —afirmó a pie juntillas el doctor Lozano.
—¿Algo insignificante? Fíjese cómo le cosieron la lengua del doctor Ribera a su boca, junto con su mano derecha y observe cómo su mano izquierda ha sido cosida por sobre sus ojos. Le advierto que estamos ante un despiadado asesino de sangre fría —se envalentonó el policía.
—¡Lo sé! Por el olor a whisky que libera el cadáver descarto alaridos de dolor por parte de la víctima cuando lo cosieron vivo. El óxido que se observa pertenece a las viejas agujas, cuando desgarraron la fresca carne. Esos utensilios de cirugía son ejemplares de larga data. Los había en demasía en la guardia del hospital. Solicitaban más de la cuenta al Ministerio de Salud porque muchas partidas se las robaban para uso veterinario.
—¿Usted conoce al señor Garay? ¿Recuerda aquel escándalo de la sala de guardia?
—¡Vamos comisario! No le impute a un paisano de avanzada edad la autoría de este crimen.
—¿Por qué lo afirma tan categóricamente? Le hago saber que el vasco en sus años mozos fue un malevo del comité de fierro en ambas manos.
—Lo tengo bien presente porque fue mi primer paciente cuando llegué al pueblo. Es más, si el tajo que le cosí en aquella ocasión hubiese sido de menor porte, seguramente no lo hubiese atendido aquella madrugada. Con sus propias manos se hubiese auxiliado, como lo hizo con una supuesta cornada de toro alzado.
—Todas las pistas conducen a ese compadrito. Efectivamente quedó resentido con el doctor porque no lo quiso auxiliar en aquella ocasión. Hombre de cuchillo en mano y por lo que veo habilidoso para el zurcido ¡Deje de protegerlo! Usted hace más de veinte años que recibe corderitos del señor Garay a manera de agradecimiento por salvarle la vida en aquella ocasión.

Interrumpiéndolo. —El vasco es diestro. Cuando lo atendí ya portaba heridas que el mismo había cosido bajo un avanzado estado de descomposición. La milagrosa cicatrización fue inducida con aguardientes y azúcares. Son imágenes que aún perduran en mi recuerdo, a pesar que ahora me he endurecido. Era la primera vez que veía ese tipo de lesiones. Un trabajo desprolijo, pero efectivo. Ni en las prácticas universitarias había visto algo así. Pero las puntadas de la costura recibidas por el muerto provienen de un zurdo.
—¿Entonces por dónde buscamos? Me están presionando desde Buenos Aires porque mataron a un conservador de renombre ¿Que habrá visto este tipo como para que le cosan la mano a los ojos? ¿Que pretendieron silenciar cosiéndole su otra mano a la boca?.
El médico piensa. —Era un hombre de pocas palabras. No creo que el varón se haya desbocado ¿Y qué puede horrorizarle a un anciano que ya ni canas peinaba? Quizás pretenden desviar su atención hacia otras pistas.

El silencio se imponía en el recinto. Los hombres allí presentes mutuamente se observaban.

—¿Qué mira? —toreó el Comisario.
—Cómo está cosido. El traje con el que me gradué tenía esa costura. El sastre que me lo alquiló, advirtió que la exclusividad del mismo lo valía porque fue una moda pasajera en París de los años veinte.

Nuevamente una pausa seguida de un largo silencio. Observaciones de un lado. Desconfianza del otro.

—¿Por qué vino a Pringles el colega? ¿Por negocios, por su estancia, por política?
—¡No lo sé, dotor! Últimamente se lo veía solo por el pueblo. Solía encerrarse durante varias semanas en el casco de su estancia ¿Pero a quién le importa lo que hacía en sus largas y solitarias estadías en su campo? Lo importante ahora es que no podemos contactarnos con su esposa para darle el pésame y entregarle el cuerpo para el velorio de su marido. Hoy temprano a la mañana la viuda estuvo por acá. Reconoció al muerto, lloriqueó y se fue apurada con su chofer a atender urgencias al lugar del hecho. Me imagino el desorden que le habrán dejado a la Señora en su casa.

Interrumpiendo al Comisario. —¿Ese pañuelo es de la Señora? ¿El lugar del hecho fue la casona del casco de la estancia?
—¡Qué se yo! ¡Mire, vea! No puedo andar atento a esos detalles teniendo un escándalo que solucionar en el pueblo y recibiendo presiones desde la Capital, y congelándome los huevos en esta cámara frigorífica. Falta que me diga que si el doctor Ribera hubiese tenido una tercera mano… ¿dónde se la hubiesen cosido? ¿Eh? ¿En los genitales o en la oreja? ¿Con qué acertijo me va a salir ahora? Que el problema no fue lo que vio o dijo… sino lo que escuchó… Que hubo un rumor infundado y lo esperaron en su cama matrimonial con aguja e hilo para coserlo como un matambre… que lo mamaron para que no grite mientras lo zurcían… ¡Déjese de joder!
—El pañuelo que olvidó la viuda tiene el mismo punto de costura francesa que el utilizado para masacrar al finado. La señora fue a la casona a buscar la tercera mano para coser. Métale pata porque no pueden vivir dos abejas reinas en la misma colmena.

(de la edición Nº 27, enero 2014)