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Sasturain en su escritorio hablando de literatura de fútbol. (Foto N. Ferré).

“El fútbol me pasa”

El escritor y periodista Juan Sasturain, hace un repaso de la historia de los relatos de fútbol y “los permisos” para comenzar a escribir con la pelota. A sus 67, asegura: “El fútbol es una metáfora de la vida: hay aliados, enemigos, dificultades y es imprevisible”. Por FPM

Picado Grueso es su último libro de cuentos de fútbol.

Picado Grueso es su último libro de cuentos de fútbol.

Camina medio a las chuecadas, pero firme. Le dura el porte de centro delantero. Abre la puerta y el frío le apura los pasos en la escalera que conduce a su departamento con pisos de parquet. Las paredes de la casa de Sasturain están cubiertas en más de un 30% por libros de todo tipo, dispersos en un orden moldeado por los tiempos —no distinguidos por pelo ni marca— pero aun así reconocibles y hallables. Hay muchos y viejos sobretodo, pero están esos que reconocemos como de ésta, nuestra época: tapas a todo color, cuerpos con lomos diversos y usados, leídos y consultados. Si uno piensa en todas las publicaciones de este escritor nacido bien en el interior de la provincia, allá en González Chaves en 1945, el camino lleva el tiempo surcado por una variedad de aristas que van desde el relato corto a novelas con personajes que no se olvidan. Algunos de todos ellos se dejan ver entreverados en pilas de una repisa menos gastada que el resto de los anaqueles. En tanto alto se perciben, pero no cabrían en un rincón de 40 x 40.  En el camino cercado por miles de encuadernaciones del tiempo, un piano sin cola anticipa el pasillo que conduce a la puerta de su “sala de operaciones”, donde una chapa de bronce anuncia “Investigaciones Etchenike”. Allí, en otras tres paredes atestadas como en un laberinto bibliotecario, Sasturain tiene dos computadoras que se adivinan apenas en una marea encuadernada.

Ficción, historia, drama, poesía y aventura se reparten en la sala de unos de los actuales cultures de la literatura futbolera, del policial negro y la historieta. A media luz, los lomos dorados de ediciones antiquísimas parecen muros entre grises y en un apartado de luz por encima de la puerta, se presenta una publicación amarillenta de Navokov. Sobre un ventanal angosto y alargado que da a la calle Defensa, se amontonan —como vecinas de toda la vida— ediciones de cuentos y novelas de fútbol. Toma dos, los acomoda: Cuentos de fútbol argentino del Negro Fontanarrosa y Picado grueso (reditado este año por Sudamericana). Todos tienen el fútbol como la excusa aparente, en donde reside el temple de escritor afianzado en un camino presente y retrospectivo para recorrer el universo de lo casi cotidiano. Afuera —en segundo plano— se escuchan las voces de gritos solitarios en un viernes húmedo en la Capital. Acomodado en una silla giratoria, el escritor interroga por arriba de sus lentes como inspeccionando en chino pícaro:

—¿Graba bien esto?

¿Puede con el tiempo tomar un reconocimiento más formalizado el cuento de fútbol?

Hay cuentos que son de fútbol y hay cuentos que son con fútbol, que son dos cosas distintas. Un cuento de fútbol, podríamos llegar a suponer que es un cuento en el cual el juego en sí es insustituible para la comprensión del texto. En otros casos, si uno piensa en una novela como “El miedo del arquero ante el tiro penal” de Peter Handke (1971), no tiene un carajo que ver con el fútbol, el personaje alguna vez fue arquero. Yo tengo una novela que se llama “La lucha continúa” (2002), en el que el protagonista es un ex arquero. El fútbol pasa por ahí, pero no es una novela de fútbol.

¿Puede ser el fútbol siempre una buena excusa para escribir un cuento?
Eso depende. Los temas no hacen a la esencia de la literatura, no hay grandes temas ni temas chicos, ni más importantes ni temas triviales. Depende, como siempre, de la escritura. Siempre es cómo está hecha: no qué se cuenta, sino cómo se cuenta. Esto puede ser un beso, un tropezón, la caída de un imperio o un gol. Lo que sucede es que el fútbol como fenómeno tiene tantas aristas. En la cabeza de los hombres argentinos el fútbol ocupa un lugar. Los escritores siempre fueron hinchas de equipos, lo que pasa es que no escribían sobre eso.

¿Hubo una especie de apertura hacia este tipo de literatura en los últimos 30 años?
Hubo un proceso en el que se publicaron más y se hicieron más visibles y aparecen más autores. El fenómeno vendría a ser que hubo más permiso para escribir sobre fútbol. Algunos escritores nuevos y otros que ya tenían trayectoria, le dieron expresión a esa cosa futbolera que ya venía con ellos. Un ejemplo muy lindo es el de Galeano, un hombre que venía escribiendo ficciones, ensayos, política, historia, de divulgación en los años sesenta. Los primeros libros de Eduardo son de mediados de los años sesenta, muy precoces, hizo periodismo y otras cosas. Pero en determinado momento, avanzado ya los años noventa, escribió su primer libro sobre fútbol: El fútbol a sol y sombra (1995) ¿Podemos decir entonces que Galeano descubrió el fútbol, descubrió Peñarol, descubrió el Maracanazo a sus cincuenta años? No. De algún modo, hubo como un permiso personal en el cual el fútbol apareció como un tema en cual él encontró un motivo para escribir sobre eso. Además, encontró una demanda —usémoslo en términos marketineros— un espacio en el cual que apareciera un libro de Galeano hablando de fútbol no iba a significar que lo señalaran con el dedo como populista, cosas por el estilo, berreta, etcétera.

¿Se puede considerar como el puntapié la antología de Roberto Santoro Literatura de la pelota?
El poeta del grupo El Barrilete, militante popular, desaparecido, escribió en los setenta Literatura de la pelota. Santoro, hizo la primera antología grande con muchísimos textos de muchos autores. Después, aparecieron “Cuentos de fútbol argentino” (1999), y otra que tuvo ‘más reconocimiento’ hecha antes por (Jorge) Valdano en España (Cuentos de fútbol, 1994). La que hizo el Negro y que escribimos un montón de nosotros hay presencia del fútbol, lo que pasa es que no era tan frecuente. En Argentina, esto parece más difícil: dependemos de algunos autores que empezaron a escribir sistemáticamente sobre temas y lugares recurrentes.

