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Yo no puedo librarme a lo que te debo como ilusión

A modo de ensayo histórico, nuestro columnista repasa los hechos desde el presente y apunta que en la historia reciente local no queda otra que disputarle el sentido de lo ocurrido al olvido, luchando por la memoria, la verdad y la justicia. Por Mauricio Villafañe*

En octubre de 1976 fue secuestrado y desaparecido por un grupo de tareas, en el marco de la última dictadura cívico- militar, el profesor lobense de Lengua y Literatura Luis Oscar Pato Lacoste. A 36 años de este doloroso punto de inflexión en nuestra historia reciente local no queda otra que disputarle el sentido de lo ocurrido al olvido, luchando por la memoria, la verdad y la justicia.

Al respecto, asistimos a un contexto propicio para la profundización de la discusión en torno a las violaciones a los Derechos Humanos ocurridas en nuestro país, ayer nomás. Este contexto es tanto el resultado de la voluntad política de avanzar en tal sentido a partir del 2003 como de los largos años de lucha de los organismos de DDHH y de los familiares de las víctimas del terrorismo de Estado. No hay chances de olvido, perdón o reconciliación pero tampoco debe caber la venganza sino la justicia constitucional que repare, al menos en parte, el dolor causado por los criminales que se creyeron dueños de la vida y de la muerte de miles de compatriotas. En eso estamos.

Volviendo a lo que se dijo al comienzo: ¿Qué es lo que le disputamos al olvido? Arrastramos, como sociedad, el peso de una de las herencias de la dictadura: la expresión “Algo habrán hecho…” como exculpatoria y el “acá no ha pasado nada” como mecanismo que niega lo ocurrido. Ante ese peso insoportable que nos legaron los torturadores, nos rebelamos. Ellos son hoy ancianos, cobardes, cínicos, puestos ante el accionar de la Justicia a pesar de la patética simulación de senilidad que mal termina encubriendo su orgullo por el “triunfo” en la llamada “guerra contra la subversión”. Su “cruzada” no fue otra cosa que una acción represiva y criminal inédita contra la organización popular. Se los está acusando, juzgando y condenando por sus crímenes contra la humanidad.

Ahora, ¿Por qué la desaparición de un docente en Lobos? Hay, en primer lugar, un dato que merece destacarse: en el año 2009, un grupo de estudiantes del Colegio Nacional, del cual Pato era docente, realizaron un pequeño pero valioso documental sobre él. Consta de una serie de entrevistas que hablan de él como docente y referente cultural, abordando así también su desaparición. Es una necesaria reflexión sobre lo que nos ocurrió como sociedad, que se vuelve más valiosa aún al estar impulsada por estudiantes secundarios de nuestra ciudad.

Entonces, una primera respuesta a la pregunta planteada: fue desaparecido por lo que significaba, por ser una referencia cultural e intelectual en la ciudad. Una de las entrevistadas en el documental, su esposa, destaca la existencia de una denuncia contra Pato de parte de un “grupo de padres”: ¡Atención, señores y señoras, su papel ante la historia y ante su pueblo es haber “liberado” a sus hijos del terrible “peligro” de un docente!
Yendo a lo más general, el secuestro y la “doble” desaparición (corporal y cultural) de Pato Lacoste son acciones “ejemplificadoras” y significan el cierre de la dinámica cultural precedente y antagónica al tiempo de “orden” que corría para 1976. Su “ausencia” sacaba de la escena al mejor y mayor exponente local de esa dinámica, poniendo en aviso a los que quedaban: “Ojo, Lacoste algo habrá hecho, no se metan…”. Terrorismo desde el aparato de Estado, engranaje de un plan sistemático de reestructuración y disciplinamiento social basado en la tortura, el robo de identidad, la represión y la desaparición forzada entre otros rasgos “distintivos”.

Es el objetivo del “orden”, atento a un proyecto cultural y social reaccionario y represivo, el que lleva a la desaparición de Pato. Su accionar, como docente y referente, era propio del contexto social, político y cultural previo a la imposición de los militares y aliados civiles en 1976. Pato transitó Filosofía y Letras en la UBA de mediados de los ‘60, años de resistencia a los “bastones largos” del golpe de 1966; vivió y se formó a la par que el pueblo argentino fue despertando de este letargo golpista, Cordobazo mediante.

Es testigo y parte de todo un estado de movilización inédito a escala global: la descolonización de África, el movimiento hippie y la oposición a la guerra yanqui contra Vietnam, la desestalinización en el mundo soviético, el Mayo francés, la Revolución cubana, el triunfo de Salvador Allende y la Unidad Popular en Chile, el Concilio Vaticano II y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, la opción por la lucha armada por parte de las organizaciones populares latinoamericanas para enfrentar a la violencia golpista desde arriba… Más cerca e inmediato, se corona en nuestro país la lucha de la mayoría del pueblo argentino por hacer retornar, tras 18 años de bombas, fusilamientos, traiciones y proscripciones, al peronismo al poder.

La imposición del proyecto cultural dictatorial frenaba y demolía todo un estado de cosas, en nombre de proteger la esencia del “ser argentino”. La cultura era entendida como un “campo de batalla” más, volviéndose una preocupación central. Por tal motivo, había que controlarla: de acuerdo con este objetivo, se recurrió a “listas negras”, políticas de censura rayanas a lo absurdo, exilios forzados, desapariciones y quemas públicas de libros como la que el genocida Luciano Benjamín Menéndez realizó en Córdoba. Esta práctica persecutoria y represiva estaba orientada a los llamados “ideólogos” de los “subversivos” (entendidos éstos como militantes y activistas de organizaciones sindicales, político- armadas, etc.): intelectuales, artistas y…docentes. Sí, docentes: el 5.7 % de los desaparecidos, según declaraciones recogidas por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), eran/son docentes. Y Pato Lacoste es uno de ellos.

Con este tipo particular de represión se lograba no sólo la desaparición física sino también la representacional (obras, prácticas y discursos). A la desaparición del cuerpo como forma de “gestión” del poder en regímenes autoritarios (la aplicación de la pena de muerte en forma masiva, por ejemplo) se le corresponde la desaparición referencial; está desaparecido su cuerpo pero también lo que éste significaba intelectual y culturalmente. De esta forma, la estrategia de la dictadura en este terreno se volvía complementaria respecto al terrorismo estatal como plan de desarticulación y disciplinamiento de la organización popular.

Esta estrategia tiene, como uno de sus campos de acción, a la escuela. En ella estaba la “fuente” de la “subversión”, que “intoxicaba” a los jóvenes argentinos con ideas extrañas al “ser nacional”. La “intoxicación” podía darse en el tipo de materias dictadas y en sus contenidos, en los vocablos empleados como en el aliento a ciertas formas de trabajo en el aula o en las tareas y los comportamientos. La labor de “control ideológico” llevada a cabo por los defensores del orden dictatorial venía a atacar todo una dinámica cultural previa: militancia y compromiso político, activa sindicalización (centros de estudiantes) y un espíritu general de apertura y discusión.

La respuesta represiva comienza con la limitación del rol docente, quedando como un mero transmisor de contenidos para continuar con absurdas reglamentaciones en la vestimenta y en el comportamiento, el control de contenidos y de la dinámica institucional y áulica, la censura de libros y materiales, la vigilancia sobre actividades escolares y extraescolares, sanciones (suspensiones, expulsiones) y persecuciones. La más drástica de las medidas era el secuestro y la desaparición, como a Pato. Su materia, Lengua y Literatura, era sospechosa de favorecer el “adoctrinamiento subversivo”, la “marca de época” de lo absurdo de la política educativa dictatorial.

A fin de cuentas, el hecho de que Pato sea parte de una dinámica cultural que alentaba una propuesta educativa convocante (estimulando el trabajo en grupo y la discusión sobre lo que sucedía en la actualidad, como se destaca en el documental), en articulación con un proyecto cultural innovador y hasta revolucionario en una ciudad como Lobos (editor de obras de autores locales, director teatral) hace que se convierta en una figura “peligrosa” para las aspiraciones reaccionarias, ya que su acción era protagónica y estratégica en la formación, transmisión y generación cultural lobense.

