Archivos de la categoría Alma de baúl

17-2

Elige tu propio estilo

Por Mauro Basiuk*

El fulano se cree que ahora es
un personaje narrado por Cheever
y entonces con tosco estilo crol
se desliza por distintos espacios
de este año en retirada silenciosa.
Va con rolido propio de flaneur,
por una laguna tranquila en Lobos,
el río color impreciso de Montevideo
un Campari en el mar al amanecer.
Buscando coordinación, piensa:
cada día veo menos, menos mal.
No es cuestión de metal o polipropileno,
cuando las cuencas se refriegan solas y vuelven.
Ojos agonizando en liquidaciones como tiendas
o el hostel donde pernoctó en Semana Santa
Un beatle sigue llenando estadios
como cuatro que siguen rodando
con genética bien envidiable.
Música de los ochenta para bailar,
y en la radio por retención de tareas.
Su tren eléctrico que no llega al fin,
o la avenida con el 19 flotando en el aire
para llegar a su porción de durlock en 30.
Bendito más que nunca el trabajo
que le da ánimos para, de regreso,
joder con una gata huida del vecino.
Un avión que cayó por acá nomas,
un Juez vitalicio que murió longevo
y otra longeva que no para de hablar
mientras come sushi en el CCK.
Otro con cierta pedantería, dice:
«Soy moderno, no me tatué,
ni frases cortas, ni ideogramas chinos».
En el cuarto aquel una pareja joven
trocó sexo por cazar poquemones.
Apenas por un rato como promesa
de felicidad en un cotolengo raido.
Apurando otra pinta de cerveza artesanal,
roja o negra, dos sabiondos discuten
acerca de la pertinencia de un Nobel o no.
Después, uno de ellos, echado,
bajo una reproducción de Kandisky,
repite en voz alta la misma trampa
y hasta se anima a leer unos versitos
escritos en un lapso en el que escribió poco,
ni por asomo la gran novela de su generación,
deudora del Netflix y las pizzas para hornear.
Salomónico siempre, escéptico a veces,
nadando como salmón o mojarrita
cuando llegue a su orilla personal,
el fulano, a pesar de el mismo,
también verá las luces de un año nuevo.

*Platense, Periodista. Coleccionista, creador de la fan page de FB Tinta en el ojo.

(de la edición Nº 52, enero febrero marzo 2017)

Camila Moreno

Frágil invencible

Por Juan Ignacio Babino*

En su Santiago de Chile natal, de niña, Camila Moreno disfrutaba mucho dos cosas: los largos ratos en los que bailaban y cantaban con su mamá, y escuchar los casettes que le regalaba su papá: Mazapán, Víctor Jara, Violeta Parra, Beatles, Sinead O`Connor. Y así creció, tomando clases de danzas, construyendo su lazo con la música de esa manera: poniendo el cuerpo, bailando de acuerdo a lo que escuchaba.

A los quince años empieza a tocar la guitarra, a cantar. A veces compone, cuando le sale algo, cuando se anima. A aquellos casettes le suma —ahora por iniciativa propia— los discos de Radiohead, Pj Harvey, Nirvana, Bjork. A partir de allí ya no bailará tanto, o directamente no bailará, pero no dejará jamás la guitarra.

Camila Moreno —veintisiete años, esa cara aniñada, esos ojos un tanto achinados, algunas pecas encima, el cuerpo como un haiku— construyó su recorrido musical cargándose encima lo tradicional de la música chilena y todo el rock que escuchó en su adolescencia. Y de esa amalgama salió ese latido intenso que es “Panal”, su último disco.

Pero antes, algún tiempo antes, grabó otros discos. Sujetándome las palabras de 2008 es un disco casero —ni siquiera editado por ella misma— que recoge canciones sueltas, tomas en vivo. Es, en definitiva, un disco pirata que puede entenderse como un primer asomo a eso que llaman “La nueva canción chilena” que incluye una larga lista de cantautores y cancionistas, entre ellos: Pascuala Ilabaca, Nano Stern, Manuel García, Gepe, Fernando Milagros, Kaskivano, Angelo Escobar, Chinoy.

Camila Moreno

Parte de esa escena está hermosamente registrada en el documental Temporary Valparaíso de Vincent Moon. No bien comienza el documental, mientras se pierden por las calles esa ciudad, Camila dice: “La vida puede florecer cuando estás en el pantano”.

Al mismo tiempo (2009) y Opmeitomsimla (2010) contienen varios temas reversionados de aquel disco pirata y pueden entenderse como las dos partes de un todo. Ella misma dijo que ve a este último como el Lado B del anterior. Ambos tienen una impronta folclórica – aires de cuecas, de periconas, lamentos, ritmos tradicionales- pero Opmeitomsimla tiene un pulso mas rockero, eléctrico.