Algo de eso traía Soriano en sus textos: los paisajes con vientos del sur…
Osvaldo ya en los setenta cuando era periodista de La Opinión, antes de publicar su primera novela Triste solitario y final (1973), escribió entre otras cosas el texto Obdulio Varela / El reposo del centrojás (del julio de 1972), es decir, que había en él esas cosas. Eso es Soriano, no la literatura futbolera. Son virtudes del escritor. No te puede gustar el ballet, pero lees a ciertos tipos y decís ‘la puta, acá hay algo’. Osvaldo, entre otras cosas, transmite extraordinariamente bien los climas. Alguien no conoce el sur de los Estados Unidos, nunca estuvo en un algodonal ni vio nunca un negro, pero lee Faulkner y dice: ‘esto vale la pena conocerlo’. Eso es un escritor.

¿Cree que la literatura futbolera se expande por narrar todo aquello que no se ve en los medios?
Sí, porque hay ciertas tendencias a analizar al partido de fútbol que tienden a recortarlo estadísticamente, de resolverlo a través de los números, con un resultado y un montón de porcentajes que explican ese resultado. Eso no es cierto, eso es mentira: todo lo que los números cuentan no dan cuenta de lo que hace que el partido sea el partido. Pero el partido es otra cosa, es un relato: porque hubo una pelota que pegó en un palo, un tropezón, otro que no pudo jugar, uno que le erró, otro que se lesionó, otro que lo echaron porque el réferi se equivocó. Hay una altísima dosis de azar: ‘Este partido podría ser una tragedia’ y terminó en una comedia, o un partido de ‘trámite liviano’ y terminó siendo un quilombo descomunal. Es decir, cada vez se avecina un acontecimiento nuevo, en eso reside su atractivo, porque si fuera reducible al resultado solamente, a nadie le importaría. Como el fútbol es tan azaroso, lleno de tantas posibilidades, incide y es lo más parecido a la vida cotidiana: en que los roles cambian continuamente. Jugar al fútbol es una metáfora de la vida: hay aliados, enemigos, dificultades y es imprevisible en gran medida.

¿Hay una expropiación de todo el peso simbólico del fútbol según las épocas que atraviesa?
El fútbol como fenómeno social ha sido ideológicamente, podríamos decir, anatemizado tanto por izquierda como por derecha. Por izquierda, porque el fútbol era una alienación, el pueblo en lugar de ocuparse de hacer la revolución y salir adelante con la bandera, se distraía —como unos pelotudos— detrás de la pelotita, de agarrarse a trompadas por una camiseta y no por la lucha de clases. Hay algo de verdad en eso, supongo que sí, pero no lo agota, no es todo. Por derecha, porque era ‘cosa de negro’ ¿Qué es el fútbol? el lugar de la irracionalidad, de tipos que no piensan ‘¿cómo puede calentarse alguien por un lateral mal cobrado?’, ‘¿cómo podés poner toda esa energía en esas pelotudeces?’ Además, para la derecha el fútbol es el no pensar, la brutalidad: ‘los tipos que se dedican a eso no piensan’, es el lugar del desafuero, salirse y olvidarse de sí mismo, toda una teoría catártica y alienación futbolera, esas únicas explicaciones. Eso tiene connotaciones políticas muy claras: ‘¿cuál es el comportamiento de los futboleros? y… terminan votando a quien no deberían, estos hijos de puta, negros de mierda, en lugar de votar a quien deben —es decir, a sus representantes de clase o a los ilustrados— votan al peronismo, por ejemplo. ‘Estos negros de mierda no piensan, ¿qué podés esperar de un tipo que va a la cancha?’.

¿Se refiere a diferentes conceptos de la cultura según gustos y pasiones?
De algún modo, los prejuicios culturales tienen un alto contenido político. Es toda una concepción de la cultura y el fútbol formaba parte de la incultura. En determinado momento, fines de los sesenta y comienzo de los setenta, también en el campo del debate cultural y político, se discutió sobre qué era la cultura. Hablamos de cultura popular, música popular. Acá hay valores, viejo. No estará en las bibliotecas o en el cine, pero acá hay cosas, hay algo que tiene que ver con la identidad, con el sentimiento y con la estética también, con la creación, muchas cosas. La discusión sobre el concepto de cultura popular, opuesto al anterior más elitista, incluye este tipo de cosas. Los permisos para empezar a escribir de estas cosas, revalorizar todo lo que eran las formas de la cultura popular entre otras formas de identificación popular, el fútbol es una de ellas.

Lo vivible del fútbol pareciera que hoy pasa sólo por la televisión.
Se trata de un fenómeno contemporáneo que es universal. La popularidad del fútbol en la mediatización es absoluta: es el espectáculo más grande del mundo. Hay más países en la FIFA que en la ONU, tiene más espacio la identidad futbolera que la identidad de país. No existe audiencia mayor a nivel universal que la de los mundiales. Hoy, una de las cinco personas más conocidas del mundo es el petiso Messi. Esos son fenómenos muy peculiares. Nosotros somos del país donde nació Maradona. Todo esto es un dato. Obviamente, es una enfermedad, un síntoma de cómo están las cosas, que tiene que ver con el poder de los medios, que son noventa guita aparte. Eso, entre tantas cosas, ha puesto al fútbol muy por delante, es lo inevitable. Por eso, todo el mundo casi tiene que escribir sobre el fútbol, porque está siempre adelante tuyo, no te podés hacer el pelotudo, aunque sea para negarlo. La oferta futbolera de los medios es excesiva e insoportable, inclusive para los que nos gusta el fulbito.

¿Qué fue lo que lo condujo puntualmente a escribir sobre fútbol?
El hecho de que me gusta el fútbol y porque ocupa gran parte de mi cabeza. Y nada más. Escribo sobre las cosas que me interesan y a mi el fútbol me interesa. Entonces, en lugar de reprimir aquello diciendo que son boludeces, veré por qué carajo me interesa. El amor, la política, el fútbol, los hijos. Uno escribe sobre lo que le pasa y a mi el fútbol me pasa.

¿Se puede decir que a partir de la difusión de Alejandro Apo los cuentos de fútbol se leen más?
Alejandro tiene una cosa muy reveladora, la de convertir a un inédito en un edito. (Eduardo) Sacheri nunca había publicado hasta que Alejandro empezó a contar y a leer sus cuentos, los convirtió en relato. Un dato más respecto a la potencia del relato oral en el fútbol. En Fontanarrosa todos los escritos tienen que ver con la oralidad. Una de sus grandes virtudes como escritor, a secas, es la oreja que tiene el Negro, infalible para el diálogo. Entonces, se convierten en textos transmisibles a través de otros soportes y que oralmente sirven. La radio es el medio en el cual el fútbol más se difundió. Los que hemos vivido en el interior y hemos sido chicos en época que no había tele, el fútbol era jugarlo y el equipo de mi pueblo. Pero en el lugar de la pasión, Boquita era eso: una transmisión radial de los domingos. Era un cuento y te agarrabas a trompadas por un penal que nadie había visto. Discutías por un relato. Era como ver una película o escuchar a Tarzán por la radio. El fútbol llega como un relato, de ahí, viene la épica.