Este modesto viaje va terminando con la certeza de buscar no sólo la reivindicación de Pato Lacoste sino también de intentar ligarse a un mandato que la memoria impone: frente al acto criminal de su secuestro y desaparición, frente al olvido y al “acá no ha pasado nada…”, recomponer lo negado y desaparecido, simbólicamente hablando. Pero esta restitución no puede ser nunca una aspiración individual sino una tarea colectiva consciente. De esta forma, en Lobos, hay en el aire una inquietud y un muy auspicioso renacer cultural.

Los diferentes espacios y muy buenos artistas locales y sus expresiones, los proyectos concretados y los que se vendrán hablan de la reconstitución de los lazos sociales negados por tanto tiempo y de la recuperación de la confianza, de las ganas y del compromiso aparte del talento, la capacidad y las condiciones. De esta forma creo que todos y todas estamos menos solos y solas, haciendo un poco por restituir lo que nos han negado, recuperando en lo concreto obras, prácticas y discursos clausurados por la herencia cultural del ‘76, ese viejo manual de instrucciones y toda su “enseñanza” de individualismo y de “no te metás”. Recuperando esto vamos a disputarle el sentido de la historia al maldito olvido, a generar memoria luchando por la justicia para los que ya no están y a trabajar por la esperanza de vivir y hacer un mundo mejor.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 12, octubre 2012)

La memoria siempre funda el mañana (S.I. Marcos)

Dame un momento más con mi memoria

A través de explicativos conceptos sobre la memoria, el olvido y todos los presentes, este ensayo analítico intenta atravesar esos mares de construcciones de mitos, mentiras y prejuicios para justificar la muerte de todos los que no están. Por Emiliano Maglione*

Estableciendo comunicación

Me surgen algunas preguntas que vienen a dejar bien marcado el campo entre los “reivindicadores” de la última dictadura, y por tanto CÓMPLICES, y las “víctimas” del plan realizado por ésta, basado en el terror y la desinformación. Supongamos que nuestro país se encontraba en “peligro” de sufrir “atentados terroristas” de parte de grupos armados. ¿Puede o debe el Estado de ese país ¨salir a cazarlos”?, ¿Puede o debe salir a “cazar” y, encima, desaparecer civiles?, ¿Sin juicio previo? Digo, Ellos, bajo su punto de vista sobre lo que está bien y lo que está mal, consideran “culpable” a alguien y sin juicio previo se lo ejecuta ¿Tiene eso alguna lógica?, ¿Usted cree que podemos manejarnos así en la vida?, ¿Cree usted que un gobierno, que no lo eligió nadie, debe poder, a su juicio, fusilar personas y desaparecerlas?, ¿Cree usted que la familia de estas personas deben vivir esperando un hijo que de un día para el otro se “fue” y encima no deben hacerse ninguna pregunta?, ¿Cree que estas madres o abuelas deben entregarse al olvido o al perdón?, ¿Realmente usted cree que se puede hacer esto?

Supongamos que los 30.000 desaparecidos fueran culpables de algo ¿Se los debe desaparecer? Supongamos que no son 30.000; supongamos que son 8.000 ó 10 ó 1 ¿Cree usted que la familia de este único desaparecido (por parte del Estado) no debe preguntarse nada, debe enterrar el pasado y entregarse a la no-justicia porque ese gobierno que nadie eligió así lo dispone? Nunca se pudo probar que haya existido ese tan agitado peligro “comunista”; fue la gran excusa para la desaparición forzada de miles de compatriotas. Lo que sí está probado, vale decir, son las más de 100 restituciones (y las 400 que aún faltan) de identidad de nietos por Abuelas de Plaza de Mayo. El gobierno de facto (junto a los medios de comunicación que lo apoyaron) se encargó de inventar “enfrentamientos” para justificar el fusilamiento de las víctimas y de generar estereotipos que “ayudaban” a las personas a identificar a un “subversivo”.

“Yo nunca voy a decir que todo tiempo, por pasado, fue mejor…”

A mediados de la década del ‘70 se impone una dictadura cívico-militar. ¿Por qué “cívico”? A partir del consenso obtenido en importantes pero minoritarios sectores beneficiados por el nuevo orden y sus políticas económicas. Más aún: este apoyo activo se basó en medios masivos de comunicación que lograron su cometido al llevar a cada rincón del país un poco más de desinformación y ocultamiento. Vale la pena también recordar la complicidad de la cúpula de la Iglesia Católica, la misma que hoy se opone al matrimonio igualitario o a una ley de aborto; la misma que tuvo silencio para las Madres y Abuelas desesperadas que pedían por sus hijos y sus nietos; la que hoy nos sigue castigando con más silencio, tan alejada de los Padres Palotinos y del Padre Carlos Mugica. La Junta Militar, liderada por Videla, Massera y Agosti, dirigió un duro golpe a la “columna vertebral” del país. Dicho golpe fue previamente calculado (fue un plan sistemático de tortura y saqueo, sin vacilar). Desde el principio los objetivos fueron claros al buscar obtenerse el control de los dos planos que conforman dicha columna: el político y el cultural**. Para poder imponer sus políticas, el gobierno dictatorial inició una sangrienta persecución contra todos aquellos que se oponían a ellas.

“No habrá flores en la tumba del pasado”

“Las fronteras de la memoria. La masacre de las Fosas Ardeatinas. Historia, mito, rituales y símbolos” se llama el texto del historiador italiano Alessandro Portelli, publicado en la revista Sociohistórica. En él muestra una discrepancia entre el conocimiento histórico con todas sus herramientas y la memoria y/o el sentido común. El tema del trabajo es un acontecimiento que se da en Italia el 24 de marzo de 1944: la masacre de las fosas Ardeatinas. Sin entrar en detalles: las fuerzas de ocupación nazis asesinan a “335 personas, rehenes o, simplemente, personas tomadas al azar en la calle”, en “represalia por un ataque partisano” ocurrido el día anterior. Los registros británicos llaman a este crimen “atentado” donde habían muerto 32 soldados alemanes. Estas 335 personas fueron secuestradas y fusiladas sin juicio previo y arrojadas en fosas. Unos años después, el autor realizó una serie de entrevistas a distintos protagonistas (distintos ciudadanos italianos; todos ellos de alguna u otra manera protagonistas). De ellas se pueden desprender los distintos mitos que se fueron generando detrás de este suceso; los más inocentes, esos que nacen del miedo y del manto que cubre los ojos de los que no eligieron bien de dónde o cómo informarse o posicionarse y también los que se crearon de manera tendenciosa, casi cómplice. Este texto logra poner en vista la cara más sistemática, la más planeada, y, quizás por ello, la más siniestra del nazismo: el exterminio planificado de seres humanos. Característica que comparte, casualmente… con la última dictadura argentina.

“¿Te digo quiénes son los argentinos y las argentinas? Los que se llevaron a ninguna parte o a las Malvinas”

La construcción de mitos que justificó los crímenes de las fosas Ardeatinas (“Los partisanos arrojaron una bomba; por eso merecen ser castigados”) también le sirvió a la dictadura para encubrir el plan de tortura y desaparición contra la amenaza “subversiva” (“Pato Lacoste quería poner una bomba en el Nacional/ quería llevar armas a Chile”). La misma lógica. Ambas acciones, imposibles de comprobar y que no soportan el más mínimo análisis histórico, fueron marcadas a fuego en la memoria colectiva a través de estereotipos creados por esos mismos medios de comunicación que fogonearon la búsqueda de un culpable que hiciera más “liviana” la conciencia de su complicidad (“algo habrá/n hecho…”); la revista Gente bajo la dirección de Chiche (Gelblung) es un buen ejemplo de ello.

La figura de Pato coincidía con los estereotipos planteados. Este hombre se “atrevió” a ir a la Cuba de Fidel o al Chile de Allende y volvió a su ciudad a traer ideas ¿nuevas?, “peligrosas”. Este hombre se atrevió a alentar no solo a la lectura sino también a la edición de autores locales y es recordado por sus ex alumnos como un excelente profesor. Si así ellos lo recuerdan: ¿Qué nos importan entonces las construcciones mitológicas que pudieron y puedan crear alrededor de su figura?

