viento

Peor nosotros, los otros

Por Nicolás Bernal

A veces pasa, encerrarnos
por temerarios
o guerreros del encierro.
Mientras el mundo
está golpeado,
peor nosotros, los otros.

Duerme la suerte
sobre tu cama,
golpea el viento
las caras extrañas,
están perdidas,
peor nosotros, los otros.

Mira tu vida desconocida
por las pastillas,
son las mentiras que
atormentan el pensamiento.
Está siniestro,
peor nosotros, los otros.

Un Dios maligno
que es mi amigo
dice: “las ilusiones no tienen porvenir”
peor nosotros, los otros.

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3 manos

La Tercera Mano

Por El Negro Sin Techo

—Le recuerdo que todo lo que usted diga está bajo juramento. ¿Le quedó claro Señor Lozano? —dijo el comisario.
—Le reitero que en el veintitantos registré en el libro de inventarios del hospital el faltante de las agujas e hilos por los que usted me indaga. No hice la denuncia policial correspondiente porque no lo consideré necesario en su momento. Un incidente menor según mi entender —afirmó a pie juntillas el doctor Lozano.
—¿Algo insignificante? Fíjese cómo le cosieron la lengua del doctor Ribera a su boca, junto con su mano derecha y observe cómo su mano izquierda ha sido cosida por sobre sus ojos. Le advierto que estamos ante un despiadado asesino de sangre fría —se envalentonó el policía.
—¡Lo sé! Por el olor a whisky que libera el cadáver descarto alaridos de dolor por parte de la víctima cuando lo cosieron vivo. El óxido que se observa pertenece a las viejas agujas, cuando desgarraron la fresca carne. Esos utensilios de cirugía son ejemplares de larga data. Los había en demasía en la guardia del hospital. Solicitaban más de la cuenta al Ministerio de Salud porque muchas partidas se las robaban para uso veterinario.
—¿Usted conoce al señor Garay? ¿Recuerda aquel escándalo de la sala de guardia?
—¡Vamos comisario! No le impute a un paisano de avanzada edad la autoría de este crimen.
—¿Por qué lo afirma tan categóricamente? Le hago saber que el vasco en sus años mozos fue un malevo del comité de fierro en ambas manos.
—Lo tengo bien presente porque fue mi primer paciente cuando llegué al pueblo. Es más, si el tajo que le cosí en aquella ocasión hubiese sido de menor porte, seguramente no lo hubiese atendido aquella madrugada. Con sus propias manos se hubiese auxiliado, como lo hizo con una supuesta cornada de toro alzado.
—Todas las pistas conducen a ese compadrito. Efectivamente quedó resentido con el doctor porque no lo quiso auxiliar en aquella ocasión. Hombre de cuchillo en mano y por lo que veo habilidoso para el zurcido ¡Deje de protegerlo! Usted hace más de veinte años que recibe corderitos del señor Garay a manera de agradecimiento por salvarle la vida en aquella ocasión.

Interrumpiéndolo. —El vasco es diestro. Cuando lo atendí ya portaba heridas que el mismo había cosido bajo un avanzado estado de descomposición. La milagrosa cicatrización fue inducida con aguardientes y azúcares. Son imágenes que aún perduran en mi recuerdo, a pesar que ahora me he endurecido. Era la primera vez que veía ese tipo de lesiones. Un trabajo desprolijo, pero efectivo. Ni en las prácticas universitarias había visto algo así. Pero las puntadas de la costura recibidas por el muerto provienen de un zurdo.
—¿Entonces por dónde buscamos? Me están presionando desde Buenos Aires porque mataron a un conservador de renombre ¿Que habrá visto este tipo como para que le cosan la mano a los ojos? ¿Que pretendieron silenciar cosiéndole su otra mano a la boca?.
El médico piensa. —Era un hombre de pocas palabras. No creo que el varón se haya desbocado ¿Y qué puede horrorizarle a un anciano que ya ni canas peinaba? Quizás pretenden desviar su atención hacia otras pistas.

El silencio se imponía en el recinto. Los hombres allí presentes mutuamente se observaban.

—¿Qué mira? —toreó el Comisario.
—Cómo está cosido. El traje con el que me gradué tenía esa costura. El sastre que me lo alquiló, advirtió que la exclusividad del mismo lo valía porque fue una moda pasajera en París de los años veinte.