Y para que no queden dudas, basta con mirar el arte de tapa para entenderlos como complementarios: en “Al mismo tiempo” se la ve a Camila recostada sobre un colchón de piedras, lleva un largo vestido bordado con muchos colores y algunas lanas alrededor desperdigadas sobre el pedrerío. En Opmeitomsimla sobre un fondo negro se ve, apenas, una raya horizontal colorida: una hebra de lana que cruza de lado a lado.

“Ya pó, dí algo pues, que no nos van a pifiar” le dijeron aquella vez Nano Stern y Manuel García a Camila, minutos antes de salir a tocar en el Festival del Huaso Olmué, histórico encuentro folklórico de Chile. “Vamos a dedicar la siguiente canción a todos aquellas personas que creen que pueden comprarlo todo con el dinero, incluso un país” dijo Camila sobre el escenario.

El público se dividió abucheos y aplausos, y Chile Visión cortó la transmisión. “Millones” —nominada a los Grammy Latinos— es considerada a partir de aquel enero de 2010 como el primer himno antipiñerista. “Ellos gobernaron el pasado, la rutina, la energía no gobernaran el futuro. Quieren millones, millones, millones de almas en su cuenta” dice una parte de la canción.

Pero Camila Moreno no se quedó sólo con eso, con apenas eso. Y si bien tuvo otros proyectos paralelos —Caramelitus, junto a Tomas Preuss o Las Polleritas, conjunto de música folklórica con el que recorrió hace unos años Uruguay y Argentina hasta llegar a Tilcara, tocando en las calles y juntando lo justo para comer y andar— llegó un momento en que no podía siquiera volver a componer. Nada.

Unos amigos la invitaron a pasar unos días en una cabaña en Lago Deseado, Tierra del Fuego. Hacia allá fue y allá caminó largo —harto diría ella. Y allá sí empezaron a salir las canciones.

“Incendié mi voz, florecí en el barro”. El estribillo de la primera canción puede entenderse como la descripción perfecta del espíritu de “Panal” —en el que participaron Andrea Etcheverry (Aterciopelados) y Trey Spruance (Mr. Bungle, Faith no More)— un disco híper producido pero que de ninguna manera deja de sonar natural. Como si en estas canciones hubiera exorcizado aquel bajón compositivo.

Su voz adelante un canto frágil, pero irrompible. Un llamado de lo salvaje. Y si en los primeros discos Camila abrazó la herencia musical de su tierra, en este hace lo mismo pero con el rock que curtió en su adolescencia, se nota –y mucho- ese aliento anglo y experimental de Radiohead, de Bjork. En las redes sociales sus seguidores se han aventurado a decir que “es la PJ Harvey chilena”.

Hay en Panal guitarras criollas y eléctricas, baterías, piano, teclado, percusiones de todo tipo, cuerdas, cuatro, charango, vientos, coros, máquinas, loops, ruidos de auto, ecos de ríos, rechinar de caballos. “Panal” es un latido intenso, pero que encuentra sus momentos de quietud; es un disco oscuro, pero que respira cierta vitalidad esencial: “Pude escuchar mi muerte, los ojos se fueron atrás, yo tengo un lunar de signos contentos, eso no se va a borrar” canta en “Mandarina”.

O como en “Yo enterré mis muertos en tierra” (compuesta para el documental Sitio 53) que empieza con unos monótonos y suaves rasguidos de un cuatro y termina con percusiones y cantos acelerados e insistentes. Camila Moreno sigue siendo aquella niña de Santiago, pero la diferencia es que ésta hizo del canto, su nido. (Descargá los discos de Camila Moreno y otros artistas chilenos en www.portaldisc.com)

(nota publicada en suplemento cultural Radar el 30/6/13)

*Licenciando en Periodismo y Comunicación Social UNLP. Redactor del diario de rock Degarage, colaborador de Radar (Página/12).

(de la edición Nº 24, octubre 2013)

Me hundo y vuelvo a empezar

Me hundo y vuelvo a empezar

Los opuestos complementarios y la concepción del tiempo en un disco de rock contemporáneo.

Por Mauricio Villafañe

Voy a dejar a un lado la razón para darle paso al corazón. El disco “Frágilinvencible”, cuarto trabajo de estudio de Pez (Ariel Minimal, Fósforo García y Franco Salvador), así lo dicta. Al escucharlo y buscar desentrañarlo no se puede obviar que busca o intenta explorar el paso de lo frágil a lo invencible. O, mejor dicho, parte de uno para llegar al otro. A primera vista, son como ideas o mundos opuestos, que parecen no posibles de asimilar.

Pez logra, sin embargo, reunir lo invencible en esencia (el amor y la esperanza) bajo una máscara de fragilidad y suaves melodías. A la inversa, lo frágil (la desesperación, el miedo, el Apocalipsis, el odio y la incomprensión) se recubre de invencibilidad a través de potentes rocanroles y toques progresivos, metaleros y hasta punks.

Me hundo y vuelvo a empezar

Cuarta placa de Pez, del año 2000.

