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Mateo 10.16

Mateo 10:16

Por El Negro Sin Techo

—Usted solicitó decirme unas palabras antes de escuchar su sentencia… ¿es correcto? Pues bien; visto y considerando su ejemplar conducta durante todos estos años de proceso le di lugar a su pedido —se expidió el Juez.

—Por Habacuc 1, por Isaías 41:10 y por Jeremías 1:4-6 —murmuró el reo.
—¡Perdón! ¿Qué ha dicho? —preguntó el Juez algo desconcertado.
—¡Edreas 10: 4, señor Juez! Y en el Salmo 37 están las palabras que tanto deseé decirle para esta ocasión.
—Mire usted, por derecho propio solicitó esta instancia, entonces, ¿para qué? ¿Para citar fragmentos bíblicos? No deje pasar su oportunidad ni malgaste los recursos públicos de la Justicia. Deponga su actitud o daremos por finalizado su petitorio ¿Queda claro?
—Jeremias 33:3 —dijo el Reo para sus adentros y comenzó a recitar el Salmo 91.
—¡Suficiente! Interrumpió tajantemente el Juez. Estoy aquí para darle cumplimiento a la Ley. Hasta el momento el procesado no ha dicho palabra propia alguna conforme a su pedido.
—Jeremias 1:19 —escribió con su dedo anular sobre el polvillo acumulado por la carga eléctrica estática del vidrio del escritorio del Juez que observaba detenidamente. Al instante le retrucó—. ¡En el Salmo 37 está mi verdad, Señor Juez! ¡En el Salmo 119 está la suya!
—¡Señores! Que conste en acta todo lo ocurrido. Completen el procedimiento de rutina con preguntas de rigor para evitar eventuales cuestionamiento de los Organismos de Derechos Humanos. Dejen sentado al pie del acta que me reservo la facultad de librarle orden de peritaje psicológico por eventual delirio místico al imputado.

El Juez se marchó enfadadísimo. Mientras tanto, el Secretario del juzgado continuó con el encargue masticando bronca.

—¿Tiene algo para agregar antes de comenzar con el interrogatorio? —le apuró el Secretario al reo con total desgano después de haberle fraguado las respuestas.
—¡Sí, señor! ¡Lo que ha dicho el Señor Juez pertenece al II Corintios 5:13.
—¡Así! ¡A mí no me vas a tomar el pelo! ¡Vamos a hacerla corta! Dictame un par citas bíblicas y hacemos como que te dimos el derecho a réplica… y todos contentos.
—II Timoteo capítulo 2 —exclamó.
—¡Muy bien! Así se hace. Dale que transcribo un par más en el escrito y nos vamos a casa tempranito.
—Filipense 4:13 —le dictó.
—¡Perfecto! Pásame una o dos citas más para impresionar a alguna rata de biblioteca, por si el día de mañana se le da por leer estas cosas…
—Lucas 8:40. Pausa. Silencio. Y observando fijamente al Secretario II Corintios 5:12.-
—¡Eso es, campeón! Una o dos más para rematarlo y que quede bien prolijito.
—Hechos, 16:30-32 e Isaias 60:1-11.
—¡Suficiente! —le toreó—. Ahí nomás que no soy escriba ni monjecito de la edad media como para andar transcribiendo biblias enteras. Así que vamos cerrando porque esto se hizo más largo de lo esperado.

Pero cuando el Secretario se disponía a cerrar el Acta el reo le interrumpió pidiendo que consten los siguientes pasajes con la advertencia: “Y para el Señor Juez, que seguramente lo leerá antes del fallo, le recomiendo Mateo 6:3; Mateo 6: 24 y Salmo 4:5.
—¡Perfecto! Será justicia. Mañana tendrás tu sentencia firme a primera hora. Más que recomendarte un buen abogado te sugiero un gran teólogo. Creo que será mejor un psiquiatra idóneo —le advirtió el Secretario al reo bastante molesto por el caso que le delegaron. Debido a que no pudo conciliar sueño, durante toda la noche el Juez estudió el caso. Citó a su empleado para las primeras horas de la madrugada. Después de un fuerte intercambio de opiniones entre ambos, se redactó la sentencia final.

