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¡Adelante, radicales!

Por Mauricio Villafañe*

Había una vez un partido político en la Argentina que supo ser la bisagra entre el viejo y conservador siglo XIX que moría y el siglo XX, naciente y promisorio en esperanzas.

Supo ganar elecciones libres (vale decir que también hizo lo propio con proscripciones esencialmente antidemocráticas) y representar las esperanzas de millones de compatriotas a lo largo de más de un siglo. Figuras de la talla (humana y política) de su fundador, Leandro Alem, e Hipólito Yrigoyen, el líder popular más importante de su época, Presidente de la Nación y padre de la democracia de masas (masculinas) son inconmovibles muestras de la importancia del radicalismo y de nuestras mejores tradiciones políticas, que son las que trascienden el programa de un partido determinado.

La lucha contra las corporaciones que en los años 60 encaró Arturo Illia (en el marco de la proscripción contra la mayoría peronista) o la acción valiente (aunque prontamente desgastada) de su último gran líder, Raúl Ricardo Alfonsín, en los 80 de la re-naciente democracia, reactualizan esa rica presencia que hoy vemos en un total y avanzado estado de degeneración y defección política.

Lo que queda de ese partido programático es una mezcla de sorda impotencia (de parte de los sectores desplazados de la cúpula partidaria y de algunas regionales de la Juventud Radical), junto a una alevosa desviación de su acervo histórico y un marcado sometimiento a los dictados corporativos de las empresas de medios más poderosas y a los lineamientos de la derecha restauradora que encarna el PRO.

Es en esa inquietud que nace esta columna, sin pretender con este aporte hacer volver al radicalismo a su natural curso nacional y popular sino destacar, en una breve reseña reparatoria, a algunos de sus mejores y no tan conocidos nombres como así también su actuación durante tiempos verdaderamente revueltos como los fueron los 70.

El senador nacional Hipólito Solari Yrigoyen sobrevivió a un par de atentados de la Triple A y luego detenido, torturado y robado por los golpistas de 1976. Estuvo desaparecido un par de semanas para ser luego “blanqueado” y trasladado a la cárcel de Rawson. La presión internacional ejercida por tal situación lo lleva a su salida del país y exiliarse en Venezuela.

En el libro “Todos somos subversivos” de Carlos Gabetta se expresa así: “El radicalismo tiene una línea histórica, la de Alem e Yrigoyen. Ambos dirigieron la UCR hasta el final de sus vidas. Los dos combatieron ferozmente lo que Yrigoyen llamó ‘el régimen falaz y descreído. ¿Qué era esto, qué significaba tal definición? Era el régimen que no creía en la democracia (…) Era el régimen representado por los organismos típicos de la oligarquía, como la Sociedad Rural, el Jockey Club, el Círculo de Armas y la prensa ‘seria’ (…) El Estado juega un rol trascendente en los países en vías de desarrollo, ya sea para colocar todo el aparato productivo al servicio de los monopolios externos y sus aliados nativos, como ocurre actualmente (plena dictadura) o, al contrario, para promover el desarrollo conforme a una estrategia propia, independiente de los centros de poder, sean éstos los países industrializados o las empresas trasnacionales.

Esta última es nuestra tesis. Radicalismo es antiimperialismo. La democracia debe comprender también a la economía. No hay democracia política posible con una clase dominante que acapara la renta nacional y otras clases marginadas (…) El radicalismo tiene no obstante, siempre ha tenido, otra tendencia, conocida como el ‘alvearismo’, destinada a neutralizar al sector popular, a la tradición yrigoyenista. Es un sector de derecha, contra el cual los radicales luchamos siempre, dentro de la lucha general contra el régimen (…) La lucha contra el régimen es hoy de todo el pueblo argentino: peronista, radical, cristiano, marxista. Mañana, también será una tarea conjunta reconstruir el país”.

Quien escribe desconfía de que los actuales dirigentes de la UCR tengan conocimiento de la historia de Solari Yrigoyen y de la claridad de sus posturas en tiempos en que muchos radicales aportaron a las filas de la dictadura como funcionarios y dirigentes.

Fue un político y militante radical que supo defender sus convicciones ante la dictadura, armada de picanas y de “trascendidos” y falsedades bien propias de la mentalidad golpista y autoritaria que esgrimían por entonces. Compañero de penurias de Solari Yrigoyen fue el diputado Mario Abel Amaya. Desde la Universidad adhirió al radicalismo y al movimiento reformista.

