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Un oso en el subte 2

Un oso en el subte

Por René Catto

La ciudad los encontró transpirados y pegoteados. Era un viernes intranquilo en Capital Federal. Después de caminar varias cuadras por Corrientes, cruzaron el obelisco y compra de agua mineral mediante, decidieron bajar a tomar el subte que los dejara cerca del estadio. Pasaron los molinetes y se quedaron debajo del resplandor aéreo de un ventilador con colores Pro. Se miraron como diciendo qué locura esta jungla de cemento y sintieron el ruido atronador de la máquina que se acercaba con prisa. Al parar, toda la masa humana desesperada corrió a pasos cortos dentro de un embudo que se repitió en cada puerta. Se separaron. El mayor logró entrar.

Apretado intentó girar para ver a su compañero, pero el sonido de la chicharra lo desconcentró y pensó en el problema que se meterían si perdía ese viaje: encontrarse entre la muchedumbre, indicar la vuelta, estación, esquina, calle, avenida y altura. Volvió de pronto y respiró insatisfecho, hasta que sintió un empujón y otro y ya se parecía un scrown lento, tomado por sorpresa. Se miró con la chica que tenía a un centímetro de su hombro y entre los dos no encontraron explicación.

Sonó la tercera chicharra y fue ahí donde a modo de avalancha, la masa avanzó poco más de un metro por persona en un vagón de seis por tres. El calor se condensó como una ola y la puerta se cerró. Le sonrió despreocupado y su compañero le devolvió el gesto mientras miraba el escote de una señora de no más de cuarenta y cinco, bien cuidada —coqueta como diría una prima— que lo pechaba sin remedio.

Diez estaciones más tarde, se unieron. El mayor le palmeó una rodilla y le habló despacio mientras se peinada en la ventanilla de enfrente. En el pasillo, un cantor de tangos sumaba monedas de reconocimiento.

—Ya estamos. En media hora estamos entrando, manso nomás.
—Si, pueda ser —respondió el compañero acomodando su celular por encima del pantalón.

La última parada pareció eterna, no llegaba más. El calor era una constante soportable dos metros abajo, pero nada esperanzaba la pendiente en un ascent interminable. Cuando subieron las escaleras continuas al paisaje de la avenida Congreso de Tucumán, el cielo estaba un poco más cerca y anormal, grisáceo. Ruidos de autos, motos y colectivos. Gente caminando apurada y un pucho como excusa de una entrada a boxes para cambiar oxígeno.

—Ya falta menos, oso.
—Sí, no doy más te juro.
—Un caos la ciudad un viernes en hora pico. Imagínate el mismo trayecto todos los santos días de tu vida, después de ocho horas de laburo, con ganas de llegar y un calor que te raja al medio de insoportable. Te la querés cortar, oso. Decí la verdad, hermano. Vos te derretís como un bubbaloo a las tres horas, escúchame. In-vivible esta ciudad de mierda. Todo el mundo con cara de orto. Te empujan, no preguntan, manguean.
—Sí. Un quilombo el subte, cabeza.
—Claro. Imposible relajar el momento de llegar a casa. Y en invierno, te la querés cortar. Cómo puede ser que haya miles de tipos que sueñan con patear estas calles.
—Sí. Mucho calor y todos apretados. Sí. Un frío…
—¿Viste en el subte? empujaron de lo lindo, eh. No sé qué eran, esos osos.
—Fui yo, cabeza. Fui yo.

(de la edición Nº 19, mayo 2013)

Hacer la cola

Hacer la cola

Por René Catto

El que busca mierda, la encuentra. Las pruebas no dejan espacio a las dudas. Era una mañana de miércoles, en un marzo donde todo el mundo parecía estar apurado como en los días regresivos a una navidad o un domingo de elecciones presidenciales. Tenía que renovar el carnet de conducir y me faltaban pocos días para que caduque y tuve la intención de hacer las cosas bien, con tiempo. Ese día me levanté exaltado y fui casi corriendo a la municipalidad. Al entrar, encontré la postal típica de los edificios estatales: el portero que da vueltas al pedo y charla con quien se le cruce.

—Eh, qué grande el Rojo, cincomentarios —gritó a otro casi jubilado, seguramente bostero, que pasó en bici por la calle Salgado. El Tecla les había clavado tres en la Bombonera y el tipo chocho.

Ya inmerso en un edificio de tales magnitudes, vi a la vieja que está en la mesa de entrada, con su cargado maquillaje y ese trajecito que le hizo su prima modista. Le pregunté dónde se hacía la cola para renovar el registro y con su dedo garra de carancho y la muñeca arrugada que sonó junto al trinar de unas alhajas viejas, señaló una fila interminable.

Tenía para más de una hora, seguro, y puteé para mis adentros que si me escuchaba el Jesús de la cruz de la capilla Nuestra Señora del Carmen, hubiese cancelado celestialmente la renovación para conducir. Enseguida me apresté a ser el último en la fila, pero al toque se acercó una mina joven, medio rubia, ojos celestes, que me empezó a contar que tenía el permiso vencido desde febrero, que se colgó y que era la tercera vez que venía y como la cola siempre era larga se iba para regresar días más tarde. Mis respuestas fueron las que se emplean en este tipo de casos: monosílabos que no contradicen y apoyan la cuestión. A saber: obvio, tal cual, ni hablar, y sí, claro, y una lista de palabras por el estilo que nunca fallan.

