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Pagá mi amor

Denso, genial, político, fundante, icónico, oscuro y también, a su manera, ciertamente festivo. A mediados de la década del ochenta los Redondos parieron uno de los discos más importantes de la historia del rock de acá. A casi treinta años de su edición repasamos —arbitraria, caprichosa y desordenadamente— Oktubre. Sigue leyendo

14-Por Paulina Spinosa

El aroma de lo desconocido

Por Señor del más acá

Por las noches salgo a caminar, me gusta andar por la ciudad y sentir cómo se va apagando la vida comercial y se encienden los hogares, no los que se alimentan con leña, sino los que son alimentados con sudor y trabajo, con amor verdadero.

La temperatura era agradable, el aire estaba templado y se escuchaba a lo lejos el croar de las ranas y el canto de los grillos. Una avioneta volaba bajo. No sé si siempre es la misma pero todas las noches desde hace un tiempo hasta hoy, se escucha en el cielo su ruidoso andar, alguno que otro se alborota, teje historias y deja volar la imaginación sobre sus alas.

El recorrido de la caminata siempre es diferente, a veces salgo en una dirección y a veces en otra. No hay algo que me disponga a salir hacia un determinado camino, ni tengo un circuito trazado, sólo me dejo llevar por los aromas, por la gran variedad de flores y árboles que me indican por dónde andar, o por el olor a pan que se está cocinando en alguna panadería. Hay noches en las que salgo a adivinar el tipo de masa que está en el horno, puedo distinguir, sin dudas, entre una galleta grande y una flautita, incluso con solo pasar por la puerta de entrada al local me doy cuenta si el vigilante que está por salir tiene membrillo o crema pastelera, si las medialunas saladas salen antes que las dulces. A decir verdad, salgo a entrenar, sí, a entrenar los sentidos.

Cierta noche me encontré con una situación diferente a las anteriores. Una moto estaba detenida en una playa de estacionamiento sin techo y totalmente vacía, no recordaba un lugar así en la ciudad. Lo atribuí al crecimiento demográfico y como estaba en mi camino, seguí caminando, me acercaba desde atrás. La moto parecía de alta cilindrada, lo supuse por el porte, seguro era de más de 600cc, pero no pude divisar la marca ni el color, estaba oscuro, sólo una luz naranja se divisaba a lo lejos hacia la izquierda. Era una especie de foco que estaba suspendido en el aire a unos seis o siete metros de altura. Sobre la moto había dos personas, ambas con el casco puesto y con indumentaria apropiada como para realizar un viaje largo. El piloto estaba tratando de desenredar una cinta, al parecer, de las que pone la policía cuando delimita la escena de un crimen o las que suelen poner cuando hay obreros trabajando.

Habitualmente dicen peligro en color negro y tienen también colores blanco, rojo, otras amarillo. Ésta particularmente no tenía ninguna inscripción ni color. Tampoco era transparente, y no tenía extremos. Lo que estaba claro, era que la persona que estaba en la parte del conductor intentaba desenredar la cinta que se había atascado entre la goma trasera y la parte baja del asiento, realizando movimientos hacia atrás y hacia adelante al tiempo que la cinta se estiraba y se contraía, pero no se cortaba. Seguí caminando pero no logré acercarme. Vi todo perfectamente desde atrás pero no acorté la distancia entre los que estaban en la moto y yo. La cinta se tensaba cada vez más al tiempo que aceleraba el paso y en un momento determinado, que duró apenas un segundo, la moto salió hacia adelante a muy alta velocidad. A primera vista la cinta pareció cortarse, pero no estoy seguro, seguí con mis ojos el recorrido de esa pareja sobre las dos ruedas. El silencio encapsulaba toda esta situación, la moto no emitía ningún tipo de sonido, las ranas habían callado y el canto celestial de los grillos había desaparecido.

La moto salió en diagonal hacia la derecha, no creía que se pudiera alcanzar tanta velocidad en un trayecto tan corto. Luego, con el tiempo supe que un motor eléctrico entrega toda su potencia de un golpe y que puede llegar a acelerar de 0 a 100 en 1,5 segundos. Lo cierto es que la moto no pareció perder el control pero dio la impresión de que los hombros de las dos personas que iban sobre ella comenzaban a rozar contra una pared muy alta que estaba en la parte opuesta a la luz naranja que seguía a mi izquierda, suspendida en el mismo lugar y brillando con la misma intensidad.

Luego de hacer contacto con la pared la pareja realizó un ángulo de 90 grados en dirección este-oeste y desde ahí comenzó a incrementar la velocidad en sentido paralelo a mi posición. Quedé atónito, sólo pude mirar la aceleración endemoniada que lograban esos dos jinetes sobre esa especie de caballo metálico. Pasaron delante de mí tan rápido que no pude verlos, no pude ni siquiera escucharlos. Pude sentir el aroma del perfume que llevaban los desconocidos. Lo que no puedo es explicarlo.

Foto por Paulina Spinosa

(de la edición Nº 42, mayo 2015)