13-Barbie cuchillo

Barbie cuchillo

Por Nicolás Bernal
Un disco de plata, una habitación fría, la puerta abierta a propósito, un medallón grande de oro, recuerdo de un premio por comer más cantidad de chorizo casero, artesanal, lo hacía Edgardo, con su remera Rusty verde gastada, esas remeras que tienen olor a chivo automáticamente.

Chica era la memoria para esa remera pero se sabe que no digo la verdad. Entra un tipo de sobretodo negro con una estampa de Pappo y una muñeca Barbie en la mano. Dijo: —Yo comí con Pappo y ustedes no saben de dónde viene la carne de hamburguesas —. Entro mal y la Barbie parecía un cuchillo luego de escuchar su voz tan criminal. Por lo lejos, allá a lo lejos de la barra estaba Mariano Martínez que se llama igual que el actor pero no era. Era gordo, petiso, cazador de galgos y defensor de liebres.

Él, en ese costado de la barra seguía toda la secuencia despampanante del tipo de sobretodo con la barbie cuchillo, mientras decía: —Un fernet no te hiciste, un fernet —. El cantinero que se llama Enrique y actualmente reside en la ciudad de Balcarce, responde: —Ya te vas a tomar algunos, la vida es larga y dura. Agarrame la vida.

El misterioso hombre fanático de Pappo atemoriza al cantinero con el cuchillo en el cuello, mientras el cantinero piensa: —Cómo se le escapa la vida. Cómo no supo distinguir nunca entre el bien y el mal. Cómo no se quedó a dormir cinco minutos más en la cama un domingo de los que sirven para descansar.

Por qué se pagó una puta y no un caballito para su hijo. Por qué no fue carnicero como su padre. Por qué siempre eligió lo preponte sobre la bondad, mil imágenes de la infancia, mil olores que se iban y sólo quedaba una sensación de frío, de frío de filo, frío de navaja que estaba a punto de cortarle el cuello.

Lloró Enrique, lloró, al instante el blusero le dijo: —Ves lo que es la muerte, sólo llanto. Andá querés, andá, córtate el salamín de Edgardo y preparate un simple pensamiento de amor, un simple esclavo que ama a su amo por derecho—.

Guardó la Barbie en la cintura y miró fijamente un medallón de oro que colgaba sobre la pared, tallado un burro meando, tallado el nombre de Edgardo, tallada una vida llena de grasa, de cerdos. El blusero se sienta y grita bien fuerte: —¡Aguante Andrés Calamaro carajo!—. Luego se tocó la Barbie y Enrique cortaba el salamín con pelos enredados de la muñeca. ¡Ptumpapumm! Se escucha del otro lado de la barra. Era Mariano Martínez, el gordo que grita: —Me aburro…basta de giladas, yo vi esa Barbie cuchillo—. Se acercaba a Enrique y al motoquero para advertirles: —Muéstrenme esa Barbie cuchillo o la pagarán—.

El motoquero logra un giro extraordinario, un malabar de semáforo para sacarle la cabeza a la Barbie y poner el cuchillo en el cuello del gordo, pero algunos pelos se quedaron enredados en el salamín y mientras arrastraba la muñeca, el salamín comienza a volar por los aires y el gordo con gran capacidad para posicionar la boca, trompa para arriba, agarra el salamín y lo mantiene en la boca, cuando apunta a mira de oro el cuerpo del motoquero y de un escupitajo le pone el salamín en el medio del Cardozo. Perdón, carozo en el medio del carozo. El motoquero tose. Enrique ya tiene decidido volver a Balcarce. Y de manera poética sucede lo siguiente:

El día largo esperando que abra la cantina,
las horas que pasan con amargo suspiro,
los cuchillos en la cintura esperando al enemigo.

Inesperadamente el gordo habla, se saca el cinto y dice: —La sintaxis es solo costumbre, es virgen, la verdadera lengua es como el verbo amar, muta hacia nuevas formas—.

Aunque para el gordo el amor era arrastrar una Barbie de los pelos por las colmenas de Martín. Aunque la miel se chorreaba por las vocales de labios rotos por Barbies cuchillos. ¿Qué es el amor? ¿Qué es un burro meando? ¿Qué es un Edgardo haciendo salamín?

Son hombres trabajando para no ser abandonados, cada uno a su forma, como la poesía que nace en cada prosa, como las focas, como las hojas blancas que eligen morir virgen, temiendo la tinta, la vida, lo que te mueve a dar un paso más sin sudor, sin preocupación, con los cojones de llevar una Barbie en el bolsillo y enloquecer una cantina de Enriques y Edgardos.

Algo así es esto que viene y va diciendo una verdad: chúpame un huevo cinto, agarrame del cordón umbilical y zamarrealo hasta despertarme adentro de esta historia que comienza en un pueblo sin intendente. Así es esto que viene y va contando historias sin inventarse, como segundos azarosos, como los días frente a la mirada hacia el cielo, hacia los rayos de sol, pensando qué edificio va ser tan atrevido como para ponerse delante y generar sombra.

Así viene y así se va. Solo se trata de caminar y si una gota de sudor corre por tu frente, es porque otra vez te están alcanzando los rayos.

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(de la edición Nº 41, abril 2015)