¿Cómo las peleas por radio de Monzón en Argentina o el Maracanazo para los uruguayos?
Me contaba mi papá cuando yo era muy chico, que los uruguayos después de que ganaron el mundial del ’50, repetían la transmisión de Solé, unos de los más extraordinarios narradores uruguayos, Víctor Hugo es nieto de esa tradición, de aquellos que tenían que hacer imaginar. Es distinto un mundo con tele que uno sin tele. Hay que pensar en el origen de la literatura cuando las cosas aún no estaban escritas: Homero es un narrador, el juglar que cuenta el Cid no tiene otra forma, es el único que existe, el que cuenta él. Entonces, el único Maracanazo que existe es el que contó Solé, durante lo que duró el partido y para todos los que no estaban en el estadio. Lo único que existe es ése relato y alguna imagen ‘puta’ después. Pero lo único que existe es ese cuento. Cuando terminaron el mundial, los uruguayos lo pasaban todas las noches entero, escuchaban de nuevo el cuento antes de ir a dormir. No importa si existió o no, supongamos que fue todo mentira, que nunca existió el Maracanazo, no importa, existe el relato. En el cuento de Bioy y Borges, el fútbol no existe más que como un relato. Qué sabemos si el Cid existió, si Homero existió. Bueno, el fútbol tiene esa seducción. Todos los de Independiente hablan del Bocha ¿quién vio al Bocha? Se habrá muerto ya el último que lo vio. Quedaron las imágenes y el relato*.

(de la edición el viaje aniversario 1, noviembre 2012). 

*Entrevista realizada el 8 de junio de 2012 para la Tesis Revista Centrofóbal (una mirada literaria del fútbol), en conjunto con Francisco Clavenzani (periodista gráfico y radial. Ayudante de cátedra de la tecnicatura de Periodismo Deportivo de la FPyCS UNLP).

Fotos: Nicolás Ferré.

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La pluma de Solano López

Un repaso por la vida del dibujante de El Eternauta. Los pasos de un icono de la contracultura local, la historia de un héroe nacional donde se narró partes de una Argentina sangrienta. Por Mauro Basiuk*.

Solano López junto a el Eternauta.

Solano López junto a el Eternauta.

Nacido en la Ciudad de Buenos Aires en 1928, Francisco Solano López fue uno de los mayores dibujantes que dio la historieta en nuestro país. Autodidacta, al igual que el italiano Hugo Pratt, su nombre se inscribe dentro de la época “dorada” del género. Si bien publicó su primer trabajo en la Editorial Columba junto al guionista Roger Plá, en 1955 comenzó a trabajar con quien haría una pareja inoxidable: Héctor Oesterheld. Participaron juntos en la creación de Frontera, un espacio autóctono para publicar tiras. Rolo, el marciano adoptivo, Ernie Pike y El Cuaderno Rojo fueron algunas de las obras hechas antes de que llegara Juan Salvo y los suyos con toda la mitología a cuestas.

El Eternauta, comenzó a publicarse en Hora Cero semanal el 4 de septiembre de 1957. La historia satisfacía el deseo de Solano López de hacer una serie de ciencia ficción pero con cierto toque realista. Así, los partidos de truco entre Salvo, Favale, Lucas y Polsky con el Estadio Monumental aparecían trazados junto a cascarudos gigantes (Gurbos), los Ellos y nevadas mortales. Fueron 106 entregas semanales, tras lo cual viajó a Europa en la década del sesenta.

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La serie fue creada en 1957 por Solano López Héctor y Germán Oesterheld.

Cuando volvió al país regresó a Columba. Si de regresos se trata, nuevamente con Oesterheld en 1976 harían El Eternauta II, publicado en Skorpio. En ese entonces, había distancias entre ellos: el guionista llevó al papel su praxis militante en Montoneros, algo que Solano López no veía con los mejores ojos, lo cual no impidió que culminasen la secuela.
El secuestro y la posterior liberación de Gabriel, uno de sus hijos, motivó que Solano López se exilie en España junto a su familia. Allí, realizó relatos potentes y crudos, como Ana e Historias Tristes. Luego fue el tiempo de Brasil, donde trabajó para editoriales norteamericanas. Volvería definitivamente a la Argentina en 1995. A esa altura, la suma de kilómetros recorridos era proporcional a los personajes creados: Bull Rocket, Slott Bar, Ministerio, Joe Zonda, Evaristo (“el mejor policial argentino”, según Juan Sasturain.

Hecha con Carlos Sampayo, inspirada en el áspero comisario Meneses), Calle Corrientes (en Superhumor) o La guerra del Paraguay.
Descendiente directo de quien fuera su homónimo, segundo presidente constitucional de Paraguay y mariscal en la fraticida Guerra de la Triple Alianza, El Eternauta volvería a cruzarse en su vida en 1997 (con la compañía de Pablo “Pol” Maiztegui) y en 2001. En 2008 fue declarado «personalidad destacada de la cultura» por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y pocos meses después de su muerte, la pantalla grande tuvo su arte como pieza clave en Eva de la Argentina, film de animación dirigido por María Seoane.

Francisco Solano López siguió trabajando hasta su fallecimiento, a los 83 años, la madrugada del viernes 12 de agosto de 2011. Se lo podía encontrar en su departamento de Sánchez de Bustamante, donde volvía a responder las preguntas surgidas del renacer de ese Eternauta que lo seguía buscando en el tiempo. El Eternauta: el perro llamador, fue su último proyecto, con la participación de dibujantes de todas las generaciones. En ellos, los que siguen su legado, es posible reencontrarse con los ojos de personajes, que, a través de rostros expresivos, nos siguen interrogando como el primer día, insertos en una Buenos Aires cada vez más ajena.

(de la edicion Nº 10, agosto 2012).

*Estudiante de Periodismo y Comunicación Social UNLP, columnista radial, coleccionista.

 

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Algún día la verdad

Pato Lacoste desde el presente como contexto de una búsqueda que en el final denota una esperanza –mínima pero al fin. Por Félix Mansilla.

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Pato junto a su madre, Lía.

