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La construcción de una conducta desviada

Por Luciana Martinez*

En el presente artículo me propuse establecer desde la obra de Howard Becker, Outsiders, la relación entre las nociones por él acuñadas y la problemática que gira en torno a la ilegalidad del consumo de marihuana. Una vez planteado el interrogante de por qué la gente transgrede las normas sociales, qué es lo que los lleva a hacer algo prohibido; de forma recurrente, la investigación científica ha aceptado la premisa de que la infracción a la norma responde a alguna característica inherente a la persona que la comete —ignorando por completo el carácter variable de los procesos de valoración que establecen qué conductas son apropiadas y cuáles reprobables—.

Becker, sin embargo, a través de la mencionada publicación desplaza el eje de la cuestión “al modo en que las cosas son formuladas como problemáticas, y conduce la investigación hacia las personas que definen cuáles son esas actividades y la manera en que las definen” (Becker, H. 2009: 14) ¿Quién es el que determina qué tipo de comportamientos son delictivos y cuáles son sus consecuencias?

Siguiendo esta misma línea, “los grupos sociales crean la desviación al establecer las normas cuya infracción constituye una desviación y al aplicar esas normas a personas en particular y etiquetarlas como marginales” (ídem: 28). Por lo tanto, que un acto sea desviado o no, depende de la manera en que los otros reaccionan ante él. Es decir que la respuesta de los otros forman parte del problema.

Para tratar de manera concreta el caso de la prohibición del consumo de marihuana —caso que el autor problematiza en dicho libro amparado en una labor de campo exhaustiva— éste concluye que “el individuo será capaz de consumir marihuana por placer sólo cuándo atraviese un proceso en el que aprenda a concebir la droga como un elemento que puede ser usado para esos fines” (ídem: 76) y para ello tiene que pasar por distintas etapas e ir evadiendo en cada una de ellas los distintos controles sociales internos (interiorizados) y externos que se le presentan al tiempo que su concepción de la droga comienza a cambiar progresivamente. En este proceso juegan un papel fundamental los mecanismos de identificación del sujeto con un conjunto mayor que conforma una subcultura (por una cuestión de espacio, sólo me limitaré a señalar su importancia).

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Partiendo de la base científica que sitúa a la marihuana como una droga recreativa y no teniendo su uso un carácter compulsivo sino casual, se sigue reproduciendo en el imaginario colectivo esta imagen del ‘fumador de porro’ como alguien esclavo de la droga (droga que utiliza para la evasión de problemas que no puede enfrentar), falto de motivación y productividad, peligroso… en resumidas cuentas, un sujeto anómico que no es merecedor de la confianza de la sociedad —aunque se trate de una de las sustancias de uso más extendido que se tenga conocimiento y el disfrute de sus efectos atraviese distintas generaciones, diferentes ámbitos socioprofesionales, estudiantiles y socioeconómicos—.

Aclarado esto, y volviendo a los grupos sociales que establecen las distintas normas, se sabe que éstos lo hacen asistidos por un cuantioso poder económico y político.

Remontándonos a la prohibición del consumo del cannabis, nos encontramos con que a principios del siglo XX, no sólo no estaba penada la posesión de la planta, sino que ésta misma revestía gran valor para la industria textil, por ejemplo, la fibra que se extraía de ella era mucho más resistente que la de algodón y los primeros Levi’s fueron fabricado con esa materia prima. Para la industria farmacéutica, su uso terapéutico era sumamente preciado y para la industria papelera, donde su valía se incrementaba por la productividad y la calidad del papel de cáñamo.

Con la incursión del descorticador (que introducía una mayor facilidad al momento de recolectar el cáñamo, evitando así un montón de molestias) se redujeron los costos de producción, acontecimiento que abría la posibilidad de obtener un papel más económico que el de madera. Este último avance implicaba una gran amenaza para William Hearst, cuyo imperio descansaba en sus plantaciones de árboles —las que a su vez servían de insumo para la desorbitante concentración de medios gráficos que tenía bajo su ala (se han contado veintiocho periódicos) — debido a que corrían, sus productos, con clara desventaja al momento de competir en el mercado con los bajos precios del otro tipo de papel. Y ello no significaba otra cosa que la puesta en jaque de su supremacía económica.

Ante esto, inmediatamente acudió a la prensa donde se fundaba su poderío político. Se sirvió de una de sus dos grandes armas para defender la otra y así comenzó la demonización del cannabis; su difamación se reproducía sin tregua por los distintos medios y comenzaba a escandalizar a la opinión pública (el acento estaba puesto en sus efectos psicoactivos y se hablaba por aquel entonces que incitaba a la violencia, falacia de los más cínica, grotesca y absurda).

Fue así que trazando estratégicas alianzas con un pequeño grupo de hombres codiciosos, la iniciativa prohibicionista de Hearst tomó curso legal y en 1961 no sólo se prohibió la sustancia en EEUU sino que a través de la ONU, esta infamia se hizo eco en el resto del mundo a la par que se censuraba cualquier estudio científico que probase lo contrario de lo que se venía vociferando de un modo bastante burdo, por cierto.

