12-Por Jimena Rodríguez

Ahí escucho el tren

Por Mauricio Villafañe*

Nací y viví a dos cuadras de la vía. Ahí vi pasar, muchas veces, el tren de pasajeros y, en ciertas e imprevisibles ocasiones, a los eternos cargueros (a ese se la teníamos jurada: lo apedreábamos sin piedad).

Ya más crecidos, deambulábamos por la Estación de Lobos y también por la de Empalme. Hurgábamos en viejos vagones abandonados en tanto típica aventura infantojuvenil; llevo aún en el dedo mayor de mi mano derecha una cicatriz de un corte bastante profundo que me hice en una de esas apasionantes exploraciones.

Hace unos años, con unos cuantos compañeros de la facultad, pasamos un día entero en el tren que va a Tucumán. Más recientemente, con mi hermano, nos mandamos en el Roca desde La Plata a Cañuelas a fin de abaratar costos y, de paso, darle rienda suelta al espíritu aventurero de antaño.

No la canalleamos: no nos hacemos los dormidos cuando los laburantes nos ofrecen tubitos de garrapiñada, auriculares o un par de músicos nos tocan una canción al ritmo de una criolla y un acordeón.

El tren en la Argentina: su historia va ligada a la del país y sus vaivenes. La ferroviaria es una de las consideradas “industrias madres”, una suerte de gran engranaje que mueve a otros más pequeños.

El tren es sinónimo de conectividad, de comunicación, de transporte popular, de crecimiento, de contacto. A su paso florecían pueblos como el Lobos nuestro y otros tanto que son los que animan, en su andar, el trabajo de la Patria en su extensión.

Un país que se modernizaba, de acuerdo a los parámetros oligárquicos-liberales de mediados a fines de siglo XIX, necesitaba del tendido de vías férreas para agilizar el movimiento rápido y eficiente de recursos (trabajadores golondrina, vaquitas, yuyos).

Los cargueros que atravesaban el país, de acuerdo a una red extensa y compleja que tenía como terminal el puerto de Buenos Aires, simbolizaban la llegada y el triunfo del ideal civilizatorio liberal por sobre la barbarie de “indios” y gauchos “haraganes”.

Simbolizaba la incontrastable sumisión de nuestros “ilustrados” dirigentes y clases dominantes a los circuitos económicos capitalistas y al llamado “mercado mundial” orquestado por el imperio británico.

No es casualidad que la gran mayoría de los capitales y la consecuente propiedad de los trenes haya sido inglesa. Las penas y los palos eran pa’ nosotros, las vaquitas… ajenas. El cuestionamiento cada vez más serio al modelo agroexportador, el desarrollo industrial incipiente y el trazado de rutas y caminos van cambiando el panorama desde los primeros años del siglo que pasó.

Estas tendencias se aceleran en la primera posguerra y durante la crítica e infame década “entregada” de los ‘30. Ante la crítica situación de la gestión privada de los trenes, el peronismo, como expresión de la voluntad nacional y popular, reparará la indignidad de que este vital transporte no sea nuestro con las históricas nacionalizaciones a través de la creación de “Ferrocarriles Argentinos”, una empresa pública nacional que reivindicaba la fundamental participación del Estado en cuestiones económicas estratégicas.

Gracias a este hito en la historia ferroviaria tuvimos finalmente una red integrada de transporte que atendía a una de las líneas férreas más grandes del mundo. Para ello se procedió a una masiva renovación del material que hacía a nuestros trenes un símbolo de orgullo nacional, fruto de una decisión política comprometida y del trabajo de miles de trabajadores a lo largo de décadas.

Su aporte al desarrollo económico era innegable y se condecía con su trascendencia respecto a intereses y sentidos no materiales, más bien simbólicos: siempre me ha gustado imaginar que estoy en un pueblo del interior y escuchó el tren llegar con noticias, amigos, parientes, insumos, cartas.

Las propuestas de “racionalización” y las acusaciones de los tecnócratas y economistas liberales de turno sobre la “improductividad” que se dan en el marco del ajuste de tuercas que experimenta el capitalismo mundial en los ‘60 y ‘70 van poniendo en tela de juicio la extensión o la utilidad del tren.

Evidente e intencionadamente lo hacían desde un lado del mostrador (y todos y todas nos imaginamos de qué lado se ponían los Alsogaray, los Krieger Vasena, los Martínez de Hoz, los Cavallo y toda esa runfla de entregadores seriales del patrimonio nacional).

Necesitaron para imponerse el terror y la desaparición; se legitimaron después con la democracia montada a la ola neoliberal de los noventa. Auspiciaron la segmentación, la desinversión, el abandono, las privatizaciones y el cierre liso y llano de tramos enteros con el consecuente aislamiento de los pueblos.

Los trágicos resultados de una política deliberada que achicaba el Estado y se corría de su indelegable tarea de promover el bienestar general en nombre de los “nuevos tiempos”, signados por el individualismo y el peso igual al dólar como significado de toda una época y, más que eso, de una posición en la vida y en el mundo.

Dolorosa y tardíamente hemos comprobado, en febrero de 2012, que los concesionarios privados se cagan en el tren y en sus pasajeros. Once es una herida abierta que necesita, en el menor plazo posible, una respuesta: justicia y acompañamiento a las víctimas y familiares es el clamor.

Se necesita también de la continuación y profundización de las actuales medidas de renovación y mejoras palpables en nuestros trenes, con la certeza de que lo que no se hizo y se dejó hacer durante años no se puede remover o trastocar en meses.

Se necesita repudiar y correr el velo de impunidad o de intocabilidad de los funcionarios cómplices de la corrupción y la privatización que mata y de ciertos dirigentes sindicales que promueven operetas que no hacen otra cosa que torpedear las iniciativas que vienen recuperando nuestros trenes.

Necesitamos un salto de conciencia como ciudadanos y pasajeros. Cuidar los trenes y las estaciones, no viajar de colado, no ponerse a boludear con una lapicera para poner “Berazategui free style” o “Lanús capo del sur” en los asientos, no bardear con tirar el envoltorio de un Guaymallén blanco al piso. Así, viviremos en un mundo mejor.

De mi parte y al final de esta aventura, voy llegando al andén a cogotear si viene el tren para seguir viajando. Pienso un poco mejor las cosas y me arrepiento de esos cascotazos que ahí, a dos cuadras de casa hace ya unos cuantos años, les tirábamos a los eternos cargueros al pasar.

*Estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 31, mayo 2014)