“Pato poseía una particularidad muy cómica. Era rubio, de tez bronceada, pero tenía bigote negro. Eso llamaba mucho la atención en los demás”. Mariano (62), hermano menor de Pato, habla de Luis Oscar Lacoste, lobense secuestrado y desaparecido el 15 de octubre de 1976. Estaba durmiendo en la casa que compartió junto a su esposa, Stella Culela, cuando lo secuestraron. Mariano, narra el episodio de aquella noche: “Sé que cuando entraron (3 encapuchados) a la casa de Pato, lo hicieron con un escopetazo en la puerta, le pegaron un culatazo y se lo llevaron en un Falcon. Mi cuñada salió corriendo a la casa de mi vieja para avisar. En la comisaría nos estaban esperando, tomando mates y con la comisaría abierta”, cuenta con una sonrisa indignada. Una hora más tarde, a las 3 am, la denuncia realizada por Stella en la comisaría local quedó asentada con el título de PRIVACIÓN ILEGÍTIMA DE LA LIBERTAD POR 3 N.N ENCAPUCHADOS. La descripción del hecho da cuenta del accionar utilizado en el secuestro: “Hallábase descansando junto a su esposo. Escuchó una violenta explosión, penetrando en su dormitorio 3 N.N armados y encapuchados, los que procedieron a llevarse a su esposo. Los autores del hecho fugaron en dos automóviles de los cuales ignora características”.

A Mariano le brillan los ojos, tose y habla pausado. Se acomoda en la silla de su escritorio y dice “preguntá, no hay problema”, y a sus espaldas un poster del Mundial Holanda ‘74 contextualiza las historias que transcurrieron en esa década pesada de cambios y pseudo-revoluciones con botas y complicidad.

Libros y bicicletas
En la vereda de Castelli y 25 de Mayo, un martes de primavera yace con un sol que se aleja en las sombras de árboles cercanos a un antiguo ciber de dos pisos. En el interior, el sol está en los ojos de Mariano cuando habla de Pato, hermano mayor que siempre le repetía que ‘si no querés ser un burro, tenés que leer, que leyendo vas a aprender los verbos, leyendo vas a aprender a hablar mejor. Siempre leé, leé y leé’. Mariano habla de su hermano, se mueve lento en la silla de su oficina, juega con una lapicera encastrada en un broche mano de metal y el reflejo de su rostro en el vidrio del escritorio se mezcla con fotos de todos sus pasados familiares. El recuerdo en palabras va hacia la infancia de Pato. En sus alumnos: “Hoy, muchos de los que lo tuvieron como profesor me dicen que nunca se olvidan de Pato, porque era un tipo que tenía la fórmula para hacerte gustar la materia”. En su entorno: “Tenía otra cosa y era que le gustaba tratar con los alumnos, porque no era una persona seca con clases donde fuese todo silencio”. En su esencia: “Él era hincha de Boca y si jugaba Boca–San Lorenzo el domingo y perdía Boca, al otro día le decía al hincha de San Lorenzo: ‘pasá vos a dar lección’. Tenía esas cosas”. En la introducción a sus días en la vida, Mariano deja bien en claro su repudio al accionar de las fuerzas armadas. Por ese pasado de mierda: “Hoy veo una gorra y no me gusta. Me callo la boca, pero no los puedo respetar, porque sé muchas cosas”.

En el primer momento de la charla, los temas a tratar y los espacios por recorrer dejan que el REC desaparezca en el tiempo y la escena. Sin dejar de observar los movimientos del broche sobre el cuerpo de su lapicera -con los ojos grandes para encontrar un recuerdo- la vuelta al pasado se le nota alegre a Mariano. En esas mismas calles, los hermanos Lacoste –Pato, Eugenio y Mariano– corrieron, jugaron, crecieron. Mariano mira entre sus lentes y recuerda: Pato tenía un grupo muy grande de amigos. En ese tiempo, estaba el Fitti Ferro y a la vuelta de donde queda el destacamento de Bomberos, el club Estudiantes. Uno de los deportes que practicábamos –yo era el más chico y ellos me llevaban para todos lados- era el básquet, en el Fitti. A Pato le gustaba y jugaba bien al básquet. Hacíamos cosas de chiquilines. Se jugaba mucho al fútbol atrás de donde se estaba haciendo la capilla del colegio de Hermanas. Como todos los chicos de esa época con menos de quince años, lo que hacíamos era jugar ahí. También recuerdo que yo quería ir a los bailes con ellos, los más grandes. También que salíamos a andar en bicicleta, con grupos de amigos y amigas. La vida de él, era como la de cualquiera de los muchachos de esa edad: vivir para ir a un baile o conocer a alguna persona, alguna chica. Otra de las cosas que recuerdo son las salidas en bicicleta con los amigos o algo que hizo mucho con sus alumnos: juntarse en la plaza y salir a conocer almacenes viejos y pulperías de Empalme Lobos y los alrededores de la ciudad en bici”.

Pasos perdidos
El tiempo de los hermanos transcurrió en familia, con amigos y Pato comenzó a estudiar Filosofía y Letras en la UBA. Mariano ataja esos abrazos de regreso y cuenta. “Sabía otros idiomas como el inglés, que lo manejaba muy bien. Su forma de ser era la de un tipo al que le gustaba leer, escribir, expresarse. Recuerdo que tenía una memoria envidiable y conocimientos en muchas cosas. Era una persona a la que le gustaba mucho el teatro, el cine y era un apasionado de la música, tanto el jazz como la música brasilera. Y de acá; folklore y tango. Era un amante de la música de todo tipo, en todos los sentidos. Cuando empezó a estudiar, me acuerdo que en mi casa no sobraba la plata, pero tuvo la suerte de que mis padres le pudieran pagar los estudios, con esfuerzo”. Sigue: “Pato era una persona que te hacía leer un libro, te enseñaba a estudiarlo, cómo encararlo al momento de leerlo. Leer y hacer un debate sobre los contenidos. Me acuerdo porque él fue mi profesor”.

Cuando las personas cercanas no están más, quedan sus recuerdos, fotos y las anécdotas compartidas. Conocemos a Pato en fotografías viejas, pero el semblante personal se descubre en instantes, en los gestos de Mariano. Volver implica interrogantes a la hora de rearmar a Pato: ¿Cómo sería su voz, su personalidad, su lado escritor y sus visiones para aquel tiempo? Su pequeño legado literario puede registrarlo como un intelectual de estos lados del mapa.

Las anécdotas de la charla son las que van generando el imaginario sobre la personalidad de Pato. Luego de recibido, comenzó a dar clases en el Colegio Nacional, donde creció y formó sus primeros pasos. Mariano, lo retrata con una de las ideas que proyectó para siempre mejorar. “Tenía cosas que por interés propio empezó. Una de ellas fue darles capacitación a los profesores y maestras del primario. Recuerdo que algunas maestras de esa época –muchas que ya deben estar jubiladas– siempre decían lo que era Pato. Puedo decir que era un tipo muy capacitado y con un conocimiento claro. Todo lo que leía le quedaba grabado en la cabeza”, asegura Mariano y la lapicera sigue raspada por el broche. Distinto o pleno en su formación, desprendimiento y comprensión de una época, Luis, el hijo de Lía y Cacho, el hermano de Eugenio y Mariano, el amigo del club, el profesor del Nacional, el director de teatro, el esposo, Pato, el de todos y ayer, no estuvo más. Como a modo de una declaración “correcta” o “explicativa”, Mariano señala: “Yo no voy a negar que en su momento Pato tenía la fotito del Che. Sus ideas las tenía muy claras. Como todo estudiante de esa época, militó en agrupaciones de estudiantes en la universidad. Pero en su vida tocó un arma”.