La tapa muestra a un frágil-niño sentado sobre un invencible-cañón ¿Le ganará la batalla la inocencia y la felicidad de la infancia al disparo mortal de un arma de guerra? ¿O desiste, se entrega y se hace grande en ese mundo devastador de fines de los años ‘90 y es él quien acciona el cañón? ¿No nos queda nada como para no creer que, en su fragilidad, se hace invencible y continúa sentado, dejando la boca del cañón apuntando hacia el piso? Vamos a recorrer un poco este disco a ver si el tiempo nos deja diez mil preguntas (más) o alguna respuesta como acostumbra. Tal vez de eso se trata a veces.

Haciendo real el sueño imposible

Las “Telarañas” de la introducción nos abren los pulmones, la melodía va rasgándolas y entreabren la puerta para “Phantom power”. La invitación está hecha: ya nada impedirá que se nos vuele el alma ni la cabeza. La liberación/ redención de esos fantasmas que llegan sin buscarlos y nunca pedimos (“y entonces sacudirás las tristes telarañas que fueron atándote al piano de la sala…”) es la primer tarea.

La viola prosigue enloquecida contra esos calmos que, de tan calmos que están, parecen muertos; la desesperación y el dolor afloran (“Yo te amo pero y con eso qué…”) en “Creo que amamos el dolor”. El trasfondo era un tiempo sin certezas, un tiempo de crisis en los valores que eran los ‘90.

La continuidad casi natural de esta postura es “La gota”, un rocanrol que trepida los sesos, al mejor estilo Pappo. El desengaño ante una presunta edad dorada de libertad, donde “la pasión siempre garpaba más”. El paso inclaudicable del tiempo y el desgaste del mismo sobre el valor de las palabras. Al final del tema, una esperanza: las canciones como creadoras de sentido, como las gotas de agua que hacen un mar.

2013_02_09

Pez en el Konex, por Martín Santoro.

No nos dan tregua estos tipos. Arranca “La estética del resentimiento” y cuando termina nos deja pensando. El linyera, prototipo de libertario, frente a nosotros, corridos por el horario y quejosos de la humedad (del frío, del calor, de que ya es fin de año y de tanta pavada en avalancha que nos preocupa…).

Las angustias de la modernidad en tiempos en que se derrite no sólo Buenos Aires sino todo un país al ritmo y por el efecto de su crisis más profunda. Nos deja pensando también ese oscuro punteo en ascenso, esos gritos desesperados y un final abrupto.

Un piano, un hermoso tema de amor. “Hondo II” se pone místico (las estrellas como la versión libre de Dios; esa constante idea de Dios que hay en Pez…) y nos mete para adentro un cachito, un ratito. Vivir y dejar ser o entregarse y morir, un dilema. Descansar esperando el sol, al fin. Luego, retoma la angustia y la rebeldía. Es un grito contra la paz de los cementerios, la duda y el paso de lo correcto a lo incorrecto.

El espíritu inquieto de Pez y su lucha contra el mundo de los hombres como enemigos entre sí continúa y se vuelve más explícito en “Haciendo real el sueño imposible”. El ritmo frenético del tema y una fuga necesaria (“Despierta ya hijo y ponte de pie, es hora de partir”); unas bajadas y unos susurros como ruegos esperanzadores en un más allá con otra idea del mundo.

La bata arranca con todo al grito de “¡Frágil, invencible!” para terminar en un corte que nos deja dudando de nuestra propia capacidad de recuperar el aliento.

Un viaje en “Domando tormentas” y el remedio frente al miedo a volar (“tu miel” frente al “azul que me amenaza”). Al miedo le sigue la resignación pero no tanto, hay una esperanza que se repite (no voy a morir, no voy a morir…al menos hoy). Los cambios de ritmo en la interpretación van llevando el ritmo del tema.

“Malas noticias” es más que una canción de protesta, es una implacable crítica a todo un estado de cosas que desemboca en el hombre, vaciado de sentimientos y pensamientos por tanta telefonía, y en paisajes dantescos. Nos vamos desalmando y la voz en distorsión alerta sobre eso.

Nos pone a afinar el oído, malas noticias: la guerra-purga y sólo unos pocos salen ganando (los mismos de siempre) al tiempo que, derivado de ella tal vez, “cercena el hambre”. La velocidad de la modernidad nos acelera y nos estrella, perdemos el eje junto a los sentimientos.

Concepciones del tiempo

Paraliza el temor en “Supersupersticioso”. Sin embargo, la viola no afloja como tampoco lo hace el ansia de libertad y renovación (“el agua lavará la tierra”/ “el fuego nos consumirá”) del mundo que nos tocó. La concepción del tiempo como una rueda y en él, el hombre que, por sus daños, tiene que morir. El último que apague la luz o, si alguien queda, que empiece de nuevo.

La rompe “Campos de inconsciencia”, que ya había adelantado algo Quemado (1996). El cuerpo por un lado y, por otro, la cabeza, viajando por nuevas dimensiones y tiempos (“traficantes de datos del futuro”). Una experiencia vital, otro viaje. La cosa termina en un pequeño gran tema, llamado “Gala”, que contiene dos versiones en una.