Al rato, se acercó un viejo y ella le contó la misma historia. La única diferencia fue que el hombre empardó su problema: que lo había renovado hacía poco, pero que cuando lo paró “la caminera” en Camino de Cintura no tenía especificado que podía manejar camiones y que se comió una multa que la empresa donde labura le hizo pagar entera.

—Imaginate, nena mi situación. Sin comerla ni beberla —dijo y casi se me piantó un lagrimón.

Cuando pasó la secretaria que hace los papeles para la renovación, el hombre desplegó nuevamente la gris historia, a lo que la flaca de rulos y tono de pucho, contestó con amabilidad pública y estatal: —Está bien, haga la cola que cuando le toque, vemos qué podemos hacer.

Para mis adentros, medité: “Este viejo se pensó que con una historia tan pelotuda se iba a ahorrar la cola. Que espere, por qué no se fijó cuando le renovaron el carnet”.

Para esto, ya había vichado a todas las secretarias de los boxes de cobros. Todas jóvenes, muy buenas estaban, todas. Entonces me imaginé cómo habría sido el momento de la selección y quién había sido el hijo de puta que las contrató, porque todas están buenas. Andá a saber qué les preguntó el quía para justificar el puesto, porque no puede ser que todas las que laburan ahí sean jóvenes y estén tan pero tan buenas.

Como para decirle: ‘qué tanto vuelva la semana que viene, vamos a tomar algo a Cañuelas donde no nos vea nadie, cachorra’. Así de una, como zorrino al tren. Después, seguí con la cocreta y pensé que el que contrató a la morocha de escote pulenta y labios gordos, seguro fue otro viejo verde que la hizo transpirar al principio de la entrevista y después la llamó haciéndose el héroe para comunicarle: “Vení el lunes, querida, el puesto es tuyo”. Siempre hay de esa clase de alcahuetes que le dan un cargo, se creen Pancho Dotto pero caminan como Minguito.

No había pasado más de media hora y la rubia de atrás mío le contaba su cuelgue a otra mina que estaba a cuatro puestos del viejo de la multa. Adelante mío tenía ahora a cuatro personas. Miraba el reloj de la pared que da al frente de la plaza y calculaba cuánto faltaba para que llegue mi turno, si cada uno que pasaba tardaba como siete minutos —no sabía por qué tanta mierda— era casi media hora y ya me estaba entrando ese hambre que se te anticipa al mediodía y al costado de la cola, en el sucucho de Rentas, un oportunista quería tramitar el “terrenito” de un pariente lejano.

Mentía y decía que el viejo se lo quería dejar a él y a su familia porque son lo único que tiene, pobre, mientras la señora que lo atendía le explicaba que si apareciese uno de los hijos o alguien más cercano, podía que no le tocara ni cortar el pasto. Bien hecho me dije, el míster le pagó los impuestos para recibir el tesoro antes de que el viejardo se enfríe. Mal tipo y encima de garca, viene con una historieta que si googleás ‘cómo quedarme con el terreno de un pobre viejo’, dice: ‘decir que fueron, vos y tu familia, los únicos que los cuidaron en vida y pagaron los impuestos’. Pelotudo, se hubiese preparado algo mejor, como un ‘si es mío, le paso una comisión, señora’, algo así, más de frente. Para qué tanta lágrima, campeón.

Quedaba que pasara una mina que estaba muy buena, con jeans ajustados y un escote que le hacía zafar la caripela con granos, pero antes de que pasara llegó el marido y no la juné más. Ingresar todos los datos, tocando el piano incluido, le llevó no más de cinco minutos. Después descubrí el porqué de la tardanza.

El oficinista, gordo cara de naipe, camisa a cuadros bien planchada y pelo ondulado tipo Pelé, escribía como un milico nuevo y mirando la pantalla con este ritmo: teclado, monitor, teclado, monitor. Ni hablar si pifiaba un apellido como Mariascurrena o Kusnetzoff, que acá por suerte no hay. A la semana siguiente me dieron el registro renovado. Y no es que uno se queje de la circunstancia, pasa que tanta papeleo me jode un poco las pelotas.

(de la edición Nº 6, abril 2012)

INFLADOR 1

El inflador según Eva

Por René Catto

—No me hagas comer la manzana, mujer.
—Dale, probá. Tenés que comer fruta, Adán.
—No insistas, Eva, por favor, ya es demasiado. No pequemos de golosos.

Adán estaba atemorizado en la sobremesa y Eva, su esposa, no paraba de querer hacerle hacer lo que él no quería hacer. Levantó los platos, los acomodó en la mesada y miró por la ventana. Su mujer le observó cada paso con la vista arbitral de una directora gorda y mala. Antes de que le diga algo, abrió la canilla de agua caliente, se colocó los guantes como un veterinario antes de operar y embardunó la esponja con un detergente color verde botella de Sprite.

—Adán, acá te quedó la fuente de las albóndigas ¿no pensás comer ninguna fruta? Guardá la canasta. Me hacés comprar mucha fruta. Con lo cara que está la fruta.
—Es que no me gustan las frutas.
—Ahora el señor dice que no le gusta la fruta. Lo cara que está la fruta.

