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Analogía para resistencia

Por Félix Mansilla

A los 83 años, en México. Se fue el poeta Juan Gelmán, pero no sus escritos, que son —la suma nunca finaliza— una forma de leer aquello que desde una analogía desnuda —como la forma que toma el mar en la orilla y vuelve— se acerca a hacernos un poco mejores, a comprender. Sigue leyendo

Delfo Cabrera

Los Juegos Olímpicos y sus circunstancias

Por Mauricio Villafañe*

Cada 4 años el deporte mundial pone la atención en una ciudad por unas semanas. Los Juegos Olímpicos se tornan el eje fundamental de toda agenda de noticias. Fomentan la pertenencia nacional y la venta de gorros, banderas y vinchas como así también favorecen las convocatorias masivas, a la hora que sea, si algún compatriota levanta pesas, hace esgrima o bien si juegan los dorados basquetbolistas o las históricas Leonas.

El deporte se vuelve un hecho social y cultural de magnitud. Nos vuelven a todos y a todas un poco expertos/as en cada una de las disciplinas en cuestión que nos sentamos a mirar. El sólo hecho de pasar quince minutos atendiendo a la pantalla ya nos hace/vuelve periodistas deportivos especializados en la materia.

Desde su reinstauración a fines del siglo XIX (si consideramos sus primeras ediciones durante la Grecia Clásica) la cosa se puso más profesional y el negocio pasó a imperar sobre el tradicional espíritu olímpico, más ligado al amateurismo. Dejando de lado estas consideraciones, hay que decir que la medalla dorada sigue siendo, flashes y millones al margen, el máximo logro que un deportista o equipo puede alcanzar.

Manu Ginóbili

Ginóbili, Oro en Atenas 2004.

La emoción, el orgullo y el reconocimiento por la aptitud y la entrega demostrada durante la competición se ponen en juego durante ese momento. No es resultadismo (o sí); lo importante es competir pero, si pensamos bien y acá estaremos todos de acuerdo, ¿a qué van los deportistas a los Juegos, a competir o a competir para lograr una medalla?

Vamos a recorrer la historia olímpica argentina para poder entender que el deporte, más allá de la superprofesionalidad actual, es un ítem más en la inversión de un país y parte de una política de Estado. En momentos en que esto se comprueba, se verifica un creciente acceso y goce de derechos y se hace más cierta la posibilidad de llegar al podio a nuestros deportistas.

Nos encontramos que en nuestra historia hay momentos en los cuales se advierte esta situación y se dan en el marco de movimientos históricos que se relacionan profundamente: el peronismo y el kirchnerismo.

Nuestra relación con los Juegos Olímpicos (JJOO) se puede remontar al inicio de su versión moderna ya que la Argentina integró el primer Comité en 1894 y a partir de la participación —en París en el 1900— del primer deportista argentino en ellos: el esgrimista Francisco Camet. La primera delegación organizada se conformó en 1924 y desde ahí en adelante siempre nos hemos presentado con la excepción de Moscú 1980, a raíz del boicot que el Occidente “libre” les hizo a los Juegos organizados en la URSS y al cual nuestros dictadores, que habían usurpado el poder en 1976, adhirieron entusiastamente.

El medallero nacional puede discriminarse en 18 doradas, 24 plateadas y 28 de bronce, haciendo a un total de 70 medallas. Nos ubica en el puesto 40º del medallero general y en el segundo lugar a nivel sudamericano, detrás de Brasil. Se destaca el periodo 1924-1952 a partir de la obtención de oros en todas las competencias gracias al polo y al boxeo. En particular y haciendo un paréntesis, éste último es vilipendiado hasta el punto de no considerarlo como deporte.

No es lugar ni momento para profundizar en esta cuestión pero me animo a defender al boxeo como una competencia leal y popular, un deporte con todas las letras.