Tenemos la obligación de recordar primero, como argentinos, a todos los desaparecidos, 30.000 o más, y segundo, como lobenses, a Luis Oscar Pato Lacoste, nuestro propio desaparecido, por su apertura mental y por la acción llevada a cabo del modo más leal a sus alumnos, a sus convicciones y a su profesión, la de profesor de una escuela pública. Por suerte, un nuevo resurgir cultural, posiblemente legado de Pato, aparece como contrapartida al olvido en el que estuvimos durmiendo por tanto tiempo.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.
**Léase el trabajo de Villafañe, Mauricio. “El problema del pueblo. La represión cultural durante la última dictadura: El caso del profesor Luis Oscar Pato Lacoste”.

(de la edición Nº 12, octubre 2012)

2-Años de Pescado II. Spinetta, Lebón, Amaya y Cutaia.

Pescado Rabioso: Al borde del camino

Con su segunda banda tras la disolución de Almendra, el Flaco dio un giro de raíz en la forma de hacer rock, de componer y emitir mensajes cifrados, con guiños a la sociedad. Tres discos fundamentales para la historia del rock nacional. 

Pescado. Spinetta, Cutaia, Grinberg y Amaya.

Pescado. Spinetta, Cutaia, Grinberg y Amaya.

Por Félix Mansilla

Pescado Rabioso fue la continuación ecléctica de lo que Almendra dejó en el camino, pero con algo más de volumen y despliegue sonoro, a partir de un hard crudo, ácido y psicodélico. Casi sin respiro el aura del Flaco mutó en energía, melodías y mensajes de cortes setentosos: violas al mango y una base montada en energía de power trío. El primer disco, Desatormentándonos (1972), fue posible junto a otros músicos que ya sabían de rock & roll como Black Amaya en batería, Bocón Frascino (ex Pappo´s Blues) en bajo, y la producción de Jorge Álvarez. Dicha placa, contiene espesas melodías y riffs con una suerte de aires a Led Zeppelin y Cream, que comenzada la década apenas se esparcían en los oídos de todos.

Los años setenta fueron complejos, duros, sangrientos. El mensaje de Pescado en el interior del vinilo, anticipaba todo lo que después traspasó: “El pueblo es la estrella mágica. Todos la vemos parecerse al río. Los gusanos de los emperadores trepidan en apocalíptico festín. Ellos no tienen tiempo de recurrir a las armas. La estrella las fundió todas en un piano infinito. La cabellera de los torturadores sangra en mi carro. Nosotros: desatormentándonos para siempre”.

Con canciones claves como “Blues de Cris” (¿el final en base rock de Muchacha…?), y “Serpiente viaja por la sal” (con un largo pasaje en planos de hammond, con más de ocho minutos de duración). De modo simple pero enrarecido, Desatormentándonos es el inicio de una nueva etapa de absorción sensorial de Spinetta en tanto líder de un trío pleno de rock pesado.

Pescado II (1973).

Pescado II (1973).

Pescado II

Este disco contó con la participación de Carlos Cutaia en órgano y teclado y David Lebón en bajo y guitarra. El booklet, fue realizado por el Flaco en puño y letra, donde cuentan detalles de la grabación, contiene dibujos, fotos de la banda y las letras, muchas veces explicadas en clave para el consumidor de aquellas músicas que suenan en la actualidad como senda a recorrer, el manual básico para hacer rock canción.

Si bien es una obra donde Pescado baja algunos decibeles y se notan resabios de Almendra a lo lejos, cuenta con mensajes de ese camino entre la realidad, lo real y lo presumible como producto de la forma de resignificar el mundo de aquellos cuatro jóvenes del rock. Debajo de la descripción de “¡Hola, pequeño ser!” se lee: “Aquí se habla de parar todo tipo de drogas. Aquello que creíste como la llave del cambio, no es sino una parte más de lo que compone a una personalidad adquirida. Por supuesto que cada uno puede hacer lo que le plazca, pero si el mundo debe revertirse y cambiar en serio y esta idea es fundamental para una nueva generación, la droga, en el momento que desvía la mente lúcida, ya se torna en parte de lo reaccionario, y, de todos modos la experiencia valió y como es irrepetible, hay que cortarla”.

De no haber sido por aparecer en formato doble sin un hilo conducente en su totalidad, Pescado II es una ópera rock que tiene destellos y pareceres que huelen a Sgt. Pepper´s de Los Beatles; grabaron junto a músicos clásicos (suenan arreglos en muchos pasajes) que dieron el punto justo en la conjunción de los parámetros musicales de la época.

Artaud (1973).

Artaud (1973).

Artaud

En una entrevista a Miguel Grinberg del año 1977, el Flaco define a su segunda banda. “Lo que traté de hacer con parte de Pescado Rabioso, fue rebobinar el proceso. Pescado Rabioso fue el primer eructo después de que uno se toma un Uvasal tras haber comido y bebido a mansalva. Como el primer síntoma de tratar de rebobinar un proceso autodestructivo, frenarlo.

El material que no es pus, es el material roquero (sic). Es el que está contaminado, y nada más. Son pequeños puntitos que quedaron, que por otra parte Dios quiera que queden siempre a través de cualquier proceso necrofílico. Quedó eso, quedó la fragilidad de Cristálida o Mi espíritu se fue, Credulidad” (Pescado II).

Poco después vino la etapa de Artaud (1973), con la firma de Pescado pero la impronta del primer solista de Spinetta. “En Artaud conseguí la primera liberación de cosas. En ese álbum, cuando empecé a manejar ese material, empecé a creer en la posibilidad de un antídoto, en el cual creo perfectamente. El antídoto al sufrimiento, el antídoto al ‘art nouveau’, al ‘art decó’, a la moda, a la paja, a las drogas, el antídoto a la promiscuidad sin sentido”.

La obra —fundamental por su esencia— es una especie de representación dramática sonora, amplificada con mensajes de los que sólo hablaba aquel Spinetta de cambios en su interior. Para la promoción del disco, el músico contó a Grinberg sobre su admiración por el ‘poeta maldito’ Antonin Artaud. “Es un poeta. Creo que fue revolucionario, por eso utilizo para mi long-play su nombre. Fundamentalmente tengo una especie de predilección por su obra, y no sólo por la obra que construyó, sino por cada momento de su vida, vividos a una intensidad que realmente se adelantó a su tiempo”.

Tiempos de rock rabioso: Lebón, Spinetta, Amaya, Cutaia.

Tiempos de rock rabioso: Lebón, Spinetta, Amaya, Cutaia.

El contexto era represivo. Bombas, tiros, la Masacre de Ezeiza en el medio, las botas largas y los aires de liberación. Alejado del insumo rock en clave revolucionaria, Spinetta constituyó su propia manera de expresar lo real a través de aquello que se lee como por fuera del plano real de las cosas. “Mi preocupación justamente es cargar todo el mensaje de una buena energía, simplemente. Que no sea una energía que es producto de una evocación del proceso esquizofrénico de toda la sociedad. No cargarla con los elementos básicos de la represión, que es la mala energía. Sino cargarla con elementos de una energía liberadora, que provoque una concientización de esa energía. Generalmente, las conciencias de la sociedad no tienen libre acceso, dada la represión, a tener este tipo de información. Que no es una información de otro planeta. Es una información basada en la observación de la realidad más pura”.

El regreso a las fuentes con Artaud, cerró la etapa de erupción rockera que hizo el crack en las maneras de componer, relatar y narrar esa fría pero efervescente etapa. Artaud contiene toda la clase de claves para entender eso que se respiraba en los setentas.

“Las almas repudian todo encierro” (Cantata de puentes amarillos); las formas de absorber los destratos del poder: “No llores más ya no tengas frío/No creas que ya no hay más tinieblas/ Tan sólo debes comprenderla/ Es como la luz de primavera” (A Starosta, el idiota); hablando del miedo: “Siempre temblar, nunca crecer/Eso es lo que mata tu amor/Siempre llorar, nunca reír/Eso es lo que mata tu amor/ Lo mismo da morir y amar” (Superchería); o la joven resignación en Las habladurías del mundo, con un mensaje final (cargado): “No estoy atado a ningún sueño ya/Las habladurías del mundo no pueden atraparnos”.

(de la edición Nº 16, febrero 2013)

1-Jóvenes de ayer. Molinari, Del Guercio, Spinetta y García.

Almendra: Luces como ayer

Hace 44 años, cuatro pibes porteños se calzaron canciones de cráneos frescos con el nombre de Almendra, como su primer disco: una obra inconmensurable que marcó a fuego al rock nacional. Por Félix Mansilla

Almendra modelo 2009, juntos para el show de Las Bandas Eternas.

