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spinetta introducción

Universo Spinetta

De modo transparente, desnudo o simple, siempre que damos una vuelta por el mundo del Flaco el recorrido no tiene fin. Aquí, introducción al espectro de un músico que flota como canción y revive en la poesía. 

Por Félix Mansilla
Es difícil agregar algo más sobre el legado de Luis Alberto Spinetta (1950/2012). Entonces, los caminos se acortan, ¿se acortan? No; nacen cada vez que lo encontramos en las bellas melodías y en los/sus mensajes. Alguien a quien conocimos por sus canciones y sus palabras. Ese soplo único, explicado en breves frases: “De alguna manera, hay que aprender a ver el aire. Ver lo que contiene. Entonces ahí inventás. El aire es el primer reflejo del contenido de una obra, sea escrita, sea un cuadro o cualquier cosa. Por eso creo que hay que aprender a describir el aire. Es como una forma de mirar, y es algo totalmente practicable (…) Creo que es algo que se ejercita: poder ver lo que no está, para inventarlo de la nada. Cuando lo inventás, le das una forma. Por ahí no es la adecuada, y la corregís, pero básicamente vas a poder esbozar una forma” (Rolling Stone Nº40, julio 2001).

Por eso, ese camino tratado al estilo Luis, lo define en cada término. Hablando de Argentina. “De nosotros depende construir con educación y salud. Soy optimista, en tanto y en cuanto retomemos una mirada clara de lo que significa el respeto por la vida”. Y del rock. “En general, al rockero pelotudo le cuesta imponerse esas visiones, porque como tal no le importa nada de la gente. No es mi caso, nunca me vi así en mi vida. No desarrollé ese costado de ‘rockero inútil’ porque siempre estuve ocupado en servir a quienes amo” (Los Inrockuptibles Nº127, agosto 2008).
A través de esas palabras, y sus canciones, Luis Alberto Spinetta se erige como figura intocable en la senda del rock argentino, como un haz de luz que perpetra y habla por muchas generaciones, aquellas que se ven en el reflejo de sus ecos inconfundibles, lejanos/cercanos entre el hombre y su obra. Alguien con la simpleza de un zapatero y la profundidad de un existencialista atroz.

“Uno tiene que saber priorizar aquello que se ha integrado con uno para crear, no para estupidizar. (…) Existen diferentes planos para poder jugar y estar constantemente creando, de alguna manera. Así es mi vida. Si no creo con la comida o con la computadora, estoy componiendo o grabando” (Revista C, 3 de agosto de 2008).

Desde su comienzo viajero con Almendra, el traslado rockero con Pescado Rabioso, el jazz rock con Invisible, los 80s con Jade, los 90s con Banda Spinetta y luego con Los Socios del Desierto, el siglo XXI contuvo a un Flaco renovador que no puso en abandono ese correr tan propio mediante la canción. Sus últimos discos, dan cuenta de ese esplendor dentro de la finiquitud de un tiempo, de un instante como su obra con casi cuarenta discos puros, spinetteanos. Los años y la tecnología no dejaron que el concepto se explaye diferente y fue el propio Spinetta quien mediante las viejas técnicas de grabación perduró en las formas de hacer música, como un prócer de la canción.

“Quiero aclararles que no he dejado de grabar en cinta ninguno de mis discos, nunca, (…) siempre grabé en cinta. La novedad, en todo caso, es la herramienta digital que va más allá del grabador, que se sincroniza con él y que extiende las posibilidades sonoras. En general, uno suena tal cual suena, y si algo quedó mal, te das cuenta enseguida”. De alguna manera, esas costumbres, dan cuenta exacta de la misión, los conceptos —series de creación compositiva— para los cuales la manera de dar acierta con la idea básica, puntual. “A veces uno quisiera sonar más, pero eso ya está definido en el material musical antes de grabarse”, aclaró sin oscurecer.