La prolífica actuación argentina olímpica en este periodo se puede deber a la organización de nuestros atletas en delegaciones olímpicas, más allá de las reconocidas capacidades técnicas de los deportistas premiados. Junto a esto y para el caso específico de Londres 1948 (3 medallas doradas, 2 en boxeo y la restante por parte del maratonista Delfo Cabrera), tenemos también a un Estado presente, que entiende al deporte como una política de Estado. El peronismo concibe al deporte como una práctica social y cultural, digna de ser objeto de inversión. En los JJOO de Helsinki 1952 se destaca la medalla dorada en remo con Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero.

De esta forma, no creemos casual que a partir de Melbourne 1956 y hasta Atenas 2004 no se hayan dado podios dorados argentinos. Si creemos que el deporte no funciona aisladamente del contexto social y político, nos vamos a dar cuenta que desde los históricos JJOO de 1948 hasta los celebrados en la capital griega, el rendimiento olímpico argentino entró en una meseta si tomamos a la medalla dorada como referencia. Un dato para pensar: Montreal 1976 fue el peor desempeño, en plena dictadura cívico-militar; la misma que desapareció al atleta Miguel Sánchez. De semejante contexto nada podíamos esperar.

Respecto a los últimos Juegos, no se puede negar que estamos de racha y en una fase de auge y expansión de logros en el deporte olímpico nacional. Los logros de los equipos de básquetbol, fútbol y hockey femenino son enormes e históricos. Tenemos a Javier Mascherano que, junto al polista Juan Nelson, tiene dos medallas doradas, y al regatista Camau Espínola, el deportista olímpico que más medallas obtuvo, con 4.

En Londres, hace dos años, Sebastián Crismanich, un perfecto desconocido hasta entonces, pasó a la historia como el primer taekwondista argentino en llegar al primer lugar del podio. En este contexto, también tenemos a un Estado y al gobierno que lo gestiona presentes en inversión, en infraestructura y en el aliento a los deportistas que deciden emprender y perfeccionar su formación para llegar a la elite del deporte mundial que los JJOO implican.

Ahora mismo, miles de atletas y deportistas argentinos se están entrenando para llegar en las mejores condiciones a Río de Janeiro dentro de 3 años. La intervención del Estado en su sostenimiento económico es fundamental para los objetivos olímpicos. Nosotros, alentamos: ustedes, pongan huevo que ganamos.

*Estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 29, febrero 2014)

Cursi

Cursi (besos de esos)

Por Félix Mansilla

Esta historia recomenzó su andar en el Parque. La pareja se besaba como en el final de una película de amor, a destajo, con ruidos y abrazos trémulos, desesperados. Habían esperado mucho tiempo ese momento para los dos. Sus palabras al encuentro fueron una, al mismo tiempo.

—Hola —ella con una mueca, la nariz arrugada.
—Hola —él con la sonrisa segura.

Ella vestía una musculosa blanca, el pelo negro y anteojos vintage sepia. Él, remera marrón y pantalones desajustados, el pelo despeinado. El verde de las hojas de los eucaliptos caía sobre su aura plena en abrazos rotos, de mucho tiempo.

Ella frenó de repente, se sacó los lentes como desesperada en apariencia, lo miró a los ojos y comenzó con las dudas. Él esperó, habitado en la seguridad de sus palabras, convencido del poder de sus deducciones sobre su sentir de la mujer que espera certezas. La imaginó desnuda, pero sin apartar la mirada de sus pestañas curvas.

