brexit-jpg

Brexit: Crónica de una salida anunciada

Le seguimos la pista a la agitada escena internacional con el análisis de uno de los hechos más destacados del año, al menos para lo que al orden mundial refiere: la salida británica de la Unión Europea. Por Mauricio Villafañe*
El 23 de junio de 2016 el mundo cambió. Si bien sobre las características y los plazos flota la incertidumbre, el mundo cambió. Los británicos decidieron, en una ajustada definición, salir de la Unión Europea (UE). “Britain Exit” fue el lema de la ruptura en un referéndum donde se entrecruzaron aspectos internos y externos, actuales y pasados.

El Reino Unido, otrora centro imperial, le muestra a Europa y al mundo la persistencia de su orgullosa independencia basada en su condición de isla y de potencia por sí misma. A través de los importantes medios nacionales e internacionales, las principales repercusiones del Brexit muestran que lejos de ser un conflicto europeo, la cuestión impacta y afecta al orden mundial vigente y a la política exterior del siglo XXI.

¿El Brexit puede pensarse como una nueva estrategia imperial o como el síntoma evidente de una emergente crisis de globalización? ¿No es acaso un conflicto de inciertas consecuencias que refleja una nueva etapa de la Tercera Guerra Mundial que marcó el Papa Francisco a fines de 2015?

Argentina y el Brexit

Un hecho semejante no puede subestimarse por la Argentina, porque más allá de la pasividad de la diplomacia oficial está la realidad. En el medio de la discusión sobre fuga y blanqueo de capitales y el escándalo de Panamá Papers, el hecho de que Gran Bretaña plantee su salida de la UE puede llevar a que se transforme en una guarida fiscal. Liberada de los controles del bloque se ven fortalecidos los fondos especulativos; en criollo, los fondos buitres.

La profundización del capitalismo financiero vía Brexit puede traer consecuencias que van desde el debilitamiento de la democracia y de la capacidad del Estado para cobrar impuestos y controlar la evasión hasta el incremento de la desigualdad social. En otro orden de cosas y siempre en relación con la Argentina, el Brexit vuelve a traer a la discusión al conflicto de Malvinas. Nuestro país podría verse favorecido ya que Gran Bretaña perdería el apoyo político y diplomático del bloque.

Sobre este punto es necesario resaltar, la pasividad de la política exterior nacional. Hasta los kelpers han mostrado preocupación ya que su situación a partir del Brexit es más que incómoda dado el aislamiento económico que les generaría (el 60% de su PBI se genera a través de la pesca y la gran mayoría es exportada a Europa) y el desamparo diplomático ya que la UE actuaba como un “paraguas” para bloquear el reclamo de soberanía argentino sobre Malvinas.

Desde adentro: partidarios y detractores

El referéndum registró una alta participación (72%), obteniendo el “Brexit” un 52%. El resultado no es vinculante y el Parlamento podría bloquearlo pero se descarta ya que correría con el costo de ir en contra de la voluntad popular.

Para analizarlo resulta imprescindible atender al criterio generacional: 3 de cada 4 jóvenes votaron por la permanencia, mientras que la salida se vio apoyada a través del voto adulto y adulto mayor. Esto presupone, sin ánimos de futurizar, una situación de conflictividad y movilización social. Asimismo, se advierte una muy clara fractura geográfica: Escocia e Irlanda del Norte apostaron a la permanencia; para unos da pie a un nuevo intento de separación del Reino Unido y volver así a la UE mientras que para otros habilita un pedido de reunificación.

Adelantando algunas conclusiones y a partir del escenario de polarización que deja el Brexit, se puede arrojar una hipótesis: hay algo de resolución de un trauma en todo esto. Es el que tiene/tenía Gran Bretaña con Europa y lo “resuelve” con esta expresión colectiva antiglobalización y aislacionista. Sin embargo, es muy pronto para continuar arriesgando ya que no se darán modificaciones importantes en lo inmediato.

La política exterior y la posición mundial británica se mantienen dado que sigue ocupando un sillón de miembro con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. La Guerra Fría terminó hace rato y sus principales responsables no parecen atender a la existencia de un mundo multipolar que avanza a un escenario de guerra mundial dada la simultaneidad y la gravedad de múltiples conflictos internacionales que requieren más que vetos o acolchados sillones donde nada se resuelve.

Los críticos del Brexit hablan de aislamiento; al político (¿debilidad en tiempos globales o fortaleza en un mundo que todo lo muele y lo desgarra?) se le suma el económico. Los británicos tienen el 95% de sus exportaciones sin aranceles justamente en Europa. Ante eso, se sostiene que esta salida de la UE va a colocar a Gran Bretaña en una situación de desprotección que no hará más que profundizar la recesión económica. El Reino Unido gana en seguridad siendo parte de la Unión.

