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Laguna

Lobos 1970

Por Mauricio Villafañe*

El tiempo no para. A un tiempo le sucede otro, inexorablemente. Los emblemáticos años ‘70 fueron antecedidos por los ‘60, una suerte de coctelera de fenómenos preexistentes y recientes que va a desembocar en la larga y polivalente década de 1970. Sigue leyendo

Delfo Cabrera

Los Juegos Olímpicos y sus circunstancias

Por Mauricio Villafañe*

Cada 4 años el deporte mundial pone la atención en una ciudad por unas semanas. Los Juegos Olímpicos se tornan el eje fundamental de toda agenda de noticias. Fomentan la pertenencia nacional y la venta de gorros, banderas y vinchas como así también favorecen las convocatorias masivas, a la hora que sea, si algún compatriota levanta pesas, hace esgrima o bien si juegan los dorados basquetbolistas o las históricas Leonas.

El deporte se vuelve un hecho social y cultural de magnitud. Nos vuelven a todos y a todas un poco expertos/as en cada una de las disciplinas en cuestión que nos sentamos a mirar. El sólo hecho de pasar quince minutos atendiendo a la pantalla ya nos hace/vuelve periodistas deportivos especializados en la materia.

Desde su reinstauración a fines del siglo XIX (si consideramos sus primeras ediciones durante la Grecia Clásica) la cosa se puso más profesional y el negocio pasó a imperar sobre el tradicional espíritu olímpico, más ligado al amateurismo. Dejando de lado estas consideraciones, hay que decir que la medalla dorada sigue siendo, flashes y millones al margen, el máximo logro que un deportista o equipo puede alcanzar.

Manu Ginóbili

Ginóbili, Oro en Atenas 2004.

La emoción, el orgullo y el reconocimiento por la aptitud y la entrega demostrada durante la competición se ponen en juego durante ese momento. No es resultadismo (o sí); lo importante es competir pero, si pensamos bien y acá estaremos todos de acuerdo, ¿a qué van los deportistas a los Juegos, a competir o a competir para lograr una medalla?

Vamos a recorrer la historia olímpica argentina para poder entender que el deporte, más allá de la superprofesionalidad actual, es un ítem más en la inversión de un país y parte de una política de Estado. En momentos en que esto se comprueba, se verifica un creciente acceso y goce de derechos y se hace más cierta la posibilidad de llegar al podio a nuestros deportistas.

Nos encontramos que en nuestra historia hay momentos en los cuales se advierte esta situación y se dan en el marco de movimientos históricos que se relacionan profundamente: el peronismo y el kirchnerismo.

Nuestra relación con los Juegos Olímpicos (JJOO) se puede remontar al inicio de su versión moderna ya que la Argentina integró el primer Comité en 1894 y a partir de la participación —en París en el 1900— del primer deportista argentino en ellos: el esgrimista Francisco Camet. La primera delegación organizada se conformó en 1924 y desde ahí en adelante siempre nos hemos presentado con la excepción de Moscú 1980, a raíz del boicot que el Occidente “libre” les hizo a los Juegos organizados en la URSS y al cual nuestros dictadores, que habían usurpado el poder en 1976, adhirieron entusiastamente.

El medallero nacional puede discriminarse en 18 doradas, 24 plateadas y 28 de bronce, haciendo a un total de 70 medallas. Nos ubica en el puesto 40º del medallero general y en el segundo lugar a nivel sudamericano, detrás de Brasil. Se destaca el periodo 1924-1952 a partir de la obtención de oros en todas las competencias gracias al polo y al boxeo. En particular y haciendo un paréntesis, éste último es vilipendiado hasta el punto de no considerarlo como deporte.

No es lugar ni momento para profundizar en esta cuestión pero me animo a defender al boxeo como una competencia leal y popular, un deporte con todas las letras.