De lo que se borra, alguien o algo queda. Una voz en el cuarto pero de alguien que ya no está. Un mensaje en la arena pero viene una ola y lo borra aunque su esencia se la queda el mar. Terminar un disco así nos devuelve la esperanza en el amor a pesar de tanto mundo desalmado y ese grito en las gargantas que Pez lleva como estandarte.

Bajá éste y todos los discos de Pez en www.pezdebuenosaires.com.ar/audios

(de la edición Nº 24, octubre 2013)

CHARLY MUSICALIZA A TATO

La banda del Sargento Bores

Al grano y sin pausa, Alma de baúl rememora los días en la tv de uno de los humoristas políticos que más se extraña en la pantalla. Con grados de humor ácido, ardiente e irónico sobre todo, Bores dejó un legado poco visitado en la actualidad.

tato_bores

Por Mauro Basiuk*

A los 66 años, en mayo de 1993, Mauricio Borensztein iniciaba su última aventura televisiva. Popularmente conocido como Tato Bores, con su peluca con flequillo, anteojos de marco grueso y tono de voz inconfundible, supo interpretar como nadie, sin repetir y sin soplar, monólogos de humor político. Sería en Good Show que se despediría sin dar aviso formal de la pantalla chica en la que había debutado en 1960. Vale abrir, entonces, el Baúl de junio para recordar, queridos chichipíos, algunas curiosidades de un programa, que contaba, nuevamente, con guiones de Santiago Varela y dirección y realización de Sebastián y Alejandro Borenzstein.

Desde la apertura ya marcaba la cancha de lo que sería una superproducción. No era para menos: Tato había estado durante 19 años en Canal 13 y volvía al 11, privatizado como TELEFE, después de mucho tiempo. De hecho, el debut incluye una secuencia emotiva donde Tato juega a emocionarse al ver viejos tapes y equipos técnicos del canal. La apertura de tres minutos y medio, que sólo pudo verse completa en el primer envío, homenajea a Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles, imaginando una reunión imposible, a cielo abierto, entre referentes históricos mundiales.

Así confluyen logradas imitaciones del Capitán Piluso y Coquito, Perón y Evita dialogando con Freud y Einstein, Groucho Marx, el Che Guevara, Gardel, Marilyn o Borges molestando a Maradona, entre otros. Las flores del decorado que recrearon las de la portada de aquella obra de arte musical, fueron traídas especialmente desde los Estados Unidos.

Charly García vuelve a grabar la canción de apertura del ciclo, al igual que en Tato de America, un año antes. No fue el único humorista al que musicalizó el bicolor: Antonio Gasalla había tenido Fanky, como cortina de El mundo de Antonio Gasalla, en su debut por ATC (Argentina Televisora Color) incluido en Como Conseguir chicas de 1989. En el caso de Good Show (de las sombras a tu corazón), el tema no aparece en la discografía oficial pero sí en las 2000 copias repartidas de Charly & Charly en Olivos, que recopila el recital íntimo hecho para el ex presidente Carlos Menem, el 30 de junio de 1999 (el CD de Good Show se consigue en Mercado Libre a $250 e incluye, además, temas de Bob Dylan, Janis Joplin, Simon & Garfunkel, The Tremeloes, etc).

También Fito Páez participaría del ciclo, dando una versión conmovedora al piano del, por entonces inédito, Tema de Piluso.
Si algo caracterizaba a Tato era su condición de trabajar durante el segundo semestre del año, es decir de mayo a noviembre (algo que hoy no resulta inusual). Good Show tenía frecuencia mensual, lo cual quitaba cierta actualidad a los monólogos, en un año donde, por ejemplo, comenzaba a hablarse del Pacto de Olivos, que posibilitaría la reelección de Menem. Después de sufrir cambios de horarios y poco apoyo publicitario de parte del canal, el ciclo no tuvo una nueva temporada, limitado a la emisión original de seis programas pautados, más otros dos, a modo de resumen del ciclo.

La estructura de Good Show se basaba en una historia fantástica actuada por el propio Bores, parodiando a algún episodio o personaje real: un mago Filos Milevic que hace desaparecer a Menem, un director de cine que quiere filmar la vida de Cavallo devenido en símbolo espiritual (Cavallo, la historia de un ídolo), o el propio Tato caracterizado como San Martín en una recreación de la vida por 1810. En ellos actuaban figuras del ambiente como Alfredo Casero, Fernán Mirás (en pleno furor de Tango feroz), Mario Pergolini, Marcos Mundstock o Carlitos Balá.

Como novedad, había flashes donde Bores hablaba de forma íntima, como si estuviera fuera de aire dando consejos a sus hijos en reuniones de producción. Lo que sí se mantenían eran el clásico monólogo, al trío Los Prepu y a Roberto Carnaghi haciendo de corrupto tenaz, y el clásico tubazo a Casa Rosada, todo rematado con los tallarines con fondo musical en vivo interpretado por una banda que incluía al Zorrito Fabián Von Quintiero.