Para los defensores de la permanencia, los inmigrantes favorecen el crecimiento económico ya que con su aporte se financian los servicios públicos. La ruptura conllevará un impacto negativo dados los plazos inciertos de la salida y la pérdida de poder internacional de una Europa debilitada. A favor, puede darse un mayor grado de integración en la UE ante las crónicas reticencias británicas para con la integración; la política exterior unionista se vería entonces uniformada por el Brexit. En cambio, los defensores marcan los excesivos costos y las limitaciones al crecimiento que imponía pertenecer a la UE.

Esta perspectiva se complementa con la visión antiinmigración tan en boga en Europa: Gran Bretaña busca recuperar el control de sus fronteras y poder así imponer visas. La respuesta británica a la crisis humanitaria que viven millones de personas desarraigadas y perseguidas es la negación, la represión y la equiparación con el terrorismo y de esta manera se advierte lo poco que aporta el Brexit a la resolución de la crisis.

La ruptura implica también poner en discusión la libertad en el movimiento de capitales, bienes y sobre todo personas. Por sí misma, Gran Bretaña estará en condiciones de negociar acuerdos comerciales, accediendo al libre mercado europeo pero no aceptando compromisos o regulaciones en torno a la libre circulación de personas. Para robustecer las justificaciones se vertieron denuncias ante las “presiones” de la Unión (entendida como “obstáculo”), el recelo a la “intromisión” de Bruselas (sede de la UE) y la defensa de la soberanía nacional junto con la de su condición de excepción por el aislamiento (independencia) natural/ geográfico respecto al resto del continente.

Una relación difícil
Haciendo un poco de historia cabe mencionar que el Reino Unido ingresó a la Comunidad Económica Europea (antecesora de la UE) en 1973. Desde entonces negoció cláusulas de todo tipo (devolución de aportes, límites, mantenimiento de la libra, excepciones fiscales, etc.), dándole sustento a esa idea de que son y no son parte de Europa; los 32 kilómetros que separan a la isla del continente parecen miles y miles.

Su integración fue siempre más práctica que sentida. Pasaron poco más de 40 años. A la luz del Brexit, se puede decir que fueron de resistencia británica para con su continente madre. Mantener la independencia por sus condiciones excepcionales fue el norte que forjó una relación que necesitaba terapia y no un divorcio a largo plazo.

El mundo de la política también acusó el cimbronazo post Brexit: el primer ministro Cameron renunció tras conocerse los resultados y asumió, tras la reverencia ante la reina, la ex ministra del Interior Theresa May. Vale recordar que el ex primer ministro se vio obligado a llamar al referéndum a partir del crecimiento del UKIP (United Kingdom of Independence Party) en las elecciones legislativas del año pasado. Esta fuerza política de derecha tiene una fuerte posición nacionalista y antieuropea que se deja ver con los resultados del Brexit.

El escenario se repartió así: Cameron defendía la permanencia junto a una parte del bloque conservador y laborista en el Parlamento, algunos partidos más chicos, las potencias de la Unión (Francia y la archirrival británica, Alemania) y el presidente de los EEUU, Barack Obama. Es de resaltar la crisis de los partidos tradicionales y que una buena parte de esta salida puede explicarse por ellos: ni Cameron con los conservadores ni el líder laborista Jeremy Corbyn con los suyos pudieron unificar criterios para la permanencia.

Por la salida estaban los medios. Como nada puede hacerse sin ellos, hay que marcar que la mayoría jugaron para la salida con editoriales y encuestas, aportando al consenso por el Brexit. A fin de cuentas, para la mayoría de los británicos la idea de recuperar una autonomía perdida por la acción de la burocracia unionista y de una integración siempre resistida era una tentación, como una suerte de añoranza por su época de imperio indiscutido.

Como cierre provisorio, el Brexit aparece en la escena internacional como un triunfo del aislacionismo y del nacionalismo extremo de la derecha, una amenaza creciente para Europa y el mundo por su tinte xenófobo y reaccionario. Días antes de la realización del referéndum la diputada laborista Jo Cox fue asesinada.

El asesino, en su declaración, sostuvo: ¡Libertad para Gran Bretaña!”. Una condenable escena de violencia política en el primerísimo primer mundo que se contradice con sus denuncias civilizatorias. El crimen político, también en Gran Bretaña, es terrorismo.

*Lobense, Profesor de Historia (UNLP).

(de la edición Nº 50, julio agosto septiembre 2016)