Los ojos, el pensador
Por esos orificios que arremete el destino, las noticias —soretas, mala leche— sobre la partida de Luis, fueron recibidas con las mayores de las congojas previas al final. Pero, no es para preocuparse, porque las mentiras hacen pasos cortos. En la entrevista realizada por Santiago Delucchi —devenido en material de colección para los que hacemos el viaje— donde habló sobre la internación de Charly, Spinetta definió a los mercantilizadores del sufrimiento, a la prensa amarrilla, como “el buitre que come del dolor ajeno”. Para terminar el comienzo a un año sin Luis, qué mejor e ideal que su propio autorretrato salidos de su entraña, de su luz, de su boca. “Si un artista no se respeta así mismo, a fondo, se mutila. Y luego no aparecen las alas…Nunca más”.

Para entender a Spinetta tanto interpretador de un género expandido sin fronteras posibles, encasillable, vale recordar unas líneas del ‘manifiesto’ repartido durante los shows de presentación de su disco Artaud, ‘Rock, música dura, la suicidada por la sociedad’. De modo simple pero profundo, ése Flaco del ‘73 escribió: “El rock no es solamente una forma determinada de ritmo o melodía. Es el impulso natural de dilucidar a través de una liberación total de los conocimientos profundos a los cuales, dada la represión, el hombre cualquiera no tiene acceso” (Citado en Spinetta + Artaud: ecuación visionaria, de Miguel Grinberg en revista La Mano de abril de 2006). Un final que no se atreve a ser, nunca jamás. Bienvenidos a el viaje de Luis, parte dos.

(de la edición Nº 16, febrero 2012)

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Algún día la verdad

Pato Lacoste desde el presente como contexto de una búsqueda que en el final denota una esperanza –mínima pero al fin. Por Félix Mansilla.

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Pato junto a su madre, Lía.

“Pato poseía una particularidad muy cómica. Era rubio, de tez bronceada, pero tenía bigote negro. Eso llamaba mucho la atención en los demás”. Mariano (62), hermano menor de Pato, habla de Luis Oscar Lacoste, lobense secuestrado y desaparecido el 15 de octubre de 1976. Estaba durmiendo en la casa que compartió junto a su esposa, Stella Culela, cuando lo secuestraron. Mariano, narra el episodio de aquella noche: “Sé que cuando entraron (3 encapuchados) a la casa de Pato, lo hicieron con un escopetazo en la puerta, le pegaron un culatazo y se lo llevaron en un Falcon. Mi cuñada salió corriendo a la casa de mi vieja para avisar. En la comisaría nos estaban esperando, tomando mates y con la comisaría abierta”, cuenta con una sonrisa indignada. Una hora más tarde, a las 3 am, la denuncia realizada por Stella en la comisaría local quedó asentada con el título de PRIVACIÓN ILEGÍTIMA DE LA LIBERTAD POR 3 N.N ENCAPUCHADOS. La descripción del hecho da cuenta del accionar utilizado en el secuestro: “Hallábase descansando junto a su esposo. Escuchó una violenta explosión, penetrando en su dormitorio 3 N.N armados y encapuchados, los que procedieron a llevarse a su esposo. Los autores del hecho fugaron en dos automóviles de los cuales ignora características”.

A Mariano le brillan los ojos, tose y habla pausado. Se acomoda en la silla de su escritorio y dice “preguntá, no hay problema”, y a sus espaldas un poster del Mundial Holanda ‘74 contextualiza las historias que transcurrieron en esa década pesada de cambios y pseudo-revoluciones con botas y complicidad.