Adán prefirió pasar esa mano y se quedó en el molde esperando la próxima protesta, comentario y/o opinión en su contra de su mujer, solo por deporte. Escurrió la rejilla, miró la pila de platos, cubiertos y ollas. Acomodó mentalmente cada objeto y fue hasta el segundo cajón de la mesada para tomar el repasador con el dibujo de una puerta con la leyenda “welcome” y tres gansos de la granja como salidos de un cuadro de Van Gogh. Secó el primero y lo pasó al rincón de la mesa sin migas ni servilletas de papel hechas bollo.

—¿Es necesario que hagas tanta espuma en la pileta cada vez que lavás los platos?
—Siempre.
—¿Siempre qué?
—Que siempre yo lavo los platos.
—¿Y quién cocina, eh?, ¿quién se quema las pestañas?

Una vez secados cuatro platos, tres tenedores, dos vasos y una olla Adán se secó las manos en los bolsillos del Wrangler claro gastado. Suspiró y pensó en el diario, en leer el diario tranquilo, en el baño de afuera, con un pucho y en libertad.

—Después llevarás la ropa a la lavendería. Estoy podrida de fregar en esos bolsillos percudidos.
—Eva, este pantalón tiene más de quince años. Me lo compraste cuando pasé a Mar del Plata en sapo. Segundo puesto el tipo…en el hotel me saludaban hasta las mucamas.

La miró como diciendo ahora estoy libre, hizo un ademán de “me retiro, señora” y se dirigió a la habitación de los libros y colecciones de revistas. Hacía unos días que quería llegar a ese dato que lo tenía desvelado y pensante. Encendió el velador de pie, sopló el polvo sobre el cenicero de vidrio amurado en el rincón y sintonizó la radio. Escuchó una entrevista bien de domingo, de una señora mayor —que imaginó canosa y arrugada— que contaba el desmadre sobre el ferrocarril en Argentina antes de las privatizaciones.

Cerró los ojos y se acordó de la tapa de Clarín cuando a Pino Solanas lo hirieron de bala y hablaba desde una camilla. Después, puso la caja de “diarios viejos” en la mesa del centro de la habitación. Sin querer cabeceó el foco y las sombras en las paredes del cuarto se parecieron al de un sueño alucinógeno: con amarillo, negro y dando vueltas. Apartó la pila de los que ya había revisado y siguió con los otros: El hombre llegó a la luna; ¿Quién es Guevara?; Se viene el Mundial, Finalizó la guerra y la tapa de Y Labruna volvió para ser campeón. Lo encontró y sonrió. Coincidía todo y Adán había estado ahí. Sonó la puerta. Abrió.

—¿Cuándo va a ser el día que arregles el inflador?
—Ahora no, Eva. Ahora no puedo.
—Listo, lo tiro a la basura. La bici seguirá desinflada.
—No, esperá. No lo tires.
—¿Qué no? Vas a ver cómo lo tiro.
—Está bien, tiralo. Si para inflarme las bolas estás vos, Eva. Siempre estás vos.

(de la edición Nº 18, abril 2013)

Gente sin swing

Gente sin swing

Por René Catto

Cagones S.A

Odio a las personas que no esperan nada. Cuando voy por la calle muchos me preguntan: “¿Cuándo volvés a publicar tus reflexiones, René?”. Mis respuestas son del tipo: ‘volveré’ o ‘ya falta poco’ —o una que dice poco y mucho—: ‘Vamos a ver’, cuando en realidad el viejo Catto piensa (sin decir): “Cuando se me cante”. Igual, cuando las preguntas vienen de buena leche, se nota. Quizá les guste, porque no se animan o no saben o no intentan o la van de espectadores. Pero, lo peor de todo, es que esta clase de gente que siempre espera el tren, cuando les llega dejan pasar al que le sigue en la cola. Les da miedo embarcarse. Me pasó con una mina: no se animaba, le daba cosa, se pensaba incapaz. Le dije: “Hacelo y después criticate, flaca”. Por eso, me agarro el izquierdo cuando me cruzo gente sin swing, porque no dicen lo que piensan ni siquiera con un filtro. Entonces, pienso (aunque no se los digo, que se caguen): “Salí, hermano, animate, dejá de llorar la baby y a la gorra de su perro viejo”.

Piloto automático

No sirve. Antes de apretar el botón, pegate un tiro. No sirve hacer las cosas como por costumbre. No se puede garchar en automático, amar en automático, vivir en automático. Otro de los especímenes que me sacan son los viejos chotos a los que le falta imaginación y clavan el automatic. Hace poco, en una clase para formar docentes se hablaba en cómo encarar una clase ante pibes que están llenos de problemas, con problemas en la casa y en la escuela. Su nombre, no podía ser otro: Roberto. Gordo, alto, pelado, barba candado y… abogado (NdR.: se fue hace poco, es posta). Ante la presencia de más de ochenta personas —potenciales profesores— el tipo dijo: “Yo puedo entender que los pibes tengan problemas, que se los debe incluir y demás. Pero yo soy un abogado devenido en profesor, no un cura”. Menos mal, querido Roberto. Los pibes no necesitan un cura, eso está más que cantado, pero sí alguien que sea contenedor, que puede hacer caso a ese mensaje que transmiten con su cara, sus pelos y sus granos. Si vas a dar clase para comprarte una heladera nueva o cambiar el auto, dedicate a hacer cosas de abogator, maestro. Además, un aire acondicionado en doce cuotas, tampoco es una locura. No gastes el tiempo tuyo y el de los pibes.

