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17-2

Elige tu propio estilo

Por Mauro Basiuk*

El fulano se cree que ahora es
un personaje narrado por Cheever
y entonces con tosco estilo crol
se desliza por distintos espacios
de este año en retirada silenciosa.
Va con rolido propio de flaneur,
por una laguna tranquila en Lobos,
el río color impreciso de Montevideo
un Campari en el mar al amanecer.
Buscando coordinación, piensa:
cada día veo menos, menos mal.
No es cuestión de metal o polipropileno,
cuando las cuencas se refriegan solas y vuelven.
Ojos agonizando en liquidaciones como tiendas
o el hostel donde pernoctó en Semana Santa
Un beatle sigue llenando estadios
como cuatro que siguen rodando
con genética bien envidiable.
Música de los ochenta para bailar,
y en la radio por retención de tareas.
Su tren eléctrico que no llega al fin,
o la avenida con el 19 flotando en el aire
para llegar a su porción de durlock en 30.
Bendito más que nunca el trabajo
que le da ánimos para, de regreso,
joder con una gata huida del vecino.
Un avión que cayó por acá nomas,
un Juez vitalicio que murió longevo
y otra longeva que no para de hablar
mientras come sushi en el CCK.
Otro con cierta pedantería, dice:
«Soy moderno, no me tatué,
ni frases cortas, ni ideogramas chinos».
En el cuarto aquel una pareja joven
trocó sexo por cazar poquemones.
Apenas por un rato como promesa
de felicidad en un cotolengo raido.
Apurando otra pinta de cerveza artesanal,
roja o negra, dos sabiondos discuten
acerca de la pertinencia de un Nobel o no.
Después, uno de ellos, echado,
bajo una reproducción de Kandisky,
repite en voz alta la misma trampa
y hasta se anima a leer unos versitos
escritos en un lapso en el que escribió poco,
ni por asomo la gran novela de su generación,
deudora del Netflix y las pizzas para hornear.
Salomónico siempre, escéptico a veces,
nadando como salmón o mojarrita
cuando llegue a su orilla personal,
el fulano, a pesar de el mismo,
también verá las luces de un año nuevo.

*Platense, Periodista. Coleccionista, creador de la fan page de FB Tinta en el ojo.

(de la edición Nº 52, enero febrero marzo 2017)

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China: la potencia que llegó hace rato

Por Mauricio Villafañe

Su historia milenaria, la “intervención” occidental con el cuento de la “modernización”, la guerra con Japón. China llega al siglo XX atravesada por la crisis de su orden imperial.

Con la caída de la Dinastía Qing (1911), el populoso país asiático tejerá definitivamente su destino: primero bajo la batuta del nacionalismo que a poco de andar se vuelve viejo al derechizarse bajo dictado yanqui y luego a través del comunismo que va a nacer recién con el final de la Segunda Guerra Mundial.

China es un país-continente por extensión, población y rol histórico. Ascendió a potencia en menos de medio siglo. ¿Cuál es la clave de ese gran salto? ¿Sus millones de habitantes, la riqueza de su suelo, la ubicación geográfica o la voluntad de transformación en potencia encarnada por su pueblo en un proyecto de liberación nacional y social que contiene todo lo anterior?

En China hay un partido y un hombre que sintetizan y concretan el esfuerzo que esa voluntad de potencia requiere: el Partido Comunista y Mao Tse Tung. En 1949 van a establecer, tras años de guerra civil con el sector nacionalista (con quien se alió transitoriamente ante la amenaza japonesa), la República Popular China. Se pone así en marcha una de las experiencias revolucionarias más impresionantes de la historia. Asimismo, presenta límites, insuficiencias y “modernizaciones” que no inhabilitan la transformación de su destino agrario y periférico en potencia mundial.

El desarrollo de China en los últimos 50 años es una prueba contundente de voluntad que configura su poderío en el despertar de este siglo y en el marco del agitado mundo multipolar de hoy. Si la pregunta es por la clave de una China-potencia, la respuesta emerge en la definición de un proyecto popular como el de Mao.

Junto a la URSS (más allá de posteriores conflictos) colaboraron en el trazado de un modelo alternativo al del occidente capitalista. Recuperar esta historia implica no entregar nuestras esperanzas como mundo a un sistema que en su desarrollo pone en juego la pervivencia de la vida en el planeta. El futuro dirá si son los países emergentes, con China a la cabeza, los protagonistas de un nuevo orden mundial más justo y digno.