Al día siguiente; a continuación de escuchar su absolución, mientras se marchaba de los Tribunales, dirigió su mirada hacia el Secretario del Juzgado que atónito contemplaba la medida tomada por su superior. Con un gesto irónico le balbuceó al pasar en los pasillos del Palacio de Justicia. En II Corintios 12:16, encontrará muchas respuestas. Un hombre libre circulaba por las calles. Un juez había hecho justicia. Un Secretario de Justicia, contra su voluntad, debía guardar celosamente secreto de todo lo presenciado.

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El verdadero amor

Por Tomás Gianandrea

A mi querido Carlos Tunstall

Y así como llegó corriendo detrás de un amor, enseguida nomás se topó con el otro, que no sé si es más fuerte o menos importante. Se topó con ese amor a los colores, el que no se negoció, con el que no se transa. Ese amor, que irremediablemente es puro y para siempre. Sin buscarse, se encontraron. Lo de ellos fue amor a primera vista.

El Gordo llegó con el bolso llenó de ilusiones, de futuro. Dejó la ciudad de las diagonales y se mudó al pueblo del General, para formar su familia. Y ahí lo estaba esperando el Gigante, que caminaba lentamente hacia el centenario.

El Decano necesitaba un incondicional y el Gordo se dejó llevar. De entrada nomás, mientras Los Beatles alcanzaban su máximo esplendor, a él lo maravillaban los fenómenos del básquet: Capponi, Coccaro, Tomatis.

Pero fue el bendito fútbol quien le dio la llave del club, primero como entrenador luego como directivo, y así lo enlazó para siempre, mientras los dorados años ‘80 se hacían desear. Pero no conforme con la naranja y la Nº 5, incursionó también en el voley.

Abarcó todo y más. Se llenó de alegrías y tristezas, de gloria y amargura. Pero jamás renunció a ese flechazo de la primera vez.
A cada paso demuestra la pasión, el sentimiento, el sentido de pertenencia. Pisa el hall central y se le infla el pecho, se le agranda la sonrisa.

Respira el aire del Poli y parece que vuela. Es uno pero es todos. Conoce la historia como la palma de su mano. Puede ser entrenador, directivo, planillero, utilero, aguatero o ponele el nombre que quieras, pero si lo veo llorar sé que está recordando.

Si lo veo enojarse, sé que tiene razón. Si lo veo alentar, sé que lo siente. Si lo veo sonreír, sé que algo bueno está por venir. Yo lo quiero ver siempre junto a su amor.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

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Las aventuras de Pancho Quintero

Por Menocchio y Melquíades

Los personajes, acciones y lugares oscilan entre la más pura de las verdades y la más desembozada invención. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

En esta biografía no autorizada, inédita y desquiciada diremos que, ya a los doce años, comentó como al pasar un cuento de media carilla de un amigo de la Escuela Nº 26 a la que asistían. Sin mediar otra intención que la de provocar le dijo: “Che, ¿qué quisiste decir después del “había una vez…?”. A los 16 agarró a las patadas al grito de “¡César ‘Leche’ Lapaglia, retirate del fútbol y poné una parrilla al paso!”, un hermoso jarrón congoleño de arcilla blanca que su abuela mendocina ó entrerriana trajo como regalo del Paraguay.

Casi todos en la Villa Cattoni aún recuerdan el día en que su mejor amigo, el negro Roberto Battistini, lo esperó a la salida de la escuela para boxearlo a raíz de una lapidaria observación a su desempeño en el acto del 12 de octubre. Pancho le gritó que él no peleaba con gente que no sabía moverse y apenas hablar.

Dicho esto, trepó al Expreso Empalme Lobos que lo refugió durante todo ese año de la pesada mano del Negro, famoso por haber derribado de un solo golpe de puño a su tío materno en una discusión familiar de notables características.