—Tanto tiempo, ¿no? —arrojó con gesto desconfiado.
—¿Es verdad que volvés?
—Sí, vine a buscarte —sentenció seria, como buscando algo en su reacción—. Pensé mil veces saber si estas palabras te iban a llegar. Decime algo, no sé. Lo necesito.
—Es que me tomás así de sorpresa, es una respuesta con peso si es que necesitás que ya te la diga.
—Esperá. No te la creas. Decime qué sentís cuando analizás la frase “vine a buscarte” —dijo sin decir ‘dale, flaco, jugate de una vez’—. Es mucho, pero nada que no puedas decirme ahora, creo.
—Es verdad. Siempre me pareciste una mina, una mujer, perdón, con la que viviría el resto de mi vida, pero un día te fuiste así de la nada y me dejaste solo, re solo. Que no suene a reproche, pero es que no quiero sufrir más ausencias. Después de lo de mi viejo, sentí que no me quedaba nada. Lo sentí así, aunque me considero curado —arrimó sin respirar. Ella comenzó a mirarlo con los ojos grandes, atónita—. Creeme que fue un momento heavy para mí. Verte así, tan distante, me hizo pensar que esto no iba a funcionar y porque, precisamente, la distancia me advirtió casi todo.

Se quedaron en silencio. Él prendió un cigarrillo, limpió sus lentes y volvió a besarla. Ella recibió su peso haciéndose para atrás y después lo abrazó para nunca más soltarlo. En el skate park los más chicos volaban como pájaros libres. Sobre el camino del arroyo Salgado, las sombras de los caminantes de primavera se proyectaban como la cerrazón de la propia evolución.

Eran besos de regreso, era el viento que los atrajo de nuevo, como la lluvia que moja en verano y hace que el aroma del verde se introduzca en las narices haciendo que llegue la noche, los bichos y el canto funcional de los grillos sin fin. Pronto, la oscuridad los tapó bajo el mismo árbol y se acostaron sobre sus ropas. Hablaron de cualquier cosa.

—Conocí un montón de gente, pero en ninguno te encontré.
—Seguís siendo la misma dulce compradora de siempre, veo.
—Ah, pero qué malo que sos. Dejame que te diga lo que siento…
—Bueno ¿tuviste otras historias? Contame, tranquila que yo…
—Ay, el señor que cambió y ahora no es más celoso.
—Es que aunque no me creas, aprendí. Aprendí bien. Si me quiere, no me miente. Si me quiere, no se va.
—Siento que no avanzo, desde hoy. No es poco volver, buscarte y decirte todo lo que me hacés falta. Si me equivoqué, creo que puedo tener el derecho de arrepentirme.
—Vos sabés que ahora es otra cosa, flaca. Está todo más que bien. Creo en el dolor, pero también creo en el destino, que ahora me dice que volviste. Que ahora me vuelve a decir que vas a volver a ser esa mujer en la que creí todos los días de mi vida. Porque está ahí, porque sé que me va a acompañar, porque va a tolerar mis humos, mis locuras, mis pensamientos vagos, todo.

Volvieron los besos de esos y con ellos las estrellas de la noche perfecta. No quedaba agua en sus botellas, pero le sobraron los besos. Cuando se levantaron, ella pidió «a caballito». Fueron jugando hasta el puente de material. Desde ahí, las luces de la calle los guiaron hasta un lugar mejor.

—Si te hago unos mates, me pedís casamiento.
—Emmm, si te pido que pongas música primero va a ser mejor.
—Bueno, pero prometeme una cosa…
—A ver…
—Que nunca más solos, ni lejos. Sin abrazos.

(de la edición Nº 28, febrero 2014)

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A puro remate

Obra y vida deportiva de Martín Furesi, el mejor voleibolista lobense que se codeó entre los grandes e hizo historia en Neuquén.

Por Tomás Gianandrea*
Recibir, armar y atacar. Una y otra vez hasta vencer. Como en la vida, así es el voley. Un deporte que se empieza a jugar desde abajo, desde los pies, pasando por la cabeza y terminando en las extremedidades superiores del cuerpo, en las manos, esa arma de doble filo para acariciar la pelota y que sea gloria o nada.

Un juego de situación, de concentración máxima que en cada jugada, en cada ataque-defensa pide una resolución rápida, distinta y efectiva. Y quien mejor lo entendió en Lobos fue Martín Furesi, que trascendió no solo en el medio local sino también brilló a nivel nacional.

