Fabián Casas

Cómo atravesar el bosque pulenta

Por Félix Mansilla
«Chejov decía que la felicidad no existía, pero existía el deseo de ir hacia ella», escribe Casas en Mi vecino Nahuel de La supremacía Tolstoi, de reciente salida. Qué cosas perseguimos al leer a un autor. Nace así una búsqueda hacia la felicidad y con los ojos abiertos se lee mejor. Y un día se llega a los libros de Fabián Casas. Los Lemmings y otros (2005) y la brevísima novela Ocio (2000) que fue llevada a los cines en 2010 con la dirección de Alejandro Lingenti y Juan Villegas y música de Ariel Minimal. Leer a casa deja la sensación de tener un escritor vivo de cabecera digno de ser compartido hasta el infinito. En sus líneas aparece una mezcla acuosa de experiencias —literarias y de la vida— que hacen que el contenido de aquello de lo que habla Casas no sea simple, sino súper alcanzable. No se trata de un escritor anclado en el relato ensayístico, aunque ya sea un referente del género. Tampoco es la voz de un narrador ortodoxo que además anduvo por la poesía y que ahora es amigo de Viggo Mortensen.

Cruza a TS Eliot con Borges y Piglia. Naipaul naufraga en las orillas con Cortázar. Nabocov se saluda con el algodonado Faulkner. El Flaco Spinetta aparece revisitado en un acto en el jardín de su hija (con quien vive su etapa paternal a flor de piel) y el Charly renovado es la venganza de Palito Ortega. Destroza las ocho paredes de Waters en River y nombra varias veces a Cobain o cita a Nahuel, un amigo artista que le arrojó varias frases para tatuajes.

Casas va al grano y mecha en un así como así toda la filosofía alemana, la materialidad de los cuerpos en Foucault o cuenta el código de los bares de Boedo y hace escuchar las voces de los viejardos de la platea del Ciclón. Cruza de vereda como los Beatles la Abbey Road: cómodo y profundo. Condensa un combo especial que va desde la biblioteca al fútbol, de la dureza de los ácidos con amigos a la política desde la experiencia de un primo montonero, las noches de bares, las charlas con su “padrino” Alberto Olmedo o los discos de Los Beatles y la familia Pink Floyd .

Con el paso de los libros, Fabián Casas produce ambigüedades varias, porque en la aglomeración de todo ese conocimiento que narra, se encuentra lo simple: un mensaje a medio despejar que reza y alienta a que todo es posible, menos, escaparse de ese todo posible. Al pensarlo en su propio universo, ese en el que nada dentro del mundillo de las plumas argentinas,  sucede lo mismo que al escuchar un disco de cualquiera de las bandas de Jack White. En ambos se olfatean aspectos de clásicos pero que recorren la historia de costado, aunque con aportes varios. Tanto Fabián como Jack tendrán el merecido reconocimiento dentro de algunos años, quizá en algunas décadas. Por eso Casas es un escritor tan completo, que alguna vez contó que a la mayoría de sus amigos “no le interesa” lo que escribe. Ensaya al palo sobre cine, música, viajes en donde predominan los enredos de un tipo común que escribe, apunta y se expresa libre como un pez.  Y con la banda Pez, a la que les escribió bellas canciones para el disco Hoy (2006) como «Difícil de conseguir» o «Bettie al desierto», donde dice: “y en cuestión de segundos ya no estás. No te ven más”.

Lo último de lo último son las 230 páginas de La supremacía Tolstoi y otros ensayos al tun tún, una recopilación de textos que fueron periódicamente publicados en varios medios nacionales y blogs de diferentes marcas. Por eso, los libros de Casas deben estar a mano en la biblioteca. Se leen a toda hora. Acá o en Horla City.

Plumas de pájaro

Ilusión

Por María Mansilla
Todos los días alrededor de las dos de la tarde, después de comer, me acostaba a dormir la siesta con mi papá. Me contaba muchas historias, las cuales me imaginaba todo el tiempo y quería que vuelva a contar una y otra vez. Sigue leyendo