Ya en su primera adolescencia, Pancho comenzó a aficionarse por la lectura. Hemos hablado ya de sus referentes pero no aún del libro que lo acompañó al irse de su casa: un incunable, regalo del “Paloma”, titulado “La vez que divisé tierra y cambié la historia para siempre”, de Rodrigo de Triana, con prólogo del “Polaco” Bastía.

Ya en sus fervientes 19 y en la más dura de sus etapas, se encontraba firmemente moldeado e influenciado por una amplia alameda de autores, entre los cuales se encontraban desde el analista político y profesor de pilates, Joaquín Morales Solá, el popular bandoneonista lobense Roberto “Corazón” Vistalli, la poeta infantil y concertista de piano, María Elena Walsh y Roberto Retamar, el mediático ex DT de Atlas y actual vendedor de almanaques en los semáforos, que publicó una obra de tan poca tirada como polémica, titulada “Cuba y ron: el papel de los laterales volantes en el proceso revolucionario”.

A los 21, Pancho consiguió su primer trabajo en el semanario “La Palabrería” como crítico de espectáculos. En una humilde media carilla ofrecía su opinión sobre la cartelera local. Todos recordarán la morrocotuda polémica que se armó cuando publicó su crítica sobre un show de danzas clásicas, reflexología y ciencias ocultas en el Centro Cultural “Cabral, soldado heroico”.

Decía cosas como: “¡Horrible! ¿Quién fue el carpintero que talló a esas bailarinas? ¡De- MA-DE-RA, todas!” ó “…lo único que se puede ver en este antro son hippies como el Betito Carranza, responsable directo de este malcarado baile…”. Las artistas a las que Pancho describía como de madera y de otras formas abominables, sólo tenían 8 años y estaban realizando un espectáculo a beneficio de la preservación del pejerrey peludo, muy apreciado pero en vías de extinción por las pestes bubónicas medievales y los agroquímicos neoliberales.

Además, el Betito (homónimo del recordado ex jugador de Boca Juniors y Racing Club entre otros) la ligó de rebote y fue tildado de hippie cuando era, en realidad, uno de los promotores culturales más aclamados de la ciudad a costa del odio e incomprensión del aparato cultural dominante. Algunos decían que estaba construyendo, pacientemente, su candidatura a la intendencia. Otros, más realistas pero igual de alcahuetes, sostenían que aspiraba a formar parte de la Comisión Directiva de la Biblioteca Sarmiento.

Pocos dieron cuenta de que en realidad era un jugador compulsivo en rehabilitación y que lo perdían el Gancia con limón y las bochas en el Club Independiente. Tras este funesto hecho, Pancho se alejará definitivamente no sólo de la crítica sino también de la asistencia a espectáculos actuados por menores de 18 años.

Bajo el seudónimo de Lydia Lamaison escribió unos cuantos años para la célebre revista “Vida”, aunque, por el estilo y vocación que ya le vamos conociendo, fue amablemente invitado a dar un paso al costado por el jefe de redacción cuando realizó una contundente crítica a esa misma revista titulada “Ya no compre esta revista”. En ella iba nombrando y acusando no sólo a los que escribían en ella y a todos los directores de sección sino que también se llevaron su parte el señor que realizaba la limpieza y una lectora llamada Sonia Santagata que, muy amable y persistentemente, todos los días mandaba una carta de dos carillas en las que siempre recordaba que amaba la revista y todo lo que en ella salía.

En total diez personas fueron marcadas a fuego por la columna del Licenciado Quintero, como le gustaba hacerse llamar, bajo acusaciones tan infundadas como temerarias que iban desde el mote de deudor moroso del nunca bien ponderado Charly Bar hasta comerse los mocos, las uñas y las eses.

Las vueltas de la vida lo fueron poniendo en otros lugares. Una calurosa noche en la que la conocidísima banda local “Caminando por Valdano” presentaba su disco volvió a irrumpir, clara como un grito en la noche, la crítica de Pancho. Haciendo ya unos cuantos años que se había llamado a silencio ante una amenaza del Club de Amigos del Velocípedo, regresó patéticamente triunfante con la entrega a los miles de asistentes de panfletos titulados “¿Caminando… por dónde mierda?