Los mejores momentos de la vida están llenos de sorpresas, son producto en su mayoría de lo inesperado, de lo impensado y así fue la carrera del “Fure” en el Mundo del voley. A los 13 años comenzó a practicar en el CEF 105 de Lobos sin imaginar lo que el destino le tenía preparado una vez que terminara el secundario. Poco a poco se fue apasionando con el voley hasta tomarlo como un medio de vida.

El primer gran salto lo dio a los 19 cuándo disputó su primera Liga Nacional para la Universidad de Buenas Aires UBA, equipo donde empezó a jugar en Capital Federal cuando se fue a estudiar la carrera universitaria de Contador Público (no terminó), pero la sorpresa fue aún mayor porque en su primera experiencia también disputó la final aunque sin gloria ya que la UBA caería 4-1 en la serie frente al conjunto de Rojas Scholem, en la temporada 2001-02.

Con la derrota como experiencia pero con mucho camino por recorrer, y tras un breve paso por el equipo Ciudad de Buenas Aires, el “Fure” se la jugó en serio, apostó y decidió cambiar de aire en grande para vivir su mayor alegría dentro del voley. Se mudó al Sur del país para jugar en el equipo neuquino de Gigantes del Sur en la Liga A2 y así en la temporada 2004-05 lograr el ascenso a la A1 tras vencer 3-1 en la serie final a Boca Juniors. “Gracias al voley conocí muchos lugares y personas excelentes”, recordó Martín, quien también jugó en Estrella de Maldonado.

“El voley en mi vida significa una pasión indescriptible. Es un cable a tierra”, señala el Fure, quien desde hace 3 años trabaja en una Pymes propia dedicada a la distribución de lácteos. Ahora, lejos de las grandes Ligas, tomando al voley como un hobby pero con seriedad, disfruta del juego regional en la competencia Livosur donde se consagró campeón con el equipo de Cañuelas FC.

“El último año me metí otra vez en la competencia que sentía que me estaba haciendo falta, es decir, volviendo a entrenar en la semana y jugando los fines de semana. Además, haciendo un complemento de gimnasio para evitar lesiones ya que a mi edad empiezan a estar a la orden del día”, alegó.

La virtud de trascender en un deporte poco difundido en Lobos, con la convicción de apostar siempre a más, con los pies sobre la tierra y las manos bien arriba, así hizo su camino Martín Furesi, un apasionado por el voley que mostró la bandera de Lobos en cada rincón del país.

*Periodista Deportivo egresado de Deportea.

Ricardo Fort

Especialistas del dolor

Por Luciana Cáncer

Cuando me desperté, entré a lanacion.com para revisar la cartelera de cine. Después de analizar los títulos y horarios, todavía mareada de sueño y de trasnoche, me llamó la atención el título del sitio: Murió Ricardo Fort. No leí la noticia. Mi mano derecha se independizó de mí; buscó el control remoto y clavó el pulgar en América TV. Jorge Rial. Luis Ventura. Marcela Tauro. Aníbal Pachano. Un doctor X. Un abogado Z. Me tenté.

Traté de imaginar la madrugada de ayer. Los teléfonos de la chusma televisiva ardiendo, sus cerebros también. Corridas de móviles de último momento. Buscar al doctor X. Buscar al abogado Z. Armar el circo. La cobertura perfecta para sacarle el jugo a un lunes feriado que se preveía exprimido con un capítulo más de la botinera y los dos futbolistas, el tema explotado de la semana anterior, y la anterior.

Después de intoxicarme durante más de dos horas con lugares comunes que resaltaban las virtudes del muerto, solamente porque queda mal seguir hablando mal del muerto, pero carroñando lo mismo, carroñando al muerto del que el amarillismo nacional se alimentó cada vez que se le agotaba el combustible menos kitch, y del que muchas veces me reí y me espanté y usé para alimentar, yo también, mi morbo y mi aburrimiento, rescaté una palabra: dolor.