Ya enfermo de cáncer y después de la agridulce experiencia de Good Show, en 1994 Bores tenía arreglado con Alejandro Romay hacer una serie de programas de media hora, con la presentación, un monólogo y el brindis con un invitado, lo cual no pudo hacerse dado su mal estado de salud. Sus hijos, Sebastián y Alejandro, serían los responsables en 1995 de otro programa humorístico, Cha cha cha, Dancing en el Titanic por América. A propósito de la realización de Tato, biografía hecha en base a las memorias del “actor cómico de la nación”, Carlos Ulanovsky opina que “lo que en los ’90 estaba cambiando de la televisión para Tato era que ya no valía la palabra. Pagliaro (directivo de Canal 13) le dijo que lo iba a llamar para discutir su contrato, y no lo hizo.

Y Yankelevich (directivo del 11) después no lo renovó en TELEFE. Luego, en general, cambió la agenda de los medios: temas que antes pertenecían a sociedad o policiales, a la página 55 de los diarios, ahora son tapa, y a la vez el humor se infiltró en todos los niveles”. El puntapié inicial para la realización del libro es una de las anotaciones hechas por el propio Bores: “Después de ganar cuatro Martín Fierro en las cinco nominaciones que tuvo nuestro Good Show de 1993, les voy a contar un secreto: no me quiere ningún canal”.

Resulta un lugar común decir que se lo extraña a Tato, casi tanto como hablar sobre la vigencia de sus monólogos. Podríamos agregar que además de su imagen icónica, lo que se echa de menos es una forma de humor donde se dice algo, sin apelar a la caricatura tonta que sólo exalta tics o rasgos sin generar una reflexión. Una forma de humor que, bien pensada, contribuye más al mirarse adentro en conjunto que al agredir afuera al diferente. Y si hablamos de lugares comunes, ¿de qué otra forma podría terminar este recuerdo? Aconsejando a los lectores que sigan laburando, que mantengan la neurona atenta, vermouth con papas fritas y… buen viaje**.

*Estudiante de Periodismo y Comunicación de la FPyCS de la UNLP, columnista radial, coleccionista.
**La referencia para esta nota fue tomada de www.resisteunarchivo.blogspot.com. En el canal de Guillermo Soto, en Youtube, pueden verse completos cuatro programas del ciclo.

(de la edición Nº 20, junio 2013)

hiperhumor

Aquel humor de las dos orillas

Puestos a decidir, en esta edición viajera, abrimos el Baúl para recordar a la troupe de humoristas uruguayos que deleitó a más de una familia con una forma diferente de hacer reír.

Por Mauro Basiuk*

Parafraseando al escritor estadounidense Raymond Carver, quien, a su vez, fuera citado por Andrés Calamaro, diremos: ¿De qué hablamos cuando hablamos de humor? Claro que se trata del “tipo de expresión o postura que exalta el lado cómico o risueño de diversas situaciones”, pero hilando fino encontramos humores: más trabajados, finos, con salidas rápidas, chabacano, humor blanco, de salón, picaresco, inteligente, absurdo.

El humor de “los uruguayos” se caracterizó por la sátira inteligente, con una pizca de “humor intelectual”, capacidad para evitar la repetición fácil y por la diversidad de intérpretes en el repertorio, diferencia con la preponderancia del capocómico que hace orbitar a su elenco. Nombres propios, como: Enrique Almada, Ricardo Espalter (“la cara que habla”), junto a Eduardo D’Angelo (“el hombre de las mil voces”), Andrés Redondo, Gabriela Acher, los músicos Julio Frade y un joven Berugo Carámbula, entre otros. A lo largo de tres décadas, la marca de fábrica fueron programas corales, con una clásica estructura de sketches de tres o cuatro minutos que hasta podían prescindir del diálogo. Un humor visual, con actuaciones basadas en los gestos y en el manejo del cuerpo.

La primera aparición televisiva en nuestro país data de 1963 y se tituló Telecataplum. Fue Blackie, quien luego de verlos actuar en Montevideo, los recomendó a la dirección de Canal 13. Después de grabar el piloto, el programa comenzó a emitirse en enero de ese año, con dirección del reconocido David Stivel. Por aquel entonces, en radio La Revista Dislocada se llevaba las preferencias del público local, mientras que Pepe Biondi y Juan Verdaguer tenían las miradas de la audiencia televisiva.

Al humor refinado, en blanco y negro de Telecataplum, lo sucedió por Teleonce, Jaujarana (1969, nombre que también usaron como trío, con gran suceso en Chile) y Hupomorpo (1974, libros de Juan Carlos Mesa y Jorge Basurto). En ese momento, en cine, se hicieron fuertes en Los irrompibles (1975), una especie de western argento con dirección de Emilio Vieyra y protagonizado por la pareja estelar en el momento: Jorge Martínez y Graciela Alfano.