En ellos denunciaba al empresario pyme quinielero Jorge Vaslano por el dudoso financiamiento de esta banda con dinero que, según esta incomprobada denuncia, provenía del blanqueo de dinero a partir de negociados con jeques árabes, milicos de frontera y vendedores de muebles usados. Todo terminó mal: hubo una confusión del departamento de imprenta de la DGI que determinó finalmente que el investigado era el ex futbolista y actual empresario Jorge Valdano.

Esa noche terminaron el quinielero, los de la banda, el dueño del Bar “Almacén Martínez” (lugar donde se presentaba “Caminando…”) y Pancho en la comisaría jugando al truco y cebándoles mates a los presos.

Quienes aseguran y recontra juran que lo vieron por última vez afirman que, todo cagado su raído saco gris por las palomas de la plaza, el viejo Pancho deliraba en inenarrables insultos contra las calles adoquinadas y su anacronismo.

Esperaba que alguien con “las pelotas bien puestas” desde el gobierno comunal tome la decisión de asfaltar “estos empedrados de mierda” pese a la reticencia de los tradicionalistas y de las “viejas chotas”.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

CHUSE 4

Alto comando

Por Félix Mansilla

Mirar esa parte del pueblo en las alturas nos hacía sentir héroes de la nada. Estábamos en la terraza de la fábrica abandonada Uviac, por fumar el pucho de la victoria y siendo parte de una aventura más de sábado a la tarde.

Desde lo alto, podíamos divisar apenas una parte del pueblo, lo que nos conducía a investigar todo el abandono de las botellas de tres cuartos o descubrir etiquetas de vinos que no fueron a parar a ninguna mesa.

El Pollo sacó un paquete de Philips Morris, arrugado —igual a los que fuma también hoy—- con apenas dos cigarros aplastados. No recuerdo quién agarró el resto, pero sé que eso hizo que todos saquemos de nuestros paquetes para convidar.

Tomá uno

—Ahora me toca a mí.
—Pero si recién fumamos de los tuyos.
—Agarrá, che. Dos mangos salen. Fumate uno —dijo George casi sobre el final de la década un peso un dólar.
—No, gracias. A los cohetes los prendo en navidad —contestó Verdún con media carcajada.
—Pero andá a cagar, si cuando no tenés sos capaz de fumar un marlo de choclo, infeliz.
—Che, dejensé de joder con los puchos ¿Vieron la calza de Meli? —preguntó el Gordo.
—Sí, boludo. El otro día en el baby pasó con las manos ocupadas pero con la cola que se le movía sola para todos lados.
—Andá, mejor está la amiga. Pero, bueno, que tiene mejor cola Meli eso está cantado.

Món jamón

—Che, ¿cuándo vamos a hacer una pesca? Hace un montón que no vamos todos juntos —tiró el Pollo.
—Sí, en especial vos, que ahora sos monaguillo y vas todos los sábados a misa —mandó Atilio.
—Faaa, ¿té acordás de la monja? Qué vieja de mierda. A mí no me quería —rezongó el Gordo.
—Claro, también vos —se defendió el Pollo.
—¿Yo qué? si lo único malo que hice fue avisarle que habían traído al video La tentación de Cristo. Hizo de cuenta que le nombré al diablo. Ya habrá espichado la vieja.
—No, no murió. Está en Lobos. Vive cerca de Las Delicias.
—La otra era buena, pero esta vieja era más mala que la mierda. No te podías ni tirar un pedo sordo que en el medio de la misa te hacía parar para mandarte al fondo donde te veía todo el mundo. Con qué necesidad.
—Che, pero vos no querés a nadie.
—Cómo qué no. A vos te quiero, bobo, pero esa vieja que reviente por zorra.
—Che, dejala tranquila a la vieja.
—Ahí lo tenés al santulón. Si comés santos y cagás diablos.
—Vos porque nunca tuviste un vínculo con las monjas.
—¿Qué, vos tuviste algún vínculo con las monjas? —dijo el Gordo haciendo que vomitaba en la cornisa.

