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Manuel Dorrego

El gobernador fusilado

Corrían años tumultuosos desde 1810 con el telón de fondo de la independencia de América del Sur, liderada por las campañas de San Martín y Bolívar que trajo la disputa entre los diferentes proyectos de país.

Manuel Dorrego.

Por Mauricio Villafañe*
Manuel Dorrego (1787- 1828), líder del Partido Federal y gobernador de la provincia de Buenos Aires, fue fusilado sin juicio previo el 13 de diciembre de 1828. La orden fue dada por el general Juan Lavalle en el marco de una conspiración de la facción unitaria-rivadaviana contra el gobernador. ¿Quiénes fueron estos hombres que hicieron parte de la historia grande de nuestro país? Fueron hombres que encarnaron las pasiones y las miserias como también las disputas sobre el sentido y el proyecto de organización nacional que nuestro país se dará tras años de enfrentamientos ¿Por qué se llegó a semejante desenlace, a tan vil fusilamiento? Se llegó por la instigación y la traición a las instituciones; el fusilamiento de Dorrego inaugura la práctica del crimen político orquestado por los sectores de poder contra las aspiraciones populares y sus legítimos representantes. Es el comienzo de la violencia política y la conspiración como estrategia para debilitar a la organización popular. De todo esto bien sabe el siglo XX al ser escenario privilegiado de golpes de Estado y de sus resultantes dictaduras.

Corrían años tumultuosos desde 1810 dada la inexorable fuerza de los acontecimientos, con el telón de fondo de la independencia de América del Sur, liderada por las campañas de San Martín y Bolívar. Los avances y retrocesos en esta tarea marcan el tono de la época, surgiendo la disputa entre los diferentes proyectos de país. Los años 20 del siglo XIX serán claves para entender tal disputa: la disolución del poder central (el Directorio) en 1820, abre una etapa de fragmentación que tiene a las provincias del llamado “Interior” renegando de la opresión y las arbitrariedades porteñas (centralismo político y expoliación de los recursos de las economías regionales).

La Argentina “profunda” se rebela contra un estado de cosas comandado desde la ciudad-puerto: en las provincias emergen los “caudillos”, expresiones que condensan liderazgos populares. El status quo porteño (oligarquía agraria y comercial) tenía, por su parte, como figura estelar a Bernardino Rivadavia, hombre referente del Imperio Británico en estas latitudes. Su ascenso político va a significar un duro golpe para el federalismo y va a condicionar la independencia suramericana recientemente obtenida en la batalla de Ayacucho, en 1824. Este mismo año se reúne, por iniciativa de Buenos Aires, el Congreso Constituyente y en 1826 se dicta una Constitución de inspiración unitaria (porteña, centralista). De esta manera se legitimaba la posición del grupo rivadaviano en el poder, atando los destinos de estas tierras al imperialismo británico.

Patriota revolucionario
Sin embargo, los pueblos de las provincias liderados por sus caudillos rechazan y se oponen a los “hombres de casaca negra” (en referencia a los rivadavianos), haciendo a su caída y al ascenso de Dorrego en 1827. Era, por entonces, jefe indiscutido del federalismo y un convencido patriota revolucionario, de una extraordinaria sensibilidad popular, conocido como el “Padre de los pobres”. El resentimiento unitario no tardará en hacerse notar: lo hará instigando a Lavalle a derrocar al gobernador legalmente constituido. Uno de los que “animó” a Lavalle a tomar la decisión del fusilamiento fue el doctor Salvador María del Carril, futuro vicepresidente de Urquiza. La burda argumentación unitaria hacía referencia a la “anarquía” en la que caería la República por el caudillaje provinciano apañado por Dorrego. Un anticipo de la zoncera sarmientina “civilización o barbarie” (ver Ayer nomás de septiembre. Sarmiento revisado: La verdad detrás del “Padre del aula”).

La disputa era política y cultural, exponiendo claramente dos proyectos de país en pugna. El proyecto que se impone lo hace al costo de la sangre derramada de Dorrego. Se sabe que Lavalle se arrepintió y denunció a los instigadores del crimen. Esto no lo exime de su tremenda responsabilidad histórica, manchando para siempre las armas de un soldado de la Patria Grande con la sangre de un compatriota. Fue, sin lugar a dudas, el máximo responsable del fusilamiento de Dorrego, junto a Rivadavia y su grupo.
Esta modesta columna no pretende, como ejercicio histórico, ser el tribunal de nadie. La historia no es un juzgado pero sí un arma, tanto de justificación como de reivindicación o reparación. Este viaje no es neutral (ni podría serlo): va a la memoria del coronel Dorrego, valiente héroe en la lucha por la independencia, patriota de la primera hora, honesto funcionario público, líder popular y mártir del federalismo**.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.