Luego llegó Comicolor (1979), donde se destacaban El hombre del doblaje (una idea brillante de D’Angelo, luego explotada hasta el hartazgo por Tinelli) y Veladas paquetas. Mención especial para la consagración del Toto Panigua (duelo Almada-Espalter, como profesor enseñando buenos modales a un alumno), que tuvo su correlato en la pantalla grande, con Pedro Orgambide como director.

En 1984 comenzó Hiperhumor por Canal 9, el de la palomita, administrado por Alejandro Romay. La disquería (de nuevo, el duelo efectivo entre Espalter y Almada, como vendedor acosado en la cabina de escucha por un cliente), La farmacia, Las Rivarola y El payador Gabino. En este ciclo, hubo mayor predominio del doble sentido y, a sugerencia de Romay, tuvo la incorporación de actrices-vedettes, como Noemí Alán (quien prometía sacarse la tanguita después de la tandita) y Amalia “Yuyito” González.

Luego de la trágica muerte de Alberto Olmedo, el staff de Hiperhumor fue unido al elenco huérfano de No toca botón. En la temporada 1988 se estrenó Shopping center (libros de Hugo Sofovich), en el horario vacante de los viernes a las 22. Con más pena que gloria, en 1989, volvió Hiperhumor, sólo por ese año. En el ‘95, el intento de revivir aquel espíritu se llamó Rompenueces (libros de Mesa), pero ya no tuvo la frescura de antaño. En tanto, en la TV charrúa, el espacio por excelencia para el humor, Decalegrón, se mantuvo hasta 2002.

Las muertes de Almada en 1990 y la de Redondo en 1993, marcarían el cierre de una etapa de oro en el humor. A ello, se sumaron, en 2004, el mal de Parkinson diagnosticado a Berugo Carámbula que lo alejó de los escenarios y la muerte de Espalter, en Maldonado, a los 82 años. “Teníamos fama de intelectuales, pero muchas veces las cosas intelectuales se daban por accidente”, recordó el propio Berugo en un especial televisivo. Ahora sólo que nostalgia, para recordar a aquel humor de las dos orillas, rioplatense, novedoso, con sutilezas, absurdo, con buen gusto. De todo eso intentamos hablar en esta página mensual.

*Estudiante de Periodismo y Comunicación de la FPyCC de la UNLP, columnista radial, coleccionista.

(de la edición Nº 19, mayo 2013)

CALOI

Caloi en el cielo con Clemente

Sin Caloi un año después. La partida del dibujante argentino en Alma de baúl, sus labores claves para entender por qué lo recordamos tanto.

Por Mauro Basiuk*

Carlos Loiseau (1948-2012). Humorista, conocido por todos como Caloi. Había nacido en Salta y falleció el 8 de mayo pasado. Sus primeras tiras aparecieron en Tía Vicenta, célebre revista de humor político dirigida por Landrú. La misma fue cerrada al poco tiempo por el dictador Juan Carlos Onganía en 1966, luego de verse caracterizado allí como una “morsa”. De allí tuvo un paso por la revista Analísis. También dibujó en revistas como El Gráfico, Panorama, Siete Días, Satiricón y Primera Plana.

En 1967, recaló en el diario Clarín, sitio donde publicaría sus últimas tiras de humor (Vida Propia en la revista dominical Viva, antes como Caloidoscopio). Por esos años, se acercó a Almendra con la idea hacer un libro con fotos, dibujos, poemas, textos. La disolución del grupo hizo que sólo se editaran unos pocos dibujos en la edición que acompañó al primer disco. En 1996, haría el arte de tapa de otra banda de rock: Divididos, en su cuarto disco Otro le travaladna.

En 1973, en la contratapa del matutino, donde apareció Clemente, el personaje con que el que obtuvo la mayor trascendencia. Comenzó siendo una mascota en la tira Bartolo, el maquinista, personaje melancólico que recorría la ciudad en un tranvía. Los tranvías se extinguieron, pero Clemente quedó cada día más afianzado. Hasta hace poco, se lo siguió viendo entre el Yo Matías de Sendra y el linyera Diógenes, a este inclasificable bicho rayado, comedor de aceitunas, cautivado por las curvas de La Mulatona y sorprendido por las preguntas del Clementosaurio.

Durante el Mundial 1978, le tocó rivalizar mediante su célebre “Tiren papelitos” con la prédica marcial y ejemplificadora de José María Muñoz, relator cuya voz se hizo oficial en el evento organizado por la Junta Militar. En el mundial siguiente, realizada en España, su imagen apareció en cortos televisivos arengando a las hinchadas. De esa serie surgió el hincha de Camerún.

En televisión, dejó una huella importante con su Caloi en su tinta. En la pantalla de ATC, primero, Canal 7 después, se dedicó a mostrar cortos animados de autores de distintos países, imposibles de ver hasta entonces en la televisión abierta. Número puesto en el rubro “Programa cultural” de los Premios Martín Fierro, era dirigido por su compañera, María Verónica Ramirez, con quien también plasmó Anima Buenos Aires, largometraje de tres historias animadas, estrenado en salas comerciales el jueves previo a su muerte.