Sin cura

—No sé, el único copado era el cura, que después le pintó el amor y se fue a ponerla sin culpa. Un genio. Una vez, en la primera confesión antes de la comunión, me dijo que le cuente algún pecado.
—Y sí, si fuiste a confesarte le tenías que contar los pecados —arrojó George sin decir boludo.
—No sé, le dije que había discutido con mi vieja, que le había pegado a mi hermano. Pero el tipo sabía que le estaba escondiendo algo, entonces, me dijo con esa cara de buen tipo y tono de cura después de dormir la siesta: ¿Pero debe haber algo más? Y ahí no pude traicionar a los santos que siempre pensé que eran de mármol. Pero bueno, me apretó y largué. Le conté que había visto con mis amigos unas revistas porno, que sabía que eso estaba re mal, que no era lo mejor para mí, bla bla blá.
—¿Y? —preguntó el Pollo.
—Me dejó que terminara. Y estoy seguro que alguna porno habría visto el cura.
—No creo —largó el Pollo con un tono incrédulo.
—Va, no sé, tenía pinta de que alguna había visto. En ese momento, pensé que se venía un sermón larguísimo. Pero no. El tipo fue al grano, así de una, para despacharme. “No hagas eso, dejá que tus amigos hagan lo que quieran. Eso es cosa de pajeros”, me dijo. Después cuando me enteré que había dejado los hábitos, lo entendí. El tipo la tenía clara, no por lo que me dijo, sino porque no salió con que era pecado ni nada de eso. Imaginate lo que hubiera sido.

Tipos como nosotros

—Bueno, ¿terminaron la misa ya? —apuró Verdún.
—Callate, vos ni bautizado estás.
—Sos como un anticristo. Acá, estamos todos bautizados menos vos.
—Sí, si me bautizaron. Preguntale a mi vieja, a mi hermana.
—Vos no estás bautizado…
—Che, dejen de hablar de religión un poco. Hablemos de las chicas.
—Sí, tiene razón el Gordo. Igual, las minas de nuestra edad se fijan en los más grandes.
—Te dan minas las motos por las bolas. Es eso.
—¿Qué?
—Nada, un loco de La Pampa decía eso: “Te dan bola las minas por las motos” —agregó Tobi que fumaba como un dandy, acodado en uno de los rincones de la terraza.
—No sé, hay que inventar algo, no puede ser. Un plan o una manera de que las chicas se fijen en nosotros. En tipos como nosotros.

Masterplan

—¿Y qué? ¿qué vamos a hacer?, ¿a ver, el genio?
—Bueno, el señor es el primero en renunciar sin siquiera escuchar o tirar una idea.
—Pero qué vas a hacer. Los tipos grandes se agarran a las chicas. Es así. Cuando tengamos más años…
—Ah, sos un optimista esperador ‘de-la-edad-en-que-las-minas’…
—Bueno, pero es lo que pasa —se resignó George sin decir hermano.
—Bueno. Vos no escuches. Yo pensaba la otra noche. Algo tenemos que hacer. No puede ser que nos arrebaten a las chicas, si no hacen nada. No tienen un mango igual que nosotros.
—¿Cómo que no? El viejo del granudo cambió la camioneta, se fueron un mes a Mar del Plata…
—¿Y? eso no tiene nada que ver.
—Sí, ya sé, pero bueno, dijiste que no tienen guita.
—Bueno, si vos no crees en mi plan, no digas nada. La idea sería armar una fiesta con la excusa de que estamos en primavera, vamos a la pileta…
—Pero si todavía no es verano, hace un frío para meterse a la pileta.
—Bueno, está la parrilla. Hacemos algo ahí. Colgamos dos focos, compramos cerveza, vino. Las mamamos y después va a ser más fácil.
—Es verdad. En Buenos Aires se usa eso.
—¿Viste? Yo no lo vi en Buenos Aires, pero tiene que funcionar.