Almendra 2009, juntos para el show de Las Bandas Eternas.

Escuchar el disco Almendra es adentrarse en un mundo experimental conjugado con aromas de una época de cambios. Nueve canciones que no se parecen a nada o lo remiten todo a ese tufo tan beatle, algo stone, muy Hendrix, porque de algún modo el contexto se lee hoy como una suerte de espejo generacional. Entre abril y septiembre de 1969, los estudios TNT albergaron a los creadores de ese disco que desde la portada proponía la figura de un hombre imbuido en la tristeza, con lágrimas y una sopapa en la cabeza.

Sus mentores —Luis Alberto Spinetta, Emilio del Guercio, Edelmiro Molinari y Rodolfo García— crearon el imaginario de un estilo en expansión que comenzó con sueños de jóvenes y todo un mundo por ser explorado/explotado. Del Guercio (bajo) a más de cuarenta años de aquella explosión creativa contó que “éramos pibes muy inquietos y con una necesidad de absorber todo, porque siempre creímos que el arte que hacíamos era a través del soporte de la música, pero expresaba, o trataba de expresar un montón de cosas más. Trataba de ser integral” (revista La Mano Nº 68, nov. 2009).

Luis y Emilio asistían a la escuela de Bellas Artes de Buenos Aires, de allí esa forma de mirar el aire, de expresar el espíritu. Lo mismo que una década atrás en Inglaterra, la formación pública argentina traspasó esos límites acartonados del mundo occidental de la posguerra. “Las escuelas artísticas produjeron unos cuantos buenos artistas, sobre todo de rock ´n´roll: Eric Clapton, David Bowie, Pete Townshend, todos los integrantes de Pink Floyd, Keith Richards, Ron Wood, Ray y Dave Davis, de los Kinks, Jeff Beck y Eric Burdon, para nombrar sólo a los más famosos” (Barry Miles, Paul McCartney. Hace muchos años. Biografía. Emecé 1999).

Pero aquí, en plena diáspora onganista las cosas eran muy diferentes y llevar las melenas al viento era estar preparado para ser detenido. El Flaco recordó: “Nosotros —con Emilio— íbamos con las carpetas a la escuela de Bellas Artes, nos tomábamos el tren y estábamos en la escuela. Pero mientras llegaba el tren, pasaban dos canas y te llevaban a la comisaría 33ª, te interrogaban y te mandaban a un calabozo horrible, cuando vos en realidad ibas a estudiar” (RS Nº 108, sept. 2008).

El paralelo es casi inevitable si se toma como base que la formación de Almendra provenía del ambiente que surcaban y las influencias que recibían. Luis rememoró el contexto, entrevistado por Claudio Kleiman: “Estábamos inspirados por nuestros amigos, habíamos tenido en cuenta lo que pasaban en la radio (…) como Diana divaga (primer simple de Los abuelos de la nada). Nos volvíamos locos de felicidad. Escuchábamos a Los Gatos y nos encantaba. O sea que la influencia era directa, de alguna manera. A nosotros el ímpetu por hacer algo y ofrecer otro aporte nos hacía vivir como en una especie de revolución musical. Que tampoco se pudo haber realizado sin otros troncos básicos, como Moris, Miguel Abuelo, Litto Nebbia, los pibes de Vox Dei un poco después, tantos tipos que aportaban lo suyo en ese momento”.

El primer LP de Almendra (1969).

El primer LP de Almendra (1969).

La tapa de Almendra

Emilio del Guercio, contó al ciclo Elepé que “laburábamos con la música de una manera conceptual e inauguramos con Almendra el concepto de la obra artística”. Rodolfo García (batería): “Para el concepto de esa época, la primera tapa de Almendra era una cosa espantosa. De hecho, hubo que hacerla dos veces porque la gente de la compañía no la podía digerir. En esos años, la idea de ellos era explotar la imagen de los grupos. Éramos muy críticos de eso y había como una auto-imposición de no entrar en esa”.

La grabación la consiguieron luego de hacer contacto con Ricardo Kleiman, hijo del dueño de la sastrería Modart y productor del programa Modart en la noche, quien asistió a un ensayo de la banda semanas después de que le contaran de qué venía el concepto y la trasgresión de la banda (ver nota de Alfredo Rosso). Tiempo más tarde, entraron a TNT y en cinco meses quedó listo el LP en el que no incluyeron las obras de los simples, con la idea de ofrecer más a los compradores de sus discos.

Entre éstas figuran canciones como “Tema de Pototo (para saber cómo es la soledad)” —grabado primeramente por Leonardo Favio; una versión harto melosa, odiada por el propio Spinetta— y “El mundo entre las manos” (1968). Además, canciones que fueron reunidas por RCA Víctor en un solo material en el año 1999, que incluye: “Hoy todo el hielo en la ciudad”, “Campos verdes”, “Final”, “Hermano perro”, y “Mestizo” (que formó parte del disco I de Almendra II, 1970). A ese camino mágico de obras que no se gastan, se agregó “Gabinetes espaciales” que fue de la partida en los finales del ’60, pero se hizo conocido antes del fin de milenio editado en el box Almendra 68/70.

Edelmiro Molinari (voz y 1º guitarra) contó ése camino difícil: “No teníamos productor musical y nos producíamos nosotros. Simplemente íbamos y lo encarábamos como trabajábamos en casa. O sea, tocábamos, escuchábamos y si lo sentíamos ok, estaba todo bárbaro”.

Almendra II: psicodelia, acidez, rock (1970).

Almendra II: psicodelia, acidez, rock (1970).

Almendra II

En 2008, el Flaco lo definió: “Fue rockero y más psicoldélico. Nosotros mismos habíamos vivido algunas experiencias. La diferencia entre un disco y otro fue mortal, no lo perdonó la prensa ni nadie. Un medio muy importante, el matutino de mayor tirada, me destrozó. A mí personalmente, me hacía culpable. Porque yo leía eso y decía: ‘Pero ¡qué hijo de puta!, no sabe lo que queremos, no se da cuenta… ¿Lo hicimos mal entonces?’. Hay que entender que era una búsqueda tras otra, como parámetro básico” (RS 126).

La segunda etapa de la banda, consistió en el desarrollo de todo lo que el primer LP no contuvo por ser un arranque novedoso. Con dos partes de rock psicodélico y ácido, las creaciones se expanden como una firme idea de recorrido a lo largo del tiempo. El disco uno abre con “Toma el tren hacia el sur” y suenan en su recorrido clásicos como “Rutas argentinas” (compuesta en la caja de un camión viniendo a la Laguna de Lobos a un festival de rock que no fue, como le contó Luis a Mario Pergolini hace unos años en un show para Cuál es?), “Camino difícil”, compuesta por Del Guercio en honor al Che Guevara, y una obra con tono de locura como “Vete de mí, cuervo negro”. La parte dos, demuestra la experiencia y vuelan por aires encontrados con ese arranque único como “Parvas”, “Cometa azul”, “Los elefantes” y un final “Instrumental”.

Spinetta, contó las horas de ése final que iba a ser una ópera rock. “Estábamos ante mil propuestas y, por otro lado, creo que Almendra llevaba el estigma de que teníamos que hacer la ópera y esto y lo otro, y no nos dimos cuenta de que nuestro representante nos cagaba de una manera monstruosa”. De modo presente, el Flaco rememoró con un tinte de auto-culpa ese final, el mejor de todos los posibles: “Y entre los egos…no digo que yo en ese tiempo no tuviera también un papel protagónico por el ego de querer hacer mi música y llevar adelante mi proyecto, y además estaba medio loquito por las sustancias, entonces era lógico que yo quisiera una renovación permanente. Ahí me armé de ese patrón, cuyo mejor ejemplo son los Beatles, cuyo período de oro es desde el disco cero hasta el último”.

El regreso de Almendra en 1980.

El regreso de Almendra en 1980.

El regreso

La historia no finalizó allí. Del Guercio y García, junto a su hermano Gustavo Spinetta, participaron en la grabación de Artaud (1973) que si bien lleva la firma de Pescado Rabioso es la primera obra de Luis en plan solista. En 1980, Almendra se reunió para dar dos increíbles shows en el estadio Obras, dejando una placa poco valorada en su momento pero que hoy se inscribe como una obra específica de cuatro músicos maduros, con la sintonía de los ochenta sobre la espalda. Dicho trabajo cuenta con una mejor producción en la grabación y en la forma en que los sonidos se comprendieron para dejar claro testimonio de crecimiento conjunto.

