Archivos de la categoría Encuentros

09 ELEGIR 1

Escritor con pelotas

Uno de los anuncios editoriales para el verano 2013 fue la reedición de todos los libros del Negro Fontanarrosa, amo de un relato costumbrista y con humor, que supo definir con simples palabras. Acá, un repaso bien fútbolero. Por Félix Mansilla.

09 ELEGIR 1

Cuando uno habla de cuentos de fútbol, enseguida aparece el nombre de Roberto Fontanarrosa. Su inmersión dentro de la temática significó el punto de partida para una variada rama de escritores contemporáneos que, al mismo tiempo, supieron adentrarse de lleno a sus formas: Osvaldo Soriano, Juan Sasturain, Alejandro Dolina, Mempo Giardinelli, entre otros muchos que hablaron de o con el balón como excusa. Alguien que siempre se definió como un individuo normal, común, que escribía historias que muchos vivieron y que también podrían reconstruir en algunas líneas. “No esperen de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar”.

Como un reflejo de tal definición, en “Palabras iniciales”, del libro Usted no me lo va a creer (2003), amplía aún más el concepto personal: “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro”.

Sin más, este rosarino canalla nacido en el ‘44, pudo llegar a ser reconocido también por sus personajes gráficos como Inodoro Pereyra o Boogie el aceitoso, pero sobre todo por su impronta y huella en la forma de dar vida a creaciones —tanto gráficas como literarias— plagadas de argentinismos y costumbres con incomparables interpretaciones del mundo. Su forma de hablar sobre sí mismo, deja una senda que abarca lo mejor y lo peor de un personaje reconocido. Por eso el Fontanarrosa, en tanto escritor de relatos de fútbol y dibujante, ahuyentaba los secretos de un escriba galardonado y la entregaba así de corta y al pie: “Siempre me ha gustado dibujar, me ha gustado contar. O sea, el mío es un trabajo vocacional y el gusto lo sigo manteniendo”.

Adentrarse en el mundo Fontanarrosa se parece más al registro de lo cotidiano que a las investiduras de la literatura clásica, no por su toque único, sino por destacar esas cosas que se palpan en el día a día; un café, el fútbol, las minas, el barrio, tópicos por demás claves a la hora de contar al menos una parte de la historia. En la misma medida en que Raymond Carver representó lo cotidiano en “Vecinos” (en Catedral y otros cuentos) o Soriano la política interna del peronismo en “No habrá más penas ni olvido”, su obra es un traslado metafórico plagado de parodias que están en el interior de ficciones con marcas características de paisajes cotidianos, personajes pícaros, inocentes, soñadores y fanáticos, en gran parte, seducidos por una pelota rodando.
Su estampa de escritor queda señalada tanto en las formas de sus relatos —introducciones implícitas que se estiran a medida que las historias fluyen— y, por otra parte y quizá lo más característico: los diálogos. A partir de breves descripciones, la prosa toma formas que son reemplazadas por los gestos de cada personaje —muchos reales: amigos, vecinos, parientes— dónde el hilo de la conversación, describe el panorama donde se sumerge lo acontecido.

Puto el que lee esto
Tras su fallecimiento el 19 de julio de 2007, muchas fueron las veces en las que programas de TV repitieron esa forma irónica del Negro para definir todo lo que hizo a lo largo de más de cuatro décadas. Una mala palabra nunca debe estar de más. Muchas veces cuestionadas, la utilización de este vocabulario tan hablado pero a penas veces escrito, fue una manera en la que Fontanarrosa tuvo el poder de desafiarlas. Él apuntó así: “Creo que la mala palabra hace reír porque rompe con un convencionalismo. Lo que divierte es la irreverencia. La irreverencia provoca alegría”. Y eso era Fontanarrosa, un hacedor de epopeyas que describió las calles de su Rosario natal o fue quien dibujó los paisajes de sábados y domingos de fútbol en casa con la radio de fondo, y en el diario Clarín con su columna en página 2 y en la revista Viva a través de las pictóricas historias del gaucho ‘renegau’. Con simpleza y desparpajo, desplegó una defensa a las palabras proscriptas ante el jurado y el público del Congreso de la Lengua en Rosario, en 2004. “No sé quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas) como esos villanos de viejas películas —como las que nosotros veíamos—, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas. Lo que yo pienso es que brindan otros matices, muchas de ellas”.
De todas formas, no se puede resumir la sumatoria del escritor a la literatura de estos lares por su definición sobre las malas palabras, pero sí poner atención a su dimensión para dar cuenta de los secretos para una mejor atención del lector. Su lenguaje verbal está íntimamente arraigado a sus modos de volcar sobre el papel. Así como por fuera de un ghetto o encumbrado en las formas de definir a alguien afianzado en las letras, en dos líneas expresó que “uno prefiere que guste el trabajo, pero a eso de escribir para los escritores yo no le encuentro la gracia. La cosa son los lectores”.

El barrio
Confeso fanático de Central —“mi nombre completo debería ser Fontanarrosariocentral”— jamás renegó de ser hincha de un equipo del interior y así distrajo los malos pases con el orgullo de llevar los bastones azules en la casaca. Uno de sus célebres cuentos, sino el más representativo de un hecho histórico, fue “19 de diciembre de 1971”. En la trama, miles de rosarinos hinchas de ambos clubes viajaron al Monumental de Núñez para ver la semifinal que definiría quién era el mejor en la ciudad portuaria. Allí, el viejo Casale —personaje principal que nunca había visto perder a Rosario de visitante— es engañado y llevado por un grupo de amigos que lo arrastra hacia la Capital para que el canalla no pierda. La explicación de su sentimiento por la redonda está resumida en pocas líneas, cuando Casale ya está muerto, después de sufrir un infarto tras la victoria de Rosario: “¡Esa es la manera de morir para un Canalla! (…) ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa”.
En dicho cuento, Fontanarrosa expande descripciones de Rosario ciudad antes del enfrentamiento. En la verdadera derrota, en este caso y en encuentros de fútbol de tal magnitud, el miedo juega un rol destacado. “Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el ‘Ciudad de Rosario’ y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi viejo”.

Una lección de vida
A un año de la partida del Negro, la periodista y escritora uruguaya María Esther Gilio, quien colaboraba en el suplemento Radar de Página/12, publicó una entrevista titulada “Yo quería hacer Indiana Jones”. Allí, el rosarino fue indagado sobre su rol político en cuanto a los mensajes de sus dibujos y sus formas de expresar algunas formas de realidad. En un tramo en el que habla sobre sí mismo, Gilio interroga sobre en qué está pensado. El Negro responde: “En la gente que a veces me dice si yo hago humor para hacer pensar. Claro que no. Eso sería una pedantería. La gente piensa sola, no necesita mi provocación. Lo que yo busco es hacer reír. Porque, además, si no hago reír me ponen en la calle y se buscan a otro. Eso es así”. A menos de una semana de su fallecimiento, el rosarino dio su última nota a la revista Viva. Un año después, sus palabras flotaban como anticipatorias en la publicación de esa entrevista. Sin pudor, dijo: “Sobre todo, el fútbol, que te limpia el bocho. Ahora no descargo un carajo. ¿Sabés qué? Mi cielo tendría canchitas de fútbol. Sí. A mí no me va eso del Nirvana ni los jardines con minas tocando la flauta. A los dos días ya te querés cortar las pelotas. Con una canchita y un bar para ver a los partidos me arreglo”.