Archivos de la categoría Entrevistas

nito mestre

Nito Mestre: “El pasado está ahí, en su lugar”

En su paso por Lobos el cantante charló con el viaje y contó los desarrollos de su carrera en la actualidad, de su pasado con Sui Generis, la amistad con Charly y el presente de la Argentina. 

Por Félix Mansilla*
Por continuar más de cuatro décadas en un camino que empezó con sueños de cambio, vientos de juventud y mensajes de proyección libre, Nitro Mestre está siempre. Porque es un clásico dentro del rock-folk latino. Porque su persistencia y la suma de los años en las piedras del rock nacional, lo convierten en un luchador con la misma capacidad de empeño que en sus inicios con Sui Generis o en el tándem country Porsuigieco. Por su equipo con Porchetto, por sus paredes con León, por su canon con Mercedes Sosa y María Rosa Yorio, por Los desconocidos de siempre, por el concepto compartido con Baglietto y Celeste Carballo en “Porque cantamos”, por ser el mismo que aquel que creció junto a sus canciones. Todo el aura musical que lo acompaña, hacen un Mestre portador del legado guitarrero setentoso, reconocido por su voz de acento propio en la línea de Lebón, Aznar y Pedro y Pablo, Simon & Garfunkel. Pero las quimeras de ese pasado pesado, no detienen el curso de su labor viva y especial: lo perpetran y destinan a la pura demostración de un oficio que jamás lo detuvo en su andar folk y rock canción.

 

Mestre hizo un repaso de  canciones de Sui Generis  y su repertorio clásico.

Mestre hizo un repaso de canciones de Sui Generis y de su repertorio actual.

En “Mientras no tenga miedo de hablar”, escrita en 1976, inmortalizó una impresión que aun pervive en el Mestre de hoy: “Mientras tiemble de emoción, mientras alguien sienta algo por mí, yo estaré seguro que tendré algo por decir. Cambiaré una angustia en canción”. En ese mérito, residen una veintena de placas que lo tienen en el pleno canto. Un interpretador especial de las armonías de Charly García, un compositor de letras inoxidables que hoy se despliegan y vuelven a ser. Así, como lo dice en Distinto tiempo: “Y soy savia, soy sangre que quiere andar. Soy los versos que hoy te quiero regalar”. Hoy lo asistimos así. Porque todos encontramos en Mestre un poco de amor.
Algo de todas esas concepciones acompañaron el aire de La Porteña, con un marco de público excelente –con grande y jóvenes- en el que repasó todos –sí, todos- sus éxitos en más de treinta años dentro del rock nacional. Acá, el diálogo con el viaje.

¿Cómo viene la actualidad de Mestre?
Por suerte bastante movidita. Esta banda es como la más nueva, salvo Ernesto Salgueiro y Fernando Pugliese, con quienes venimos tocando hace diecisiete años. Con Eduardo (guitarrista y bajista) tocamos mucho en Estados Unidos, él es portorriqueño, y desde que viaja a la Argentina se comenzó a acoplar a la banda. Jonathan, que fue percusionista de Silvina Garré, se unió en mayo de este año. Es la formación ideal que queremos tratar de mantener.

¿Cómo recibe el público tus mensajes en los shows del exterior?
Me reciben bien en todos los lugares que voy. Toco muchísimo en Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Colombia, México y Costa Rica. En Estados Unidos, concurre público latino y de todos los países. Usualmente, en los países más calientes la gente hace sentir mucho el calor, como en Colombia y en Perú. Son respetuosos en el resto de los otros lugares, pero va cambiando de acuerdo a los cambios de ciudades grandes a más chicas, donde, obviamente, son mucho más respetuosos y tranquilos. En todos los lugares queremos sonar de igual modo.

¿Qué pensás que sueñan los jóvenes de hoy?
Pasa mucho que a las personas jóvenes les gustan mucho los mensajes de aquella época, de alguna manera, el ideal de lo que nosotros queríamos para este presente. Como en este presente a veces no se terminan de cumplir esos ideales, entonces, seguimos soñando las mismas cosas. La libertad, que sí la tenemos, la hemos conseguido en una enorme medida, pero, como yo le cuento a algunos varios, cuando nos tocan a nosotros un poquito así de libertad, a nosotros que somos un poco más grandes, nos duele en el alma, sea la libertad que sea. Aunque te digan ‘no sé si vas a poder viajar’, saltamos como leche hervida.

Esto ocurre porque nos han engrupido tanto, nos han prohibido tanto en la época de los militares y hemos sufrido tanto para llegar a nuestro ahora que ahora lo que queremos es libertad. Libertad con todos los respetos del mundo, o sea, la libertad no es hacer cualquier cosa. Dentro de las reglas que haya, dejame hacer lo que quiero, lo que se debe hacer: permitir y respetar al otro. Lo que pasa es que se ha vulnerado muchísimo la forma de ética y respeto en muchos casos. El respeto debe ser el mismo en todos lados, tiene que ser parejo para el que está en un cargo y para quien no.