Otra de Robertito (de manual). El tipo comenzó a decir por qué hoy el mundo estaba como estaba. Saltó que en los sesenta los hippies y el rock. Y ahí sí, se me subió la mostaza y me dio ganas de darle un chute en el orto a la voz de: “Dedicate a otra cosa y dejá de leer las columnas de Enrique Pinti en La Nación, pelado sorete”. Para Dr. Robert todo el bardo de ahora es culpa de los hippies y el rock. Una cosa son los documentales, maestro, y otra muy distante es tu lectura cabeza de la cultura. Tenés la misma edad que Ozzy Osbourne pero la tirás como Juan José Sebrelli (“Sebrelli, vos andá al arco”). Me jodió que la resumiera tanto. Además, no se puede vivir con tanto veneno inculto y decir pelotudeces —reales pelotudeces— en un espacio donde la idea es sumar y no levantar la mano (o la garra, en el caso de Roberto) para pronunciar cosas como: “Esto no lo vamos a cambiar nosotros (los futuros profesores)”. Claro que no, pero podemos dejar algo. Mejor no le digas nada a los pibes, porque si se lo decís como un cura volvemos a las cavernas, padre. Falta que tiren un avioncito con una Rivadavia rayada y le hagas rezar dos padrenuestro y dieciocho avemarías (por el capuchón en la punta y la leyenda “Roberto, viejo choto” en el fuselaje).

Por ahí estoy siendo muy duro con el difunto, pero qué ganas de hacer catarsis delante de setenta y cinco minas y doce flacos, encima, con los que nunca cruzaste ni un buen día. Qué mal, porque les miraste el orto a todas, eh. Claro, ¿qué penitencia te cabe? Ninguna. No soy botón, pero ni un buen día dijiste. Otra. Te condenó decir con honestidad bruta que hacías el curso para dar clases y tener una ‘entradita más’ a fin de mes. QEPD.

Chicaneros y simplistas

Una cosa es criticar cuando analizaste todo el producto, ya sea un libro, una obra, un disco, un programa, una revista, una situación, un hecho, un cumpleaños. La cuestión reside en los tipos que a falta del diario del lunes, comentan sobre breves lapsos de revisión. Es decir, sin análisis no se puede llegar a buenos caminos, maestro, pero sí caer en los mismos lugares comunes. A ver, así como Roberto recortó la historia posmoderna de hippies a alumnos sin ganas, puedo decir que esta clase de gente —la que critica, habla y habla y no hace— se diseminó lo mismo que semillas sembradas desde un avión. Si me vas a boicotear mis columnas, ponele, preparate una lista de al menos tres razones. Porqué: si venís con términos como “es malo”, “no se entiende” o peor aún, “es un maleducado”, te la doy con una bombucha en la oreja. La historia de la humanidad está repleta de críticos de lo que otros hacen —bien, mal, más o menos pero hacen— y quedan. La onda sería que dejes el camino corto que tomó Caperucita para que sientas que para llegar se necesita patear y mover las tetis. Antes de decir para perjudicar, callá para no pudrirla y venite con argumentos y si cobraste el aguinaldo, pagate una birra por lo menos. Si te digo rock, no me digas ‘cosa de faloperos’, porque sería lo mismo que repetir que los que escribían letras de tango son todos alcohólicos y cornudos. Si vas a criticar, ponele onda.

Sé vos, nomás

Si estás leyendo Historias duras sin ganas o con las cejas en señal de duda, ponete a hacer otra cosa porque me senté con el culo prendido fuego. Basta con comentarios con la escoba, de excusas de papel, de frases gastadas y toda la mierda que tira para atrás. Es el momento de empezar y dejar de decir no como una niña virgen. Mejor que blablablá como una vieja viuda o un viudo frente al vino, es dejar hacer y asistir —ver/acompañar/estar/ser— para que esto no sea una fiesta suspendida, que iba a ser y apagaron los freezers. No necesitamos mala onda, necesitamos gente que piense y que antes de quedarse mirando Fantino salga a disfrutar. Ah, otra cosa. No me vengan con esa de “me dijeron que estuvo flojo” o esa película es mala.

—¿Qué, fuiste al cine?”.
—No, me contaron.
Así no. Ponele onda, viejo.

Trazo grueso

Afuera llueve. Desde la ventana de la habitación puedo percibir que el día está empapado y las hojas de los árboles flacos lloran y se caen. No es un día más. Es lunes, triste. Nada de lo que no haya pasado alguna vez: lluvia, desamor, silencio, luz cortada. Hay que encontrarle el lado positivo y, si la memoria no me falla, todo se parece a esos cuentos en los que la invasión del temor se asocia a un clima hostil, plagados de nubes grises y rayos que cortan el cielo y las transmisiones. Qué hacer. Bueno, lo lógico indica dejar volar la imaginación y postrarse en la cama a leer algún libro, pero no. Es imposible no leer y sentir la humedad. Encima con la luz cortada y el cielo negro, no se lee un sorete a la vela, como diría mi madre en tales ocasiones. No es lo mismo escribir con lapicera que tipear párrafos prontos a ser borrados en la pantalla del ordenador. Ordenar: libros, papeles, recibos, facturas. Para qué. Eso me pregunto: para qué mierda guardo tanto papel pintado.

