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Ana no duerme, escribe

Ana María llega a la radio. Avisa de su arribo con un saludo vidrio mediante. En veinte minutos va a leernos algunos de sus innumerables poemas escritos en días y noches sin tregua. Una vez al aire, el ambiente es otro. Ana, habla de su infancia. Lo expresa como ese lugar dónde se marcó para siempre. Ahí está contenida la esencia de su actualidad, con tres libros editados, uno a punto de salir y otros aún no reunidos como material abarcado en un solo concepto. Ana, asegura que se pueden combinar en tres poemarios. Así, rebate el tiempo: escribiendo.

Escucharla hablar a Ana da gusto, no sólo por hacerlo de modo pausado, tranquilo, sino por la forma de ordenar las oraciones con dejos de la propia pronunciación. Por eso, resulta agradable. Oír ese ritmo indica la espesura de su relato.

Cuando narra con alegría, se observa plena en luz. Su voz es la clave que conduce al andar de sus líneas poéticas. Prestarle atención es, además, aprender un poco de sus historias. Ana, tiene una memoria perfecta, ubicación en tiempo y espacio, que son como pequeños agregados con una lista de detalles imprescindibles. Una de ellas se remonta a sus días en la primaria, en el colegio Comercial, cuando las maestras la animaban a recitar versos patrios en las fiestas escolares.

Así, la poesía llegó a los ojos de Ana. La fuerza, el esfuerzo y las ganas inconscientes de seguir, hicieron que jamás baje los brazos. El presente de su lado ‘escritor’ abunda en creaciones en donde se refleja el temple para la pluma en versos.

Cada vez que Ana habla no deja espacio a las dudas. Su backup parte desde una forma de afrontar la vida en sí, con el ánimo en el andar constante. Ana, dice: “Es cierto que a todo escritor le parece que lo que hace está bien, sino más vale no seguir haciendo, o por lo menos hacerlo medianamente bien”.

Como alguna vez le recomendó nuestro desaparecido Pato Lacoste: “Tenés que estudiar Letras”. De algún modo, Ana cumplió, en presente, con «Hay que morirse menos de distancia» (2004), «Balada de la habladora» (2006) y «Ensayo sobre la angustia» (2009). En breve se viene Pampamar.

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¿Cuándo te descubriste en tu lado poético?

Me descubrí leyendo. En general, todo aquel que aspira a escribir, tiene que ser lector. Yo tenía 12 años y me gustaba ya mucho la poesía. Me gustó siempre la poesía, tanto es así que en las fiestas escolares —que se usaba en aquella época en que yo iba a la escuela primaria— recitaba versos, incluso en las fiestas patrias que no son los que más me gustan hoy. Hay, entonces, una parte mía de actriz de aquella infancia que quedó, porque me gustaba mucho hacerlo.

¿Hubo en ese camino algún escritor/a que te iluminó?

A los 12 años leí a Alfonsina Storni, a fines de los ’60, y me enamoré mucho más de la poesía. Alfonsina ya se había suicidado allá por el ‘38, pero a mi me llegó ése libro. Storni, fue visitada en esa década, pero volvió a ser revisitada en el presente. Leí toda su obra poética.

¿Cómo llegaste a sus poemas?

Por una maestra de la escuela primaria que me incentivaba mucho y me prestó su libro con toda la poesía de Alfonsina y quedé fascinada. Ahí decidí que me gustaba escribir y comencé a esbozar los primeros poemas.

¿Cuándo publicaste por primera vez?

Fue en la escuela secundaria, yo estudié en el Comercial. Con mis compañeros hacíamos una revista, una especie de folletín que salía cada dos meses. Participábamos todos y yo participaba con la poesía.

¿Recordás en qué año fue?

En el año 1972, cuando se cumplieron los cien años de la primera edición del Martín Fierro. Recuerdo que se hizo un concurso poético a nivel provincial y recibí una mención. En ese entonces, mi profesora de Lengua, me incentivó mucho más a seguir haciéndolo. Y desde ahí nunca abandoné la escritura.

Jamás perdiste el rumbo en las letras…

Lo que pasa es que las frecuencias han variado, entonces, han pasado meses que no he escrito, pero en términos generales, nunca dejé de escribir.

¿Qué análisis hacés hoy sobre aquel comienzo en las letras?

Mirados desde ahora me parecen horrorosos (risas). Pero para mí, eran muy importantes en aquella época. Empecé a escribir buscando la rima, uno empieza así, después comencé a desestimarla un poco, pero cuando sale ahora, sale y queda.

¿Cuál es tu objetivo al sentarte a escribir?

Creo en la espontaneidad de la escritura. El juego de las palabras, la armonía que ellas forman, todo lo que provocan. Eso resulta muy interesante.

¿Cómo afrontás las publicaciones de tus libros?

En mi caso sucede que es muy difícil estando a 100 km de la Capital Federal, donde esa cabeza de Goliat que es Buenos Aires, hace las cosas difíciles para llegar a tener un vínculo de recomendaciones y demás: que te envíen a una editorial que te publique sin pagar. Se hace eso con los escritores conocidos. Creo que este año, si todo va bien, lanzaré mi cuarto libro. Probablemente, se llame Pampamar.

¿Contás con mucho material sin editar?

Sí, creo que ocuparía algo así como tres obras inéditas. Se trata de tener mucho material aunque pasen los años hasta que vean la luz.

¿Cuál será la temática de Pampamar?

En realidad le cambié el título, que inicialmente era “Náufragos en seco”, pero por una recomendación de Jorge Bocanera, un poeta amigo, el nombre será éste. Si puedo decir en qué contexto está hecho este poemario. Imaginé que Lobos es un barco encallado en un mar que es la llanura, de ahí provenía lo de Náufragos en seco, pero puede que quede de otra manera. En todo naufragio hay pérdidas y hay salvamentos de seres y cosas. Entonces, en esos poemas surcan los que se salvaron: los artistas, los poetas, los músicos (texto inédito).

Los músicos

Cuatro o cinco tal vez
algunos más acaso
desprendidos del mástil que cedía
flotaron hasta el centro de la plaza
cada uno le asignó causas disímiles
al portento de haber sobrevivido
el guitarrista, por ejemplo,
adujo que el oído de su noble vigüela
no se llenó de mar
el violinista,
defendió una teoría casi imposible:
el arco le sirvió de puente
entre la desesperación y tierra firme
el bandoneonista,
aceptó haber recibido para aguantar
el aire de su fuelle en los pulmones
el hombre del teclado,
dijo que lo rescataron dos canciones
el de la quena, en cambio,
alegó de la caña obstinación
por volverse a acompañar al pueblo.

Por último, conociste a Pato Lacoste: ¿Qué nos podés contar sobre él?

Yo lo conocí por su librería Santamarina, que estaba en la esquina de la Galería Spinosa. En las horas libres yo bajaba, recuerdo que por mi problema físico no bajaba en todos los recreos, pedía permiso y me iba hasta la librería donde Pato me recomendaba autores latinoamericanos de la época del boom; Guillén, Neruda. Me decía, “tenés que estudiar letras”. Por cosas de la vida no pude, pero de algún modo me dediqué a otra actividad humanística como es la Historia, que está relacionada con la literatura. Así quedó en mí. Tenía ese trato con él, ameno afectuoso. En Santamarina, una vez por mes, me compraba un libro, regalo de mis padres en mis días de estudiante. En Pampamar tengo un poema dedicado a él, se llama El profesor, que es quien se pierde en el naufragio.

Fotos por Jimena Rodríguez

(de la edición Nº 33/34, julio agosto 2014)