Hoy por hoy, su hijo, conocido como Tute, sigue el camino del humor gráfico desde las páginas de La Nación. Un campo que, luego de la partida de Fontanarrosa en 2007, sigue quedando huérfano de sus mejores intérpretes, los que como Caloi, supieron retratar con agudeza e ingenio una forma distinta de vivir todos los días.

*Estudiante de Periodismo y Comunicación UNLP, columnista Radial, coleccionista.

(de la edición Nº 8, junio 2012)

Mafalda 1

La SOPA que nos quieren hacer comer

La Ley Sopa es un proyecto de Ley norteamericano que quiere resguardar y controlar los intereses de grandes industrias del entretenimiento en internet como EMI, Warner Music, Sony y Universal Music. De qué trata ese asunto de prohibir lo que compartimos en la web.

Por Facundo Cottet*

La historia es en algunos casos matemática: es decir, sus resultados siempre son iguales. Cuando los que tienen el poder se reúnen nunca corre un aire normal; los poderosos son diez quince o veinte como mucho, y de las decisiones finales de ese grupo recaen consecuencias en millones de personas, en este caso millones de usuarios. Pero esa categorización -la de usuarios- no significa la inexistencia de derechos y, detrás de cada usuario hay en su extensa mayoría personas.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas proclama en su artículo 19 que “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Difusión, de eso se trata y ese el punto principal que ataca la llamada Ley SOPA.

La Ley Sopa (Stop Online Piracy Act) es un proyecto de Ley presentado al congreso norteamericano el 26 de octubre del 2011 para resguardar y controlar los intereses de las grandes industrias del entretenimiento en internet (EMI Music Publishing, Warner Music Group, Sony Entertainment, Universal Music, son algunas de ellas). Su autor es un muchacho llamado Lamar Smith, un congresista republicano (al igual que la familia Bush) que representa al condado de Texas y quien no es más que un mero eslabón de la cadena de la industria, el alfil de los villanos en esta partida. Este proyecto de Ley provee la facultad a las empresas de cerrar los páginas web que ellos creen que están infringiendo sus derechos de autor y marcas comerciales.

El mecanismo de censura funciona de la siguiente manera: estas empresas dan aviso a los servidores de los sitios que dichas páginas que están bajo su prestación rompen los supuestos derechos de propiedad intelectual dándole un lapso de 5 días para bloquear la página sin la necesidad de presentarse ante cualquier tribunal.

Lo mismo ocurrirá con la transferencia de archivos, es decir si bajamos música armamos un blog para descargar los discos que nos gustan o simplemente ponemos en Facebook un enlace de YouTube (uno de los principales damnificados en la contienda ya que se trata de contenidos generados por los usuarios) los servidores deberán revelar los IP de las computadores (el IP es una etiqueta que identifica un espacio de conexión con otro, es decir la identificación única de un equipo) apropiándose de la facultad de cortar la conexión de dicho IP a la red.

Aunque en realidad lo que estaríamos haciendo es copiar una información y transferirla. Sólo por eso nos podrían cortar nuestra conexión a internet por más que como usuarios nunca le vamos a hacer nada a ese disco, película o material que va a seguir existiendo en su versión original. Esa pena aparece como la más leve, con un poco de mala suerte nosotros que transferimos archivos con información registrada podríamos ir presos.

Aunque la LEY SOPA se encuentra actualmente en suspenso y siendo analizada dado el masivo rechazo que tuvo por parte de la comunidad virtual y de los sitios más populares como Google, Facebook, YouTube, Wikipedia o Twitter, de este panorama surgen algunas preguntas. ¿Qué tiene que ver una ley gringa con nosotros que estamos al sur y lejos de todo esto?

Los servidores de las páginas, los que suben la página que nosotros armamos para difundir cualquier información producen sus servicios casi en su totalidad desde Estados Unidos y la aprobación de esta Ley les cae con todo el peso. ¿Internet dejaría de ser lo que es actualmente si se aprueba esta Ley? Sí, hoy en día Internet es un espacio de libre de transferencia en contenidos y opiniones donde se mantiene el anonimato. Esta condición permite en situaciones de persecución en –por ejemplo- gobiernos totalitarios la difusión de otras voces. El anonimato dejará de existir con La Ley SOPA.

Más allá de este proyecto ya se realizaron diferentes ataques al mundo de transferencia de archivos en la web y el 19 de enero de este año el servicio de la web Megaupload fue cerrado por el FBI y sus miembros detenidos más allá de que la empresa esté radicada en Hong Kong. Este servicio gratuito alojaba el cuatro por ciento de la información total que circulaba en internet que hoy por hoy está confiscada por la Oficina Federal de Investigaciones del Tío Sam.

Las cosas no se presentan de la mejor manera, pero en la unión de todos los usuarios está la resistencia a la censura y el control que se esconde en una supuesta defensa de derechos de poderosos grupos económicos que ven como su industria del entretenimiento está cayendo a pasos agigantados en internet.