En palabras de Mariano, quien ya contó su historia –la de su familia, la de los amigos- muchas veces, se le nota la cronología mental. Una clara sucesión de los hechos, el recuerdo de aquello. “Cuando se lo llevaron a Pato, a nosotros nos dijeron que vayamos al batallón de Azul para saber qué pasaba. Nos entrevistamos con el teniente coronel Mansilla. Él nos comunicó que nos quedáramos tranquilos que ante un hecho de esta situación, las Fuerzas Armadas siempre estaban para cuidar el orden y que por eso actuaban. Entonces, comenzamos a no entender: actuaban, secuestraban a cara cubierta o si lo hacían a cara descubierta, era muy simple: lo hacían entre seis o siete a uno solo y lo limpiaban. Así que muy valientes las FF.AA no eran. Según ellos, todo ocurrió como consecuencia de unas reuniones que había habido en colegio Nacional, sobre que mi hermano había estado dando clases de política y lo que mi hermano menos hacía era dar clases de política.

Era de hablar con los chicos a lo sumo de deportes, fútbol, esas cosas. Pero hubo reuniones donde le increparon un montón de cosas y bueno -como nos dijo el coronel Mansilla- ellos se enteraban y procedían”.

La charla continúa por el final más conocido. En la calle ya no sobra luz, pero Pato sigue ahí, como el sol en los ojos de Mariano al nombrarlo por primera vez. Será en las veredas donde se criaron con los demás pibes del barrio, será en las fotos para las que alguna vez posó. Pato vive en ellos y en todos. En el revisionismo. En el Pato hermano. Al que se llevaron para siempre. Entonces, la infancia, los momentos inmortales vuelven. Porque son recuerdos y están ahí. Mariano lo refresca y le da frescura al hermano, al amigo, al profe, el mayor de la familia, por ahí, capitán de aquel equipo de básquet. Vive así, en anécdotas. La última antes del stop/REC. “Recuerdo que una vez estábamos en el patio del colegio de Hermanas jugando al fútbol donde había plantas de mandarina y de naranjas. Estábamos comiendo y vino una de las hermanas –bravísima- a retarnos y todos me dieron las mandarinas y me cagó a pedos a mí”. Ahí estaba Pato, con él y sus amigos. Allá a lo lejos.

(de la edición Nº 12 de el viaje, octuble 2012).

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Hoy cumple 86 Osvaldo Bayer

el viaje celebra al más piola de los octogenarios de las letras argentinas.

Osvaldo Bayer nació en Santa Fe el 18 de febrero de 1927. Es historiador, escritor, periodista y guionista cinematográfico. Su desarrollo en el mundo de las letras dejó libros como “La Patagonia trágica”, llevado al cine por Héctor Olivera como la Patagonia rebelde en el año 1974. Además, “Los anarquistas expropiadores”, “Rebeldía y esperanza”, “En camino al paraíso”, “Entredichos”, “Ventana a la Plaza de Mayo”, “Exilio” (junto al poeta Juan Gelman) y “Severino Di Giovani”, entre otros.

A lo largo de su carrera como activista de DD.HH Bayer se destaca como una de las voces más respetadas en el ámbito de la lucha de los trabajadores anarquistas de principio del siglo XX.

“Coartar la palabra es como matar una paloma en pleno vuelo”.

Foto: Majito

Rock por “No al cierre del ramal Merlo-Lobos”

La comisión Salvemos al tren exigió mejoramiento de vías y servicio regular. La movida cultural contó con los shows de Maybe, Asesinos del Pentagrama, Furión y Grand Routier de Navarro.

El sábado la estación de tren de Empalme Lobos lució distinta. El reclamo por el pedido de mejoramiento del ramal Merlo-Lobos se hizo escuchar mediante una propuesta diferente en la que participaron cuatro bandas de rock, mucho público joven y el pedido por mejoras del ramal que une Merlo con nuestra ciudad.

Asesinos del Pentagrama (Foto: Majito).

Desde hace varios meses, Salvemos al tren viene desarrollando una serie de reclamos con el pedido de medidas por parte de la empresa que explota la concesión del servicio. Desde la comisión expresaron que la mejora de las vías “es de vital importancia para que el tren circule de forma rápida y segura” para las localidades que se ven afectadas por el estado de las vías que recorren Merlo, Mariano Acosta, Marcos Paz, Las Heras y Lobos. Por ello, advirtieron que para la realización de las obras “no es necesario suspender el servicio, ya que como en el ramal eléctrico, las obras pueden hacerse de noche y en el día llevar a cabo un cronograma de emergencia”.

Actualmente el recorrido Merlo-Lobos dura dos horas, por lo que el recambio de vías y durmientes podría reducirlo a una hora cuarenta. El reclamo es una señal de alerta para las autoridades nacionales “debido a que en los últimos dos años el porcentaje de descarrilamientos y suspensiones de servicios creció de forma alarmante”, adujeron desde la comisión.

Rock & roll tren
Leo Duré, representante de Salvemos al tren fue el gestor de la idea del reclamo a través de una propuesta cultural que incluyó la participación de la banda de Navarro Grand Routier y las locales Furión, Asesinos del Pentagrama y Maybe Uhu (Empalme Lobos).

Desde el escenario preparado para la tarde noche del sábado, Duré agradeció a todas las personas que fueron de la movida para que el reclamo sea visibilizado  y agregó que “la lucha de los que trabajamos en el ferrocarril debe ser escuchada, atendida, porque se trata de un transporte público mal manejado desde empresas privadas”.

Fotos: Majito.

 

 

Manuel Dorrego

El gobernador fusilado

Corrían años tumultuosos desde 1810 con el telón de fondo de la independencia de América del Sur, liderada por las campañas de San Martín y Bolívar que trajo la disputa entre los diferentes proyectos de país.

Manuel Dorrego.

