Archivos de la categoría Instantáneas Cotidianas

pajaros

Dónde mueren los pájaros

Por Félix Mansilla

A veces las palabras convierten la memoria en el fondo de un frasco donde no llegan las cucharas. Podemos insistir pero sólo podremos obtener apenas lo que junten las raspaduras. Eso se me viene al pensamiento todas las veces en que el recuerdo viene con anécdotas.

Están ahí, se ve la foto y el continuado de las imágenes, pero la cuchara no puede rascar ese pasado más que en palabras. En ese frasco de ideas, siempre me viene la pregunta: ¿Dónde mueren los pájaros? En qué lugar están. Jamás vi pájaros muertos en ninguna parte. Ni en el campo, ni en la ciudad. Un perro puede ser enterrado en el fondo de una casa o despedido en una bolsa de residuos que algún basurero hombreará sin preguntarse si es una alfombra o el mejor juguete de un hijo único. Pero, dónde van a parar esos cuerpos con alas.

Desde chico siempre pensé que las cosas que no vemos son las que más reflejamos dentro de nosotros. Una imagen mental vale más que todo lo que podríamos llegar a ver en toda una vida. Cuánto hace que alguien no mira para arriba, que no ve volar a los pájaros.

Ellos parecen como que apenas flotan. No viven en un mundo material, ni se preocupan por cumplir sus sueños porque su sueño es volar. No necesitan comprar nada, ni llenar vacíos, ni explicar a dónde prefieren volar un sábado. Siempre envidié a los pájaros porque carretean. Y vuelan.

(de la edición Nº 51, oct/nov/dic 2016)

Santoro

Vodecí que

Por Marcelo Palmeari

En el camarín de un canal de tevé. —Si te preguntan sobre eso, ya sabés, vodecí que el equipo está trabajando en eso, que la pesada herencia, que dejaron todo mal. Ah, de los saludos. No te olvidés de los saludos que le mandó la flaca y Antonia. Vodecí que siempre lo ven en familia. Salís de ese lugar incómodo. Busca lo cotidiano. Estos saben, no te la van a complicar, pero te la van a hacer igual. Ahí, comenzás con las preguntas. Qué pasó durante los últimos años, qué dicen ahora los que. El de chupines es bobo, pero sabe cómo salir de ahí. Vos tranquilo. Sigue leyendo

11-Por JR 2

Carta a los amores que se irán

Por Thomás Gui

No te enojes. Hacé de cuenta que te quiero y ya está. No podemos combatir lo imposible: el amor es unilateral, por lo menos en una medida mínima. Siempre hay un desbalance sentimental que postra a uno ante el otro. Tal vez de mañana, despeinada y descansada, me entiendas. Ya sé que te canté la balada pesimista una y otra vez, pero no puedo endulzarme en un mundo diabético. Perdón. Si no se puede superar el Edipo, vivamos sin hipo.

No te enojes. Es que cuando me pongo nervioso hago chistes. No es culpa de nadie y a la vez culpa de todo el mundo, excepto nuestra y nuestra a la vez. Vos querés un ejemplo. Yo no puedo vivir entre comillas. Puedo acercarme sin pruebas, hacer el ridículo y perder razón. También puedo buscar ganar razón a costa de un ridículo mayor. Como quieras. Te repito, es culpa nuestra y no lo es. A la vez. Pero seguro es culpa mía. Subrayalo. Soy víctima de una tautología feroz, con mis gustos y elecciones acorde a mis pensamientos. Cuando erro es cuando descanso.

No te enojes. Es que cuando me pongo nervioso me enredo. Me quedo en los preparativos. Me olvido de atarme los cordones antes de salir a la cancha. Me tropiezo a propósito con la única piedra que hay en el camino para poder contar con la lástima que se siente por el derrotado. Desde el suelo es imposible caer.

Tal vez sea verdad que no es culpa nuestra. Una vez me hablaste del cosmos, las estrellas, los signos, la luna y no sé cuántas cosas más. Que yo soy de aire, de fuego o de acero, no lo sé con certeza, pero no vengo bien aspectado desde el parto. Tampoco me importa. Pero a vos sí y tenés muy en claro que lo nuestro está predestinado a fallar. O a triunfar. No te enojes. Dejame que maldiga mi presente porque eso del pasado como excusa no me sale tan bien como a vos.

No te enojes. Permitime que llene todo de comas para poder parar a descansar a cada rato. Si vamos en picada hacia el desastre, que sea de la mano, disfrutando. Las viejas recetas del amor edulcorado no me salen por alquimista novato. Eso de la suerte de principiante es un verso. Eso que harían en mi barrio es pura fanfarria estéril. Por una puta vez, no te enojes.