(de la edición Nº 16, febrero 2013)

FAVIO 2

Nuestro Leonardo

El 5 de noviembre por la tarde el mundo se enteró de la muerte de Leonardo Favio. Vale aquí nuestro homenaje — en forma de ensayo—  a partir de un análisis sobre su mirada de autor y las estructuras utilizadas en el relato del film Gatica, El Mono. 

  Por Félix Mansilla
El film de Leonardo Favio (1938-2012) se abre desde amplios aspectos culturales/históricos mediante un repaso retrospectivo de la vida política y social de Argentina a partir de la década del ´40 con la aparición de la figura de Juan Domingo Perón. La excusa es una biografía fina del boxeador, quien transcurre por ella como epopeya del repaso contextual a partir de una ordenada estructura de elementos y recursos utilizados por el autor. En tanto, puente analítico, la crítica a una obra cultural desde un canal atrayente como el cine, resulta importante si se trata de un elemento que en el tiempo ha logrado cobrar valor y puede así repensarse sobre aquello que significó en el pasaje epocal determinado.

El recuerdo colectivo como valor contiene una definición de Roland Barthes (filósofo, escritor, ensayista y semiólogo francés) quien en “Crítica y verdad” (1966) señala que “nada tiene de asombroso que un país retome periódicamente los objetos de su pasado y los describa de nuevo para saber qué puede hacer con ellos: esos son, esos deberían ser, los procedimientos regulares de valoración”. En su libro “Atrapa el pez dorado” (Mondadori, 2008) David Lynch narra: “No sé por qué, pero entrar en un cine y que se apaguen las luces es mágico (…), entras en otro mundo. Es bonito cuando se comparte la experiencia. También es bonito cuando estás en casa con la pantalla delante, pero no tanto. Es mejor en pantalla grande. Así te adentras en otro mundo”. En ese marco simbólico, Leonardo Favio sobrevive como punto esencial de la cultura nacional. Al explicar su forma de procesar y reconstruir los personajes, Favio argumentó alguna vez que “a mi me gusta que sea muy claro el guion. Me interesa mucho ver qué le sucede al personaje, pero especialmente, todo lo que ocurre sobre su rostro, porque el rostro cuenta tu vida, es el que te narra a través de los ojos y la mirada”.

Juan el botellero, Leonardo el cineasta
Quizá la reconstrucción de la vida de Gatica en manos de Leonardo Favio, se desplace desde aquella niñez devenida en privaciones, rupturas y cambios, atravesados en parte por la marginalidad: Favio pasó parte de su niñez en hogares y reformatorios. En el Mono, el personaje de Edgardo Nieva se bate en la marginalidad, sin padre, con una madre desesperada por la dejadez de malos tiempos, los platos de sopa y el humo de tabaco para armar. En una entrevista para la revista Hecho en Buenos Aires Nº 10, de septiembre de 2009, el cineasta definió su visión del mundo en sus obras: “Mis películas hablan de Poesía y naturaleza; de eso está plagada mi filmografía. (…) Realmente, yo no concibo la vida de otra manera”. El film retrata la vida del boxeador argentino de peso ligero, proeza del deporte popular, espejo y reflejo claro de un período de cambios en el proceso político, social, cultural y económico del país durante el surgimiento del peronismo en los primeros años de la década del ´40. Favio pauta los dotes del personaje subrayados en toda la producción: ropas extravagantes, derroche de dinero en putas y propinas abultadas, donaciones a hogares de niños con capacidades diferentes y sus fotos con Perón y Evita. De forma paralela, cada paso en la vida del boxeador se amplifica y modifica al ritmo de aquellas circunstancias por las que atravesó parte de la Argentina. La infancia de Gatica se ve cruzada por aquel ajetreo de modificaciones de orden social, obtención de derechos y la salida de las clases populares a las calles. En el principio de la historia, el director anuncia: “Salvo los datos históricos, en los que algunos nombres han sido cambiados, los hechos narrados en esta película fueron recogidos de la mitología popular y recreados libremente por los autores”.
Los resultados estadísticos —recurso constante a lo largo de 136 minutos— arrojan los logros deportivos del Tigre puntano, quien obtuvo sendos títulos en una carrera “desprolija” y casi característica de lo que podemos llamar el prototipo de boxeador argentino: de clase baja, vago, putañero y arrogante, vida desordenada, y más conceptos (o prejuicios comunes). Parte de la carrera de otros púgiles tienen el mismo tinte que la de Gatica: Ringo Bonavena (asesinado en dudosas circunstancias en Nevada, U.S.A, en 1976), Carlos Monzón (preso por homicidio, fallecido en un accidente de tránsito en 1995), Rodrigo la Hiena Barrios (condenado a cuatro años de prisión por homicidio culposo en accidente en vía pública) y los ejemplos podrían seguir. Los números destacados en cada tramo de la película, hacen a la parte biográfica del personaje, por eso, el resultado de la obra de Favio también indaga sobre aquellos detalles que reconstruyen a la representación del camino del púgil, los cuales no resultan incómodos y están específicamente ubicados. Es decir, sus diálogos con el Rusito, amigo/hermano de la infancia, suceden una y otra vez para demostrar las características del personaje: “No puedo andar solo”, pronuncia Gatica en un abrazo fundido con su amigo; símil Bernardo del Zorro, Picaporte de Phileas Fox en “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne, Robin fiel o el incondicional Sancho. Mientras, los encadenados en la pantalla generan la sensación constante de paso del tiempo, las imágenes de las portadas de diarios y revistas dan a conocer el derrotero de Gatica, que finalizó con 95 combates ganados, 85 obtenidos, de los cuales 72 fueron por knock out.

Política y deporte
Sobre el paralelo Gatica y su relación con Perón y el movimiento peronista (antes de los combates repetía “Quiero dedicarle este triunfo al General”) o su visita a Eva Perón antes del deceso, son las claras muestras del codeo entre la política y el deporte popular en aquellos años. Sorprende el sendero del relato: en todo el tramo de la película se lo ve al “campeón” atravesando largos pasillos de los clubes donde peleaba, en el hospital donde se entera que su segunda esposa perdió el embarazo de su hijo varón, en los callejones por dónde camina solo, borracho y aturdido, entre gritos de “Mono y Perón, un solo corazón”. En referencia al costado social del film, es dable citar a Omar Rincón (periodista y ensayista colombiano) quien explica que “el cine prueba los formatos, las temáticas y las historias que la sociedad está dispuesta a comprender y asumir una vez que el cine demuestra que una idea, un formato o un estilo son posibles”.

Favio al mentón
El carácter de la luz utilizado por Leonardo Favio se aprecia a través de lentos planos generales que apenas repasan la escena con movimientos leves que acompañan cada acción. Así, el desarrollo de la imagen se proyecta como un puente que entrelaza la gloria (Nieva brazos en alto: su rostro sangrando, la sonrisa de un llanto glorioso, un ocaso, lluvias, rumores de multitud, la bandera argentina, el pasado y el presente). Lynch, lo explica mejor: “A menudo, en una escena, la habitación y la luz juntas significan un estado de ánimo. Por tanto, incluso aunque la habitación no sea perfecta, puedes trabajar la iluminación hasta que transmita la sensación correcta para que refleje el mismo estado de ánimo que la idea general. La luz puede cambiarlo todo en una película, incluso un personaje. Adoro ver salir a gente de la oscuridad”. La amplitud de los planos —marca de las producciones de Favio— están estructurados a partir de una cámara que ejecuta la captura de manera precisa y en la que el desarrollo se ve desde lejos, hasta terminar regresivamente en un zoom ajustado. Ejemplo de ello, son las tomas de los combates desde el piso en un travelling que recorre todo el cuadrilátero, encadenados con escenas de sexo donde el rostro de Nieva amplia aquello que está fuera de cuadro. Al hacer hincapié en la marca de autor y sus obras en la concepción de un personaje que representa y se desarrolla a modo de reconocimiento, el ruso
Serguéi Eisenstein (director de cine y teatro) expresa en “El mundo de Charles Chaplin” (1980): “La heroica lucha por la vida del no heroico héroe; del azar histórico es la vía de escape del callejón sin salida de la historia”.