Para qué carajo ese pase de subte, para qué. Si ni para anotar números al voleo sirven. Hoy, la fantasía se resume en pixeles, las agendas encuadernadas son un estorbo en las mochilas y las lapiceras nunca andan. Cuánto hace que alguien no presta su espalda para que otro anote en letra trazo grueso la consigna del tepé para entregar vía mail. Eso. Nada más hipócrita que el cumplimiento vía red. “No me llegó el mensaje” o el típico: “por ahí fue a parar al spam”. No jodan, viejo. Los correos electrónicos llegan, los sms también. No repitas y gastes frases con eso de “no me llegó nada”. Hacete cargo, cagón. Si te colgaste en responder o sólo te chupó un huevo poner ‘recibido’, decílo. Nadie te va a mandar en cana. Pero no, sigue esa puta costumbre de “se me complicó responderte, no me mates”.

Nadie te va a matar, enfermo. Te matás solo, si no tenés huevos para decirle a un amigo: “Te fallé, vieja”. Entonces a la mierda con la tecnología y la comunicación. Qué comunicación, si cuando necesitamos el servicio PRESTA al 773, la línea está congestionada o no hay señal y la minita de trampa no tenía saldo. Dejame de joder. Lindo sería antes esperar una carta, oler la tinta en el papel, adivinar los tachones y ese tipo de cosas que nos cuentan los viejos. Qué quilombo y qué ansiedad, pero qué documento de la vida. Hoy, la propia tecnología obliga a estar “conectados”. Conectados de qué, ¿me pueden explicar?. Si el uso de la tecnología se percibe como un acortar los caminos que luego se vuelven intransitables por nosotros mismos. Dale, mensaje de mierda entregate que necesito una respuesta.

No tendrá señal, la puta que me re parió. Bueno, ya fue. Mejor me quedo con esa foto. Qué foto. No existe más esa foto. Hay miles de fotos y ni un solo aura. Claro, el aura se pierde a la segunda imagen, si reproducen toda la secuencia: En la playa. Pareja abrazada con fondo de mar y cuatro viejos arrugados como pasas que juegan al tejo con un viento que les despeina hasta el ojete. En la otra imagen, gatilla ella –siempre apretados porque ya no existe más pedir ese favor de que te saquen una foto- y la onda es sacarse solos. Así, desapareció el rol del fotógrafo de turno y ya nadie reclama: “Che, yo no salí en la foto”.

Venía con eso del aura. Cada foto es única si se tiene en cuenta que el retrato no se parece a ningún otro, siempre y cuando se dé que la secuencia no es la continuación de la continuación de la continuación, cuando el partido de tejo de viejos chotos ya se terminó y el que mide las jugadas es el que perdió el partido y la marea está dos centímetros (en la décimo cuarta foto) más arriba que hace…siete minutos atrás.

Hablando de tiempo. Qué choto es hacer colas: en la cancha, en los recitales, en la heladería, entre otros. Y más cuando se trata de pagar alguna cuota del seguro del auto o la factura de luz atrasada. Con esto de la tecnología se acabó eso de decirle al de al lado: “Esto viene para rato” y así comenzar una amistad impositiva. Claro, si en el mp3 tenés tus discos preferidos o con la fresa negra podés publicar: “Alta cola para pagar”. Dejame de joder. Qué manera de escribir el tiempo y de hacer creer que la vida es eso que decimos en la pantalla y que leen miles de boludos como uno. Nadie está triste en las redes.

Las fotos desbordan de sonrisas y están los mensajes subliminales hacia ciertas personas. Así los mensajes se reconfiguran y significan. Una vez me re calenté. Una canción de moda que cuenta la revancha de una mina a un tipo al que ahora lo señalan como cornudo, continuó lo escrito, reproduciendo: “Ahora vas a saber lo que es ir por ahí y que te hagan la seña con los dedos así (cuernitos)”. Para qué los paréntesis, si el que la escuchó sabe bien que la mina que lo que cagó seguramente lo hizo en son de revancha. Qué renegado que estoy. Es por darle peso a las miles de pelotudeces que hacen al momento de mostrar un sentimiento en la red. Dejenmé de joder.

Me quedo con lo de antes, eso de andar con los pitucones con un verde que hacía putear a las viejas con el cepillo gastado o con el temor de contar jugando a las escondidas porque era el más chico y no alcanzaba ni al que volvía de una lesión con la pata enyesada y las muletas a la rastra. Antes, si te cortabas el pelo esperabas que alguno de tus amigos o amigas o maestra, te dijera “qué lindo te quedó”. Ahora, vuelven de la peluquería, se sacan una foto, la suben al muro y ponen (como si fuéramos ciegos): “Nuevo corte. Espero opiniones”. La cosa es así: si los comentarios exceden las expectativas, sos un capo y con new look. Ni hablar si recibiste muchos Me gusta. No me gusta nada.