Nuevamente una pausa seguida de un largo silencio. Observaciones de un lado. Desconfianza del otro.

—¿Por qué vino a Pringles el colega? ¿Por negocios, por su estancia, por política?
—¡No lo sé, dotor! Últimamente se lo veía solo por el pueblo. Solía encerrarse durante varias semanas en el casco de su estancia ¿Pero a quién le importa lo que hacía en sus largas y solitarias estadías en su campo? Lo importante ahora es que no podemos contactarnos con su esposa para darle el pésame y entregarle el cuerpo para el velorio de su marido. Hoy temprano a la mañana la viuda estuvo por acá. Reconoció al muerto, lloriqueó y se fue apurada con su chofer a atender urgencias al lugar del hecho. Me imagino el desorden que le habrán dejado a la Señora en su casa.

Interrumpiendo al Comisario. —¿Ese pañuelo es de la Señora? ¿El lugar del hecho fue la casona del casco de la estancia?
—¡Qué se yo! ¡Mire, vea! No puedo andar atento a esos detalles teniendo un escándalo que solucionar en el pueblo y recibiendo presiones desde la Capital, y congelándome los huevos en esta cámara frigorífica. Falta que me diga que si el doctor Ribera hubiese tenido una tercera mano… ¿dónde se la hubiesen cosido? ¿Eh? ¿En los genitales o en la oreja? ¿Con qué acertijo me va a salir ahora? Que el problema no fue lo que vio o dijo… sino lo que escuchó… Que hubo un rumor infundado y lo esperaron en su cama matrimonial con aguja e hilo para coserlo como un matambre… que lo mamaron para que no grite mientras lo zurcían… ¡Déjese de joder!
—El pañuelo que olvidó la viuda tiene el mismo punto de costura francesa que el utilizado para masacrar al finado. La señora fue a la casona a buscar la tercera mano para coser. Métale pata porque no pueden vivir dos abejas reinas en la misma colmena.

(de la edición Nº 27, enero 2014)

Pelota 1

Introducción a la literatura de la pelota

Por Félix Mansilla

Ingresar en el mundo de la pelota puede ser un camino de ida(s) y grandes vueltas. La exégesis de toda literatura que incluye al fútbol como eje, abre el camino a una y a muchas maneras de interiorizarse con la temática: toda la apelación a las formas de un mismo mundo desde cualquier punto abarcable. Esto hace que se entretejan cuestiones variadas: desde la ejecución de “El penal más largo del mundo” de Osvaldo Soriano; a una cuestión política resuelta con un partido de fútbol, en “El área 18” de Roberto Fontanarrosa; o una propuesta para que el Vaticano tenga su selección de fútbol desde las letras de Juan Sasturain en “Dos arcos en Piazza San Pietro”.

La génesis de este tipo de literatura puede centrarse en la antología recopilada en 1971 por Jorge Santoro, donde a través de distintas miradas, escritores y un lado popular (cantos de la cancha, poemas con jugadores tan diversos como contenidos con el balón: Gelman, Borges, H. Manzi, Quiroga, Scalabrini Ortiz y Minogna), se encuentran reunidos por un hilo conductor claro y entendible que justifica cada una de las inclusiones propuestas por Santoro.

Éste, sostiene que muchas de las situaciones de lo cotidiano poseen salpicaduras y paralelos con el fútbol: “Si diéramos en declarar que hay elementos latentes en los habitantes de la ciudad, uno de ellos sería el fútbol, cuya presencia resalta sobre otras, no por pura casualidad, sino porque hacia él convergen fuerzas de singulares características emocionales”.

En el mismo sentido y haciendo eje desde la expresión a su aplicación general, Santoro reflexiona que “el lenguaje, bastón en el que se apoya toda relación humana, deja a cada paso, señales de esta presencia. Sirvan estos ejemplos cotidianos: ‘¿a papá con juego de alto?’, ‘el negocio es un gol de media cancha’ y aquella otra expresión tan gráfica que le oímos a un fletero: ‘hoy, si no llueve, pega en el poste’ (…) ‘Lo culto’ entremezclado con ‘lo popular’, ya que el fútbol, el fóbal o la pelota, como ustedes quieran llamarlo, es algo que pertenece a cada uno de nosotros porque se impone a todos por pura presencia”.