El recorte estratégico de una de las notas que sirvieron de material de reflexión, empezaba con Mónica Gutiérrez haciendo una pregunta arrasadora: Ricardo ¿qué se siente vivir en un cuerpo atrapado por el dolor? La pregunta lo tomó por sorpresa, entonces Ricardo se desmoronó. No actuó sufrir, sufrió, de verdad, ante las cámaras. Dos hilitos de lágrimas le cruzaron la cara, hinchada, deformada de efectos químicos y de intervenciones quirúrgicas.

Operaciones que decidió hacerse porque quería verse más lindo, le dijo a los ojos celestes y llorosos de Mónica que la cámara captaba con zoom tembloroso, haciendo alarde de su experiencia en táctica sensacionalista, para volver a la cara deformada de Ricardo, justo a tiempo para mirarlo decir: “Una boludez mía, sabés, algo que entendí mal, porque siempre pensé que si era más lindo me iban a querer más”. Y mientras Ricardo decía que se operó tantas veces para verse más lindo, yo, inevitablemente pensé en otra palabra: distorsión. Y, por supuesto, lloré. Porque soy maricona. Porque me identifiqué con el dolor de Ricardo Fort.

Qué fácil es entender eso que dijo Ricardo. La búsqueda desesperada de amor es, muchas veces, un mal entendido, una distorsión que toma los caminos que puede tomar. Yo, por ejemplo, pasé más del sesenta por ciento de mi edad, rindiéndole culto a la anorexia.

Anorexia: la reina de las distorsiones. Me acostumbré a la percepción distorsionada de mi cuerpo, de mí. A pensar que la angulosidad de la piel forrando apenas los huesos, era verme más linda, era provocar más amor. Algo que entendí mal, como le dijo Ricardo Fort a Mónica Gutiérrez. Algo que entendemos mal casi todos, algunos más, algunos menos, algunos más controlados, algunos más desbocados: lo único que necesitamos es amor, pero como entendemos mal, nos arreglamos para tomar la ruta de los vericuetos que más nos alejan del amor.

Entonces Ricardo Fort, pienso yo, entendió que el dolor de la falta de amor, se podía curar con el dolor de operarse veintisiete veces en cuarenta y cinco años. Volvió dolor físico el dolor de corazón, para ver si, tal vez, el dolor físico lo distraía del dolor de corazón, lo anestesiaba, le hacía de morfina para el alma.

(de la edición Nº 28, febrero 2014)

Por FPM

Esos hombres que zigzaguean como Charly

Por Ariel Boffelli*

Con el pantalón de fútbol cagado y las piernas percudidas de mugre, un hombre de baja estatura, con el pelo grisáceo y enmarañado, camina por la avenida 13 en la ciudad de La Plata. Hace veinte metros, saca un cigarrillo de la oreja, le pide fuego a un peatón que ni siquiera lo mira. Falla en el intento.

Vuelve a hacer lo mismo con otro, pero apenas se puede mantener en pie. Cae desplomado y uno de los comerciantes que observaba la escena emite un gesto raro con la boca, como de insulto. Pasan unos minutos, y llega una patrulla, de la que bajan dos policías que intentan levantarlo.

Cuando los oficiales lo hablan, los dueños de uno de los negocios salen para observar la pequeña historia. Sólo se escucha a una de las chicas que trabaja en la panadería de la esquina, donde parece que siempre pide algo.

—Está acá hace un rato. Molesta todos los días —le dice al oficial que sin prestarle atención, lo intenta subir a la caja del patrullero, pero fracasa.

A pesar de que el espectáculo es más que tentador, el tiempo obliga a seguir el rumbo. Pasan dos cuadras con la imagen que no se borra. “¿Cómo alguien puede terminar así? ¿Qué habrá hecho ese tipo para estar marginado del sistema?”, me pregunto totalmente insensibilizado del mundo exterior. Camino otra cuadra y veo como pasa la camioneta de la bonaerense con el croto junto a su mirada perdida atrás. No puedo hacer otra cosa que relacionar su vida a la del loco Charly.