Todos los ocasos
Una vez alcanzada la fama —mucho dinero, muchos amigos, muchas mujeres— hacen que aquel joven buscavida de barrios húmedos, marrones y grises de niebla y vapor de sopas, se tornen en un charco de aquel pasado. La figura del púgil revela resentimiento y apura el camino recorrido entre aquella infancia pobre con presente abultado, desfachatado y fanfarrón:
—¿Qué hacés, Mono? Así de blanco parecés Gardel.
—Mono las pelotas, oligarcón. Señor, Gatica. Y no soy Gardel.
Tras el derrocamiento del gobierno de Juan Domingo Perón a manos de la Revolución Libertadora en 1955, la carrera de Gatica se ve amenazada por una de las tantas proscripciones que se suscitaron a partir de ese año: al partido justicialista, el nombre de Perón y Eva Duarte. En la pantalla vuelve la imagen de un hombre revolcado en una gloria que ya no está, con la bandera argentina como símbolo patrio (y peronista), una melodía de ópera que aturde y anuncia una cuenta regresiva sin retorno. Derrota rotunda en el Madison Square Garden de New York, herido sentimentalmente, Gatica comienza a mostrar indicios de un delirio de haberlo perdido todo. “Para hablar con Gatica se pide audiencia”, repite como un colifa fugitivo. Los planos del golpeado campeón se amplían en escenarios que denotan la pobreza. La espera en la entrada de restoranes con la frase “buenas noche’, buen provecho” y su desidia en el final, rengo, vendiendo muñecos en la cancha de Independiente. Su amigo Martín Karadagian narra en off el final del Mono: “Quedó renguito”. Su destino entregado en el estribo y el pecho reventado en el cemento, como cualquier partida después de una vida en la nada. Favio, en cambio, rebatió el origen y dejó la huella.

(de la edición Aniversario 1, noviembre 2012)

spinetta introducción

Universo Spinetta

De modo transparente, desnudo o simple, siempre que damos una vuelta por el mundo del Flaco el recorrido no tiene fin. Aquí, introducción al espectro de un músico que flota como canción y revive en la poesía. 

Por Félix Mansilla
Es difícil agregar algo más sobre el legado de Luis Alberto Spinetta (1950/2012). Entonces, los caminos se acortan, ¿se acortan? No; nacen cada vez que lo encontramos en las bellas melodías y en los/sus mensajes. Alguien a quien conocimos por sus canciones y sus palabras. Ese soplo único, explicado en breves frases: “De alguna manera, hay que aprender a ver el aire. Ver lo que contiene. Entonces ahí inventás. El aire es el primer reflejo del contenido de una obra, sea escrita, sea un cuadro o cualquier cosa. Por eso creo que hay que aprender a describir el aire. Es como una forma de mirar, y es algo totalmente practicable (…) Creo que es algo que se ejercita: poder ver lo que no está, para inventarlo de la nada. Cuando lo inventás, le das una forma. Por ahí no es la adecuada, y la corregís, pero básicamente vas a poder esbozar una forma” (Rolling Stone Nº40, julio 2001).

Por eso, ese camino tratado al estilo Luis, lo define en cada término. Hablando de Argentina. “De nosotros depende construir con educación y salud. Soy optimista, en tanto y en cuanto retomemos una mirada clara de lo que significa el respeto por la vida”. Y del rock. “En general, al rockero pelotudo le cuesta imponerse esas visiones, porque como tal no le importa nada de la gente. No es mi caso, nunca me vi así en mi vida. No desarrollé ese costado de ‘rockero inútil’ porque siempre estuve ocupado en servir a quienes amo” (Los Inrockuptibles Nº127, agosto 2008).
A través de esas palabras, y sus canciones, Luis Alberto Spinetta se erige como figura intocable en la senda del rock argentino, como un haz de luz que perpetra y habla por muchas generaciones, aquellas que se ven en el reflejo de sus ecos inconfundibles, lejanos/cercanos entre el hombre y su obra. Alguien con la simpleza de un zapatero y la profundidad de un existencialista atroz.

“Uno tiene que saber priorizar aquello que se ha integrado con uno para crear, no para estupidizar. (…) Existen diferentes planos para poder jugar y estar constantemente creando, de alguna manera. Así es mi vida. Si no creo con la comida o con la computadora, estoy componiendo o grabando” (Revista C, 3 de agosto de 2008).

Desde su comienzo viajero con Almendra, el traslado rockero con Pescado Rabioso, el jazz rock con Invisible, los 80s con Jade, los 90s con Banda Spinetta y luego con Los Socios del Desierto, el siglo XXI contuvo a un Flaco renovador que no puso en abandono ese correr tan propio mediante la canción. Sus últimos discos, dan cuenta de ese esplendor dentro de la finiquitud de un tiempo, de un instante como su obra con casi cuarenta discos puros, spinetteanos. Los años y la tecnología no dejaron que el concepto se explaye diferente y fue el propio Spinetta quien mediante las viejas técnicas de grabación perduró en las formas de hacer música, como un prócer de la canción.

“Quiero aclararles que no he dejado de grabar en cinta ninguno de mis discos, nunca, (…) siempre grabé en cinta. La novedad, en todo caso, es la herramienta digital que va más allá del grabador, que se sincroniza con él y que extiende las posibilidades sonoras. En general, uno suena tal cual suena, y si algo quedó mal, te das cuenta enseguida”. De alguna manera, esas costumbres, dan cuenta exacta de la misión, los conceptos —series de creación compositiva— para los cuales la manera de dar acierta con la idea básica, puntual. “A veces uno quisiera sonar más, pero eso ya está definido en el material musical antes de grabarse”, aclaró sin oscurecer.

Los ojos, el pensador
Por esos orificios que arremete el destino, las noticias —soretas, mala leche— sobre la partida de Luis, fueron recibidas con las mayores de las congojas previas al final. Pero, no es para preocuparse, porque las mentiras hacen pasos cortos. En la entrevista realizada por Santiago Delucchi —devenido en material de colección para los que hacemos el viaje— donde habló sobre la internación de Charly, Spinetta definió a los mercantilizadores del sufrimiento, a la prensa amarrilla, como “el buitre que come del dolor ajeno”. Para terminar el comienzo a un año sin Luis, qué mejor e ideal que su propio autorretrato salidos de su entraña, de su luz, de su boca. “Si un artista no se respeta así mismo, a fondo, se mutila. Y luego no aparecen las alas…Nunca más”.

Para entender a Spinetta tanto interpretador de un género expandido sin fronteras posibles, encasillable, vale recordar unas líneas del ‘manifiesto’ repartido durante los shows de presentación de su disco Artaud, ‘Rock, música dura, la suicidada por la sociedad’. De modo simple pero profundo, ése Flaco del ‘73 escribió: “El rock no es solamente una forma determinada de ritmo o melodía. Es el impulso natural de dilucidar a través de una liberación total de los conocimientos profundos a los cuales, dada la represión, el hombre cualquiera no tiene acceso” (Citado en Spinetta + Artaud: ecuación visionaria, de Miguel Grinberg en revista La Mano de abril de 2006). Un final que no se atreve a ser, nunca jamás. Bienvenidos a el viaje de Luis, parte dos.

(de la edición Nº 16, febrero 2012)

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Algún día la verdad

Pato Lacoste desde el presente como contexto de una búsqueda que en el final denota una esperanza –mínima pero al fin. Por Félix Mansilla.

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Pato junto a su madre, Lía.

“Pato poseía una particularidad muy cómica. Era rubio, de tez bronceada, pero tenía bigote negro. Eso llamaba mucho la atención en los demás”. Mariano (62), hermano menor de Pato, habla de Luis Oscar Lacoste, lobense secuestrado y desaparecido el 15 de octubre de 1976. Estaba durmiendo en la casa que compartió junto a su esposa, Stella Culela, cuando lo secuestraron. Mariano, narra el episodio de aquella noche: “Sé que cuando entraron (3 encapuchados) a la casa de Pato, lo hicieron con un escopetazo en la puerta, le pegaron un culatazo y se lo llevaron en un Falcon. Mi cuñada salió corriendo a la casa de mi vieja para avisar. En la comisaría nos estaban esperando, tomando mates y con la comisaría abierta”, cuenta con una sonrisa indignada. Una hora más tarde, a las 3 am, la denuncia realizada por Stella en la comisaría local quedó asentada con el título de PRIVACIÓN ILEGÍTIMA DE LA LIBERTAD POR 3 N.N ENCAPUCHADOS. La descripción del hecho da cuenta del accionar utilizado en el secuestro: “Hallábase descansando junto a su esposo. Escuchó una violenta explosión, penetrando en su dormitorio 3 N.N armados y encapuchados, los que procedieron a llevarse a su esposo. Los autores del hecho fugaron en dos automóviles de los cuales ignora características”.

