Asteriscos 1

Asteriscos

Por Thomás Gui
Suena el portero eléctrico. Mierda. No estoy preparado. Tuve tiempo para transformarme en un sujeto presentable, pero en vez de eso preferí abrir un par de cervezas, mezclarlas con un poco de whisky barato y sentarme a escuchar música en la oscuridad.

Estoy sucio, medio borracho y muy mal vestido para la ocasión. Ella quiere que la sorprenda y yo así. “Bueno, una mala sorpresa también califica como sorpresa” me digo a mí mismo. Me río de mi idea. Junto con la risa eructo y balbuceo algo que hasta a mí mismo me parece inentendible. Puta madre. Cargo ansiedad al darme cuenta que mi estado es peor de lo que pensaba. Digo una frase al aire como para practicar. Bastante bien. Tranqui. No resbalaron las consonantes y las vocales fueron entendibles, en su mayoría. Atiendo y le abro con el portero eléctrico. Llegó sobre la hora para poder abrir desde arriba, menos mal. Menos mal. Exhalo fuerte, apoyando la frente contra la pared. Qué situación de mierda. Para qué le dije que venga. Prefiero la paja. Prefiero estar solo. No tengo ganas de hablar. No tengo ganas de ver a nadie. Todo lo que haga va a ser un esfuerzo y no quiero esforzarme. No no no no no no no. Ni siquiera recuerdo su cara. Noche complicada, mucha gente, bastante humo, ojos entrecerrados, aparece, no sé qué le digo y ni sé que me dice, beso malo, la pantalla del celular brilla demasiado. Anoto algo. Listo.

Adelante en el tiempo. Ayer. Ayer a la noche. Holacómoteva. Blah blah. Viene hoy. Ya vino. Está subiendo. Mala idea. Estos partidos no se juegan de local. Estando en su casa me puedo escapar, aunque sea con la peor y más evidente de las mentiras y así y todo tengo buenas chances de caer parado, o con mínimo daño. Pero estando en terreno propio, si la cosa no funciona, hay que echar. Y echar no es un juego, echar es un arte. Cuando se echa no puede parecer que se está echando, porque donde se nota, estás jodido. Bien jodido. No importa, a lo importante.

Cuento con menos de un minuto antes de que llegue a mi puerta. Rápido. Cambio de ropa, toda. Desodorante. No me bañé, cierto. Más desodorante. Y perfume. Listo. Dientes, no hay tiempo. Pastilla de menta fuerte. Junto los envases vacíos. Pongo música. Jazz, obvio, quiero ponerla. Ya tendré tiempo de pasarme por los huevos lo que a ella le guste. Golpean la puerta. Estoy listo. Eructo con sabor a whisky. Agito mi mano delante de mi cara para despejar el olor. Pastilla de menta fuerte. Mastico. Rompo. Paseo por la boca. Junto con la lengua. Trago. Abro la puerta. Ella está parada en la oscuridad del pasillo. No la veo bien, pero por las dudas dedico mi mejor sonrisa. La tierna no, la otra.

Los puntos negros sobre su frente bajan hasta que el embudo entre sus cejas los canaliza hacia su nariz, hacia la punta de su nariz donde se hacen más visibles. Es hipnótico. Tiene los ojos pequeños, muy redondos y muy juntos, sólo los divide su nariz a puntos. Dios santo y varias vírgenes, los puntos. Los ojos son del verde menos interesante. Los puntos son negros. Genes recesivos de varias copulaciones atrás pugnan por manifestarse en un espectáculo de grotesca superposición. Si entrecierro los ojos puedo ver cómo caminan hacia arriba y vuelven. Son la vida en lunes. Miles de puntos y esos ojos tan cerca.

Me recuesto sobre mi lado del sillón para adquirir perspectiva. Muchos rasgos concentrados en una zona muy pequeña de su gran cara redonda. Nariz, ojos y boca agolpados en el centro de su cara. En el centro y un poco hacia la derecha. Y hacia abajo. A la derecha y hacia abajo. A la izquierda y hacia abajo desde su lado, claro. El pelo cae pegado a los lados de su cara. Corto, a la altura de la mandíbula, o donde la curva de su cara tiende hacia abajo. A los lados el pelo describe un arco, desnudando parcialmente pequeñas orejas y en su remate apuntando hacia adelante. El flequillo está desparejo. Está hablando. Desde hace rato. Va por el medio de una historia. Muevo la cabeza hacia arriba y hacia abajo. Asiento. Asiento a todo lo que dice. Hay que asentir. Ajá claro mirá vos. Sí por supuesto de toque. Já que bueno tenés razón. Nonidea pero debe ser comovosdecís.

No para de hablar. La voz se le va en los agudos. Parece que su voz no superó la pubertad. Hace que cada palabra sea como haberla escuchado una vida. Y media. Mmmfffffffff. Te aburro. Nonono. Detrás de ella las cosas se mueven cubiertas de puntos de colores. Forman una danza con los puntos de su cara y siento mi cerebro lanzando señales intermitentes de auxilio. Mi visión se llena de asteriscos. Empiezo a sentir mis dedos como largas ramas secas. El lado izquierdo de mi cuerpo cede bajo su propio peso pero logro controlarlo justo a tiempo. Los asteriscos invaden todos los sentidos. Percibo una frecuencia extraña que lleva a un segundo plano los sonidos de la habitación. El lado izquierdo cede definitivamente. Redirijo el derrumbe hacia adelante y me abalanzo sobre ella. Pego mi boca a su boca. Responde con ganas.

Llegué. Asteriscos. Giro sobre mi hombro derecho para darle la espalda a la luz que entra por la ventana de la habitación. Intento abrir los ojos. Todo da vueltas. Una náusea repentina me obliga a levantarme. Estoy vestido. Camino arrastrando los pies hasta la cocina sin poder abrir del todo los ojos. Tomo agua que luego vomito. Un hilo de saliva conecta mi cara con el mármol de la mesada. En la mesa hay dos vasos y la puerta no tiene llave.

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(de la edición Nº 41, abril 2015)