Ricardo Fort

Especialistas del dolor

Por Luciana Cáncer

Cuando me desperté, entré a lanacion.com para revisar la cartelera de cine. Después de analizar los títulos y horarios, todavía mareada de sueño y de trasnoche, me llamó la atención el título del sitio: Murió Ricardo Fort. No leí la noticia. Mi mano derecha se independizó de mí; buscó el control remoto y clavó el pulgar en América TV. Jorge Rial. Luis Ventura. Marcela Tauro. Aníbal Pachano. Un doctor X. Un abogado Z. Me tenté.

Traté de imaginar la madrugada de ayer. Los teléfonos de la chusma televisiva ardiendo, sus cerebros también. Corridas de móviles de último momento. Buscar al doctor X. Buscar al abogado Z. Armar el circo. La cobertura perfecta para sacarle el jugo a un lunes feriado que se preveía exprimido con un capítulo más de la botinera y los dos futbolistas, el tema explotado de la semana anterior, y la anterior.

Después de intoxicarme durante más de dos horas con lugares comunes que resaltaban las virtudes del muerto, solamente porque queda mal seguir hablando mal del muerto, pero carroñando lo mismo, carroñando al muerto del que el amarillismo nacional se alimentó cada vez que se le agotaba el combustible menos kitch, y del que muchas veces me reí y me espanté y usé para alimentar, yo también, mi morbo y mi aburrimiento, rescaté una palabra: dolor.

El recorte estratégico de una de las notas que sirvieron de material de reflexión, empezaba con Mónica Gutiérrez haciendo una pregunta arrasadora: Ricardo ¿qué se siente vivir en un cuerpo atrapado por el dolor? La pregunta lo tomó por sorpresa, entonces Ricardo se desmoronó. No actuó sufrir, sufrió, de verdad, ante las cámaras. Dos hilitos de lágrimas le cruzaron la cara, hinchada, deformada de efectos químicos y de intervenciones quirúrgicas.

Operaciones que decidió hacerse porque quería verse más lindo, le dijo a los ojos celestes y llorosos de Mónica que la cámara captaba con zoom tembloroso, haciendo alarde de su experiencia en táctica sensacionalista, para volver a la cara deformada de Ricardo, justo a tiempo para mirarlo decir: “Una boludez mía, sabés, algo que entendí mal, porque siempre pensé que si era más lindo me iban a querer más”. Y mientras Ricardo decía que se operó tantas veces para verse más lindo, yo, inevitablemente pensé en otra palabra: distorsión. Y, por supuesto, lloré. Porque soy maricona. Porque me identifiqué con el dolor de Ricardo Fort.

Qué fácil es entender eso que dijo Ricardo. La búsqueda desesperada de amor es, muchas veces, un mal entendido, una distorsión que toma los caminos que puede tomar. Yo, por ejemplo, pasé más del sesenta por ciento de mi edad, rindiéndole culto a la anorexia.

Anorexia: la reina de las distorsiones. Me acostumbré a la percepción distorsionada de mi cuerpo, de mí. A pensar que la angulosidad de la piel forrando apenas los huesos, era verme más linda, era provocar más amor. Algo que entendí mal, como le dijo Ricardo Fort a Mónica Gutiérrez. Algo que entendemos mal casi todos, algunos más, algunos menos, algunos más controlados, algunos más desbocados: lo único que necesitamos es amor, pero como entendemos mal, nos arreglamos para tomar la ruta de los vericuetos que más nos alejan del amor.

Entonces Ricardo Fort, pienso yo, entendió que el dolor de la falta de amor, se podía curar con el dolor de operarse veintisiete veces en cuarenta y cinco años. Volvió dolor físico el dolor de corazón, para ver si, tal vez, el dolor físico lo distraía del dolor de corazón, lo anestesiaba, le hacía de morfina para el alma.

(de la edición Nº 28, febrero 2014)