A Mariano le brillan los ojos, tose y habla pausado. Se acomoda en la silla de su escritorio y dice “preguntá, no hay problema”, y a sus espaldas un poster del Mundial Holanda ‘74 contextualiza las historias que transcurrieron en esa década pesada de cambios y pseudo-revoluciones con botas y complicidad.

Libros y bicicletas
En la vereda de Castelli y 25 de Mayo, un martes de primavera yace con un sol que se aleja en las sombras de árboles cercanos a un antiguo ciber de dos pisos. En el interior, el sol está en los ojos de Mariano cuando habla de Pato, hermano mayor que siempre le repetía que ‘si no querés ser un burro, tenés que leer, que leyendo vas a aprender los verbos, leyendo vas a aprender a hablar mejor. Siempre leé, leé y leé’. Mariano habla de su hermano, se mueve lento en la silla de su oficina, juega con una lapicera encastrada en un broche mano de metal y el reflejo de su rostro en el vidrio del escritorio se mezcla con fotos de todos sus pasados familiares. El recuerdo en palabras va hacia la infancia de Pato. En sus alumnos: “Hoy, muchos de los que lo tuvieron como profesor me dicen que nunca se olvidan de Pato, porque era un tipo que tenía la fórmula para hacerte gustar la materia”. En su entorno: “Tenía otra cosa y era que le gustaba tratar con los alumnos, porque no era una persona seca con clases donde fuese todo silencio”. En su esencia: “Él era hincha de Boca y si jugaba Boca–San Lorenzo el domingo y perdía Boca, al otro día le decía al hincha de San Lorenzo: ‘pasá vos a dar lección’. Tenía esas cosas”. En la introducción a sus días en la vida, Mariano deja bien en claro su repudio al accionar de las fuerzas armadas. Por ese pasado de mierda: “Hoy veo una gorra y no me gusta. Me callo la boca, pero no los puedo respetar, porque sé muchas cosas”.

En el primer momento de la charla, los temas a tratar y los espacios por recorrer dejan que el REC desaparezca en el tiempo y la escena. Sin dejar de observar los movimientos del broche sobre el cuerpo de su lapicera -con los ojos grandes para encontrar un recuerdo- la vuelta al pasado se le nota alegre a Mariano. En esas mismas calles, los hermanos Lacoste –Pato, Eugenio y Mariano– corrieron, jugaron, crecieron. Mariano mira entre sus lentes y recuerda: Pato tenía un grupo muy grande de amigos. En ese tiempo, estaba el Fitti Ferro y a la vuelta de donde queda el destacamento de Bomberos, el club Estudiantes. Uno de los deportes que practicábamos –yo era el más chico y ellos me llevaban para todos lados- era el básquet, en el Fitti. A Pato le gustaba y jugaba bien al básquet. Hacíamos cosas de chiquilines. Se jugaba mucho al fútbol atrás de donde se estaba haciendo la capilla del colegio de Hermanas. Como todos los chicos de esa época con menos de quince años, lo que hacíamos era jugar ahí. También recuerdo que yo quería ir a los bailes con ellos, los más grandes. También que salíamos a andar en bicicleta, con grupos de amigos y amigas. La vida de él, era como la de cualquiera de los muchachos de esa edad: vivir para ir a un baile o conocer a alguna persona, alguna chica. Otra de las cosas que recuerdo son las salidas en bicicleta con los amigos o algo que hizo mucho con sus alumnos: juntarse en la plaza y salir a conocer almacenes viejos y pulperías de Empalme Lobos y los alrededores de la ciudad en bici”.

Pasos perdidos
El tiempo de los hermanos transcurrió en familia, con amigos y Pato comenzó a estudiar Filosofía y Letras en la UBA. Mariano ataja esos abrazos de regreso y cuenta. “Sabía otros idiomas como el inglés, que lo manejaba muy bien. Su forma de ser era la de un tipo al que le gustaba leer, escribir, expresarse. Recuerdo que tenía una memoria envidiable y conocimientos en muchas cosas. Era una persona a la que le gustaba mucho el teatro, el cine y era un apasionado de la música, tanto el jazz como la música brasilera. Y de acá; folklore y tango. Era un amante de la música de todo tipo, en todos los sentidos. Cuando empezó a estudiar, me acuerdo que en mi casa no sobraba la plata, pero tuvo la suerte de que mis padres le pudieran pagar los estudios, con esfuerzo”. Sigue: “Pato era una persona que te hacía leer un libro, te enseñaba a estudiarlo, cómo encararlo al momento de leerlo. Leer y hacer un debate sobre los contenidos. Me acuerdo porque él fue mi profesor”.

Cuando las personas cercanas no están más, quedan sus recuerdos, fotos y las anécdotas compartidas. Conocemos a Pato en fotografías viejas, pero el semblante personal se descubre en instantes, en los gestos de Mariano. Volver implica interrogantes a la hora de rearmar a Pato: ¿Cómo sería su voz, su personalidad, su lado escritor y sus visiones para aquel tiempo? Su pequeño legado literario puede registrarlo como un intelectual de estos lados del mapa.

Las anécdotas de la charla son las que van generando el imaginario sobre la personalidad de Pato. Luego de recibido, comenzó a dar clases en el Colegio Nacional, donde creció y formó sus primeros pasos. Mariano, lo retrata con una de las ideas que proyectó para siempre mejorar. “Tenía cosas que por interés propio empezó. Una de ellas fue darles capacitación a los profesores y maestras del primario. Recuerdo que algunas maestras de esa época –muchas que ya deben estar jubiladas– siempre decían lo que era Pato. Puedo decir que era un tipo muy capacitado y con un conocimiento claro. Todo lo que leía le quedaba grabado en la cabeza”, asegura Mariano y la lapicera sigue raspada por el broche. Distinto o pleno en su formación, desprendimiento y comprensión de una época, Luis, el hijo de Lía y Cacho, el hermano de Eugenio y Mariano, el amigo del club, el profesor del Nacional, el director de teatro, el esposo, Pato, el de todos y ayer, no estuvo más. Como a modo de una declaración “correcta” o “explicativa”, Mariano señala: “Yo no voy a negar que en su momento Pato tenía la fotito del Che. Sus ideas las tenía muy claras. Como todo estudiante de esa época, militó en agrupaciones de estudiantes en la universidad. Pero en su vida tocó un arma”.

En palabras de Mariano, quien ya contó su historia –la de su familia, la de los amigos- muchas veces, se le nota la cronología mental. Una clara sucesión de los hechos, el recuerdo de aquello. “Cuando se lo llevaron a Pato, a nosotros nos dijeron que vayamos al batallón de Azul para saber qué pasaba. Nos entrevistamos con el teniente coronel Mansilla. Él nos comunicó que nos quedáramos tranquilos que ante un hecho de esta situación, las Fuerzas Armadas siempre estaban para cuidar el orden y que por eso actuaban. Entonces, comenzamos a no entender: actuaban, secuestraban a cara cubierta o si lo hacían a cara descubierta, era muy simple: lo hacían entre seis o siete a uno solo y lo limpiaban. Así que muy valientes las FF.AA no eran. Según ellos, todo ocurrió como consecuencia de unas reuniones que había habido en colegio Nacional, sobre que mi hermano había estado dando clases de política y lo que mi hermano menos hacía era dar clases de política.

Era de hablar con los chicos a lo sumo de deportes, fútbol, esas cosas. Pero hubo reuniones donde le increparon un montón de cosas y bueno -como nos dijo el coronel Mansilla- ellos se enteraban y procedían”.

