Por FPM

Esos hombres que zigzaguean como Charly

Por Ariel Boffelli*

Con el pantalón de fútbol cagado y las piernas percudidas de mugre, un hombre de baja estatura, con el pelo grisáceo y enmarañado, camina por la avenida 13 en la ciudad de La Plata. Hace veinte metros, saca un cigarrillo de la oreja, le pide fuego a un peatón que ni siquiera lo mira. Falla en el intento.

Vuelve a hacer lo mismo con otro, pero apenas se puede mantener en pie. Cae desplomado y uno de los comerciantes que observaba la escena emite un gesto raro con la boca, como de insulto. Pasan unos minutos, y llega una patrulla, de la que bajan dos policías que intentan levantarlo.

Cuando los oficiales lo hablan, los dueños de uno de los negocios salen para observar la pequeña historia. Sólo se escucha a una de las chicas que trabaja en la panadería de la esquina, donde parece que siempre pide algo.

—Está acá hace un rato. Molesta todos los días —le dice al oficial que sin prestarle atención, lo intenta subir a la caja del patrullero, pero fracasa.

A pesar de que el espectáculo es más que tentador, el tiempo obliga a seguir el rumbo. Pasan dos cuadras con la imagen que no se borra. “¿Cómo alguien puede terminar así? ¿Qué habrá hecho ese tipo para estar marginado del sistema?”, me pregunto totalmente insensibilizado del mundo exterior. Camino otra cuadra y veo como pasa la camioneta de la bonaerense con el croto junto a su mirada perdida atrás. No puedo hacer otra cosa que relacionar su vida a la del loco Charly.

Charly es otro vago que vive en el edificio de la UTA, sobre la calle 14. A pesar de que siempre está borracho, y le tira cosas a la gente, es un viejo agradable para hablar. Tiene unos 70 años, ningún diente, usa ropa de grafa y una gorra que perdió el color. Siempre me llamó la atención su presencia en el barrio, pero es muy querido por algunos. “Es un viejo bueno”, decía la anterior encargada del edificio cuando lo observaba pasar.

Lo he visto varias veces amanecer sobre la vereda, entre cartones y con unas frazadas mugrientas. Lo peor, según me cuenta cuando le llevo algo, es el invierno. Ahora, en verano, lo cruzo menos aunque algunas noches se escucha como arrastra una bolsa y sus pies, ayudado por el bastón negro con el que amenaza a las viejas del barrio.

—¿De dónde sos vos? —pregunta siempre.
—De 47.
—Ah… ¿no tenés algo para comer?
—Sí.

Ese diálogo se repite. Las veces que no está agresivo, nos colgamos a charlar de los viajes que él hacía por el país, donde asegura haber conocido todo.

—Yo era mochilero. Me gustaba viajar, viste.

Siempre quise preguntarle cómo llegó a la calle, pero no me animo. Vivir afuera del sistema es tentador, pero tiene sus sacrificios. Algún día le voy averiguar cuáles son las ventajas. Esta noche le voy a llevar algo. Al final, es el único vecino con el que me llevo bien.

*Estudiante de la Lic. en Periodismo y Comunicación UNLP.

(de la edición Nº 28, febrero 2014)