Es por ello que se agrupan para ponerle fin a la era de libre circulación de información. Estados Unidos siempre obró “en nombre de la libertad” y ahora mientras escucho el fin del disco de Pappo Volumen 1 que bajé tiempo atrás de Megaupload y el Carpo pregunta “¿Adónde está la libertad?”, no aparecen respuestas a futuro.

*Estudiante de la carrera de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, productor radial y redactor del sitio de noticias platense LetraP.

(de la edición Nº 5, marzo 2012)

Litto Nebbia, la semilla del rock nacional.

La muerte y la brújula del rock

Nadie puede dejar de escuchar los discos del padre del rock nacional Litto Nebbia. En Alma de baúl un traspaso por Muerte en la Catedral del año 1973, perfil nostálgico de uno de los pilares fundamentales de nuestro rock. Por Mauro Basiuk*

A lo que hemos llegado

Cuando el publicista vio las altas torres de la catedral, a lo lejos, sintió ganas de llorar.
—Si tan solo —dijo— fueran una propaganda de condimento Beefo, tan sabroso, tan nutritivo,
pruébalo en tu sopa, a las mujeres les encanta…
(Microficción de Lord Dunsany, 1878-1957)

Portada de Muerte En La Catedral (1973).

Portada de Muerte En La Catedral (1973).

Dicen que ayer alguien murió en la catedral. Suena a novela de misterio. Sin embargo se trata de una frase incluida en el cuarto disco solista de Litto Nebbia. Tenía 23 años nomás, en una carrera musical que se había iniciado en 1965 con Los Gatos Salvajes para seguir hasta 1970 con Los Gatos, banda de la tríada fundacional del rock nativo, junto a Almendra y Manal.

En el mismo año que Artaud y el gol de Bochini a Juventus, este LP sería el primer álbum que Nebbia grabaría en formato trío junto a Jorge González en contrabajo y Néstor Astarita en batería. Encargado de la guitarra, el piano y el canto, lo acompañaron viejos compañeros de ruta como Ciro Fogliatta y Oscar Moro (ex Gatos), en órgano y batería, respectivamente. Por si fuera poco, además tocan Roque Narvaja, Gustavo Moretto y Bernardo Baraj.
Con arte de tapa original realizado por el célebre artista Pérez Celis, la placa original constaba de nueve canciones (luego se agregó Señora vida, como bonus track). Fueron grabadas en, aproximadamente, cuarenta horas de estudios RCA, entre mayo y junio del ‘73, con un sonido marcadamente potente y jazzero. De algún modo, preanunciaban la corriente musical que, a fines de esa década, inundaría los escenarios.

Otro puntal que aparece es la colaboración de la poetisa Mirtha De Filpo, en letras como la acústica La operación es simple (Esta serpiente siempre/muerde su cola/ y juega cara y ceca/muy melancólica) y Mendigo de la luna, con cierto aire pop. Esta sociedad creativa llegaría a su punto más alto en Melopea, otro disco clave en la carrera del rosarino, editado un año después.

Aquí ya se ve al joven autor de canciones que empezaba a ser adulto en el tema que abre el disco, Vals de mi hogar: He planeado viajes sobre una mesa/he planeado amores sobre la cama/necesito pronto alguien que me quiera /pero al mismo tiempo que yo lo hago.

Aquí también aparece El otro cambio (los que se fueron), con arreglos de Rodolfo Alchourron (el mismo de Laura va), un alegato resignificado por las tragedias posteriores, que mezcla con nostalgia los chistes del Gordo Saverio con el cine de Chaplin en un Buenos Aires que dejaba de ser.

En el inmenso abanico musical de Nebbia queda tiempo para un buen rock que, escuchado a volumen alto deja sin aliento a más de uno: Dios en más. Mención de honor, para el tema que da nombre al disco. Una suerte de suite de ocho minutos con cierto aire épico: “La gente protege su vida siempre en nombre de dios/ Y el pájaro negro anuncia en su vuelo un tiempo de tormenta”.

“Gracias a todo aquel que en cualquier aspecto hizo posible esta obra” dice la línea interna final del disco. Una obra clave que fuera ubicada en el lugar 75 cuando la revista Rolling Stone armó el canon de los cien discos de rock argentino de todos los tiempos (su disquera Melopea, figura en el puesto 48º).
“Algo muy avant-garde, pero lo raro era que tocábamos en lugares populares y, para la pendejada que cantaba y bailaba, eso que era un quilombo de arreglos y cambios de ritmos”, sintetizó Nebbia para dicha publicación, la propuesta de Muerte en la catedral. Obra que lejos de ser una propaganda es tan real y movilizante como las altas cumbres de la arquitectura gótica.

*Estudiante de Periodismo y Comunicación de la FPyCS de la UNLP, columnista radial, coleccionista.

(de la edición Nº 18, abril 2013)