Las dos muertes del General

Adelanto: capítulo I de Las dos muertes del General

Lee el capítulo 1 de la primera novela del escritor lobense Mariano Contrera.  Así comienza Las dos muertes del General, editada por Modesto Rimba.

 

Por Mariano Contrera*

1

—Buenos días, andaba buscando un kit de correa de distribución de Peugeot 307 modelo 2008, no sé si tendrás o si lo tenés que traer… y cuánto sale, obvio, hoy en día hay que preguntar antes, por las dudas.

Era un tipo joven, cerca de veinticinco, anteojos cuadrados de marco grueso, camisa de mangas cortas y estampado escocés.
Javier no emitió sonido. Se limitó a teclear un par de letras en la computadora, y luego escupió su severo veredicto, como un juez de juegos olímpicos.

—Mil doscientos pesos te sale, y sí, tengo en stock.
—¡¿Mil doscient…?! Qué barbaridad… Bueno, dejame verlo y más adelante paso. ‘Ta luego, eh. Gracias.

Era el décimo cliente del día, y de todos había obtenido una respuesta similar: ninguno compró nada, ni una mísera bujía. Había tenido buenos años; con el boom de la venta de autos del 2010 había hecho unos buenos mangos, pero ahora la cosa estaba fea. Tenía treinta y ocho, y en su corta vida laboral ya había experimentado y superado dos o tres crisis pero, al fin y al cabo, los autos siempre se van a seguir rompiendo.

Abrió su casilla de mails: cadena de oración por los niños del África de su madre, oferta en pastillas para la erección, paquetes de viaje al exterior con 20% de descuento… eliminar. Sin novedades de los concursos literarios ni de las numerosas editoriales a las que envió el manuscrito de su novela. Nadie quería arriesgarse con un escritor ignoto. Javier creía que a pesar de la genialidad de su obra, era el mercado editorial exitista y avariento el culpable.

Miró el reloj de la pared. Eran las seis de la tarde y su esposa ya debería estar en casa, esperándolo. Ella salía del estudio contable a las cinco, pero tenía cerca de una hora de viaje, si no hubiera demoras. Agarró la campera de jean que estaba colgada del respaldo de la silla, bajó las llaves de luz y cerró el local. Quedaba a unas diez cuadras del departamento que alquilaban, así que era uno de los pocos porteños beneficiados con el don de poder ir a pie a trabajar. Todavía había sol y era una tarde hermosa, soleada y con el calor justo como para ir a tomarse un trago. Lo cierto era que no tenía ganas de aguantar a Gabriela y sus reclamos o su mala onda, y cualquier excusa venía bien. Últimamente estaba teniendo cada vez más motivos para demorar la llegada a casa.

En el interior del barcito del Turco la temperatura no variaba jamás a pesar del sol de febrero. El espeso cortinado dificultaba cualquier tipo de visibilidad, y limitaba el ingreso de luz natural. Estaba iluminado por un par de tubos fluorescentes colgados de un extremadamente alto techo, al estilo de las viejas construcciones de principios de siglo. Hacía añares atrás solía ser una ferretería, luego dividieron la construcción y quedó lo que hoy ocupa el bar. La otra mitad fue demolida y reemplazada por un edificio de doce pisos. Era uno de los pocos vestigios de la ciudad antigua, de principio de siglo XX, entre las modernas edificaciones que iban día a día ganando en altura. Quizás era esa sombra casi permanente de las torres vecinas lo que lo hacía fresco en verano. Dos ventiladores de techo allá en las alturas, sostenidos del cielorraso de machimbre pintado marrón obscuro, giraban lentamente haciendo circular el humo acumulado en lugar de refrescar. El bar del Turco era el único del barrio que ignoraba por completo la ley anti tabaco, casi orgullosamente, como un acto de rebeldía y trasgresión. El doctor Zamudio yacía sentado solitario en la mesa junto a la ventana disfrutando de un JB, mientras ojeaba el suplemento económico del Clarín. Siempre utilizaba la misma ubicación, y era muy común ver clientes del bar siendo atendidos psicológicamente en esa misma mesa por la módica suma de un whisky importado. Un antiguo televisor colgado de un soporte a la pared del fondo aportaba la única cuota de color y vida al lugar.

El volumen estaba en cero, pero se veían imágenes de carreras de caballos y largas listas de posiciones. Varios clientes solían hacer apuestas hípicas, las cuales eran transmitidas al hipódromo de Palermo mediante un llamado telefónico del Turco. Solían ser temas comunes de conversación en el establecimiento las fijas, los nombres de los caballos, los jinetes, y demás.