(de la edición Nº 14, diciembre 2012)

GORDO 1

Gordo con orto: gol

Por René Catto

La cosa fue que los grandulones desafiaron al trío Gordo-Corto-Mayco a un picado en el área grande del arco, ese que daba a la casa de la vecina que siempre alcanzaba las pelotas con una sonrisa de oreja a oreja y —cuando no— se cruzaba a patear unos penales en los entrenamientos de las inferiores. Junto a Poyo, estaban Croto y Burge, que retaron así como de pesados. El trío aceptó sin dudas ni mariconadas. Eran no más de las seis de la tarde y las luces de la noche como que comenzaban a caer para la gestación de jugadas con infrarrojo total. Armaron los arcos con buzos y gorras, corrieron sus ciclomotores: una Juki 50 y dos Zanellas del mismo calce. A la del Poyo le decían La Harley y hasta en eso querían parecer pesados. Pero el trío les hizo tomar la sopa. Con la pelota amasada con la derecha, Poyo ofició de organizador.

—Jugamos a diez. Por la cerveza.
—Dale, joya. Empezá —apuró el Corto que ya empezaba a dar saltitos para renovar el oxígeno.
—Daselás, Poyo. Empiecen ustedes —agitó el Burge con las manos en pose taza y pecas de muñeca pepona.

El encuentro empezó y el equipo del Gordo tuvo que soportar dos goles perreados de los tres que hizo Croto por arriba de los buzos. El Gordo, pensó: “Este muerto, siempre se chocó los tobillos. Burge, tiene menos trote que un gusano. El Poyo, aunque bruto y todo, siempre demostró más actitud que juego y más esmero que talento, pero no nos pueden ganar”, se convenció y metió un centro llovido sobre lo que en una cancha rayada sería el área chica. Mayco le dio de puntín —un especialista para el sorteo de ejecuciones redondas— pero Burge se la chocó y dio rebote.

El Corto la paró en seco y dio un pase al vacío para la llegada del Gordo, que frenó, la pisó tranquilizando y apuntó a la olla para que Mayco distraiga la marca de Poyo y vaya el Corto a ponerla despacito como robando de una heladera en la noche. Tres a uno y se les vino el cagaso a los grandotes. Croto desoxigenado y los ojos grandes como luz alta, Burge con más sed que antes del almuerzo en año nuevo y el Poyo con una pasta blanca en las comisuras que se secaba con el palo derecho, un buzo de Croto.

Juego en el medio de la cancha, pases nulos, un contragolpe del Corto para poner las cosas tres a dos. Los grandotes hicieron el cuarto, pero sin merecer nada con tanta irrespetuosidad deportiva. Vino el cuatro a tres después de un penal grande como el chichón tatuado en la canilla de Mayco, que le dejó la pena máxima a el Corto. Iguales en cuatro y el asunto se puso espeso con la caída de la noche.

—Burge, largala —retaba el Poyo con dos grados menos para el punto hervor.
—Decíle a este inútil también —atacó muñeca pepona señalando a Croto que tenía los ojos como sartenazo en la nuca.

Descuidos de Mayco en la defensa, el Gordo que no le daba la nafta para bajar y el Corto que meaba tres horas sin parar, hicieron que el partido vaya caducando en un ocho a cinco peleadísimo. Pero el trámite no acabó ahí: nueve a siete y no había forma de hacer que la Tango rasposa entrara en ese arco que cada vez era más chico. Nadie dijo nada, pero era cantado que había sido Burge el que lo redujo como a uno de cricket, un mulero de aquellos. Poyo ya no quería lola y la reventó casi hasta el otro arco, sin saber que había cometido el mayor error de sus últimos treinta minutos de vida. El trío Gordo-Corto-Mayco, se juntó a resolver la ecuación.

—Juguemos al piso, si están muertos —dijo el Gordo abrazando al Corto.
—Desbordo y tiro el centro bajo —anunció el petiso mirando a Mayco.
—Ok, ok —tranquilizó el urso espigado con un gesto de “no hay drama”.

Fue así que se le terminó la caminata eterna y confiada al Poyo de América, que retó a Pedro y a Burge como por obligación diciendo “vamos”, queriendo decir “vamos que ya ganamos”. Nada de eso, señores: el trío G-C-M se puso nueve a ocho y las papas quemaban del lado de los grandotes. Burge mostró de nuevo el cagaso con un cobarde “gol gana”. Fue ahí donde vino la magia del Corto que tiró el centro bajo para que Mayco ponga el marcador en un luchado nueve a nueve. Los grandotes continuaban llegando y llorando, pero no se hablaban ni miraban, como con vergüenza.

Pelota afuera y sacó Mayco shoteando en la que sería la última jugada, para darle un pase al Gordo que estaba en el medio y le puso un pase en lo alto al Corto que tiró como venía a una altura como para desnucar un víbora asomada en la cueva. Dio nuevamente en Burge y se fue al córner. No daban más del cagaso y la bronca en el momento que el petiso tiró el centro que Mayco acompañó haciendo que el esférico retrase su velocidad aérea.

Dos cabezazos en el área es gol y fue así nomás, como en una palomita eterna el Gordo frenteó la Tango que entró como viboreando en el aire de un arco desvirgado en seco. Mini avioncitos en la noche victoriosa y los grandotes supieron de la justicia con ese magistral punto final de una historia que hoy se recuerda gloriosa. Prendieron sus motos de morondanga y se escaparon como rabiosos perdedores, marcando toda la cancha con huellas de huida en la derrota. Al día de hoy, Poyo no puede creer y reconocer su fracaso ante el trío imbatible. Y siempre dice lo mismo, en presente:

—No puede tener tanto ojete este Gordo.