Charly es otro vago que vive en el edificio de la UTA, sobre la calle 14. A pesar de que siempre está borracho, y le tira cosas a la gente, es un viejo agradable para hablar. Tiene unos 70 años, ningún diente, usa ropa de grafa y una gorra que perdió el color. Siempre me llamó la atención su presencia en el barrio, pero es muy querido por algunos. “Es un viejo bueno”, decía la anterior encargada del edificio cuando lo observaba pasar.

Lo he visto varias veces amanecer sobre la vereda, entre cartones y con unas frazadas mugrientas. Lo peor, según me cuenta cuando le llevo algo, es el invierno. Ahora, en verano, lo cruzo menos aunque algunas noches se escucha como arrastra una bolsa y sus pies, ayudado por el bastón negro con el que amenaza a las viejas del barrio.

—¿De dónde sos vos? —pregunta siempre.
—De 47.
—Ah… ¿no tenés algo para comer?
—Sí.

Ese diálogo se repite. Las veces que no está agresivo, nos colgamos a charlar de los viajes que él hacía por el país, donde asegura haber conocido todo.

—Yo era mochilero. Me gustaba viajar, viste.

Siempre quise preguntarle cómo llegó a la calle, pero no me animo. Vivir afuera del sistema es tentador, pero tiene sus sacrificios. Algún día le voy averiguar cuáles son las ventajas. Esta noche le voy a llevar algo. Al final, es el único vecino con el que me llevo bien.

*Estudiante de la Lic. en Periodismo y Comunicación UNLP.

(de la edición Nº 28, febrero 2014)

FASOOOOOOOOOO

La construcción de una conducta desviada

Por Luciana Martinez*

En el presente artículo me propuse establecer desde la obra de Howard Becker, Outsiders, la relación entre las nociones por él acuñadas y la problemática que gira en torno a la ilegalidad del consumo de marihuana. Una vez planteado el interrogante de por qué la gente transgrede las normas sociales, qué es lo que los lleva a hacer algo prohibido; de forma recurrente, la investigación científica ha aceptado la premisa de que la infracción a la norma responde a alguna característica inherente a la persona que la comete —ignorando por completo el carácter variable de los procesos de valoración que establecen qué conductas son apropiadas y cuáles reprobables—.

Becker, sin embargo, a través de la mencionada publicación desplaza el eje de la cuestión “al modo en que las cosas son formuladas como problemáticas, y conduce la investigación hacia las personas que definen cuáles son esas actividades y la manera en que las definen” (Becker, H. 2009: 14) ¿Quién es el que determina qué tipo de comportamientos son delictivos y cuáles son sus consecuencias?

Siguiendo esta misma línea, “los grupos sociales crean la desviación al establecer las normas cuya infracción constituye una desviación y al aplicar esas normas a personas en particular y etiquetarlas como marginales” (ídem: 28). Por lo tanto, que un acto sea desviado o no, depende de la manera en que los otros reaccionan ante él. Es decir que la respuesta de los otros forman parte del problema.

Para tratar de manera concreta el caso de la prohibición del consumo de marihuana —caso que el autor problematiza en dicho libro amparado en una labor de campo exhaustiva— éste concluye que “el individuo será capaz de consumir marihuana por placer sólo cuándo atraviese un proceso en el que aprenda a concebir la droga como un elemento que puede ser usado para esos fines” (ídem: 76) y para ello tiene que pasar por distintas etapas e ir evadiendo en cada una de ellas los distintos controles sociales internos (interiorizados) y externos que se le presentan al tiempo que su concepción de la droga comienza a cambiar progresivamente. En este proceso juegan un papel fundamental los mecanismos de identificación del sujeto con un conjunto mayor que conforma una subcultura (por una cuestión de espacio, sólo me limitaré a señalar su importancia).