Dejemos el pensar a los que quieren que las cosas sean complicadas al pedo. No se puede esbozar teorías en medio de este medioevo sentimental. Una realidad o muchas, sus tantos puntos de vista que definen la verdad ante ojos que no quieren ver. Ni hablemos del corazón. Ese boludo sólo sirve para escribir eslóganes. Hacé como quieras que yo hago lo que puedo. Sacame el codo de las costillas que estoy incómodo.

Te enojaste.

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Foto de portada por Jimena Rodríguez

(de la edición Nº 45, septiembre 2015)

3 manos

La Tercera Mano

Por El Negro Sin Techo

—Le recuerdo que todo lo que usted diga está bajo juramento. ¿Le quedó claro Señor Lozano? —dijo el comisario.
—Le reitero que en el veintitantos registré en el libro de inventarios del hospital el faltante de las agujas e hilos por los que usted me indaga. No hice la denuncia policial correspondiente porque no lo consideré necesario en su momento. Un incidente menor según mi entender —afirmó a pie juntillas el doctor Lozano.
—¿Algo insignificante? Fíjese cómo le cosieron la lengua del doctor Ribera a su boca, junto con su mano derecha y observe cómo su mano izquierda ha sido cosida por sobre sus ojos. Le advierto que estamos ante un despiadado asesino de sangre fría —se envalentonó el policía.
—¡Lo sé! Por el olor a whisky que libera el cadáver descarto alaridos de dolor por parte de la víctima cuando lo cosieron vivo. El óxido que se observa pertenece a las viejas agujas, cuando desgarraron la fresca carne. Esos utensilios de cirugía son ejemplares de larga data. Los había en demasía en la guardia del hospital. Solicitaban más de la cuenta al Ministerio de Salud porque muchas partidas se las robaban para uso veterinario.
—¿Usted conoce al señor Garay? ¿Recuerda aquel escándalo de la sala de guardia?
—¡Vamos comisario! No le impute a un paisano de avanzada edad la autoría de este crimen.
—¿Por qué lo afirma tan categóricamente? Le hago saber que el vasco en sus años mozos fue un malevo del comité de fierro en ambas manos.
—Lo tengo bien presente porque fue mi primer paciente cuando llegué al pueblo. Es más, si el tajo que le cosí en aquella ocasión hubiese sido de menor porte, seguramente no lo hubiese atendido aquella madrugada. Con sus propias manos se hubiese auxiliado, como lo hizo con una supuesta cornada de toro alzado.
—Todas las pistas conducen a ese compadrito. Efectivamente quedó resentido con el doctor porque no lo quiso auxiliar en aquella ocasión. Hombre de cuchillo en mano y por lo que veo habilidoso para el zurcido ¡Deje de protegerlo! Usted hace más de veinte años que recibe corderitos del señor Garay a manera de agradecimiento por salvarle la vida en aquella ocasión.

Interrumpiéndolo. —El vasco es diestro. Cuando lo atendí ya portaba heridas que el mismo había cosido bajo un avanzado estado de descomposición. La milagrosa cicatrización fue inducida con aguardientes y azúcares. Son imágenes que aún perduran en mi recuerdo, a pesar que ahora me he endurecido. Era la primera vez que veía ese tipo de lesiones. Un trabajo desprolijo, pero efectivo. Ni en las prácticas universitarias había visto algo así. Pero las puntadas de la costura recibidas por el muerto provienen de un zurdo.
—¿Entonces por dónde buscamos? Me están presionando desde Buenos Aires porque mataron a un conservador de renombre ¿Que habrá visto este tipo como para que le cosan la mano a los ojos? ¿Que pretendieron silenciar cosiéndole su otra mano a la boca?.
El médico piensa. —Era un hombre de pocas palabras. No creo que el varón se haya desbocado ¿Y qué puede horrorizarle a un anciano que ya ni canas peinaba? Quizás pretenden desviar su atención hacia otras pistas.

El silencio se imponía en el recinto. Los hombres allí presentes mutuamente se observaban.

—¿Qué mira? —toreó el Comisario.
—Cómo está cosido. El traje con el que me gradué tenía esa costura. El sastre que me lo alquiló, advirtió que la exclusividad del mismo lo valía porque fue una moda pasajera en París de los años veinte.

Nuevamente una pausa seguida de un largo silencio. Observaciones de un lado. Desconfianza del otro.