¿Cómo analizás la democracia de hoy, en momentos donde se repite que no hay democracia?
Todavía estamos saliendo de la juventud en la democracia, todavía no está maduro, hay ciertas cositas que faltan, pero bueno, por lo menos estamos cruzando ese camino. Aún hay cosas que me causan gracia: uno hace una marcha, el otro quiere hacer otra más grande y creo que no es así. Tenemos que estar todos juntos. No es cada uno por su lado, es un desborde. Tenemos que defender lo que se logró. No va esa de marcha-contra-marcha, es un constante a ver quién la tiene más larga, eso es muy de colegio.

Entonces, todavía nos hace falta crecer políticamente y que la propia gente lo haga notar hablando, transmitiendo ideas. Lo mejor que hemos logrado es saber de que todo es corregible: podemos sumar, opinar y no adueñarnos de algo y dejar afuera a los demás. Hoy todos tienen la capacidad de hablar y de opinar. En democracia debemos escuchar.

¿Qué le decís a un extranjero cuando te pregunta por Argentina?
Somos muy saltimbanqui. De repente vivimos una etapa de auge y después se nos enquilomban todas las cosas, como en este año que está así. Igual, pienso que se va a ordenar, porque soy positivo. Hay muchas cosas que me gustan de este gobierno y yo creo que se va a ordenar todo ese desborde. Quizá nos estamos previniendo demasiado por si acaso hay algún golpe económico, porque el mundo está muy golpeado. No es éste el único, no es que pase sólo acá: hay otros que están diez veces peor.

Si lo vemos por ese lado, digamos, estamos haciendo ciertos pasos y hay otros más largos como es credibilidad, que nos falta tenerla: desde afuera nos ven como que todavía no somos tan serios. Falta una continuidad desde las políticas de Estado, de decir que es lo que vamos a hacer y que lo vamos a cumplir. Ahora veo que se está cumpliendo con los pagos que se deben hacer en el exterior y creo que si vamos por ese camino, vamos bien. Debemos escuchar, no ofender ni de un lado ni del otro porque eso también se ve afuera.

¿Te has visto últimamente con Charly?
Sí, nos vemos. Nos vimos el otro día cuando fuimos a verlo al teatro Luna Park. Nos hemos visto este año. Lo que pasa que yo viajo mucho, él también viaja, sale a tocar y así. Soy muy casero: cuando llego a casa de una gira no quiero seguir saliendo. Me modero. Pero sí, lo veo. El otro día hablé con él, por otras cosas. Al que veo también, hace poco estuvimos tocando juntos, es a Raúl Porchetto y a León (Gieco), que ahora está afuera y vi a fines de junio.

¿Qué recuerdos tenés hoy de la etapa Sui Generis?
Es largo, sería un capítulo extra, pero la verdad es que no estoy viajando mucho para atrás. Tengo los recuerdos ahí para cuando algún día tenga que escribir mis memorias (risas). El pasado está ahí, en su lugar. Tengo bellísimos recuerdos, porque fue fantástico todo. Lo que pasa es que el presente que estoy viviendo es súper agradable, porque yo no pienso en términos de Luna Park. Yo pienso en lo agradable de estar tocando donde quiero, con los músicos que quiero. Ahora estoy planeando un disco nuevo, entonces, lo de atrás, queda como un recuerdo al igual que con Los desconocidos de siempre y todos con los que toqué.

Fotos: Nico B Mansilla.

(de la edición Nº 12, octubre 2012)

*Lic. en Periodismo y Comunicación de la FPyCS UNLP.

 

pomo foto 2

Ruido sucio de un asteroide

De la mano de Tércer Trópico —programa de FM La Tribu— repasamos una entrevista a Héctor Pomo Lorenzo, ex Los Abuelos de la nada, Invisible, Spinetta Jade, Pappo´s Blues, Páez, Calamaro, Melingo y Aznar.

Invisible. Lorenzo, Machi y Spinetta.

Invisible. Lorenzo, Rufino y Spinetta.

Héctor “Pomo” Lorenzo comenzó los andares del rock en 1968 con los Abuelos de la nada, con Miguel Abuelo y su caterva, logrando una de las primeras grabaciones que tuvieron difusión del género rock en castellano. Luego, participó en el primer disco solista de Spinetta –(Spinettalandia y sus amigos de 1971) donde conoció a Luis y “la inquietud de hacer cosas con él”. Después siguieron episodios que hoy se funden en recuerdos sin fecha de vencimiento: “Un viaje por París, volver a la Argentina, Pappo´s Blues, Invisible, mi primer grupo Sr. Zutano, donde recordábamos el embrión de Spinetta Jade en el ’80, antes de llegar al primer disco, Alma de diamante (que me parece un discazo), con invitados de lujo como Pedro Aznar y Lito Vitale”.

Las secuencias de sus dichos y lo real se proyectan como un hilo que en más de cuarenta años de carrera, permiten vislumbrar el concepto de un artista entero y con entrega completa. Actualmente, se presenta con ADN (Asteroid Dirty Noise) junto a Pablo Suárez (bajo) y César Franov (también músico de Jade), para deleitar con un tópico un tanto raro y novedoso.

Tres músicos en escena ejecutando el ritmo procesado desde la notebook de Franov, con reflejos sonoros en tiempo real, bases de bajo de marcado Groove oscuro y el toque en la betería del propio Pomo en diferentes tempos y ejecuciones obscuras. A continuación, las palabras en una noche de Tercer Trópico que hacen al hombre y las historias que lo demuestran como uno de los tantos del guetto spinetteano: sano, conceptual y complejo.