FASOOOOOOOOOO

Partiendo de la base científica que sitúa a la marihuana como una droga recreativa y no teniendo su uso un carácter compulsivo sino casual, se sigue reproduciendo en el imaginario colectivo esta imagen del ‘fumador de porro’ como alguien esclavo de la droga (droga que utiliza para la evasión de problemas que no puede enfrentar), falto de motivación y productividad, peligroso… en resumidas cuentas, un sujeto anómico que no es merecedor de la confianza de la sociedad —aunque se trate de una de las sustancias de uso más extendido que se tenga conocimiento y el disfrute de sus efectos atraviese distintas generaciones, diferentes ámbitos socioprofesionales, estudiantiles y socioeconómicos—.

Aclarado esto, y volviendo a los grupos sociales que establecen las distintas normas, se sabe que éstos lo hacen asistidos por un cuantioso poder económico y político.

Remontándonos a la prohibición del consumo del cannabis, nos encontramos con que a principios del siglo XX, no sólo no estaba penada la posesión de la planta, sino que ésta misma revestía gran valor para la industria textil, por ejemplo, la fibra que se extraía de ella era mucho más resistente que la de algodón y los primeros Levi’s fueron fabricado con esa materia prima. Para la industria farmacéutica, su uso terapéutico era sumamente preciado y para la industria papelera, donde su valía se incrementaba por la productividad y la calidad del papel de cáñamo.

Con la incursión del descorticador (que introducía una mayor facilidad al momento de recolectar el cáñamo, evitando así un montón de molestias) se redujeron los costos de producción, acontecimiento que abría la posibilidad de obtener un papel más económico que el de madera. Este último avance implicaba una gran amenaza para William Hearst, cuyo imperio descansaba en sus plantaciones de árboles —las que a su vez servían de insumo para la desorbitante concentración de medios gráficos que tenía bajo su ala (se han contado veintiocho periódicos) — debido a que corrían, sus productos, con clara desventaja al momento de competir en el mercado con los bajos precios del otro tipo de papel. Y ello no significaba otra cosa que la puesta en jaque de su supremacía económica.

Ante esto, inmediatamente acudió a la prensa donde se fundaba su poderío político. Se sirvió de una de sus dos grandes armas para defender la otra y así comenzó la demonización del cannabis; su difamación se reproducía sin tregua por los distintos medios y comenzaba a escandalizar a la opinión pública (el acento estaba puesto en sus efectos psicoactivos y se hablaba por aquel entonces que incitaba a la violencia, falacia de los más cínica, grotesca y absurda).

Fue así que trazando estratégicas alianzas con un pequeño grupo de hombres codiciosos, la iniciativa prohibicionista de Hearst tomó curso legal y en 1961 no sólo se prohibió la sustancia en EEUU sino que a través de la ONU, esta infamia se hizo eco en el resto del mundo a la par que se censuraba cualquier estudio científico que probase lo contrario de lo que se venía vociferando de un modo bastante burdo, por cierto.

Los consumos (tabaco, alcohol, medicamentos de venta libre, etc.) poseen una matriz social, así como también su legitimación o demonización. En este caso la demonización cumple una función claramente económica (que también es social). Los distintos medios de comunicación hacen propio el discurso del stablishment. Lo refuerzan y difunden y establecen, de esta manera, distintas concepciones que penetran fácilmente en la capilaridad de la sociedad, fijándole así, parámetros bien definidos en lo que apoyarse a la hora de comprender lo que les rodea.

Estas operaciones sobre el sentido común tienden a construir otredades amenazantes (faloperos, piqueteros, pobres), construcciones fuertemente arraigadas en las conciencias colectivas. De esta manera, son movilizadas por un temor que se gesta y reproduce desde estos mismos ámbitos mediáticos, y terminan así refugiándose en el terreno seguro y acrítico de las certezas construidas por opinión publicada.