Pero el puntapié no acaba allí. Ya en el texto publicado en el diario El Mundo el 18 de noviembre de 1929, “Ayer vi ganar a los argentinos”, Roberto Arlt cuenta su experiencia al presenciar la victoria del seleccionado argentino. Con la picardía típica de las “Aguafuertes porteñas”, el escritor y periodista anticipa un lugar —en el que no surcó detenidamente— donde el deporte insignia nacional es parte del paisaje cotidiano.

Lo mismo sucede en el escritor argelino Albert Camus, quien alguna vez contó que “tras muchos años en los que el mundo me ha brindado innumerables espectáculos, lo que personalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y a las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. No es casualidad, debido a que el argelino más reconocido en las letras fue alguna vez arquero y, cuándo no, centrodelantero. En el mismo sentido, la literatura futbolera tiene una mención en la novela “El miedo del arquero ante el tiro penal”, de Peter Handke.

Si bien esta obra no se centra en el deporte, tiene parte de alegórico, algo de lo que Soriano contó en la nota preliminar del cuento “El penal más largo del mundo”: “Fue una de las novelas que más me impresionaron en los últimos años. (…) Mientras leía la novela de Handke, recordé el penal narrado en este relato. Fue más emocionante de lo que dejan traslucir estas líneas, o al menos así lo viví yo entonces, y me pareció que valía la pena recordarlo”.

Plumas de la redonda

Siempre los escritores han mencionado en una parte de su producción algo relacionado al fútbol. La incidencia general y popular de este deporte, hicieron que al menos algunas (in)olvidables escenas tengan algo de vínculo cercano/alejado con el juego. Así, las apariencias se acercan a ese lugar de expectativa en cómo se forma o deforma esa idea de fútbol como motivo y/o contexto enlazador. Mucho se ha escrito sobre este deporte —aunque sus creadores no estén vinculados de manera comprometida y reconocible— entonces, el campo de tratamiento se conforma en apertura, porque el fútbol está: en los medios, en las conversaciones, en el recuerdo, en el significado de uno de los puntos que lo convierten —real o simbólicamente— en un signo de lo patrio bajo el manto de toda una imaginería nacional detrás de una selección.

Ese mundo de construcción constante incluye la literatura que lo refleja. En el mismo sentido, Sasturain desde la Contratapa de Página/12, escribió: “El fútbol es hoy un fenómeno con la insidiosa capacidad de infiltración ambiental y personal de una peste invacunable”. En ese reconocimiento, el tridente Soriano, Fontanarrosa, Sasturain está custodiado en el medio por Giardinelli, Dolina, Sacheri hasta llegar a la línea de cuatro en el fondo con otros desde peculiares aristas literarias: Constantini, Bayer, Benedetti, Galeano.

La lista puede continuarse con otros que siguen las zagas desperdigadas en las letras de este tiempo: Rodrigo Fresán, José Pablo Feinmann, Guillermo Saccomanno, entre muchos más. Algunos de los mencionados fueron magníficamente reunidos en “Cuentos de fútbol argentino”, trabajo recopilatorio de —quién otro sino— Roberto Fontanarrosa. En las primeras líneas de su prólogo, abre el paraguas: “No crecí queriendo ser como Julio Cortázar. Crecí queriendo ser como Ermindo Onega”.

La selección del Negro

Como un libro de apertura contemporánea sobre autores de la literatura nacional, la recopilación de Fontanarrosa conjuga perspectivas amplias, desde lo más llano a lo puntual. La desaparición del deporte y el relato como muestra de su sola existencia en el texto de Bioy y Borges, o la amistad en los “Apuntes del fútbol en Flores” de Dolina, la imaginación pagana y el milagro del fútbol en “Campitos” de Sasturain o el sentimiento de una misma percepción representada desde la óptica de Inés Fernández Moreno en “Milagro en Parque Chas”.

Es decir, la presentación espontánea desde una temática montada en el disperso diagrama del fútbol, abarcó en gran parte o en parte de ella, la atención de muchos escritores. “Puro fútbol” es una recopilación de todos los relatos futboleros escritos por Fontanarrosa: veintitrés relatos en donde resuenan tribunas, cantos, puteadas y el tacto cotidiano de su autor, un especialista en la materia. Producto de ello, “El área 18” narra disputas diplomáticas, resueltas con partidos de fútbol.