Pomo dixit: Spinetta, Invisible y después

“El motivo de Luis siempre fue, y creo que llevo esa marca que nunca la voy a dejar de lado, el hecho de que los discos hay que hacerlos en cadena y con la misma gente, sin lugar a dudas. Para mí, Invisible y Jade son lo mismo. Como Pablo Suárez (músico de actual proyecto ADN) que dijo que “Jade es invisible con chapas”. En el disco de ADN se dan orígenes en tres generaciones lateralmente opuestas, porque ni siquiera son correlativas, son salteadas. El hecho de que ellos hayan llegado por su edad primero a Jade que a Invisible. Hoy los chicos que recorren como referente la música de Invisible, tienen veinte años. Ése es uno de nuestros legados que va más allá de la destrucción de la industria discográfica y la difusión de esta música después de haber inventado un género con mucho trabajo durante cuatro décadas”.

Autodefinición

“Soy un enfermo terminal de una enfermedad que no sé cuándo empezó, y sé cuándo va a terminar: el último de mis días. He sido muy selectivo, es decir, nunca me distraje en cosas que no me interesaron, fui muy consecuente y seguí los pasos de mi gran maestro que ha sido Luis. Llevo esa conducta, donde estoy es porque siempre hay algo y siempre estoy”.

El jardín de los presentes: ADN

“El presente es lo mejor que le puede pasar a la gente que está viviendo el futuro, porque el presente en manos de la gente que vive del pasado es la muerte. Nosotros nos dedicamos a eso: una nueva entrega arriesgada para que ustedes disfruten de varios presentes y no de uno sólo. No solamente para proporcionar nuevos futuros, sino que los nuevos futuros son más pasados: no son uno o dos, sino todos los futuros que puedas lograr. Por eso que yo digo que (Luis) no se fue, porque el legado que deja está mirando a ver qué estás haciendo. Yo sigo entregando lo mismo que entregó desde el año ’68 y cada vez que me siento es para hacer la misma función. He cuidado las espaldas de tantos artistas en mi carrera, en este caso, la espalda de estos dos monstruos al borde de un ataque de nervios: dos monstruos que son las visuales y el audio”.*

(de la edición Nº 8, junio 2012).

*Agradecemos a Juan Manuel Badaloni, quien nos acercó el audio de la entrevista del programa Tercer Trópico(jueves a la medianoche por FM La Tribu): www.fmlatribu.com).

Fabian casas

Casas con diez pinos

Desde un despliegue concreto enfocado en las perspectivas contextuales, Fabián Casas se mueve dentro de las letras y desarrolla una personal manera de narrar episodios desde las calles de Boedo. Por Nacho Babino y Facundo Arroyo*

Casas, G. Ferro y P. Marchetti están en Bardo.

Casas, G. Ferro y P. Marchetti están en Bardo.

“Veo y entiendo la literatura como una forma colectiva”. Borcegos oscuros, jeans, remera de la Velvet Underground y sus mismos anteojos de siempre, marco negro y cristales claros que dejan ver bien grande el marrón de sus ojos. Fabián habla pausado, aunque por momentos intensifica o atenúa el volumen de la voz dependiendo de los gritos fritos de las siete señoras que unos metros más allá, contra la vidriera del café, hablan de todo sin decirse nada.

Casas se hace, se inventa -qué otra cosa saben hacer mejor los poetas sino oficiar de inventores- una pausa en medio de su rutina laboral. “Encima estamos de cierre”, dice. Cada encuentro con él es un hervidero de nombres, de información, de cosas nuevas viejas o de viejas cosas nuevas. Como en sus Ensayos Bonsai, pone sobre la mesa, muestra, hace conocer, mil nombres y mil maneras de entenderlos y relacionarlos. Desde Heidegger hasta Cucurto pasando por Vallejo; desde Manal hasta Minimal pasando por Los Redondos. Pero no es una paja a su saber, una masturbación a su conocimiento; Fabián se copa y da nombres, cita autores, canciones. No obliga, eso sí que no. Sólo si uno quiere, estira las manos, agarra eso y lo lleva.

“José Luis Mangieri me hizo ver cosas muy centrales que son las que conservo. Tenía que ver primero con trabajar, luego escribir y finalmente, si se da, publicar (…) Es mejor que conozcan los libros a que te conozcan a vos” dice Casas que es, aunque cueste creerlo, un tanto holgazán. Porque sino cómo se entiende que para terminar alguno de los cuentos que integran Los Lemmings haya tardado casi diez años. Quizás, casi sin saber, los distribuidores en Alemania de la película Ocio, basada en su novela corta homónima, hayan definido un poco esta rara manera de producción del autor, al traducir el título como Elogio de la pereza. Casas escribe buscando o busca escribiendo.

“La lógica capitalista es definición: te gustan las mujeres o te gustan los hombres, el capitalismo te define, todo el tiempo. Esa enfermedad muchas veces la tienen los artistas y los críticos. Nadie tiene que buscar la definición, lo que tienen que buscar es la incertidumbre. Y aprender a vivir con la incertidumbre o con preguntas paradójicas. El pensamiento oriental está más curtido en poder pensar más de dos cosas a la vez, nosotros no. Menotti o Bilardo, la dicotomía eterna del esto o esto” dice Casas, que después cita dos veces a Heiddegger y vuelve a decir: “Donde está el peligro, está la salvación”. Cuando habla, Fabián te mira. Y cuando calla también.