—¿Por qué vino a Pringles el colega? ¿Por negocios, por su estancia, por política?
—¡No lo sé, dotor! Últimamente se lo veía solo por el pueblo. Solía encerrarse durante varias semanas en el casco de su estancia ¿Pero a quién le importa lo que hacía en sus largas y solitarias estadías en su campo? Lo importante ahora es que no podemos contactarnos con su esposa para darle el pésame y entregarle el cuerpo para el velorio de su marido. Hoy temprano a la mañana la viuda estuvo por acá. Reconoció al muerto, lloriqueó y se fue apurada con su chofer a atender urgencias al lugar del hecho. Me imagino el desorden que le habrán dejado a la Señora en su casa.

Interrumpiendo al Comisario. —¿Ese pañuelo es de la Señora? ¿El lugar del hecho fue la casona del casco de la estancia?
—¡Qué se yo! ¡Mire, vea! No puedo andar atento a esos detalles teniendo un escándalo que solucionar en el pueblo y recibiendo presiones desde la Capital, y congelándome los huevos en esta cámara frigorífica. Falta que me diga que si el doctor Ribera hubiese tenido una tercera mano… ¿dónde se la hubiesen cosido? ¿Eh? ¿En los genitales o en la oreja? ¿Con qué acertijo me va a salir ahora? Que el problema no fue lo que vio o dijo… sino lo que escuchó… Que hubo un rumor infundado y lo esperaron en su cama matrimonial con aguja e hilo para coserlo como un matambre… que lo mamaron para que no grite mientras lo zurcían… ¡Déjese de joder!
—El pañuelo que olvidó la viuda tiene el mismo punto de costura francesa que el utilizado para masacrar al finado. La señora fue a la casona a buscar la tercera mano para coser. Métale pata porque no pueden vivir dos abejas reinas en la misma colmena.

(de la edición Nº 27, enero 2014)

foto natas

La grieta que amontona

Por Félix Mansilla

—Al galpón de La Grieta, en la estación de trenes —dijo el más fresco que se sentó adelante.
—¿Quién toca, che? —preguntó el tachero más canchero de Silver City.
—Los Natas.
—Uh, altos motoqueros esos locos —arrojó entre tosidas entrecortadas. Sus manos sujetaron fuerte el volante/timón del Peugeot lancha 504, viejo y ruidoso.

El taxi avanzó a alta velocidad por el empedrado del barrio de la vieja estación de trenes. Los muchachos no hablaron entre sí durante el recorrido que empezó en el centro hacía tres minutos. Antes de llegar, el taxista preguntó si había drama en hacer dos cuadras en contramano.

—Son dos cuadras y los dejo en la puerta.
—¿…? —asintieron sin opciones.

Fue un viaje que a velocidades normales dura diez minutos, pero la lancha los dejó en cinco sin diagonales de por medio. Al toparse con el imponente cuadro del Meridiano V, vieron infinidad de autos y bicicletas que se amontonaban sobre el cordón pronto a una interminable fila de eucaliptos centenarios. Desde adentro fluían ruidos entrecortados. “Hola. Si, si. Hola, ¿se escucha?”. Sentadas sobre una tranquera llena de musgos —en el estacionamiento improvisado del predio— tres chicas compartían el humo de un charuto importado. Entre risas y abrazos, la de vestido verde, calzas negras y zapatos de bailarina, cruzó al otro lado de la calle.

—Ey, Lu ¿qué pasa? —interrogó la que se bajó apurada en dirección a su amiga—. ¿Qué encontraste?
—Al final nada. Parecía una moneda —explicó con desilusión. La que se quedó en la tranquera las esperó.
—Ustedes dos están cada vez más quemadas. Muuuy quemadas —rió.

El portón de acceso al galpón de La Grieta no tiene mucho de distinto a cuando era un depósito de encomiendas de los Ferrocarriles provinciales. Un pequeño hall bien iluminado deja ver el brillo de los ladrillos barnizados, las cumbreras viejas y el techo de chapas. Sobre una mesa pequeña llena de panfletos del centro cultural, una caja de zapatillas con billetes y un cuaderno de hojas cuadriculadas, dos chicas cortaban las entradas. Media hora después, The Siniestros comenzó un show que duró poco más de una hora.