Javier Sotelo, sentado en la banqueta de la barra, miraba fijamente el vaso con Vermut. Ya se había tomado tres, e iba camino al cuarto. El hielo tintineó cuando apuró el líquido dentro de sus fauces. Depositó el recipiente vacío sobre la barra, y golpeando con el dedo índice sobre el borde del vaso, pidió otro. El Turco, dueño y único mozo, se las arregló para verlo a pesar de estar en el otro extremo del mostrador, con esa especial percepción que solo tienen los mozos de profesión.

El Turco era un tipo pequeño y un poco descarnado, flaco. Llevaba anteojos con vidrios gruesos pero sin marco, con las patillas atornilladas directamente al cristal. Se acercó con paso silencioso, mientras con un trapo de rejilla secaba una copa de vidrio muy berreta recién lavada. Siempre peinado a la gomina y de movimientos rápidos, nerviosos podría decirse, como si fuera adicto al café. Caminaba levemente encorvado, apurado, casi maniático de la limpieza. Le sirvió el cuarto Vermut y le acercó un platito con aceitunas, de cortesía. Era buen tipo y sabía cuidar a los clientes. Más de una vez se ofreció a prestarle plata a Javier, o a fiarle si necesitaba. Era todo un personaje el Turco, siempre con ideas estrambóticas para ganar dinero. En una época quería comprar un camión para repartir pan lactal, en otra quería alquilar una panadería que estaba fundida pero cuando se dio cuenta de que debía madrugar abandonó la idea. Una vez apareció ofreciendo pañales para niños sueltos y baratos; supuestamente tenía un conocido en la fábrica que se los conseguía a precio de costo. También podía conseguir anteojos de sol, cajas de cigarrillos y hasta algunos electrodomésticos. Javier recordaba que en una ocasión andaba preguntando si alguien tenía un terrenito porque le habían ofrecido treinta lechones vivos y los quería tener hasta las fiestas, pero alguien le hizo notar que estábamos en mayo y para cuando llegara navidad ya serían flor de chanchos en lugar de lechoncitos. Eso sin contar el gasto de la alimentación.

Sintió que alguien se sentaba al lado suyo. Era Zamudio. Habían charlado un par de veces antes, pero solo temas de actualidad, clima y deportes, más que nada por obligación social, pero nada particular. Alcides se llamaba, lo averiguó luego de un tiempo. En ese entonces lo llamaban El Doctor, como a Bilardo. Cerca de los sesenta, el tipo ya estaba retirado de todo consultorio psicológico y psiquiátrico. Solía darle recreo al secreto profesional dentro de la confianza del bar, y comentar locuras y chusmeríos de los vecinos. Ya estaba jubilado, por lo que todo le importaba un cuerno. Siempre de impecable saco marrón a cuadritos y camisa blanca debajo. Acostumbraba vestir formal, conservando una impronta y una presencia impecables aunque un poco pasado de moda, pero entendible considerando la edad. Se saludaron.

—Acá los muchachos me comentaron que es usted escritor—dijo, mientras le hacía una seña al Turco señalándole el vaso—, que tiene un par de libros publicados y afinidad por las letras.
Javier no recordaba haberle mencionado a nadie en el bar que escribía; no hablaba mucho de sí mismo, excepto por alguna nimiedad. En ese momento le resultó algo extraño el modo en que Zamudio lo abordó, un tanto intempestivo e inoportuno.

—Lo de la afinidad puede ser, y lo de escritor… tengo mis dudas. Técnicamente lo soy, pues escribo, pero lo cierto es que soy nada más que un autopartista, un vendedor de repuestos de automotores que tiene como hobby las letras, y que se garpó él mismo tres libros de cuentos de míseros cien ejemplares. Hace mucho estoy esperando que una novela me dé algún éxito, pero no he tenido la suerte de crear nada interesante—. Se sorprendió a sí mismo por su sinceridad.

—Mirá, pibe, si te interesa, estoy atendiendo a un viejo paciente mío, y creo que le haría bien exteriorizar un poco sus problemas—. Según el doctor, el tipo estaba un poco paranoico y tenía delirios persecutorios recurrentes, pero todo ese anclaje de locura, ese andamiaje que mantiene una idea irracional careciente de fuentes solidas en pie, era tan apasionante que merecía ser escuchado. Creía en una teoría conspirativa entre los grupos de poder en el país, avalado por las agencias de espionaje de todo el mundo.

—Le agradezco, pero prefiero tener a los locos lejos, no se ofenda. Ya bastante tengo con mi esposa— dijo, sabiendo que la típica broma machista de mal gusto causaría una carcajada en casi cualquier hombre del lugar.