A diferencia de la Revolución rusa (basada en el proletariado industrial urbano), Mao puso el foco sobre el campesinado. Entender al campesino como el principal sujeto revolucionario lleva a la primera medida tomada por la naciente República Popular: una reforma agraria que no deja de asombrar aún hoy por su magnitud. A través de ella se expropiaron 47 millones de hectáreas y se vieron favorecidas 300 millones de personas, por entonces, la mitad de la población del país.

La producción pasó a organizarse cooperativa y comunalmente, con la atención puesta en la realidad y no en prescripciones dogmáticas y externas de los libros. China va a avanzar también con la nacionalización de la industria pesada, el transporte y el comercio exterior para robustecer su desarrollo y, en el plano internacional, en un pacto con la URSS.

Se veía aislada en un mundo que reconocía (y lo hizo por varios años) a Taiwán, “refugio” del nacionalismo pro- EE.UU derrotado en 1949. De esta forma, se conmovían las bases materiales de la sociedad china y su enorme potencial humano, sólo así, se puso al servicio del desarrollo de un país que pasó a ser potencia como el día se hace de noche.

A la revolución en los medios de producción se le corresponde una en el plano de las ideas y a esa tarea se abocó China promediando los años 60. Como toda revolución y toda historia, no es esperable un jardín de rosas. Ya lo dijo Carlos Marx: “La violencia es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva”.

La “Revolución Cultural” tuvo como objetivo combatir la pesada herencia del capitalismo y crear una “persona nueva” en una sociedad sin dominación. Con semejantes desafíos se dio paso a una enorme acción de renovación social que puso en práctica la idea de “revolución permanente” (tan cara al comunismo) y enfrentó tanto la corrupción en la función pública como la desviación” de la revolución en la sociedad en su conjunto. Puso en el centro de la escena a los jóvenes como difusores y animadores a través de periódicos murales llamados dazibaos.

En un plano más mundano, se la entendió como una expresión de las disputas por el poder en un momento de consolidación interna y convulsión externa (la crisis del pacto China-URSS). La otra cara de la moneda habla de “trabajos” (físicos e intelectuales) forzados y purgas frente a los “enemigos” del gobierno y del maoísmo, dentro y fuera del Partido. Llega a su fin con la muerte de Mao en 1976.

Es a partir de este momento que China da sus primeros pasos hacia la economía de mercado para volverse el primer país en la historia que combina un régimen de partido único con desarrollo capitalista. El “Reino del Medio” va a componer, con Deng Xiaoping a la cabeza, un novedoso sistema económico- social que ¿salva? ¿traiciona? ¿completa? ¿niega? la revolución de 1949.

La “modernización” en la agricultura llegó de la mano de parcelas de explotación individual y en la industria, la desregulación se completó con la creación de “zonas económicas especiales” en tanto focos de atracción de inversiones extranjeras y “zonas francas” para la exportación. Los años 80 son el escenario para un muy marcado crecimiento del PBI del gigante asiático.

Se corona este proceso con la recuperación de Hong Kong en 1997. La contracara del pragmatismo económico se sintetiza en la represión de la manifestación estudiantil en la Plaza Tiananmen en 1989: un rígido sistema político echaba mano a la fuerza ante los reclamos de democracia de su pueblo. Si todo lo anterior pudiese resumirse en un ejercicio matemático hay que decir que la base de la potencia es A (China) y su exponente fue N (Mao).

En un escenario internacional convulsionado por la reciente victoria de Donald Trump en EE.UU, un futuro incierto proyecta la sombra de una Tercera Guerra Mundial. La simultaneidad de conflictos sin resolución a corto plazo se enturbia más aún con las grietas que evidencia la globalización y el orden mundial que nació con la caída del Muro de Berlín y se renovó con el 11-S en 2001.

China, pese a cierto estancamiento, se perfila como la potencia del siglo XXI por su particular combinación política y económica y una posición internacional deudora de la Revolución de Mao y su posterior “modernización”.

Nunca en la historia ningún país creció tanto en tan poco tiempo. Es la postura de quien firma esta columna: China va a disputar, en la segunda mitad de este siglo (o antes) la hegemonía mundial a los EE.UU. El cómo hay que dejárselo a los cronistas del futuro que esta revista ya se tomó la precaución de contratar.

*Lobense, Profesor de Historia (UNLP).

(de la edición Nº 51, oct/nov/dic 2016)