Libros y bicicletas
En la vereda de Castelli y 25 de Mayo, un martes de primavera yace con un sol que se aleja en las sombras de árboles cercanos a un antiguo ciber de dos pisos. En el interior, el sol está en los ojos de Mariano cuando habla de Pato, hermano mayor que siempre le repetía que ‘si no querés ser un burro, tenés que leer, que leyendo vas a aprender los verbos, leyendo vas a aprender a hablar mejor. Siempre leé, leé y leé’. Mariano habla de su hermano, se mueve lento en la silla de su oficina, juega con una lapicera encastrada en un broche mano de metal y el reflejo de su rostro en el vidrio del escritorio se mezcla con fotos de todos sus pasados familiares. El recuerdo en palabras va hacia la infancia de Pato. En sus alumnos: “Hoy, muchos de los que lo tuvieron como profesor me dicen que nunca se olvidan de Pato, porque era un tipo que tenía la fórmula para hacerte gustar la materia”. En su entorno: “Tenía otra cosa y era que le gustaba tratar con los alumnos, porque no era una persona seca con clases donde fuese todo silencio”. En su esencia: “Él era hincha de Boca y si jugaba Boca–San Lorenzo el domingo y perdía Boca, al otro día le decía al hincha de San Lorenzo: ‘pasá vos a dar lección’. Tenía esas cosas”. En la introducción a sus días en la vida, Mariano deja bien en claro su repudio al accionar de las fuerzas armadas. Por ese pasado de mierda: “Hoy veo una gorra y no me gusta. Me callo la boca, pero no los puedo respetar, porque sé muchas cosas”.

En el primer momento de la charla, los temas a tratar y los espacios por recorrer dejan que el REC desaparezca en el tiempo y la escena. Sin dejar de observar los movimientos del broche sobre el cuerpo de su lapicera -con los ojos grandes para encontrar un recuerdo- la vuelta al pasado se le nota alegre a Mariano. En esas mismas calles, los hermanos Lacoste –Pato, Eugenio y Mariano– corrieron, jugaron, crecieron. Mariano mira entre sus lentes y recuerda: Pato tenía un grupo muy grande de amigos. En ese tiempo, estaba el Fitti Ferro y a la vuelta de donde queda el destacamento de Bomberos, el club Estudiantes. Uno de los deportes que practicábamos –yo era el más chico y ellos me llevaban para todos lados- era el básquet, en el Fitti. A Pato le gustaba y jugaba bien al básquet. Hacíamos cosas de chiquilines. Se jugaba mucho al fútbol atrás de donde se estaba haciendo la capilla del colegio de Hermanas. Como todos los chicos de esa época con menos de quince años, lo que hacíamos era jugar ahí. También recuerdo que yo quería ir a los bailes con ellos, los más grandes. También que salíamos a andar en bicicleta, con grupos de amigos y amigas. La vida de él, era como la de cualquiera de los muchachos de esa edad: vivir para ir a un baile o conocer a alguna persona, alguna chica. Otra de las cosas que recuerdo son las salidas en bicicleta con los amigos o algo que hizo mucho con sus alumnos: juntarse en la plaza y salir a conocer almacenes viejos y pulperías de Empalme Lobos y los alrededores de la ciudad en bici”.

Pasos perdidos
El tiempo de los hermanos transcurrió en familia, con amigos y Pato comenzó a estudiar Filosofía y Letras en la UBA. Mariano ataja esos abrazos de regreso y cuenta. “Sabía otros idiomas como el inglés, que lo manejaba muy bien. Su forma de ser era la de un tipo al que le gustaba leer, escribir, expresarse. Recuerdo que tenía una memoria envidiable y conocimientos en muchas cosas. Era una persona a la que le gustaba mucho el teatro, el cine y era un apasionado de la música, tanto el jazz como la música brasilera. Y de acá; folklore y tango. Era un amante de la música de todo tipo, en todos los sentidos. Cuando empezó a estudiar, me acuerdo que en mi casa no sobraba la plata, pero tuvo la suerte de que mis padres le pudieran pagar los estudios, con esfuerzo”. Sigue: “Pato era una persona que te hacía leer un libro, te enseñaba a estudiarlo, cómo encararlo al momento de leerlo. Leer y hacer un debate sobre los contenidos. Me acuerdo porque él fue mi profesor”.