Como le oí decir a un profesor una vez: “Lo legal que si bien es legítimo por construcción ajena (de arriba hacia abajo), es válido como adopción propia (desde y para abajo)”. Si la gente tiene impulsos desviados todo el tiempo (al menos en el ámbito de la fantasía) Becker nos invita a preguntarnos por qué la gente normal no lleva a cabo estos impulsos. Su respuesta apunta a un mayor nivel de penetración de las instituciones y las formas de conductas convencionales que llevan a los sujetos a contenerse por las innumerables consecuencias que podría acarrearle el hecho de dejarse entregar a él.

“Cuando un desviado es atrapado, se lo trata de acuerdo al diagnóstico popular que explica por qué es como es y el tratamiento en sí mismo puede a su vez profundizar su desviación” (ídem: 53), en este proceso entran en juego los mecanismos clasificatorios referidos al estatus maestro y estatus auxiliar donde “la posesión de un rasgo desviado —rasgo por el que el sujeto es definido— puede tener un valor simbólico generalizado de forma tal que la gente presupone automáticamente que su poseedor tiene otros rasgos indeseables asociados” (ídem: 52) lo que genera, a su vez, una profunda repercusión en la imagen social que se hacen las personas de sí mismas.

Lo esencial de estos procesos de etiquetamiento es que el “tratamiento de la desviación les niega a los desviados los medios que dispone la mayoría de las personas para llevar una vida cotidiana normal, y en consecuencia deben desarrollar, por necesidad, rutinas ilegales” (ídem: 54), a lo que cabría agregar que quedan vulnerablemente expuestos a los abusos, humillaciones y vejaciones por parte de los agentes de aplicación de la norma, con el consecuente impacto que pueden tener en la psiquis de quien sufre este tipo de correctivos.

Al comienzo del libro hay un pasaje de Thomas y Thomas que me conmocionó por la honda verdad que encerraba entre sus líneas. “Las situaciones que los hombres definen como reales tienen consecuencias reales” (Becker, H. 1999: 14). La veracidad de esta reflexión resplandece fuertemente cuando uno se encuentra de cara con casos como el de Alexis Torrijos, un muchachito de 22 años oriundo de un puebo de Santiago del Estero, al que apresaron después de que se le encontrara la irrisoria cantidad de 16,5 gramos y con ello pasara a compartir la misma celda y carátula: “tenencia de estupefacientes con fines de comercialización”, con dos pilotos profesionales que aterrizaron en la provincia con 420 y 308 kilos.

Pasaron más de seis meses desde su detención acompañada de los golpes y las humillaciones que ya forman parte de las rutinas policiales; enfrentaba una condena por demás aberrante de entre 4 y 15 años, y en medio de esta violenta vorágine no sólo perdió su trabajo sino también una beca que le permitía estudiar. Además, claro está, de ser escrachado —etiquetado— públicamente. Como fruto de la apelación, hoy está bajo libertad condicional, sin embargo, la carátula continúa siendo la misma.

Pero más trágico es aún lo acontecido con Miguel Ángel Durrels, un petisero de Pilar, al que arrestaron con 78 gramos. Su familia que se enteró por una conocida y no por la policía, se dirigió a la comisaría donde lo alojaban y lo encontraron sin vida. Desde allí mismo, se sostuvo la hipótesis del suicidio, sin embargo, su compañero de celda de dos por dos afirma no haber escuchado nada.

Siendo la opinión pública la que legitima o deslegitima ciertas prácticas, al concebir, socialmente, el consumo de marihuana como un comportamiento desviado y al negarse a reconocer los verdaderos intereses económicos que subyacen a la prohibición, se está avalando no sólo la violencia y los abusos que suelen acompañar los procesos de detención, el fomento del mercado clandestino, la constante criminalización de los más pobres a la par de los descomunales gastos que estas causas judiciales a “perejiles” le insumen al Estado, sino también se ve con benevolencia la injustísima situación de que haya personas a las que se les está negando el derecho de disfrutar de una sustancia que, sin causar perjuicios a terceros, forma parte del ámbito electivo y personal de cada uno como tantas otras, quizás más nocivas, pero de curso legal.

*Estudiante de Sociología UBA.

(de la edición Nº 28, febrero 2014)