Cursi

Cursi (besos de esos)

Por Félix Mansilla

Esta historia recomenzó su andar en el Parque. La pareja se besaba como en el final de una película de amor, a destajo, con ruidos y abrazos trémulos, desesperados. Habían esperado mucho tiempo ese momento para los dos. Sus palabras al encuentro fueron una, al mismo tiempo.

—Hola —ella con una mueca, la nariz arrugada.
—Hola —él con la sonrisa segura.

Ella vestía una musculosa blanca, el pelo negro y anteojos vintage sepia. Él, remera marrón y pantalones desajustados, el pelo despeinado. El verde de las hojas de los eucaliptos caía sobre su aura plena en abrazos rotos, de mucho tiempo.

Ella frenó de repente, se sacó los lentes como desesperada en apariencia, lo miró a los ojos y comenzó con las dudas. Él esperó, habitado en la seguridad de sus palabras, convencido del poder de sus deducciones sobre su sentir de la mujer que espera certezas. La imaginó desnuda, pero sin apartar la mirada de sus pestañas curvas.

—Tanto tiempo, ¿no? —arrojó con gesto desconfiado.
—¿Es verdad que volvés?
—Sí, vine a buscarte —sentenció seria, como buscando algo en su reacción—. Pensé mil veces saber si estas palabras te iban a llegar. Decime algo, no sé. Lo necesito.
—Es que me tomás así de sorpresa, es una respuesta con peso si es que necesitás que ya te la diga.
—Esperá. No te la creas. Decime qué sentís cuando analizás la frase “vine a buscarte” —dijo sin decir ‘dale, flaco, jugate de una vez’—. Es mucho, pero nada que no puedas decirme ahora, creo.
—Es verdad. Siempre me pareciste una mina, una mujer, perdón, con la que viviría el resto de mi vida, pero un día te fuiste así de la nada y me dejaste solo, re solo. Que no suene a reproche, pero es que no quiero sufrir más ausencias. Después de lo de mi viejo, sentí que no me quedaba nada. Lo sentí así, aunque me considero curado —arrimó sin respirar. Ella comenzó a mirarlo con los ojos grandes, atónita—. Creeme que fue un momento heavy para mí. Verte así, tan distante, me hizo pensar que esto no iba a funcionar y porque, precisamente, la distancia me advirtió casi todo.

Se quedaron en silencio. Él prendió un cigarrillo, limpió sus lentes y volvió a besarla. Ella recibió su peso haciéndose para atrás y después lo abrazó para nunca más soltarlo. En el skate park los más chicos volaban como pájaros libres. Sobre el camino del arroyo Salgado, las sombras de los caminantes de primavera se proyectaban como la cerrazón de la propia evolución.

Eran besos de regreso, era el viento que los atrajo de nuevo, como la lluvia que moja en verano y hace que el aroma del verde se introduzca en las narices haciendo que llegue la noche, los bichos y el canto funcional de los grillos sin fin. Pronto, la oscuridad los tapó bajo el mismo árbol y se acostaron sobre sus ropas. Hablaron de cualquier cosa.

—Conocí un montón de gente, pero en ninguno te encontré.
—Seguís siendo la misma dulce compradora de siempre, veo.
—Ah, pero qué malo que sos. Dejame que te diga lo que siento…
—Bueno ¿tuviste otras historias? Contame, tranquila que yo…
—Ay, el señor que cambió y ahora no es más celoso.
—Es que aunque no me creas, aprendí. Aprendí bien. Si me quiere, no me miente. Si me quiere, no se va.
—Siento que no avanzo, desde hoy. No es poco volver, buscarte y decirte todo lo que me hacés falta. Si me equivoqué, creo que puedo tener el derecho de arrepentirme.
—Vos sabés que ahora es otra cosa, flaca. Está todo más que bien. Creo en el dolor, pero también creo en el destino, que ahora me dice que volviste. Que ahora me vuelve a decir que vas a volver a ser esa mujer en la que creí todos los días de mi vida. Porque está ahí, porque sé que me va a acompañar, porque va a tolerar mis humos, mis locuras, mis pensamientos vagos, todo.

Volvieron los besos de esos y con ellos las estrellas de la noche perfecta. No quedaba agua en sus botellas, pero le sobraron los besos. Cuando se levantaron, ella pidió «a caballito». Fueron jugando hasta el puente de material. Desde ahí, las luces de la calle los guiaron hasta un lugar mejor.

—Si te hago unos mates, me pedís casamiento.
—Emmm, si te pido que pongas música primero va a ser mejor.
—Bueno, pero prometeme una cosa…
—A ver…
—Que nunca más solos, ni lejos. Sin abrazos.

(de la edición Nº 28, febrero 2014)