El poeta demuestra todo el tiempo atención, hace saber que escucha lo que su interlocutor le dice, le pregunta. Por momentos parece un cazador en estado de vigía. Salvaje. Cuando habla te mira. Y mira mucho desde esos dos grandes ojos marrones siempre bien abiertos, siempre con ese par de anteojos de marco negro delante.

“Cuando me entrego me siento más vivo. Con mis amigos, la familia, los escucho. Momentos de abandono del yo, es súper sanador. Me pasa mucho con mi hija, estoy todo el día encima de ella: la cambio, la baño, cuido que no meta los dedos en el enchufe. Me olvidé de mí, estoy pasando los mejores momentos de mi vida cuando me pasa eso. Me pasé tanto tiempo pensando sobre mí, hablando con gente que no tenía que hablar, perdiendo tiempo en actitudes estúpidas del yo, mías, egoístas. Cuando vos te olvidás de vos sos feliz”, dice. Ya es papá. Guadalupe, su compañera, aquella a la que le dedicó Los Lemmings -Todo para Guadalupe-, fue mamá de Ana. La paternidad lo hace feliz. Se le nota.

“Es más bien una necesidad de crear nuevos canales, porque con los viejos no salíamos, no teníamos chance. Y no es cuestión de ponerte a llorar si no te publica Ñ. Producir la forma en que vos querés contar y producir. No ser llorón. Hacerlo, como nos parece, pero hacerlo. No quería quedarme en el crítico que termina insultando al otro…” y de golpe, gesto de disculpa mediante, trunca lo que estaba diciendo y atiende el llamado de su teléfono celular: “Hola, Cuqui, ¿hola?… Te escucho re lejos… ahí voy sí…”. Corta el llamado, se acerca a la barra, paga, saluda, abraza y se va. No sin antes mirar con esos dos ojos grandes y marrones, desde la vereda y del otro lado del vidrio, a las siete señoras que siguen ahí. En este pequeño bar, Casas escribió parte del sermón de su montaña.

(de la edición Nº 14, diciembre 2012).

*Licenciados en Periodismo y Comunicación, UNLP. Autores del libro de crónicas “Bardo. Nuevas formas de hacer comunicación”, con prólogo de Juan Bautista Duizeide, editorial Independiente. Primera edición: 13 de noviembre de 2012.

Sasturain en su escritorio hablando de literatura de fútbol. (Foto N. Ferré).

“El fútbol me pasa”

El escritor y periodista Juan Sasturain, hace un repaso de la historia de los relatos de fútbol y “los permisos” para comenzar a escribir con la pelota. A sus 67, asegura: “El fútbol es una metáfora de la vida: hay aliados, enemigos, dificultades y es imprevisible”. Por FPM

Picado Grueso es su último libro de cuentos de fútbol.

Picado Grueso es su último libro de cuentos de fútbol.

Camina medio a las chuecadas, pero firme. Le dura el porte de centro delantero. Abre la puerta y el frío le apura los pasos en la escalera que conduce a su departamento con pisos de parquet. Las paredes de la casa de Sasturain están cubiertas en más de un 30% por libros de todo tipo, dispersos en un orden moldeado por los tiempos —no distinguidos por pelo ni marca— pero aun así reconocibles y hallables. Hay muchos y viejos sobretodo, pero están esos que reconocemos como de ésta, nuestra época: tapas a todo color, cuerpos con lomos diversos y usados, leídos y consultados. Si uno piensa en todas las publicaciones de este escritor nacido bien en el interior de la provincia, allá en González Chaves en 1945, el camino lleva el tiempo surcado por una variedad de aristas que van desde el relato corto a novelas con personajes que no se olvidan. Algunos de todos ellos se dejan ver entreverados en pilas de una repisa menos gastada que el resto de los anaqueles. En tanto alto se perciben, pero no cabrían en un rincón de 40 x 40.  En el camino cercado por miles de encuadernaciones del tiempo, un piano sin cola anticipa el pasillo que conduce a la puerta de su “sala de operaciones”, donde una chapa de bronce anuncia “Investigaciones Etchenike”. Allí, en otras tres paredes atestadas como en un laberinto bibliotecario, Sasturain tiene dos computadoras que se adivinan apenas en una marea encuadernada.

Ficción, historia, drama, poesía y aventura se reparten en la sala de unos de los actuales cultures de la literatura futbolera, del policial negro y la historieta. A media luz, los lomos dorados de ediciones antiquísimas parecen muros entre grises y en un apartado de luz por encima de la puerta, se presenta una publicación amarillenta de Navokov. Sobre un ventanal angosto y alargado que da a la calle Defensa, se amontonan —como vecinas de toda la vida— ediciones de cuentos y novelas de fútbol. Toma dos, los acomoda: Cuentos de fútbol argentino del Negro Fontanarrosa y Picado grueso (reditado este año por Sudamericana). Todos tienen el fútbol como la excusa aparente, en donde reside el temple de escritor afianzado en un camino presente y retrospectivo para recorrer el universo de lo casi cotidiano. Afuera —en segundo plano— se escuchan las voces de gritos solitarios en un viernes húmedo en la Capital. Acomodado en una silla giratoria, el escritor interroga por arriba de sus lentes como inspeccionando en chino pícaro:

—¿Graba bien esto?