—Está medicado. Por lo que no es peligroso— respondió Zamudio luego de una risita forzada—. La gente siempre tiene el preconcepto de que todos los locos son asesinos o violentos o no sé qué. En fin, tiene una historia sorprendente pero mucho en mí no confía, cree que intento sacarle información para una organización de espías. Si te interesa los puedo poner en contacto y quizás te sirva. Puede servirnos a todos, a vos, a él y a mí también. Conocer su historia me ayudaría para poder tratarlo mejor—. El Turco llegó con la botella y empezó a servirle nuevamente whisky, y repuso el ya conocido platito de aceitunas de cortesía.

—Supongo que no me molestaría, total…no tengo nada que perder. Dígale que me llame un día de estos y arreglamos para encontrarnos.- Pidió una birome y garabateó su número de celular en una servilleta de papel. —Gracias, supongo, pero le aseguro que si me otorgan un Nobel de literatura no pienso convidarle ni el más mínimo porcentaje— bromeó Javier, dejó cincuenta pesos en la barra y salió.

Ya había oscurecido. Miró la hora: las nueve. Caminó las cuadras faltantes y llegó al departamento. Gabriela Fassanello estaba sentada en la mesita del rincón con la notebook prendida y los auriculares puestos. Ni siquiera lo miró. Si uno imaginara la escena, supondría que su novia le ladraría una puteada por haber llegado tarde o por el olor a Vermut, pero la realidad es que esa etapa ya la habían superado. Últimamente disfrutaban más de los momentos separados que de los compartidos. Durante los años de relación se habían saturado, sobrecargado de contacto romántico. Hacían todo juntos y estaban pendientes uno del otro c, lo cual se transformó paulatinamente en hartazgo. Casi no se soportaban, y ambos se evitaban lo máximo posible; estaban cansados de haber discutido durante años y simplemente no se toleraban. Poco a poco se habían ido aislando, encerrándose en ellos mismos y alejándose de sus amigos o conocidos, excluidos en su propio círculo. “Tu amigo Lucho es un inmaduro”, “tu amigo Marcos es un tarado que se quiere hacer siempre el gracioso”, “¿otra vez a cenar a lo de tu amigo Diego?”, “tu amigo Fernando en un degenerado, me mira las tetas”, “Charly es insoportable”. Ni siquiera sus propias amigas se salvaban y lentamente las fue alejando. Su típico criticismo lo llevó a aislarse a él también. Al principio no les importó porque se tenían el uno al otro, salían a bailar solos, salían a cenar, y las horas que les sobraban las aprovechaban para hacer una y otra vez el amor, pero con el tiempo se cansaron de sí mismos y ya no había nadie más.
Se fue a bañar y se tomó su tiempo. Al salir vio que ella había dejado la notebook y estaba con la televisión. Había una caja con cuatro porciones de pizza con anchoas abierta sobre la mesa. Javier las odiaba y ella lo sabía, pero se empecinaba en pedir una pizza entera del mismo sabor. Prefirió no decirle nada, pero ese simple gesto bastó para que le dieran ganas de rajarle un florero en la nuca, esa nuca prepotente de rodete que miraba la telenovela de la noche. Tenía treinta años apenas, ocho menos que Javier, pero se había convertido en una vieja chota, no quedaba nada de esa jovialidad y esa personalidad fresca del principio. A pesar de haber estudiado contabilidad, siempre le atrajeron las artes. Al comienzo de la relación solían ir a exposiciones, recitales de rock, de jazz, a museos y muestras.

Con un cuchillo recortó todo el contorno del pescado y con delicadeza de neurocirujano retiró el queso de la zona afectada. Con su mayor esfuerzo pudo comer una porción y media; sintió náuseas y poco antes de las once decidió irse a la cama. Tipo doce y media se acostó Gabriela, y lo despertó sin darse cuenta.

—¿Querés hacer algo?— preguntó él.
—No, gracias, estoy cansada— Y se dio media vuelta. Entraba una luz amarillenta de las luminarias de la calle a través de la ventana.

Dormía sin corpiño, y tapada a medias quedó su espalda desnuda. Tenía un tatuaje en la cintura, unas flores coloridas, y más abajo sus pomposas nalgas se dibujaban a través de la sábana. A Javier lo seguía excitando. Era bastante bonita, los rulos morochos caían sobre la almohada, tenía el pelo largo que brillaba con el tenue resplandor que entraba por la ventana abierta. Javier se levantó y se masturbó en el baño, y recién después pudo dormir.

 

*Escritor lobense. Publicó tres libros de cuentos: La idea fija (2010), Media hora de felicidad (2013), Calesita (2015). Las dos muertes del General es su primera novela.