(de la edición Nº 1o, agosto 2012)

Los onda verde 2

Los onda verde

Por René Catto

—Jane, bajo de las lianas, pienso en esta selva de cemento y vuelvo.

Si lo cuento es porque me sentí una víctima más de la dichosa y comerciante onda verde. Todo verde y si es verde, seguro que no daña la salud. Si es verde, consumí el Vidacol que se encarga de reorganizarte el sistema digestivo y si después lo dejás y ves que querés ir de cuerpo pero no lo lográs ni meditando como un monje tibetano, es porque te olvidaste de llamar al 0800-CACA, y ahí sí, te atiende una cordobesa que tiene voz de estar buena, es flaca y con flequillo hot. Muy amable le decís: “Señorita, tome a bien mi pedido. Le ruego que sea lo más pronto posible”. A lo que ella seguramente pregunte: “¿En qué puedo aiuuudarlo?”. En ese momento te alejás del tubo y gritás suave, pero contundente: “Quiero volver a cagar, señorita. Desactive el chip Vidacol, hágame el favor, señorita”.Toca tres botones, te deriva al reintegro sistémico del usuario Catto René, 43 años, soltero, bonaerense bien puesto, y una voz de un sex simbol con gel te anuncia y hace de cuenta que en un minuto parte el Apollo XV: “Señor, Catto René. Aguarde que en dos horas podrá defecar por sus propios medios”. Hasta ese momento nunca había extrañado tanto hacer fuerza sentado, leyendo el compuesto del Colgate fresh o borrando gente de la agenda del celular.

Jebusistas light. Es también porque la onda verde hace gente de mala vida a los que a punto de ser fusilados pediríamos una milane a caballo con fritas y una Coca en vaso de vidrio con tres rolos medianos y después un pucho. Imaginate la cara de los sicarios: “Señores, deseo comer un yogurt descremado con sémola y semillas del prado”. Literalmente, te mandan a la mierda y vuelven a descargarte tres tiros más cada uno (esto fue un furcio, porque disparan todos a la vez, pero sólo uno está cargado con balas o cartuchos posta). Por ahí no es tan así, pero los de la onda verde son un tanto —si no más— hipócritas que los peregrinos gebusistas o los altruistas. Creen que por contener un símbolo “adecuado” de modo de vida, todos debemos subirnos a esa marea de nuevos loquitos sanos y rezadores. Pero claro, uno es un animalito que no piensa en el futuro. ¿Cómo que no pienso en el futuro? Si cuando aplauden la caída de los glaciares puteo frente a la pantalla al grito de “nos van a venir a apurar con el agua”.

Los paz verde. Estos son otros que no me los fumo: los de la onda verde de Greenpeace y cualquier ONG que la junta con pala. Mucha persecuta a los balleneros, a los que hacen tala indiscriminadas de bosques y toda la onda hippie, cuando están bancados y sustentados —concretamente— por empresarios interesados en el queso de reserva. Todo bien con los de la paz verde, pero no me vengan con esa calesita del “patrimonio de la humanidad” porque eso quiere decir que si nuestro agua es patrimonio internacional ya no es más de los argentinos, ni de los brasileros la amazonia y así. Lo mismo hacen tipos como el dueño de la CNN, Ted Turner, quien tiene más de 80 mil hectáreas en suelo nacional y reproduce en cadena el bien para el mundo de que partes de esta tierra sean tomadas como una torta global. Cuando les gotee la canilla, no va a haber Jebús que nos salve el tanque. Por ahí uno puede pensar ¿qué tendrán que ver los onda verde con lo de la paz verde? y tienen razón. Pero que te vienen con esa de que lo liviano es mejor. Después no me estacionen un naftero, banquensé un auto eléctrico como hacen los japoneses, no se perfumen con aerosoles ni salgan con que comemos carne de un animal muerto. Eso es la reproducción de la mentira. Esa es la ola que abanican para demostrar que se puede vivir mejor subido a una bicicleta fija, con yogures, vidacoles, cereales del tigre, lactobacillus gg, Pancho Ibañez y esos parques de casa privadas y otras yerbitas putas. Nada del aura interior ni del conocimiento del cuerpo, no. Tenés que hacer media hora de cinta para estar bien. Dejenmé de joder con la gimnasia. Salgo a caminar, a ver gente, a ver el verde natural.

Mi amigo vegeta. El otro día me encontré con un viejo amigo al que cuando le nombré la palabra “asado” casi se me descompensa ahí en medio de la parada del colectivo. Medio minuto después me dijo que hacía ya años que no probaba bocado cárnico. Imaginate, dijo, “no sabés lo que me cambió la vida”. Y siguió: “René, por qué no lo intentás”, y ahí al toque le frené el carro: “Mirá, Marito, vos si querés comele el fardo al burro, pero a mí dejame con la carne y el Uvasal sabor naranja”. Después saltó con que estaba de empleado en no sé qué parroquia de la zona y de puro mala leche que soy, pensé si no sería un comepibe, pero dejé que no me invada la ira, el flash y los prejuicios. Marito siempre fue un buen tipo. La mujer es una yankee medio rubia, regordeta. Está bien, lo emparejó un poco con el tema del colesterol, sin pastillas, comiendo rúcula y esas cosas.

