Delfo Cabrera

Los Juegos Olímpicos y sus circunstancias

Por Mauricio Villafañe*

Cada 4 años el deporte mundial pone la atención en una ciudad por unas semanas. Los Juegos Olímpicos se tornan el eje fundamental de toda agenda de noticias. Fomentan la pertenencia nacional y la venta de gorros, banderas y vinchas como así también favorecen las convocatorias masivas, a la hora que sea, si algún compatriota levanta pesas, hace esgrima o bien si juegan los dorados basquetbolistas o las históricas Leonas.

El deporte se vuelve un hecho social y cultural de magnitud. Nos vuelven a todos y a todas un poco expertos/as en cada una de las disciplinas en cuestión que nos sentamos a mirar. El sólo hecho de pasar quince minutos atendiendo a la pantalla ya nos hace/vuelve periodistas deportivos especializados en la materia.

Desde su reinstauración a fines del siglo XIX (si consideramos sus primeras ediciones durante la Grecia Clásica) la cosa se puso más profesional y el negocio pasó a imperar sobre el tradicional espíritu olímpico, más ligado al amateurismo. Dejando de lado estas consideraciones, hay que decir que la medalla dorada sigue siendo, flashes y millones al margen, el máximo logro que un deportista o equipo puede alcanzar.

Manu Ginóbili

Ginóbili, Oro en Atenas 2004.

La emoción, el orgullo y el reconocimiento por la aptitud y la entrega demostrada durante la competición se ponen en juego durante ese momento. No es resultadismo (o sí); lo importante es competir pero, si pensamos bien y acá estaremos todos de acuerdo, ¿a qué van los deportistas a los Juegos, a competir o a competir para lograr una medalla?

Vamos a recorrer la historia olímpica argentina para poder entender que el deporte, más allá de la superprofesionalidad actual, es un ítem más en la inversión de un país y parte de una política de Estado. En momentos en que esto se comprueba, se verifica un creciente acceso y goce de derechos y se hace más cierta la posibilidad de llegar al podio a nuestros deportistas.

Nos encontramos que en nuestra historia hay momentos en los cuales se advierte esta situación y se dan en el marco de movimientos históricos que se relacionan profundamente: el peronismo y el kirchnerismo.

Nuestra relación con los Juegos Olímpicos (JJOO) se puede remontar al inicio de su versión moderna ya que la Argentina integró el primer Comité en 1894 y a partir de la participación —en París en el 1900— del primer deportista argentino en ellos: el esgrimista Francisco Camet. La primera delegación organizada se conformó en 1924 y desde ahí en adelante siempre nos hemos presentado con la excepción de Moscú 1980, a raíz del boicot que el Occidente “libre” les hizo a los Juegos organizados en la URSS y al cual nuestros dictadores, que habían usurpado el poder en 1976, adhirieron entusiastamente.

El medallero nacional puede discriminarse en 18 doradas, 24 plateadas y 28 de bronce, haciendo a un total de 70 medallas. Nos ubica en el puesto 40º del medallero general y en el segundo lugar a nivel sudamericano, detrás de Brasil. Se destaca el periodo 1924-1952 a partir de la obtención de oros en todas las competencias gracias al polo y al boxeo. En particular y haciendo un paréntesis, éste último es vilipendiado hasta el punto de no considerarlo como deporte.

No es lugar ni momento para profundizar en esta cuestión pero me animo a defender al boxeo como una competencia leal y popular, un deporte con todas las letras.

La prolífica actuación argentina olímpica en este periodo se puede deber a la organización de nuestros atletas en delegaciones olímpicas, más allá de las reconocidas capacidades técnicas de los deportistas premiados. Junto a esto y para el caso específico de Londres 1948 (3 medallas doradas, 2 en boxeo y la restante por parte del maratonista Delfo Cabrera), tenemos también a un Estado presente, que entiende al deporte como una política de Estado. El peronismo concibe al deporte como una práctica social y cultural, digna de ser objeto de inversión. En los JJOO de Helsinki 1952 se destaca la medalla dorada en remo con Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero.

De esta forma, no creemos casual que a partir de Melbourne 1956 y hasta Atenas 2004 no se hayan dado podios dorados argentinos. Si creemos que el deporte no funciona aisladamente del contexto social y político, nos vamos a dar cuenta que desde los históricos JJOO de 1948 hasta los celebrados en la capital griega, el rendimiento olímpico argentino entró en una meseta si tomamos a la medalla dorada como referencia. Un dato para pensar: Montreal 1976 fue el peor desempeño, en plena dictadura cívico-militar; la misma que desapareció al atleta Miguel Sánchez. De semejante contexto nada podíamos esperar.

Respecto a los últimos Juegos, no se puede negar que estamos de racha y en una fase de auge y expansión de logros en el deporte olímpico nacional. Los logros de los equipos de básquetbol, fútbol y hockey femenino son enormes e históricos. Tenemos a Javier Mascherano que, junto al polista Juan Nelson, tiene dos medallas doradas, y al regatista Camau Espínola, el deportista olímpico que más medallas obtuvo, con 4.

En Londres, hace dos años, Sebastián Crismanich, un perfecto desconocido hasta entonces, pasó a la historia como el primer taekwondista argentino en llegar al primer lugar del podio. En este contexto, también tenemos a un Estado y al gobierno que lo gestiona presentes en inversión, en infraestructura y en el aliento a los deportistas que deciden emprender y perfeccionar su formación para llegar a la elite del deporte mundial que los JJOO implican.

Ahora mismo, miles de atletas y deportistas argentinos se están entrenando para llegar en las mejores condiciones a Río de Janeiro dentro de 3 años. La intervención del Estado en su sostenimiento económico es fundamental para los objetivos olímpicos. Nosotros, alentamos: ustedes, pongan huevo que ganamos.

*Estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 29, febrero 2014)