Por Mauricio Villafañe*
Manuel Dorrego (1787- 1828), líder del Partido Federal y gobernador de la provincia de Buenos Aires, fue fusilado sin juicio previo el 13 de diciembre de 1828. La orden fue dada por el general Juan Lavalle en el marco de una conspiración de la facción unitaria-rivadaviana contra el gobernador. ¿Quiénes fueron estos hombres que hicieron parte de la historia grande de nuestro país? Fueron hombres que encarnaron las pasiones y las miserias como también las disputas sobre el sentido y el proyecto de organización nacional que nuestro país se dará tras años de enfrentamientos ¿Por qué se llegó a semejante desenlace, a tan vil fusilamiento? Se llegó por la instigación y la traición a las instituciones; el fusilamiento de Dorrego inaugura la práctica del crimen político orquestado por los sectores de poder contra las aspiraciones populares y sus legítimos representantes. Es el comienzo de la violencia política y la conspiración como estrategia para debilitar a la organización popular. De todo esto bien sabe el siglo XX al ser escenario privilegiado de golpes de Estado y de sus resultantes dictaduras.

Corrían años tumultuosos desde 1810 dada la inexorable fuerza de los acontecimientos, con el telón de fondo de la independencia de América del Sur, liderada por las campañas de San Martín y Bolívar. Los avances y retrocesos en esta tarea marcan el tono de la época, surgiendo la disputa entre los diferentes proyectos de país. Los años 20 del siglo XIX serán claves para entender tal disputa: la disolución del poder central (el Directorio) en 1820, abre una etapa de fragmentación que tiene a las provincias del llamado “Interior” renegando de la opresión y las arbitrariedades porteñas (centralismo político y expoliación de los recursos de las economías regionales).

La Argentina “profunda” se rebela contra un estado de cosas comandado desde la ciudad-puerto: en las provincias emergen los “caudillos”, expresiones que condensan liderazgos populares. El status quo porteño (oligarquía agraria y comercial) tenía, por su parte, como figura estelar a Bernardino Rivadavia, hombre referente del Imperio Británico en estas latitudes. Su ascenso político va a significar un duro golpe para el federalismo y va a condicionar la independencia suramericana recientemente obtenida en la batalla de Ayacucho, en 1824. Este mismo año se reúne, por iniciativa de Buenos Aires, el Congreso Constituyente y en 1826 se dicta una Constitución de inspiración unitaria (porteña, centralista). De esta manera se legitimaba la posición del grupo rivadaviano en el poder, atando los destinos de estas tierras al imperialismo británico.

Patriota revolucionario
Sin embargo, los pueblos de las provincias liderados por sus caudillos rechazan y se oponen a los “hombres de casaca negra” (en referencia a los rivadavianos), haciendo a su caída y al ascenso de Dorrego en 1827. Era, por entonces, jefe indiscutido del federalismo y un convencido patriota revolucionario, de una extraordinaria sensibilidad popular, conocido como el “Padre de los pobres”. El resentimiento unitario no tardará en hacerse notar: lo hará instigando a Lavalle a derrocar al gobernador legalmente constituido. Uno de los que “animó” a Lavalle a tomar la decisión del fusilamiento fue el doctor Salvador María del Carril, futuro vicepresidente de Urquiza. La burda argumentación unitaria hacía referencia a la “anarquía” en la que caería la República por el caudillaje provinciano apañado por Dorrego. Un anticipo de la zoncera sarmientina “civilización o barbarie” (ver Ayer nomás de septiembre. Sarmiento revisado: La verdad detrás del “Padre del aula”).

La disputa era política y cultural, exponiendo claramente dos proyectos de país en pugna. El proyecto que se impone lo hace al costo de la sangre derramada de Dorrego. Se sabe que Lavalle se arrepintió y denunció a los instigadores del crimen. Esto no lo exime de su tremenda responsabilidad histórica, manchando para siempre las armas de un soldado de la Patria Grande con la sangre de un compatriota. Fue, sin lugar a dudas, el máximo responsable del fusilamiento de Dorrego, junto a Rivadavia y su grupo.
Esta modesta columna no pretende, como ejercicio histórico, ser el tribunal de nadie. La historia no es un juzgado pero sí un arma, tanto de justificación como de reivindicación o reparación. Este viaje no es neutral (ni podría serlo): va a la memoria del coronel Dorrego, valiente héroe en la lucha por la independencia, patriota de la primera hora, honesto funcionario público, líder popular y mártir del federalismo**.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

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Escritor con pelotas

Uno de los anuncios editoriales para el verano 2013 fue la reedición de todos los libros del Negro Fontanarrosa, amo de un relato costumbrista y con humor, que supo definir con simples palabras. Acá, un repaso bien fútbolero. Por Félix Mansilla.

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Cuando uno habla de cuentos de fútbol, enseguida aparece el nombre de Roberto Fontanarrosa. Su inmersión dentro de la temática significó el punto de partida para una variada rama de escritores contemporáneos que, al mismo tiempo, supieron adentrarse de lleno a sus formas: Osvaldo Soriano, Juan Sasturain, Alejandro Dolina, Mempo Giardinelli, entre otros muchos que hablaron de o con el balón como excusa. Alguien que siempre se definió como un individuo normal, común, que escribía historias que muchos vivieron y que también podrían reconstruir en algunas líneas. “No esperen de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar”.

Como un reflejo de tal definición, en “Palabras iniciales”, del libro Usted no me lo va a creer (2003), amplía aún más el concepto personal: “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro”.

Sin más, este rosarino canalla nacido en el ‘44, pudo llegar a ser reconocido también por sus personajes gráficos como Inodoro Pereyra o Boogie el aceitoso, pero sobre todo por su impronta y huella en la forma de dar vida a creaciones —tanto gráficas como literarias— plagadas de argentinismos y costumbres con incomparables interpretaciones del mundo. Su forma de hablar sobre sí mismo, deja una senda que abarca lo mejor y lo peor de un personaje reconocido. Por eso el Fontanarrosa, en tanto escritor de relatos de fútbol y dibujante, ahuyentaba los secretos de un escriba galardonado y la entregaba así de corta y al pie: “Siempre me ha gustado dibujar, me ha gustado contar. O sea, el mío es un trabajo vocacional y el gusto lo sigo manteniendo”.

Adentrarse en el mundo Fontanarrosa se parece más al registro de lo cotidiano que a las investiduras de la literatura clásica, no por su toque único, sino por destacar esas cosas que se palpan en el día a día; un café, el fútbol, las minas, el barrio, tópicos por demás claves a la hora de contar al menos una parte de la historia. En la misma medida en que Raymond Carver representó lo cotidiano en “Vecinos” (en Catedral y otros cuentos) o Soriano la política interna del peronismo en “No habrá más penas ni olvido”, su obra es un traslado metafórico plagado de parodias que están en el interior de ficciones con marcas características de paisajes cotidianos, personajes pícaros, inocentes, soñadores y fanáticos, en gran parte, seducidos por una pelota rodando.
Su estampa de escritor queda señalada tanto en las formas de sus relatos —introducciones implícitas que se estiran a medida que las historias fluyen— y, por otra parte y quizá lo más característico: los diálogos. A partir de breves descripciones, la prosa toma formas que son reemplazadas por los gestos de cada personaje —muchos reales: amigos, vecinos, parientes— dónde el hilo de la conversación, describe el panorama donde se sumerge lo acontecido.