Los agrupados de Apo

De igual modo, Alejandro Apo —sin duda el mejor interpretador de esta literatura— reunió distintos autores con algo de la pelota entre sus letras y los recopiló en “Y el fútbol contó un cuento”, incluyendo memorables relatos. Los jugadores, la magia y la amistad en “Puntero izquierdo” de Benedetti, la construcción de un episodio futbolístico en “Relatores” de Alejandro Dolina, la descripción del interior provinciano en “Atajó Roma” de Aldo Niera o el final triste de un viejo que nunca vio a su equipo campeón en “El hincha” de Mempo Giardinelli.

Las historias se entremezclan y aparecen más autores con sabor a fútbol: Pablo Ramos, Walter Vargas, Sebastián Jorgi, Antonio Dal Masetto y Jorge Valdano. Habida cuenta de la pluralidad de autores con textos de producción futbolística, el fútbol aparece desde un lado literario, ordenado y alejado de lo más comercial del asunto, para ahondar en la memoria, entreverarse con el amor, recordar el olvido, sin dejar de mencionar el barrio, hablar de futuro, el sentimiento en presente y lo que alguna vez fue el pasado, con sus fracasos y resaltando las victorias.

Por eso, la literatura futbolera muestra un desarrollo interior y con mejor recepción a ese público que desea el fútbol contado desde dichas perspectivas equidistantes de aquellas que se transmiten de forma agotadora en los medios. Producto de la casualidad o de las buenas elecciones, el propio Apo ascendió a Primera a alguien que jamás había publicado un libro.

Ése es Eduardo Sacheri, quien le envió tres cuentos que luego conformarían su primera producción y estarían ubicados según los fue leyendo Apo en su programa radial Todo con afecto: “Esperándolo a Tito” (que le da nombre al libro); “Me van a tener que disculpar (dedicado a Maradona); y “La promesa” (despedida de las cenizas de un amigo en una cancha de fútbol). Este libro —a un lado de haber sido reconocido literariamente—también contiene más de una docena de cuentos y relatos con la significación puesta en las muchas aristas del juego, como son el amor, los odios, la vergüenza, los reencuentros y la pasión.

Los no tan visitantes

Hasta aquí, algunas muestras de la diversidad de autores que surcaron e indagaron la materia desde sus lugares y atravesados por el tiempo. A estos, debemos sumarles los escritores uruguayos que también dejaron impronta en la literatura de fútbol. Entre ellos, podemos enumerar y sumar “El césped” de Mario Benedetti y la vasta producción de Eduardo Galeano en “El fútbol a sol y sombra”, que empieza: “Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía: durante el día era el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país. (…) Han pasado los años, y a la larga he terminado por asumir mi identidad: yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: —Una linda jugadita, por amor de Dios”.

Martín, el personaje catastrófico de “El Césped”, anticipa lo que en palabras reales alguna vez opinó Benedetti sobre el significado de la pelota: “¿Sabés lo que pasa? Pasa que para mí la vida es el fútbol, más aún, mi vida son los tres palos”.

El fútbol visionado: el gol es la felicidad

A través de una lectura crítica, Pablo Alabarces hace un repaso por la denominada Sociología del deporte por parte de la utilización política e ideológica del fútbol en las diferentes concepciones de patria, como un juego masivo, representativo y aglutinador, como claro “operador de nacionalidad” a lo largo del siglo XX. En su doble hipótesis sobre la metáfora del fútbol como ‘máquina cultural’, el autor argumenta que “la construcción de identidades —históricamente masculinas, pero hoy también femeninas— en la Argentina están atravesadas por el fútbol como causa primera.

A la vez, esas identidades juegan hoy en una tensión entre procesos de tribalización fragmentadora y la construcción de una representación nacional, en un momento particular de la historia que ha sido definido como etapa global de la cultura y la economía”. Del mismo modo, pero un tanto más literario, Osvaldo Bayer deja su mirada en la historia del deporte en “Fútbol argentino”, donde reside el análisis cultural y la épica del fútbol desde los finales del siglo XIX.

Bayer, analiza metafóricamente: “Un juego capitalista porque se requiere rendimiento, afán de ganar, de ser superior. Un juego socialista porque necesita del esfuerzo de todo el equipo, la ayuda mutua para obtener el triunfo, que es una vida mejor. El gol es de todos cuando todos trabajamos para él. El sueño, la esperanza, el gol. El gol es la felicidad”.

(de la edición Nº 27, enero 2014)