La prolífica actuación argentina olímpica en este periodo se puede deber a la organización de nuestros atletas en delegaciones olímpicas, más allá de las reconocidas capacidades técnicas de los deportistas premiados. Junto a esto y para el caso específico de Londres 1948 (3 medallas doradas, 2 en boxeo y la restante por parte del maratonista Delfo Cabrera), tenemos también a un Estado presente, que entiende al deporte como una política de Estado. El peronismo concibe al deporte como una práctica social y cultural, digna de ser objeto de inversión. En los JJOO de Helsinki 1952 se destaca la medalla dorada en remo con Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero.

De esta forma, no creemos casual que a partir de Melbourne 1956 y hasta Atenas 2004 no se hayan dado podios dorados argentinos. Si creemos que el deporte no funciona aisladamente del contexto social y político, nos vamos a dar cuenta que desde los históricos JJOO de 1948 hasta los celebrados en la capital griega, el rendimiento olímpico argentino entró en una meseta si tomamos a la medalla dorada como referencia. Un dato para pensar: Montreal 1976 fue el peor desempeño, en plena dictadura cívico-militar; la misma que desapareció al atleta Miguel Sánchez. De semejante contexto nada podíamos esperar.

Respecto a los últimos Juegos, no se puede negar que estamos de racha y en una fase de auge y expansión de logros en el deporte olímpico nacional. Los logros de los equipos de básquetbol, fútbol y hockey femenino son enormes e históricos. Tenemos a Javier Mascherano que, junto al polista Juan Nelson, tiene dos medallas doradas, y al regatista Camau Espínola, el deportista olímpico que más medallas obtuvo, con 4.

En Londres, hace dos años, Sebastián Crismanich, un perfecto desconocido hasta entonces, pasó a la historia como el primer taekwondista argentino en llegar al primer lugar del podio. En este contexto, también tenemos a un Estado y al gobierno que lo gestiona presentes en inversión, en infraestructura y en el aliento a los deportistas que deciden emprender y perfeccionar su formación para llegar a la elite del deporte mundial que los JJOO implican.

Ahora mismo, miles de atletas y deportistas argentinos se están entrenando para llegar en las mejores condiciones a Río de Janeiro dentro de 3 años. La intervención del Estado en su sostenimiento económico es fundamental para los objetivos olímpicos. Nosotros, alentamos: ustedes, pongan huevo que ganamos.

*Estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 29, febrero 2014)

ceraindi

Redondos de tanta soda

Alberti, Zeta, Cerati. Inicios de Soda.

Alberti, Zeta, Cerati. Inicios de Soda.

Por Mauricio Villafañe

Durante muchos años se sostuvo, desde inconfesables interese$, una antinomia que hoy, desde acá, nos parece absurda, falsa y hasta estúpida: Soda Stereo o Los Redondos. Para indagar más sobre esto vamos a dar cuenta del contexto en el cual surgen y se consolidan estas dos enormes bandas del rock de acá.

No buscamos otra cosa que demostrar que esos patéticos “Que se muera Cerati” o “El Indio se la come, Cerati se la da” fueron montajes comerciales que terminaron encontrando eco en muchos llamados comunicadores y así el masivo público rockero de la Argentina de los años ‘90.

Soda se separó en 1997 con un resonante “Gracias, totales” y se volvió a juntar diez años después para volver a romperla. Hoy, Cerati no nos puede seguir brindando su música. Aprovechamos la columna para decir bien claro: “¡Fuerza, Gustavo!”. Por otra parte, Los Redondos se separaron hace poco más de 10 años; de ahí a esta parte, sus mentores (Carlos Indio Solari y Eduardo Skay Beilinson) desarrollaron sus proyectos solistas.

Desde acá, entonces, pedimos que se vuelvan a juntar. Sin embargo, la obra de ambas bandas viven y, si bien diferentes en concepto, estética, contenido y hasta posicionamientos, lejos queda para este humilde cronista y para esta publicación ese infame “Soda ó Los Redondos”.