¿Puede con el tiempo tomar un reconocimiento más formalizado el cuento de fútbol?

Hay cuentos que son de fútbol y hay cuentos que son con fútbol, que son dos cosas distintas. Un cuento de fútbol, podríamos llegar a suponer que es un cuento en el cual el juego en sí es insustituible para la comprensión del texto. En otros casos, si uno piensa en una novela como “El miedo del arquero ante el tiro penal” de Peter Handke (1971), no tiene un carajo que ver con el fútbol, el personaje alguna vez fue arquero. Yo tengo una novela que se llama “La lucha continúa” (2002), en el que el protagonista es un ex arquero. El fútbol pasa por ahí, pero no es una novela de fútbol.

¿Puede ser el fútbol siempre una buena excusa para escribir un cuento?
Eso depende. Los temas no hacen a la esencia de la literatura, no hay grandes temas ni temas chicos, ni más importantes ni temas triviales. Depende, como siempre, de la escritura. Siempre es cómo está hecha: no qué se cuenta, sino cómo se cuenta. Esto puede ser un beso, un tropezón, la caída de un imperio o un gol. Lo que sucede es que el fútbol como fenómeno tiene tantas aristas. En la cabeza de los hombres argentinos el fútbol ocupa un lugar. Los escritores siempre fueron hinchas de equipos, lo que pasa es que no escribían sobre eso.

¿Hubo una especie de apertura hacia este tipo de literatura en los últimos 30 años?
Hubo un proceso en el que se publicaron más y se hicieron más visibles y aparecen más autores. El fenómeno vendría a ser que hubo más permiso para escribir sobre fútbol. Algunos escritores nuevos y otros que ya tenían trayectoria, le dieron expresión a esa cosa futbolera que ya venía con ellos. Un ejemplo muy lindo es el de Galeano, un hombre que venía escribiendo ficciones, ensayos, política, historia, de divulgación en los años sesenta. Los primeros libros de Eduardo son de mediados de los años sesenta, muy precoces, hizo periodismo y otras cosas. Pero en determinado momento, avanzado ya los años noventa, escribió su primer libro sobre fútbol: El fútbol a sol y sombra (1995) ¿Podemos decir entonces que Galeano descubrió el fútbol, descubrió Peñarol, descubrió el Maracanazo a sus cincuenta años? No. De algún modo, hubo como un permiso personal en el cual el fútbol apareció como un tema en cual él encontró un motivo para escribir sobre eso. Además, encontró una demanda —usémoslo en términos marketineros— un espacio en el cual que apareciera un libro de Galeano hablando de fútbol no iba a significar que lo señalaran con el dedo como populista, cosas por el estilo, berreta, etcétera.

¿Se puede considerar como el puntapié la antología de Roberto Santoro Literatura de la pelota?
El poeta del grupo El Barrilete, militante popular, desaparecido, escribió en los setenta Literatura de la pelota. Santoro, hizo la primera antología grande con muchísimos textos de muchos autores. Después, aparecieron “Cuentos de fútbol argentino” (1999), y otra que tuvo ‘más reconocimiento’ hecha antes por (Jorge) Valdano en España (Cuentos de fútbol, 1994). La que hizo el Negro y que escribimos un montón de nosotros hay presencia del fútbol, lo que pasa es que no era tan frecuente. En Argentina, esto parece más difícil: dependemos de algunos autores que empezaron a escribir sistemáticamente sobre temas y lugares recurrentes.

Algo de eso traía Soriano en sus textos: los paisajes con vientos del sur…
Osvaldo ya en los setenta cuando era periodista de La Opinión, antes de publicar su primera novela Triste solitario y final (1973), escribió entre otras cosas el texto Obdulio Varela / El reposo del centrojás (del julio de 1972), es decir, que había en él esas cosas. Eso es Soriano, no la literatura futbolera. Son virtudes del escritor. No te puede gustar el ballet, pero lees a ciertos tipos y decís ‘la puta, acá hay algo’. Osvaldo, entre otras cosas, transmite extraordinariamente bien los climas. Alguien no conoce el sur de los Estados Unidos, nunca estuvo en un algodonal ni vio nunca un negro, pero lee Faulkner y dice: ‘esto vale la pena conocerlo’. Eso es un escritor.

¿Cree que la literatura futbolera se expande por narrar todo aquello que no se ve en los medios?
Sí, porque hay ciertas tendencias a analizar al partido de fútbol que tienden a recortarlo estadísticamente, de resolverlo a través de los números, con un resultado y un montón de porcentajes que explican ese resultado. Eso no es cierto, eso es mentira: todo lo que los números cuentan no dan cuenta de lo que hace que el partido sea el partido. Pero el partido es otra cosa, es un relato: porque hubo una pelota que pegó en un palo, un tropezón, otro que no pudo jugar, uno que le erró, otro que se lesionó, otro que lo echaron porque el réferi se equivocó. Hay una altísima dosis de azar: ‘Este partido podría ser una tragedia’ y terminó en una comedia, o un partido de ‘trámite liviano’ y terminó siendo un quilombo descomunal. Es decir, cada vez se avecina un acontecimiento nuevo, en eso reside su atractivo, porque si fuera reducible al resultado solamente, a nadie le importaría. Como el fútbol es tan azaroso, lleno de tantas posibilidades, incide y es lo más parecido a la vida cotidiana: en que los roles cambian continuamente. Jugar al fútbol es una metáfora de la vida: hay aliados, enemigos, dificultades y es imprevisible en gran medida.