Cuando las personas cercanas no están más, quedan sus recuerdos, fotos y las anécdotas compartidas. Conocemos a Pato en fotografías viejas, pero el semblante personal se descubre en instantes, en los gestos de Mariano. Volver implica interrogantes a la hora de rearmar a Pato: ¿Cómo sería su voz, su personalidad, su lado escritor y sus visiones para aquel tiempo? Su pequeño legado literario puede registrarlo como un intelectual de estos lados del mapa.

Las anécdotas de la charla son las que van generando el imaginario sobre la personalidad de Pato. Luego de recibido, comenzó a dar clases en el Colegio Nacional, donde creció y formó sus primeros pasos. Mariano, lo retrata con una de las ideas que proyectó para siempre mejorar. “Tenía cosas que por interés propio empezó. Una de ellas fue darles capacitación a los profesores y maestras del primario. Recuerdo que algunas maestras de esa época –muchas que ya deben estar jubiladas– siempre decían lo que era Pato. Puedo decir que era un tipo muy capacitado y con un conocimiento claro. Todo lo que leía le quedaba grabado en la cabeza”, asegura Mariano y la lapicera sigue raspada por el broche. Distinto o pleno en su formación, desprendimiento y comprensión de una época, Luis, el hijo de Lía y Cacho, el hermano de Eugenio y Mariano, el amigo del club, el profesor del Nacional, el director de teatro, el esposo, Pato, el de todos y ayer, no estuvo más. Como a modo de una declaración “correcta” o “explicativa”, Mariano señala: “Yo no voy a negar que en su momento Pato tenía la fotito del Che. Sus ideas las tenía muy claras. Como todo estudiante de esa época, militó en agrupaciones de estudiantes en la universidad. Pero en su vida tocó un arma”.

En palabras de Mariano, quien ya contó su historia –la de su familia, la de los amigos- muchas veces, se le nota la cronología mental. Una clara sucesión de los hechos, el recuerdo de aquello. “Cuando se lo llevaron a Pato, a nosotros nos dijeron que vayamos al batallón de Azul para saber qué pasaba. Nos entrevistamos con el teniente coronel Mansilla. Él nos comunicó que nos quedáramos tranquilos que ante un hecho de esta situación, las Fuerzas Armadas siempre estaban para cuidar el orden y que por eso actuaban. Entonces, comenzamos a no entender: actuaban, secuestraban a cara cubierta o si lo hacían a cara descubierta, era muy simple: lo hacían entre seis o siete a uno solo y lo limpiaban. Así que muy valientes las FF.AA no eran. Según ellos, todo ocurrió como consecuencia de unas reuniones que había habido en colegio Nacional, sobre que mi hermano había estado dando clases de política y lo que mi hermano menos hacía era dar clases de política.

Era de hablar con los chicos a lo sumo de deportes, fútbol, esas cosas. Pero hubo reuniones donde le increparon un montón de cosas y bueno -como nos dijo el coronel Mansilla- ellos se enteraban y procedían”.

La charla continúa por el final más conocido. En la calle ya no sobra luz, pero Pato sigue ahí, como el sol en los ojos de Mariano al nombrarlo por primera vez. Será en las veredas donde se criaron con los demás pibes del barrio, será en las fotos para las que alguna vez posó. Pato vive en ellos y en todos. En el revisionismo. En el Pato hermano. Al que se llevaron para siempre. Entonces, la infancia, los momentos inmortales vuelven. Porque son recuerdos y están ahí. Mariano lo refresca y le da frescura al hermano, al amigo, al profe, el mayor de la familia, por ahí, capitán de aquel equipo de básquet. Vive así, en anécdotas. La última antes del stop/REC. “Recuerdo que una vez estábamos en el patio del colegio de Hermanas jugando al fútbol donde había plantas de mandarina y de naranjas. Estábamos comiendo y vino una de las hermanas –bravísima- a retarnos y todos me dieron las mandarinas y me cagó a pedos a mí”. Ahí estaba Pato, con él y sus amigos. Allá a lo lejos.