Puto el que lee esto
Tras su fallecimiento el 19 de julio de 2007, muchas fueron las veces en las que programas de TV repitieron esa forma irónica del Negro para definir todo lo que hizo a lo largo de más de cuatro décadas. Una mala palabra nunca debe estar de más. Muchas veces cuestionadas, la utilización de este vocabulario tan hablado pero a penas veces escrito, fue una manera en la que Fontanarrosa tuvo el poder de desafiarlas. Él apuntó así: “Creo que la mala palabra hace reír porque rompe con un convencionalismo. Lo que divierte es la irreverencia. La irreverencia provoca alegría”. Y eso era Fontanarrosa, un hacedor de epopeyas que describió las calles de su Rosario natal o fue quien dibujó los paisajes de sábados y domingos de fútbol en casa con la radio de fondo, y en el diario Clarín con su columna en página 2 y en la revista Viva a través de las pictóricas historias del gaucho ‘renegau’. Con simpleza y desparpajo, desplegó una defensa a las palabras proscriptas ante el jurado y el público del Congreso de la Lengua en Rosario, en 2004. “No sé quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas) como esos villanos de viejas películas —como las que nosotros veíamos—, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas. Lo que yo pienso es que brindan otros matices, muchas de ellas”.
De todas formas, no se puede resumir la sumatoria del escritor a la literatura de estos lares por su definición sobre las malas palabras, pero sí poner atención a su dimensión para dar cuenta de los secretos para una mejor atención del lector. Su lenguaje verbal está íntimamente arraigado a sus modos de volcar sobre el papel. Así como por fuera de un ghetto o encumbrado en las formas de definir a alguien afianzado en las letras, en dos líneas expresó que “uno prefiere que guste el trabajo, pero a eso de escribir para los escritores yo no le encuentro la gracia. La cosa son los lectores”.

El barrio
Confeso fanático de Central —“mi nombre completo debería ser Fontanarrosariocentral”— jamás renegó de ser hincha de un equipo del interior y así distrajo los malos pases con el orgullo de llevar los bastones azules en la casaca. Uno de sus célebres cuentos, sino el más representativo de un hecho histórico, fue “19 de diciembre de 1971”. En la trama, miles de rosarinos hinchas de ambos clubes viajaron al Monumental de Núñez para ver la semifinal que definiría quién era el mejor en la ciudad portuaria. Allí, el viejo Casale —personaje principal que nunca había visto perder a Rosario de visitante— es engañado y llevado por un grupo de amigos que lo arrastra hacia la Capital para que el canalla no pierda. La explicación de su sentimiento por la redonda está resumida en pocas líneas, cuando Casale ya está muerto, después de sufrir un infarto tras la victoria de Rosario: “¡Esa es la manera de morir para un Canalla! (…) ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa”.
En dicho cuento, Fontanarrosa expande descripciones de Rosario ciudad antes del enfrentamiento. En la verdadera derrota, en este caso y en encuentros de fútbol de tal magnitud, el miedo juega un rol destacado. “Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el ‘Ciudad de Rosario’ y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi viejo”.

Una lección de vida
A un año de la partida del Negro, la periodista y escritora uruguaya María Esther Gilio, quien colaboraba en el suplemento Radar de Página/12, publicó una entrevista titulada “Yo quería hacer Indiana Jones”. Allí, el rosarino fue indagado sobre su rol político en cuanto a los mensajes de sus dibujos y sus formas de expresar algunas formas de realidad. En un tramo en el que habla sobre sí mismo, Gilio interroga sobre en qué está pensado. El Negro responde: “En la gente que a veces me dice si yo hago humor para hacer pensar. Claro que no. Eso sería una pedantería. La gente piensa sola, no necesita mi provocación. Lo que yo busco es hacer reír. Porque, además, si no hago reír me ponen en la calle y se buscan a otro. Eso es así”. A menos de una semana de su fallecimiento, el rosarino dio su última nota a la revista Viva. Un año después, sus palabras flotaban como anticipatorias en la publicación de esa entrevista. Sin pudor, dijo: “Sobre todo, el fútbol, que te limpia el bocho. Ahora no descargo un carajo. ¿Sabés qué? Mi cielo tendría canchitas de fútbol. Sí. A mí no me va eso del Nirvana ni los jardines con minas tocando la flauta. A los dos días ya te querés cortar las pelotas. Con una canchita y un bar para ver a los partidos me arreglo”.

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En ese asunto de volar

Con más de tres años en varias pistas de skatepark aquí y allá, Matías Angeleri cuenta los detalles de esa íntima relación con la tabla de skate.

Matías dixit: “El skate es mi vida”.

Hace poco más de cuatro años, Matías (16) se subió por vez primera a un skate. Un amigo se lo recomendó y desde ese día no se bajó más. Parte de su camino cuenta con tres campeonatos en su categoría. Con la mirada seria, el tono bajo pero contundente, arroja sobre el comienzo de la charla: “Es lo que me gusta hacer y no lo voy a dejar de hacer en mi vida. Hasta que no me den más los huesos”. En la pista del skatepark, media docena de skaters vuelan, no hacen ruido, se raspan, paran y siguen. El calor agobia la caída de la tarde, el Salgado no hirvió su verdín, pero los chicos siguen volando. Matías habla y mira la pista. Señala algunas pruebas, responde breve y transpira de ganas, de proyectos. Después de una lesión con cuatro meses de recuperación, espera volver “a pleno”. Dice “más adelante”, y eso solo sabe, lo palpa: son sueños. Antes de la pista que le da color y juventud al parque Municipal, practicaban skate casi una veintena en las escaleras y barandas en el Banco Provincia o en la estación de trenes. Ahora, la noche los puede encontrar volando, girando todos juntos. El 5 de enero quedaron inauguradas las luces, un gol de media cancha para los que deseaban hacerlo y el trabajo no se lo permitía.
Matías, narra sus inicios: “Cuando recién empezaba a andar, competí en un campeonato de principiantes en el Backside Skatepark del Bajo Flores. No me acuerdo en qué posición quedé, creo que uno de los últimos, pero porque recién empezaba a probar cómo era”. Sobre otros terrenos y lugares, amplía las oraciones, sube un poco el tono: “Fui a Mar del Plata un montón de veces y a Buenos Aires viajo siempre. El skatepark que hay en Mar del Plata —el Shifty skatepark, ubicado en Roca y la avenida Peralta Ramos, pegado al mar— es genial”.