¿Hay una expropiación de todo el peso simbólico del fútbol según las épocas que atraviesa?
El fútbol como fenómeno social ha sido ideológicamente, podríamos decir, anatemizado tanto por izquierda como por derecha. Por izquierda, porque el fútbol era una alienación, el pueblo en lugar de ocuparse de hacer la revolución y salir adelante con la bandera, se distraía —como unos pelotudos— detrás de la pelotita, de agarrarse a trompadas por una camiseta y no por la lucha de clases. Hay algo de verdad en eso, supongo que sí, pero no lo agota, no es todo. Por derecha, porque era ‘cosa de negro’ ¿Qué es el fútbol? el lugar de la irracionalidad, de tipos que no piensan ‘¿cómo puede calentarse alguien por un lateral mal cobrado?’, ‘¿cómo podés poner toda esa energía en esas pelotudeces?’ Además, para la derecha el fútbol es el no pensar, la brutalidad: ‘los tipos que se dedican a eso no piensan’, es el lugar del desafuero, salirse y olvidarse de sí mismo, toda una teoría catártica y alienación futbolera, esas únicas explicaciones. Eso tiene connotaciones políticas muy claras: ‘¿cuál es el comportamiento de los futboleros? y… terminan votando a quien no deberían, estos hijos de puta, negros de mierda, en lugar de votar a quien deben —es decir, a sus representantes de clase o a los ilustrados— votan al peronismo, por ejemplo. ‘Estos negros de mierda no piensan, ¿qué podés esperar de un tipo que va a la cancha?’.

¿Se refiere a diferentes conceptos de la cultura según gustos y pasiones?
De algún modo, los prejuicios culturales tienen un alto contenido político. Es toda una concepción de la cultura y el fútbol formaba parte de la incultura. En determinado momento, fines de los sesenta y comienzo de los setenta, también en el campo del debate cultural y político, se discutió sobre qué era la cultura. Hablamos de cultura popular, música popular. Acá hay valores, viejo. No estará en las bibliotecas o en el cine, pero acá hay cosas, hay algo que tiene que ver con la identidad, con el sentimiento y con la estética también, con la creación, muchas cosas. La discusión sobre el concepto de cultura popular, opuesto al anterior más elitista, incluye este tipo de cosas. Los permisos para empezar a escribir de estas cosas, revalorizar todo lo que eran las formas de la cultura popular entre otras formas de identificación popular, el fútbol es una de ellas.

Lo vivible del fútbol pareciera que hoy pasa sólo por la televisión.
Se trata de un fenómeno contemporáneo que es universal. La popularidad del fútbol en la mediatización es absoluta: es el espectáculo más grande del mundo. Hay más países en la FIFA que en la ONU, tiene más espacio la identidad futbolera que la identidad de país. No existe audiencia mayor a nivel universal que la de los mundiales. Hoy, una de las cinco personas más conocidas del mundo es el petiso Messi. Esos son fenómenos muy peculiares. Nosotros somos del país donde nació Maradona. Todo esto es un dato. Obviamente, es una enfermedad, un síntoma de cómo están las cosas, que tiene que ver con el poder de los medios, que son noventa guita aparte. Eso, entre tantas cosas, ha puesto al fútbol muy por delante, es lo inevitable. Por eso, todo el mundo casi tiene que escribir sobre el fútbol, porque está siempre adelante tuyo, no te podés hacer el pelotudo, aunque sea para negarlo. La oferta futbolera de los medios es excesiva e insoportable, inclusive para los que nos gusta el fulbito.

¿Qué fue lo que lo condujo puntualmente a escribir sobre fútbol?
El hecho de que me gusta el fútbol y porque ocupa gran parte de mi cabeza. Y nada más. Escribo sobre las cosas que me interesan y a mi el fútbol me interesa. Entonces, en lugar de reprimir aquello diciendo que son boludeces, veré por qué carajo me interesa. El amor, la política, el fútbol, los hijos. Uno escribe sobre lo que le pasa y a mi el fútbol me pasa.

¿Se puede decir que a partir de la difusión de Alejandro Apo los cuentos de fútbol se leen más?
Alejandro tiene una cosa muy reveladora, la de convertir a un inédito en un edito. (Eduardo) Sacheri nunca había publicado hasta que Alejandro empezó a contar y a leer sus cuentos, los convirtió en relato. Un dato más respecto a la potencia del relato oral en el fútbol. En Fontanarrosa todos los escritos tienen que ver con la oralidad. Una de sus grandes virtudes como escritor, a secas, es la oreja que tiene el Negro, infalible para el diálogo. Entonces, se convierten en textos transmisibles a través de otros soportes y que oralmente sirven. La radio es el medio en el cual el fútbol más se difundió. Los que hemos vivido en el interior y hemos sido chicos en época que no había tele, el fútbol era jugarlo y el equipo de mi pueblo. Pero en el lugar de la pasión, Boquita era eso: una transmisión radial de los domingos. Era un cuento y te agarrabas a trompadas por un penal que nadie había visto. Discutías por un relato. Era como ver una película o escuchar a Tarzán por la radio. El fútbol llega como un relato, de ahí, viene la épica.