(de la edición Nº 12 de el viaje, octuble 2012).

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Escritor con pelotas

Uno de los anuncios editoriales para el verano 2013 fue la reedición de todos los libros del Negro Fontanarrosa, amo de un relato costumbrista y con humor, que supo definir con simples palabras. Acá, un repaso bien fútbolero. Por Félix Mansilla.

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Cuando uno habla de cuentos de fútbol, enseguida aparece el nombre de Roberto Fontanarrosa. Su inmersión dentro de la temática significó el punto de partida para una variada rama de escritores contemporáneos que, al mismo tiempo, supieron adentrarse de lleno a sus formas: Osvaldo Soriano, Juan Sasturain, Alejandro Dolina, Mempo Giardinelli, entre otros muchos que hablaron de o con el balón como excusa. Alguien que siempre se definió como un individuo normal, común, que escribía historias que muchos vivieron y que también podrían reconstruir en algunas líneas. “No esperen de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar”.

Como un reflejo de tal definición, en “Palabras iniciales”, del libro Usted no me lo va a creer (2003), amplía aún más el concepto personal: “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro”.

Sin más, este rosarino canalla nacido en el ‘44, pudo llegar a ser reconocido también por sus personajes gráficos como Inodoro Pereyra o Boogie el aceitoso, pero sobre todo por su impronta y huella en la forma de dar vida a creaciones —tanto gráficas como literarias— plagadas de argentinismos y costumbres con incomparables interpretaciones del mundo. Su forma de hablar sobre sí mismo, deja una senda que abarca lo mejor y lo peor de un personaje reconocido. Por eso el Fontanarrosa, en tanto escritor de relatos de fútbol y dibujante, ahuyentaba los secretos de un escriba galardonado y la entregaba así de corta y al pie: “Siempre me ha gustado dibujar, me ha gustado contar. O sea, el mío es un trabajo vocacional y el gusto lo sigo manteniendo”.

Adentrarse en el mundo Fontanarrosa se parece más al registro de lo cotidiano que a las investiduras de la literatura clásica, no por su toque único, sino por destacar esas cosas que se palpan en el día a día; un café, el fútbol, las minas, el barrio, tópicos por demás claves a la hora de contar al menos una parte de la historia. En la misma medida en que Raymond Carver representó lo cotidiano en “Vecinos” (en Catedral y otros cuentos) o Soriano la política interna del peronismo en “No habrá más penas ni olvido”, su obra es un traslado metafórico plagado de parodias que están en el interior de ficciones con marcas características de paisajes cotidianos, personajes pícaros, inocentes, soñadores y fanáticos, en gran parte, seducidos por una pelota rodando.
Su estampa de escritor queda señalada tanto en las formas de sus relatos —introducciones implícitas que se estiran a medida que las historias fluyen— y, por otra parte y quizá lo más característico: los diálogos. A partir de breves descripciones, la prosa toma formas que son reemplazadas por los gestos de cada personaje —muchos reales: amigos, vecinos, parientes— dónde el hilo de la conversación, describe el panorama donde se sumerge lo acontecido.