La charla continúa por el final más conocido. En la calle ya no sobra luz, pero Pato sigue ahí, como el sol en los ojos de Mariano al nombrarlo por primera vez. Será en las veredas donde se criaron con los demás pibes del barrio, será en las fotos para las que alguna vez posó. Pato vive en ellos y en todos. En el revisionismo. En el Pato hermano. Al que se llevaron para siempre. Entonces, la infancia, los momentos inmortales vuelven. Porque son recuerdos y están ahí. Mariano lo refresca y le da frescura al hermano, al amigo, al profe, el mayor de la familia, por ahí, capitán de aquel equipo de básquet. Vive así, en anécdotas. La última antes del stop/REC. “Recuerdo que una vez estábamos en el patio del colegio de Hermanas jugando al fútbol donde había plantas de mandarina y de naranjas. Estábamos comiendo y vino una de las hermanas –bravísima- a retarnos y todos me dieron las mandarinas y me cagó a pedos a mí”. Ahí estaba Pato, con él y sus amigos. Allá a lo lejos.

(de la edición Nº 12 de el viaje, octuble 2012).

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Escritor con pelotas

Uno de los anuncios editoriales para el verano 2013 fue la reedición de todos los libros del Negro Fontanarrosa, amo de un relato costumbrista y con humor, que supo definir con simples palabras. Acá, un repaso bien fútbolero. Por Félix Mansilla.

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Cuando uno habla de cuentos de fútbol, enseguida aparece el nombre de Roberto Fontanarrosa. Su inmersión dentro de la temática significó el punto de partida para una variada rama de escritores contemporáneos que, al mismo tiempo, supieron adentrarse de lleno a sus formas: Osvaldo Soriano, Juan Sasturain, Alejandro Dolina, Mempo Giardinelli, entre otros muchos que hablaron de o con el balón como excusa. Alguien que siempre se definió como un individuo normal, común, que escribía historias que muchos vivieron y que también podrían reconstruir en algunas líneas. “No esperen de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar”.

Como un reflejo de tal definición, en “Palabras iniciales”, del libro Usted no me lo va a creer (2003), amplía aún más el concepto personal: “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro”.

Sin más, este rosarino canalla nacido en el ‘44, pudo llegar a ser reconocido también por sus personajes gráficos como Inodoro Pereyra o Boogie el aceitoso, pero sobre todo por su impronta y huella en la forma de dar vida a creaciones —tanto gráficas como literarias— plagadas de argentinismos y costumbres con incomparables interpretaciones del mundo. Su forma de hablar sobre sí mismo, deja una senda que abarca lo mejor y lo peor de un personaje reconocido. Por eso el Fontanarrosa, en tanto escritor de relatos de fútbol y dibujante, ahuyentaba los secretos de un escriba galardonado y la entregaba así de corta y al pie: “Siempre me ha gustado dibujar, me ha gustado contar. O sea, el mío es un trabajo vocacional y el gusto lo sigo manteniendo”.

Adentrarse en el mundo Fontanarrosa se parece más al registro de lo cotidiano que a las investiduras de la literatura clásica, no por su toque único, sino por destacar esas cosas que se palpan en el día a día; un café, el fútbol, las minas, el barrio, tópicos por demás claves a la hora de contar al menos una parte de la historia. En la misma medida en que Raymond Carver representó lo cotidiano en “Vecinos” (en Catedral y otros cuentos) o Soriano la política interna del peronismo en “No habrá más penas ni olvido”, su obra es un traslado metafórico plagado de parodias que están en el interior de ficciones con marcas características de paisajes cotidianos, personajes pícaros, inocentes, soñadores y fanáticos, en gran parte, seducidos por una pelota rodando.
Su estampa de escritor queda señalada tanto en las formas de sus relatos —introducciones implícitas que se estiran a medida que las historias fluyen— y, por otra parte y quizá lo más característico: los diálogos. A partir de breves descripciones, la prosa toma formas que son reemplazadas por los gestos de cada personaje —muchos reales: amigos, vecinos, parientes— dónde el hilo de la conversación, describe el panorama donde se sumerge lo acontecido.

Puto el que lee esto
Tras su fallecimiento el 19 de julio de 2007, muchas fueron las veces en las que programas de TV repitieron esa forma irónica del Negro para definir todo lo que hizo a lo largo de más de cuatro décadas. Una mala palabra nunca debe estar de más. Muchas veces cuestionadas, la utilización de este vocabulario tan hablado pero a penas veces escrito, fue una manera en la que Fontanarrosa tuvo el poder de desafiarlas. Él apuntó así: “Creo que la mala palabra hace reír porque rompe con un convencionalismo. Lo que divierte es la irreverencia. La irreverencia provoca alegría”. Y eso era Fontanarrosa, un hacedor de epopeyas que describió las calles de su Rosario natal o fue quien dibujó los paisajes de sábados y domingos de fútbol en casa con la radio de fondo, y en el diario Clarín con su columna en página 2 y en la revista Viva a través de las pictóricas historias del gaucho ‘renegau’. Con simpleza y desparpajo, desplegó una defensa a las palabras proscriptas ante el jurado y el público del Congreso de la Lengua en Rosario, en 2004. “No sé quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas) como esos villanos de viejas películas —como las que nosotros veíamos—, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas. Lo que yo pienso es que brindan otros matices, muchas de ellas”.
De todas formas, no se puede resumir la sumatoria del escritor a la literatura de estos lares por su definición sobre las malas palabras, pero sí poner atención a su dimensión para dar cuenta de los secretos para una mejor atención del lector. Su lenguaje verbal está íntimamente arraigado a sus modos de volcar sobre el papel. Así como por fuera de un ghetto o encumbrado en las formas de definir a alguien afianzado en las letras, en dos líneas expresó que “uno prefiere que guste el trabajo, pero a eso de escribir para los escritores yo no le encuentro la gracia. La cosa son los lectores”.

El barrio
Confeso fanático de Central —“mi nombre completo debería ser Fontanarrosariocentral”— jamás renegó de ser hincha de un equipo del interior y así distrajo los malos pases con el orgullo de llevar los bastones azules en la casaca. Uno de sus célebres cuentos, sino el más representativo de un hecho histórico, fue “19 de diciembre de 1971”. En la trama, miles de rosarinos hinchas de ambos clubes viajaron al Monumental de Núñez para ver la semifinal que definiría quién era el mejor en la ciudad portuaria. Allí, el viejo Casale —personaje principal que nunca había visto perder a Rosario de visitante— es engañado y llevado por un grupo de amigos que lo arrastra hacia la Capital para que el canalla no pierda. La explicación de su sentimiento por la redonda está resumida en pocas líneas, cuando Casale ya está muerto, después de sufrir un infarto tras la victoria de Rosario: “¡Esa es la manera de morir para un Canalla! (…) ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa”.
En dicho cuento, Fontanarrosa expande descripciones de Rosario ciudad antes del enfrentamiento. En la verdadera derrota, en este caso y en encuentros de fútbol de tal magnitud, el miedo juega un rol destacado. “Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el ‘Ciudad de Rosario’ y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi viejo”.

Una lección de vida
A un año de la partida del Negro, la periodista y escritora uruguaya María Esther Gilio, quien colaboraba en el suplemento Radar de Página/12, publicó una entrevista titulada “Yo quería hacer Indiana Jones”. Allí, el rosarino fue indagado sobre su rol político en cuanto a los mensajes de sus dibujos y sus formas de expresar algunas formas de realidad. En un tramo en el que habla sobre sí mismo, Gilio interroga sobre en qué está pensado. El Negro responde: “En la gente que a veces me dice si yo hago humor para hacer pensar. Claro que no. Eso sería una pedantería. La gente piensa sola, no necesita mi provocación. Lo que yo busco es hacer reír. Porque, además, si no hago reír me ponen en la calle y se buscan a otro. Eso es así”. A menos de una semana de su fallecimiento, el rosarino dio su última nota a la revista Viva. Un año después, sus palabras flotaban como anticipatorias en la publicación de esa entrevista. Sin pudor, dijo: “Sobre todo, el fútbol, que te limpia el bocho. Ahora no descargo un carajo. ¿Sabés qué? Mi cielo tendría canchitas de fútbol. Sí. A mí no me va eso del Nirvana ni los jardines con minas tocando la flauta. A los dos días ya te querés cortar las pelotas. Con una canchita y un bar para ver a los partidos me arreglo”.