Voy al grano, señores: me las tienen al plato la buena gente que piensa que enseña, que nutre, que te dice lo que tenés que hacer para ser un tipo feliz. Que si no te resuelven lo del huevo y la gallina con un barbudo, te dicen que el capitalismo no va más, que esto no puede ser, que el socialismo, que el comunismo. A mi dejame con lo que me gusta y no me avises lo que tengo que hacer, porque acá nadie te avisa nada. Predicen que todo se va al carajo y vemos al carajo en cualquier parte y salen con las cacerolas por una cadena nacional. Poné Sony Entertainment y mírate un poco la vida desde una torre en Nueva York. Somos muy colonizables, no hay caso. Ahora vienen con que el país del Norte, “no, porque allá los yankees” tal cosa…ah, vayansé allá, a ver cómo los tratan.

—Me fui por la ramas, Jane, perdoname. No es fácil ser Tarzán. Mozo, otro de lechuga con doble berenjena a la sal. Sin sodio.

Manoseados

Todos manoseados

Por René Catto

Esto le pasó a un conocido y alguien tiene que decirlo. Sí, pasó acá y parece que volvimos a las cavernas. Era el día del amigo y habían salido media docena a cenar. Como era sábado y había que festejar, comenzaron a hacer la cola para entrar al boliche. Hasta ahí todo bien, pero cuando ya habían pasado cinco, uno de los patovas le dice al más morocho que no podía entrar. Sus amigos se volvieron y preguntaron por qué, a lo que uno de los grandotes trajeados respondió que las órdenes bajaban de arriba, que el derecho de admisión y cosas por el estilo, menos una argumentación clara. Todos decidieron irse y en el camino al pibe se le cayeron un par de lagrimones.

En el día del amigo, el tipo tuvo que comerse el garrón de sentirse discriminado.
Después me entero que el entrenador de estos inflados era un tal “Dani la muerte”, que parece que ganó popularidad como guardaespaldas de otro adiposo (grasoso queda mejor) como Ricardo Fort. Siglo XXI y vienen con eso de que si sos morocho o no nos gusta tu cara, no entrás al local ¿será que Dani la muerte enseña a seleccionar a la gente? Lo mismo, pasaba en otros dos boliche furor en los ochentas y noventas cerca del centro, pero no me pregunten quién los entrenaba (¿Juampi Hipocresía o Pepe el Mediocre?).

Cuando me enteré que usan la misma pesquisa todos los fines de semana me renegué más aún. No por el hecho en sí, que es para desaprobar acá y en cualquier parte, sino porque sabemos que este tipo de lugares le venden alcohol a menores y el fernet te lo sirven en vaso de plástico, con un hielo que parece una pila de linterna y con más espuma que un can rabioso. Ah, una Sprite sin gas cuesta lo mismo que una de dos litros y cuarto en el supermercado. Será la inflación, me dije, pero no, si te la das de cool, la gaseosa tiene precio cool.

Mucha lucecita, levantá las manos si te gusta la joda y mové la colita y meneá y todos como unos alienados transpirando. Qué cosa todo eso de la noche, como si la noche fuera eso: humo, calor, lásers y todo un placer artificial. Hay discriminación en un pueblucho que nos conocemos todos, dónde te tirás un pedo y dos cuadras más adelante es una garrafa. Después, dicen que no hay movida cultural acá, pero cuando hay gente que mueve el culo con algo vinculado a eso, van a apenas cien. Pero ojo, cuando organizan una fiesta con todos los trapos, te matan con la entrada y las barras son tres caballetes con un tablón cruzado al medio.

“Yo seré grasún, pero no soy grosero, señor”. Después, un secretario de gobierno dice que no quiere hippies en la plaza y el derroche se gasta en luces, pastito cortado y un botón que le avisa a los novios que los besos a otro lado y seguro que cuando llega a la casa, prende la tele y se cura los deseos con el orto de una pendeja que baila por un sueño. Hasta cuándo toda la porquería. Vino Víctor Heredia y fueron cuatro. Pero ojo, anuncian cualquier faraute que no vale dos mangos y hacen cola para sacar entradas anticipadas, porque saben que el día del espectáculo en la puerta te cobran lo que se les canta.
Cómo nos gusta juntarnos.

Sí, todos apretados, gritando, moviendo el orto, transpirados al ritmo de un sonido a lata tremendo. Sin meterme en los gusto de los demás, pienso en eso de que nos derretimos por andar en el mismo lodo todos manoseados. Y los baños son un tema aparte: mucho espejo, canillas con forma de ganso, pero qué olor zorrino, hermano. Son lo más parecido a los baños de las estaciones de tren. Después, claro, los que van a la “bailanta” son todos unos negros. Hay que reconocer cómo todo lo artificial aglutina la mente humana. Todos somos iguales al momento de la danza.

Me estaré poniendo más viejo y las cosas que antes me molestaban ahora me revientan las pelotas o será porque es más simple observar y mirar para otro lado y quedarse cayetano. Me pregunto si siempre pasó lo mismo o nos estamos volviendo más ciegos todos. Nos gusta la caca y la asistimos para ser parte, pertenecer y posar para la fotito que después en la semana comentamos. Y todos felices.

(de la edición Nº 8, junio 2012)