Se desempeñó como abogado laboralista y defensor de dirigentes sindicales y presos políticos, entre ellos Agustín Tosco, el histórico dirigente lucifuercista cordobés, y los presos fugados y asesinados de Trelew. Amaya integraba el Movimiento de Renovación y Cambio, línea interna del radicalismo impulsado por Raúl Alfonsín que disputaba con el ala conservadora que encabezaba el “Chino” Balbín.

Esta apuesta en lo interno tenía su correlato hacia lo extrapartidario: su activismo a favor de las causas populares y de la lucha por los derechos humanos lo puso bajo el ojo de los censores y asesinos de turno. Fue secuestrado, detenido y torturado hasta el límite de sus posibilidades físicas: a su asma se le sumó una herida en la cabeza. Los verdugos que lo llevaron a ese estado coronaron su inhumano accionar con la negación de un médico que lo atienda. Fue trasladado de Rawson a Villa Devoto donde falleció, según el parte, de un paro cardíaco.

Tras su muerte, siguieron: le negaron el velorio en la Casa Radical. Alfonsín (padre) lo despidió así: “(…) venimos a despedir a un hombre radical, a un hombre de la democracia, que no la veía constreñida a las formalidades solamente, sino que la vitalizaba a través de la participación del pueblo para poner el acento en los aspectos integrales, en los aspectos sociales (…) Ruego a Dios que haga que el alma de Mario Abel Amaya descanse en paz. Ruego a Dios que permita sacarnos cuanto antes de esta pesadilla, de esta sangre, de este dolor, de esta muerte, para que abran los cielos de nuevo; que en algún momento podamos venir todos juntos a esta tumba con aquellos recuerdos agridulces y recordar el esfuerzo del amigo y poder decirle que se realizó, que dio por fin sus frutos”.

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Vaya también esta columna a la memoria de Sergio Karakachoff. El “Ruso” fue un militante radical, dirigente estudiantil, abogado y periodista que puso en juego sus ideas en la disputa interna que se daba en el radicalismo, jugándosela y dando la vida frente a la represión dictatorial. A mediados de los años 60 creó el Movimiento de Afirmación Popular, base de “En Lucha”, publicación y corriente política que llevaría, a su vez, a dos de las más significativas líneas internas en la gran historia de la UCR: la Junta Coordinadora Nacional y el ya mencionado Movimiento de Renovación y Cambio.

Buscaba conmover y sacar a la UCR de la línea antiperonista y conservadora que tenía para ponerla a tono con los preceptos socialdemócratas y populares que venían desde el fondo de los tiempos respecto a este hoy centenario partido. Su participación en el campo de los derechos humanos lo llevó a poner la cara y la firma en la presentación de habeas corpus en defensa de los desaparecidos.

En septiembre de 1976 es secuestrado, torturado y asesinado. En “La Voluntad” (Tomo IV), Anguita y Caparrós reproducen una charla entre Karakachoff y Cachito Barrios Arrechea, candidato a gobernador por Misiones:

—“Che, Ruso, ¿así que el Chino (Balbín) ahora me dice el Loquito Barrios Arrechea? Tengo una buena; ¿viste que él dice que los radicales somos la reserva moral de la República? Yo voy a decir que tenemos que dejar de ser reserva y convertirnos en el vino común para estar en la mesa de todos…
—Sí, pero mejor queda para estar en el pico de todos, ¿no?
—¡Muy buena, Ruso! Esa se la voy a decir en el próximo discurso…

En la salida ingeniosa en momentos de tensión, en la picardía y en el intercambio creativo con un correligionario se revela también quién fue el Ruso Karakachoff.

Es también (por qué no) en esos detalles donde se puede apreciar su calidad humana y, a partir de ella, la altura con la que él y estos hombres del radicalismo desafiaron las concepciones (propias y ajenas) predominantes, la represión, la clandestinidad, el abandono y la persecución como también la lectura y la acción de la época en la que actuaron. ¡Cuánta nota les falta tomar a los actuales dirigentes radicales, que en la Convención de marzo terminaron reprimiendo a su propia militancia!

Estos hombres sintetizan toda una corriente de ideas y principios que no se doblan. Escribieron e hicieron parte de la historia y de la tradición popular del radicalismo, no posible de reducir a un partido político más ni a la actual alianza electoral que compone. Su subordinación a los dictados de Clarín y Macri es una mueca extraña y triste tanto para lo que supo ser como para una sociedad democrática madura y consciente que tiene más de 30 años y que necesita de fuerzas políticas con ideas que mejoren y profundicen lo hecho.

No son tiempos para la restauración que pregonan los buitres neoliberales; eso pondría en juego el futuro no ya de las instituciones abstractas que dicen defender sino el de las generaciones venideras.

*Lobense. Profesor de Historia UNLP.

(de la edición Nº 44, julio/agosto 2015)