Los consumos (tabaco, alcohol, medicamentos de venta libre, etc.) poseen una matriz social, así como también su legitimación o demonización. En este caso la demonización cumple una función claramente económica (que también es social). Los distintos medios de comunicación hacen propio el discurso del stablishment. Lo refuerzan y difunden y establecen, de esta manera, distintas concepciones que penetran fácilmente en la capilaridad de la sociedad, fijándole así, parámetros bien definidos en lo que apoyarse a la hora de comprender lo que les rodea.

Estas operaciones sobre el sentido común tienden a construir otredades amenazantes (faloperos, piqueteros, pobres), construcciones fuertemente arraigadas en las conciencias colectivas. De esta manera, son movilizadas por un temor que se gesta y reproduce desde estos mismos ámbitos mediáticos, y terminan así refugiándose en el terreno seguro y acrítico de las certezas construidas por opinión publicada.

Como le oí decir a un profesor una vez: “Lo legal que si bien es legítimo por construcción ajena (de arriba hacia abajo), es válido como adopción propia (desde y para abajo)”. Si la gente tiene impulsos desviados todo el tiempo (al menos en el ámbito de la fantasía) Becker nos invita a preguntarnos por qué la gente normal no lleva a cabo estos impulsos. Su respuesta apunta a un mayor nivel de penetración de las instituciones y las formas de conductas convencionales que llevan a los sujetos a contenerse por las innumerables consecuencias que podría acarrearle el hecho de dejarse entregar a él.

“Cuando un desviado es atrapado, se lo trata de acuerdo al diagnóstico popular que explica por qué es como es y el tratamiento en sí mismo puede a su vez profundizar su desviación” (ídem: 53), en este proceso entran en juego los mecanismos clasificatorios referidos al estatus maestro y estatus auxiliar donde “la posesión de un rasgo desviado —rasgo por el que el sujeto es definido— puede tener un valor simbólico generalizado de forma tal que la gente presupone automáticamente que su poseedor tiene otros rasgos indeseables asociados” (ídem: 52) lo que genera, a su vez, una profunda repercusión en la imagen social que se hacen las personas de sí mismas.

Lo esencial de estos procesos de etiquetamiento es que el “tratamiento de la desviación les niega a los desviados los medios que dispone la mayoría de las personas para llevar una vida cotidiana normal, y en consecuencia deben desarrollar, por necesidad, rutinas ilegales” (ídem: 54), a lo que cabría agregar que quedan vulnerablemente expuestos a los abusos, humillaciones y vejaciones por parte de los agentes de aplicación de la norma, con el consecuente impacto que pueden tener en la psiquis de quien sufre este tipo de correctivos.

Al comienzo del libro hay un pasaje de Thomas y Thomas que me conmocionó por la honda verdad que encerraba entre sus líneas. “Las situaciones que los hombres definen como reales tienen consecuencias reales” (Becker, H. 1999: 14). La veracidad de esta reflexión resplandece fuertemente cuando uno se encuentra de cara con casos como el de Alexis Torrijos, un muchachito de 22 años oriundo de un puebo de Santiago del Estero, al que apresaron después de que se le encontrara la irrisoria cantidad de 16,5 gramos y con ello pasara a compartir la misma celda y carátula: “tenencia de estupefacientes con fines de comercialización”, con dos pilotos profesionales que aterrizaron en la provincia con 420 y 308 kilos.

Pasaron más de seis meses desde su detención acompañada de los golpes y las humillaciones que ya forman parte de las rutinas policiales; enfrentaba una condena por demás aberrante de entre 4 y 15 años, y en medio de esta violenta vorágine no sólo perdió su trabajo sino también una beca que le permitía estudiar. Además, claro está, de ser escrachado —etiquetado— públicamente. Como fruto de la apelación, hoy está bajo libertad condicional, sin embargo, la carátula continúa siendo la misma.

Pero más trágico es aún lo acontecido con Miguel Ángel Durrels, un petisero de Pilar, al que arrestaron con 78 gramos. Su familia que se enteró por una conocida y no por la policía, se dirigió a la comisaría donde lo alojaban y lo encontraron sin vida. Desde allí mismo, se sostuvo la hipótesis del suicidio, sin embargo, su compañero de celda de dos por dos afirma no haber escuchado nada.

Siendo la opinión pública la que legitima o deslegitima ciertas prácticas, al concebir, socialmente, el consumo de marihuana como un comportamiento desviado y al negarse a reconocer los verdaderos intereses económicos que subyacen a la prohibición, se está avalando no sólo la violencia y los abusos que suelen acompañar los procesos de detención, el fomento del mercado clandestino, la constante criminalización de los más pobres a la par de los descomunales gastos que estas causas judiciales a “perejiles” le insumen al Estado, sino también se ve con benevolencia la injustísima situación de que haya personas a las que se les está negando el derecho de disfrutar de una sustancia que, sin causar perjuicios a terceros, forma parte del ámbito electivo y personal de cada uno como tantas otras, quizás más nocivas, pero de curso legal.

*Estudiante de Sociología UBA.

(de la edición Nº 28, febrero 2014)