¿Cómo las peleas por radio de Monzón en Argentina o el Maracanazo para los uruguayos?
Me contaba mi papá cuando yo era muy chico, que los uruguayos después de que ganaron el mundial del ’50, repetían la transmisión de Solé, unos de los más extraordinarios narradores uruguayos, Víctor Hugo es nieto de esa tradición, de aquellos que tenían que hacer imaginar. Es distinto un mundo con tele que uno sin tele. Hay que pensar en el origen de la literatura cuando las cosas aún no estaban escritas: Homero es un narrador, el juglar que cuenta el Cid no tiene otra forma, es el único que existe, el que cuenta él. Entonces, el único Maracanazo que existe es el que contó Solé, durante lo que duró el partido y para todos los que no estaban en el estadio. Lo único que existe es ése relato y alguna imagen ‘puta’ después. Pero lo único que existe es ese cuento. Cuando terminaron el mundial, los uruguayos lo pasaban todas las noches entero, escuchaban de nuevo el cuento antes de ir a dormir. No importa si existió o no, supongamos que fue todo mentira, que nunca existió el Maracanazo, no importa, existe el relato. En el cuento de Bioy y Borges, el fútbol no existe más que como un relato. Qué sabemos si el Cid existió, si Homero existió. Bueno, el fútbol tiene esa seducción. Todos los de Independiente hablan del Bocha ¿quién vio al Bocha? Se habrá muerto ya el último que lo vio. Quedaron las imágenes y el relato*.

(de la edición el viaje aniversario 1, noviembre 2012). 

*Entrevista realizada el 8 de junio de 2012 para la Tesis Revista Centrofóbal (una mirada literaria del fútbol), en conjunto con Francisco Clavenzani (periodista gráfico y radial. Ayudante de cátedra de la tecnicatura de Periodismo Deportivo de la FPyCS UNLP).

Fotos: Nicolás Ferré.

2

En ese asunto de volar

Con más de tres años en varias pistas de skatepark aquí y allá, Matías Angeleri cuenta los detalles de esa íntima relación con la tabla de skate.

Matías dixit: “El skate es mi vida”.

Hace poco más de cuatro años, Matías (16) se subió por vez primera a un skate. Un amigo se lo recomendó y desde ese día no se bajó más. Parte de su camino cuenta con tres campeonatos en su categoría. Con la mirada seria, el tono bajo pero contundente, arroja sobre el comienzo de la charla: “Es lo que me gusta hacer y no lo voy a dejar de hacer en mi vida. Hasta que no me den más los huesos”. En la pista del skatepark, media docena de skaters vuelan, no hacen ruido, se raspan, paran y siguen. El calor agobia la caída de la tarde, el Salgado no hirvió su verdín, pero los chicos siguen volando. Matías habla y mira la pista. Señala algunas pruebas, responde breve y transpira de ganas, de proyectos. Después de una lesión con cuatro meses de recuperación, espera volver “a pleno”. Dice “más adelante”, y eso solo sabe, lo palpa: son sueños. Antes de la pista que le da color y juventud al parque Municipal, practicaban skate casi una veintena en las escaleras y barandas en el Banco Provincia o en la estación de trenes. Ahora, la noche los puede encontrar volando, girando todos juntos. El 5 de enero quedaron inauguradas las luces, un gol de media cancha para los que deseaban hacerlo y el trabajo no se lo permitía.
Matías, narra sus inicios: “Cuando recién empezaba a andar, competí en un campeonato de principiantes en el Backside Skatepark del Bajo Flores. No me acuerdo en qué posición quedé, creo que uno de los últimos, pero porque recién empezaba a probar cómo era”. Sobre otros terrenos y lugares, amplía las oraciones, sube un poco el tono: “Fui a Mar del Plata un montón de veces y a Buenos Aires viajo siempre. El skatepark que hay en Mar del Plata —el Shifty skatepark, ubicado en Roca y la avenida Peralta Ramos, pegado al mar— es genial”.

Foto del día la inauguración de las luces del Skatepark Lobos. (NBM)

El sol no empieza a ponerse tenue. En la pista, Juan Cruz Gómez, anda a las vueltas con su bici en uno de los piletones que da al arroyo y al camino donde pasan caminantes en cortos. Matías, no puede en dos ruedas. “He probado de saltar con la bici, pero no hay caso. Cuando estoy de gusto, quiebro tabla y no tengo plata para comprar otra, ando un rato en alguna bici de mis amigos. Igual es muy distinto”, asegura y explica una de las diferencias: “Si caés, lo hacés con toda la bici, en cambio, con el skate lo podés largar y todo bien”. A sabiendas de un crecimiento dentro del universo skate, Matías dice que “el sueño que tengo es ir a patinar a Estados Unidos, que es algo que voy a hacer”. Tiene una clara definición de sus gustos. Entiende el lado de lo que implica destacarse en un deporte con extremos en cada salto. “Es un escape, porque cuando una persona está llena de problemas puede descolgarse. Uno lo toma, yo por lo menos, como un motivo de vida, es algo de la vida”. Después, redondea: “El sueño del pibe es vivir con el skate. Es decir, vivir del skate”.