foto natas
Luego, los músicos de Natas subieron al escenario. La algarabía rebotó en lo alto de las chapas. Los aplausos se multiplicaron en 360º de una locura a punto de comenzar. Una infinita distorsión de guitarra acopló en las paredes y fue imposible hablarse sin preparar la garganta. Los músicos movían sus cabezas como en una expresión positiva sin fin: cabeza abajo-nuca en cuello y así. Tras el primer tema el bajista de la banda, pelo canoso, remera negra arremangada en los hombros y porro humeante en la boca, dijo un seco “buenas noches”. Los golpes de una batería semiacustizada y ruido a tacho compacto, dieron el pie a una melodía de guitarra sucia de metálico emanar. El guitarrista, barba rala, nariz fina y capucha zombie, se movía como hamacando un bebé. Caminaba hacia el sitio de la batería de espalda al público y se hacía señas con el batero que ya estaba con la remera mojada y una expresión con la boca dura y los pelos con suspensión. La mayoría movía las cabezas sin dejar de mirar el espectáculo. Cerca de donde estaba una chica menuda, un flaco de brazos flacos y piernas flacas, se tambaleaba demasiado. Molestaba sin querer demasiado. Como pudo se acercó a uno de sus amigos con el andar flaco.

—Gordo, sacame de acá que estoy re loco —dijo en una expresión dolorosa, con los pómulos ajustados—. Sacame de acá —su mano de dedos largos apuntó simbólicamente a la entrada. Su amigo lo tomó del brazo pidiendo permiso y disculpas entre la multitud. El flaco ya se había escabullido y pisó a más de uno al pasar. En el playón cercano a la barra se apuró y sólo dejó a su paso gente que observaba su andar zigzagueante sin darle demasiada importancia. Su amigo lo encontró y lo desplazó con el ímpetu de un lazarillo en apuros. El flaco se perdió.

Mientras el guitarrista encapuchado afinaba con la vista clavada en el piso y su pierna derecha pisaba pedales entre cables, el bajista se volvió hacia su amplificador y prendió el cigarrillo que ya no se notaba en sus labios. Acomodó la correa del instrumento y con la mano derecha tomó el cigarro y lo volvió a acomodar en la caja negra. Con movimientos lentos, la visión en el techo y un vaivén moderado, no dejaba de desdoblar notas gruesas que rebotaban en cada pecho como un golpe expansivo. El batero sacudía más los pelos que no dejaban notar su rostro mojado.
Al terminar el set de los Natas, las luces se prendieron y la gente siguió parada. Sobre el escenario, los plomos comenzaron a desarmar la batería que en menos de cinco minutos quedó guardada en un baúl cuadrado con ruedas diminutas. Sobre el cemento donde termina la rampa que conduce a la pista, había una mesa llena de discos de bandas locales. Más de ciento cincuenta placas de producciones semiartesanales se prestaban a salir como el comienzo de un acontecimiento actual con proyección futura. Muchas bandas, muchos discos y arte, que es cultura.

Al costado de la mesa de discos los Natas conversaban con tonos roncos y pausados. La mesa, de dos metros y medio de largo por uno de ancho, brillaba como un espejo a contraluz. Allí, dos chicas observaban las contratapas y averiguaban los precios. Al lado, el bajista de Natas prendió otro charuto que compartió con una joven de baja estatura que lo felicitó por el show.

La humareda espesa del cigarro siguió circulando entre músicos y asistentes. El trío charlaba con los que se acercaban a preguntar los precios de los discos, mientras tomaban de una botella marrón de cerveza sin etiqueta.

En la barra quedaban pocos consumiendo. En el piso se veían los vasos de plástico aplastados, colillas de cigarrillos y papeles de panfletos desperdiciados. Sobre una escalera que conduce al altillo de la cantina, una pareja de jóvenes se besaba como la última vez y otras dos charlaban con señas. Debajo de los escalones, el flaco zig-zag dormía con la cabeza entre sus piernas acurrucadas. Al costado, una mancha de vómito gris opaco tocaba la punta de goma de sus zapatillas de lona roja, manchadas con el negro smoke de la ciudad.

Sus amigos le hacían una ronda como custodiando el trance y charlaban bebiendo de la misma botella. En la salida quedaban pocas bicicletas y ningún auto. Sobre el empedrado, los taxis al acecho levantaban a los caminantes con vuelos nocturnos. La chica de la entrada seguía en la vereda repartiendo panfletos de los próximos shows en La Grieta. Como salida de foco, la luz de un patrullero con velocidad de rutina pasó sin hacer ruido.

El oficial hizo un paneo con los ojos negros bien abiertos. La camioneta se detuvo. Tres chicos se quedaron callados. Otro escondió el humo detrás. Fue un minuto. Después se alejaron sin dejar rastros. Lo que acababan de ver, no pasó en ningún otro lugar del globo. Por lo menos esa noche.

(de la edición Nº 27, enero 2014)