Desde su surgimiento, a mediados de los años ‘60, el hoy llamado rock nacional no ha parado de crecer, diversificarse, resistir y/o adaptarse a los tiempos y las coyunturas (liberadoras o autoritarias). Respecto a las bandas en cuestión, tenemos a los Redondos más ligados a la resistencia y a la contracultura que el rock podía vehiculizar en tiempos de dictadura y a Soda, algunos años después, siendo parte de la llamada “apertura” democrática de principios de los ‘80.

Sus integrantes provienen de estratos sociales y generacionales distintos, de experiencias culturales y de vida diferentes. Tal vez eso explique o ayude a explicar los diferentes estilos musicales que ambas bandas dieron a lo largo de sus extensas carreras. Y eso es vital: los muchos sonidos y expresiones son muestra de pluralidad y riqueza, lo que vale es aceptar o disentir y hasta discutir o criticar pero sin estigmatizar cayendo en la estupidez que los “críticos” y el mercado nos proponen para hacernos caer en el consumo de cosas que no necesitamos.

Haciendo ahora foco en los puntos en común, tenemos que ambos “bandos” nunca jugaron el juego del mercado discográfico y de la prensa. Sus líricas y melodías son innegables, en buena parte obra de los productores y técnicos pero, sobre todo, de intérpretes y músicos de la talla del Indio, Skay y Gustavo.

Soda y Los Redondos se unen también en lo que fue su dilatada y enorme trayectoria, no medida en premios Clarín o Gardel sino en público, discos y repercusión. ¿Quién no bailó “Mi perro dinamita” como si fuera un bailarín profesional de rocanrol de los años ‘50? ¿Quién no se puso a cantar alguna vez, afectando la voz a lo Cerati, “Persiana americana”?

Colabora en la edificación y acrecentamiento de su mito sus convulsionadas separaciones y las polémicas derivadas (y magnificadas para vender más, esa vulgaridad social…).

Indio, Poli, Skay. Caminantes del rock.

Indio, Poli, Skay. Caminantes del rock.

El crecimiento desde los circuitos alternativos (under) y desde los primeros discos de los ‘80 a la masividad de los estadios y las giras latinoamericanas de los ‘90 agudizan la atención de los medios masivos de comunicación, poniéndose en marcha la construcción de estigmas y rivalidades ficticias que venían a hablar más de los intereses comerciales que el propio sistema ponía en juego que del valor artístico de Soda o de Los Redondos.

La Verdad que revelaban los medios (hoy, por múltiples circunstancias, descreemos o cuestionamos esa Verdad) impactó de lleno en los públicos rockeros que reforzaron su identificación con tal o cual banda a partir de la estigmatización y negación de la otra, como si tratara de un juego a todo o nada y donde el músico de la banda A se la come o el de la banda B se tiene que morir.

Este fenómeno también se alimenta de la crisis que la década de los ‘90 ocultamente venía engendrando y que eclosionará en los 2000: la degradación en el nivel de vida de millones de compatriotas y su repercusión en el mundo del rock mediante la mercantilización y el “sálvese quien pueda” como lema neoliberal y expresión de la devaluación de los vínculos sociales.

El pueblo no se queda esperando sino que se pone a aguantar; la “cultura del aguante” no es el reviente como fin en sí mismo sino parte del bagaje cultural popular de un país que marchaba a su propia destrucción a costa de su propio pueblo. Los sectores dominantes, responsables del gobierno de entonces y encarnados en la prensa oficial, hacen a esta cultura el chivo expiatorio de la crisis.

Según esta concepción, a Maxi Kosteki y a Darío Santillán los mató la crisis de 2001, Los Redondos mataron a Walter Bulacio en 1991 o Callejeros prendió fuego Cromagnón en 2004. Y acá la cosa es clara: la música no mata y si lo hace la policía y/o la corruptela enquistada en diferentes sectores del Estado.

De todo este cóctel se alimenta la falsa y más tristemente célebre antinomia del rock nacional. De nosotros depende no alimentarla más. Así que, a saber: ¡Buñuelitos de ricota, un buen vaso de soda fría, rock maravilla y canción animal para todo el mundo!

(la imagen de portada es un montaje!!!)

(de la edición Nº 27, enero 2014)