¿Cómo venís después de la lesión en la rodilla?
Hace poco tuve una caída, fue desplazamiento de rótula. El médico me recomendó reposo por cuatro meses. Ahora estoy bastante mejor y puedo andar, tranquilo.

¿Cuándo empezaste a practicar skate?
Más o menos desde los doce años. Desde ese momento no lo dejé más. No hacía otros deportes. Fútbol, pero casi nada. Actualmente, en mi categoría somos seis. Al principio éramos más, pero dejaron todos.

¿Conocés otras pistas?
Sí. Fui a Mar del Plata un montón de veces, a Buenos Aires viajo siempre. El skate park que hay en Mar del Plata es genial. Cuando recién empezaba a andar, competí en un campeonato de principiantes en el Backside del Bajo Flores. No me acuerdo en qué posición quedé, creo que uno de los últimos, pero porque recién empezaba a probar cómo era.

¿Es fuerte la autopresión durante las competencias?
Sí, te cansa más. Acá (en el skatepark lobense) podés parar y ver cómo venís. Durante la competencia te corre el tiempo que tenés para desarrollar la prueba. Si te cebás te podés quedar sin aire, se complica la prueba o no te sale. Igual la cebadura ayuda, mucho. Los miedos en cada una de las pruebas, algunos, no te los sacás más aunque intentes. Ayudan a progresar. Hoy sigo teniendo miedo a algunas cosas, pero sé que de a poquito, sin presión, puedo superar todo lo que sé hasta ahora. La idea es ir ir ir, en un momento decir ya fue, lo que resulta que uno se vaya animando más. Por ejemplo, en esta pista hay partes de las que todavía me cuesta animarme en un cien por ciento.

¿Cuántas veces por semana venís a practicar?
Durante el año, los fines de semana porque en la escuela hago doble turno. Es un escape, porque cuando una persona está llena de problemas puede descolgarse. Yo me los saco con esto al toque. Uno lo toma, yo por lo menos, como un motivo de vida, es algo de la vida. Una pasión. Es caerte, volver a intentar. Caer, volver, pero tampoco matarte. Con el tiempo aprendés a caer. Hay golpes que una persona cualquiera va y se hace pedazos. Acá, te tirás de la escalera y si sabés caer no te hacés nada. Ahora trato de venir tres veces por semana.

Muchas caídas hacen que uno aprenda…
Es experiencia. Muchas caídas. En el aire, durante cada prueba, me pasa siempre. Cuando voy a abortar una prueba, relajo todo el cuerpo y caigo. Me relajo y no me duele nada. Está todo en la cabeza, es probar, intentar de nuevo. También aprendo mirando muchos videos de skate en internet, aprendo mucho, con páginas de skaters de Estados Unidos, son unos capos. El sueño que tengo es ir a patinar a allá, que es algo que voy a hacer. Allá es como el fútbol acá.

¿Cómo ves la movida del skate en Lobos?
Creció un montón y por el lado de la cantidad de deportistas bajó a su vez. Cuando recién empecé éramos como veinte que salíamos a patear todos juntos. Ahora somos no más de seis o siete, pero es parte del filtro, como en otros deportes.

¿Se puede decir que los skaters son como una especie de grupo unido, con el mismo objetivo?
Sí, nos cuidamos y protegemos entre nosotros. En otros lugares, entre skaters y bikers no hay onda ni nada, pero acá realmente no, eso no pasa.

Quizá sean menos, pero hay chicas que también desarrollan la actividad…
Hay, no son muchas, pero hay. Si no son de acá, son de otros lados, pero vienen. Ayer vino una chica que estuvo raspando la baranda, no lo había intentado todavía. Le expliqué cómo era y practicó. Eso está bueno que pase.

¿Cómo definirías la sensación de hacer skate?
Vida. Es lo que me gusta hacer y no lo voy a dejar de hacer en mi vida. Hasta que no me den más los huesos.

Cuando empezaste, a los doce, ¿Qué decían en tu familia?, ¿te lo cuestionaron?
Al principio no les gustaba la junta y todo eso. Era andar re poco, hasta que a mi vieja le dije: ‘te vas a tener que cansar de decírmelo, porque al skate no lo voy a dejar nunca’. Ahora ya no me dice más nada, pero al principio fue un quilombo en casa. Era lo que dicen todas las madres cuidadoras. Es como lo ve alguien de afuera, porque la sensación de caer en un truco, una prueba, es indescriptible. Siempre dicen que es mala influencia, creo que va en cada uno, en lo que elije para su vida. A mi mamá le dije que cuando sea más grande mi idea es viajar solo a competencias por el país y, si es posible, fuera del país también.

¿Escuchás música cuando andás en el skate?
Sí, te cebás mucho. Cada uno tiene su estilo de música. Yo soy más del rap o el hip-hop. Me gusta mucho Wiz Khalifa, un rapero estadounidense. Eso me re ceba.

¿Qué es lo más difícil de andar en skate?
Al principio, cuando comenzás no te sale nada, pero es cuestión de andar años y años y años. Lo primero, que es saltar, lleva como mínimo seis meses. Es un poco todos los días, porque si no, no hay forma de alcanzar el nivel. Es lo esencial, después, todo depende de las combinaciones. Una prueba se combina con otra y así todo se va encadenando.