09-Por Liniers

De género, de palabras, de miradas

Por Alejo y una amiga metafísica

Ya no participo mucho de la actualidad de nada, ya no opino sobre política ni economía ni miserias de nada. Pero de pronto me veo en un túnel en el que dicen que existe “violencia de género” y me preguntan, y digo… ¿De qué género hablamos? Porque yo conozco uno que es una especie, la humana.

Y para mí existen sólo espejos de gente que materializa la violencia personal, oculta, y hasta inadvertida de sí misma. Me miro, soy violento, levemente violento, inocentemente violento y en consecuencia, recibo violencia, exagerada y cruel.

No me respeto, no me respetan. Permitir que se repita la terrible película significa que soy violento conmigo mismo. Pero vayamos a lo más simple: aceptar que existe la violencia con el género femenino solamente, por la tradicional inferioridad física de la mujer, es no advertir la capacidad de violencia que tienen, también, las palabras y las miradas.

Sí: la violenta palabra descalificadora, la mirada de desaprobación, la corrección permanente del otro, el subirse al pedestal de su propia verdad y no aceptar otra. Y sé que es así porque tuve y tengo que trabajar muchísimo en mi propia violencia de palabra, en “reconocerme” violento/a de palabra hasta en nimiedades, de ironía hasta gestual, de mirada y de acto.

Eso pudo haber provocado agresión física en cadena. ¿Puede alguien determinar qué es peor? Y, tal vez, ambas formas son “peores” y podrían provocar daños si el agredido no se mira a tiempo y se elige.

Hay, también, una tácita aceptación de que el “hombre” (¡pobre!) debe pelear físicamente para demostrar que es tal. Terrible peso de mandato incorporado en la sociedad, que deberíamos ir evitando.

Esa cosa de decir: “Me chocó el auto, me insultó y no le pegué porque era una mujer”, encierra terrible intención y la espantosa certeza de que si el otro era un hombre sí le habría pegado. O escuchamos: “Le pegó a mi hermana, fui y lo reventé a golpes”. No se entiende la incoherencia.

¿Entre “hombres” está bien golpear, agredir, pero a la mujer no se le debe pegar? Yo, a la luz de los hechos que se divulgan, tal vez, habría convocado a otro tipo de marcha, con otro lema, otro objetivo, en el que se involucraran palabras positivas, algo así como “Marcha por el buen trato entre los seres humanos” (sí se podría extender a los animales y al universo todo).

La Madre Teresa de Calcuta ya lo dijo: “Invítenme a participar de una marcha a favor de la Paz, no en contra de la Guerra”. Ya sé que, si hilamos fino, en conceptos de silogismos y metafísica, marchar “por la paz” implicaría aceptar que existe la “no–paz”, pero bueno, mínimamente como enunciara Masaru Emoto, empecemos por no incluir discursos violentos en el propio discurso que pretende aleccionar.

¡Y ya estoy re leyendo la cantidad de palabras negativas que acabo de usar! Me falta aprender. Lo intento. Lo logro. Ahí va: ¿Deseamos paz? No la convoquemos por género. Convoquemos la Paz, simple. Aceptar el cambio no se trata de dejar de defender lo otro, se trata de entender que hay varias posibilidades de que sea diferente, y si te enseña a crecer, vale. Cambiemos nosotros primero.

Imagen de portada por Liniers

(de la edición Nº 45, octubre 2015)