Puto el que lee esto
Tras su fallecimiento el 19 de julio de 2007, muchas fueron las veces en las que programas de TV repitieron esa forma irónica del Negro para definir todo lo que hizo a lo largo de más de cuatro décadas. Una mala palabra nunca debe estar de más. Muchas veces cuestionadas, la utilización de este vocabulario tan hablado pero a penas veces escrito, fue una manera en la que Fontanarrosa tuvo el poder de desafiarlas. Él apuntó así: “Creo que la mala palabra hace reír porque rompe con un convencionalismo. Lo que divierte es la irreverencia. La irreverencia provoca alegría”. Y eso era Fontanarrosa, un hacedor de epopeyas que describió las calles de su Rosario natal o fue quien dibujó los paisajes de sábados y domingos de fútbol en casa con la radio de fondo, y en el diario Clarín con su columna en página 2 y en la revista Viva a través de las pictóricas historias del gaucho ‘renegau’. Con simpleza y desparpajo, desplegó una defensa a las palabras proscriptas ante el jurado y el público del Congreso de la Lengua en Rosario, en 2004. “No sé quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas) como esos villanos de viejas películas —como las que nosotros veíamos—, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas. Lo que yo pienso es que brindan otros matices, muchas de ellas”.
De todas formas, no se puede resumir la sumatoria del escritor a la literatura de estos lares por su definición sobre las malas palabras, pero sí poner atención a su dimensión para dar cuenta de los secretos para una mejor atención del lector. Su lenguaje verbal está íntimamente arraigado a sus modos de volcar sobre el papel. Así como por fuera de un ghetto o encumbrado en las formas de definir a alguien afianzado en las letras, en dos líneas expresó que “uno prefiere que guste el trabajo, pero a eso de escribir para los escritores yo no le encuentro la gracia. La cosa son los lectores”.

El barrio
Confeso fanático de Central —“mi nombre completo debería ser Fontanarrosariocentral”— jamás renegó de ser hincha de un equipo del interior y así distrajo los malos pases con el orgullo de llevar los bastones azules en la casaca. Uno de sus célebres cuentos, sino el más representativo de un hecho histórico, fue “19 de diciembre de 1971”. En la trama, miles de rosarinos hinchas de ambos clubes viajaron al Monumental de Núñez para ver la semifinal que definiría quién era el mejor en la ciudad portuaria. Allí, el viejo Casale —personaje principal que nunca había visto perder a Rosario de visitante— es engañado y llevado por un grupo de amigos que lo arrastra hacia la Capital para que el canalla no pierda. La explicación de su sentimiento por la redonda está resumida en pocas líneas, cuando Casale ya está muerto, después de sufrir un infarto tras la victoria de Rosario: “¡Esa es la manera de morir para un Canalla! (…) ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa”.
En dicho cuento, Fontanarrosa expande descripciones de Rosario ciudad antes del enfrentamiento. En la verdadera derrota, en este caso y en encuentros de fútbol de tal magnitud, el miedo juega un rol destacado. “Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el ‘Ciudad de Rosario’ y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi viejo”.

Una lección de vida
A un año de la partida del Negro, la periodista y escritora uruguaya María Esther Gilio, quien colaboraba en el suplemento Radar de Página/12, publicó una entrevista titulada “Yo quería hacer Indiana Jones”. Allí, el rosarino fue indagado sobre su rol político en cuanto a los mensajes de sus dibujos y sus formas de expresar algunas formas de realidad. En un tramo en el que habla sobre sí mismo, Gilio interroga sobre en qué está pensado. El Negro responde: “En la gente que a veces me dice si yo hago humor para hacer pensar. Claro que no. Eso sería una pedantería. La gente piensa sola, no necesita mi provocación. Lo que yo busco es hacer reír. Porque, además, si no hago reír me ponen en la calle y se buscan a otro. Eso es así”. A menos de una semana de su fallecimiento, el rosarino dio su última nota a la revista Viva. Un año después, sus palabras flotaban como anticipatorias en la publicación de esa entrevista. Sin pudor, dijo: “Sobre todo, el fútbol, que te limpia el bocho. Ahora no descargo un carajo. ¿Sabés qué? Mi cielo tendría canchitas de fútbol. Sí. A mí no me va eso del Nirvana ni los jardines con minas tocando la flauta. A los dos días ya te querés cortar las pelotas. Con una canchita y un bar para ver a los partidos me arreglo”.