Foto del día la inauguración de las luces del Skatepark Lobos. (NBM)

El sol no empieza a ponerse tenue. En la pista, Juan Cruz Gómez, anda a las vueltas con su bici en uno de los piletones que da al arroyo y al camino donde pasan caminantes en cortos. Matías, no puede en dos ruedas. “He probado de saltar con la bici, pero no hay caso. Cuando estoy de gusto, quiebro tabla y no tengo plata para comprar otra, ando un rato en alguna bici de mis amigos. Igual es muy distinto”, asegura y explica una de las diferencias: “Si caés, lo hacés con toda la bici, en cambio, con el skate lo podés largar y todo bien”. A sabiendas de un crecimiento dentro del universo skate, Matías dice que “el sueño que tengo es ir a patinar a Estados Unidos, que es algo que voy a hacer”. Tiene una clara definición de sus gustos. Entiende el lado de lo que implica destacarse en un deporte con extremos en cada salto. “Es un escape, porque cuando una persona está llena de problemas puede descolgarse. Uno lo toma, yo por lo menos, como un motivo de vida, es algo de la vida”. Después, redondea: “El sueño del pibe es vivir con el skate. Es decir, vivir del skate”.

¿Cómo venís después de la lesión en la rodilla?
Hace poco tuve una caída, fue desplazamiento de rótula. El médico me recomendó reposo por cuatro meses. Ahora estoy bastante mejor y puedo andar, tranquilo.

¿Cuándo empezaste a practicar skate?
Más o menos desde los doce años. Desde ese momento no lo dejé más. No hacía otros deportes. Fútbol, pero casi nada. Actualmente, en mi categoría somos seis. Al principio éramos más, pero dejaron todos.

¿Conocés otras pistas?
Sí. Fui a Mar del Plata un montón de veces, a Buenos Aires viajo siempre. El skate park que hay en Mar del Plata es genial. Cuando recién empezaba a andar, competí en un campeonato de principiantes en el Backside del Bajo Flores. No me acuerdo en qué posición quedé, creo que uno de los últimos, pero porque recién empezaba a probar cómo era.

¿Es fuerte la autopresión durante las competencias?
Sí, te cansa más. Acá (en el skatepark lobense) podés parar y ver cómo venís. Durante la competencia te corre el tiempo que tenés para desarrollar la prueba. Si te cebás te podés quedar sin aire, se complica la prueba o no te sale. Igual la cebadura ayuda, mucho. Los miedos en cada una de las pruebas, algunos, no te los sacás más aunque intentes. Ayudan a progresar. Hoy sigo teniendo miedo a algunas cosas, pero sé que de a poquito, sin presión, puedo superar todo lo que sé hasta ahora. La idea es ir ir ir, en un momento decir ya fue, lo que resulta que uno se vaya animando más. Por ejemplo, en esta pista hay partes de las que todavía me cuesta animarme en un cien por ciento.

¿Cuántas veces por semana venís a practicar?
Durante el año, los fines de semana porque en la escuela hago doble turno. Es un escape, porque cuando una persona está llena de problemas puede descolgarse. Yo me los saco con esto al toque. Uno lo toma, yo por lo menos, como un motivo de vida, es algo de la vida. Una pasión. Es caerte, volver a intentar. Caer, volver, pero tampoco matarte. Con el tiempo aprendés a caer. Hay golpes que una persona cualquiera va y se hace pedazos. Acá, te tirás de la escalera y si sabés caer no te hacés nada. Ahora trato de venir tres veces por semana.

Muchas caídas hacen que uno aprenda…
Es experiencia. Muchas caídas. En el aire, durante cada prueba, me pasa siempre. Cuando voy a abortar una prueba, relajo todo el cuerpo y caigo. Me relajo y no me duele nada. Está todo en la cabeza, es probar, intentar de nuevo. También aprendo mirando muchos videos de skate en internet, aprendo mucho, con páginas de skaters de Estados Unidos, son unos capos. El sueño que tengo es ir a patinar a allá, que es algo que voy a hacer. Allá es como el fútbol acá.

¿Cómo ves la movida del skate en Lobos?
Creció un montón y por el lado de la cantidad de deportistas bajó a su vez. Cuando recién empecé éramos como veinte que salíamos a patear todos juntos. Ahora somos no más de seis o siete, pero es parte del filtro, como en otros deportes.

¿Se puede decir que los skaters son como una especie de grupo unido, con el mismo objetivo?
Sí, nos cuidamos y protegemos entre nosotros. En otros lugares, entre skaters y bikers no hay onda ni nada, pero acá realmente no, eso no pasa.

Quizá sean menos, pero hay chicas que también desarrollan la actividad…
Hay, no son muchas, pero hay. Si no son de acá, son de otros lados, pero vienen. Ayer vino una chica que estuvo raspando la baranda, no lo había intentado todavía. Le expliqué cómo era y practicó. Eso está bueno que pase.

¿Cómo definirías la sensación de hacer skate?
Vida. Es lo que me gusta hacer y no lo voy a dejar de hacer en mi vida. Hasta que no me den más los huesos.

Cuando empezaste, a los doce, ¿Qué decían en tu familia?, ¿te lo cuestionaron?
Al principio no les gustaba la junta y todo eso. Era andar re poco, hasta que a mi vieja le dije: ‘te vas a tener que cansar de decírmelo, porque al skate no lo voy a dejar nunca’. Ahora ya no me dice más nada, pero al principio fue un quilombo en casa. Era lo que dicen todas las madres cuidadoras. Es como lo ve alguien de afuera, porque la sensación de caer en un truco, una prueba, es indescriptible. Siempre dicen que es mala influencia, creo que va en cada uno, en lo que elije para su vida. A mi mamá le dije que cuando sea más grande mi idea es viajar solo a competencias por el país y, si es posible, fuera del país también.

¿Escuchás música cuando andás en el skate?
Sí, te cebás mucho. Cada uno tiene su estilo de música. Yo soy más del rap o el hip-hop. Me gusta mucho Wiz Khalifa, un rapero estadounidense. Eso me re ceba.

¿Qué es lo más difícil de andar en skate?
Al principio, cuando comenzás no te sale nada, pero es cuestión de andar años y años y años. Lo primero, que es saltar, lleva como mínimo seis meses. Es un poco todos los días, porque si no, no hay forma de alcanzar el nivel. Es lo esencial, después, todo depende de las combinaciones. Una prueba se combina con otra y así todo se va encadenando.