Cohetazos

—¡¡¡Bajen de ahí, carajo!!! —gritó el viejo de la casa de al lado de la vinería.
—Boludo, el viejo. Rajemos —dijo el Pollo.
—Dale, dale —susurró Atilio haciendo señas con las manos. Se escucharon dos estruendos.
—Uh, está con la escopeta —alertó el George después de los cohetazos.
—Bajen, bajen que nos caga a tiros.

Escape

Los disparos hicieron que la banda se gane como sapo para el lavadero en los pajonales de la fábrica abandonada. Por instinto, por cagazo o supervivencia extrema corrieron como correcaminos, saltando en limpio el paredón alambrado de casi dos metros que cercaba la fábrica. Después, descansaron fumando en los andenes abandonados de la Estación.

—Bueno ¿Cómo era el plan?
—No sé, ni idea. Por ahí es una cagada lo que pensé.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Electromac

Creciendo siendo en Empalme

Por Nicolás Bernal

Y los primeros recuerdos que se vienen en fotos, esas calles de tierra ahora de asfalto, en la avenida Zapiola el jardín 902, con el Mapa y Pablo éramos tortugas ninjas, festejando cumpleaños en Rivadavia, nada malo podía suceder a menos que mis padres me vayan a buscar. El barrio era nuevo de casas iguales, en la colonia Manotas nunca aprendí a nadar y a lo hondo le tenía terror. El grupo era sano, acampando en el gran Electromac.

Y de los chicos del barrio nunca me voy a olvidar, reventando los sapos con fosforitos, caminábamos a la deriva como nos guía el viento, en bicicleta a la casa de mi abuela cerca del Porongazo, un bar de borrachos que nos faltaba tiempo para pisar.

Descubríamos lugares nunca antes investigados, de casas abandonadas, de cavas extrañas con mitos de gente ahogada. Y pordioseros y mal hablantes nos descubríamos en el humo al fumar varios cardos sobre el canal y mareados seguíamos escondidos en las gorras de bandidos, con guerras de piedras y encierros de castigos. Los amores no existían, todos juntos espiando una vecina. El chocolate era el barro y el barro nuestra pintura, salpicado en la cara, resecado por el sol que en Empalme pega distinto.

Las piletas eran las zanjas o la de algún afortunado, secándonos en las paredes esperando que se haga la hora para ir a entrenar al inigualable Club Provincial. Los dedos pegoteados de naranja afanada de estación, los caramelos que se fueron al bolsillo sin preguntar, las lagartijas esperando ser desafiadas y los días de lluvia jugando con el Songa de los hermanos Viglieri.

Mis amigos de Lobos que venían a colaborar en las inseguras chocitas de bolsas arpilleras, mi hermano Luquitas que me seguía a todos lados era adorado y protegido por todos, en los arcos con palos de paraísos se cansó de hacer goles. Buscando la vuelta para conseguir algunas monedas para las figuritas, el problema se armaba cuando el álbum se llenaba. El kiosco del bigote era el más visitado. Llegaban las fiestas y todos juntos doce y media en la esquina de siempre.

Fui creciendo y poco a poco aprendiendo que las cosas sencillas me llevan a esos momentos que están guardados en mi corazón. Los pelos que asoman, la voz que se aflauta y la excitación ya es otra con las rayas del Venus que me acompañan. Podemos todo lo que queremos, todo vomitado esperando el Expreso de regreso a Empalme.

Y hablando de viajes, esos viajes eternos en bicicleta sobre la Arévalo con viento en contra, el galpón de Provincial que chiquito se ve. En el Porongazo a la tardecita vermut y papas fritas, invitándolo a mi abuelo para que nos acompañe. En frente de casa, en el Pali Bar, aprendí a jugar al billar gol y a mentir en el truco, estos tipos de bares eran muy concurridos.

Lo demás por ese entonces era paja y re significación. ¿De dónde soy? De Empalme Lobos. Empalme es el Springfield de Argentina y el lugar de las cinco esquinas. Empalme es lo que lo que la gente es.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Ningún agregado

Ningún agregado

Por Félix Mansilla

El ahora viejo Ruiz un día se cansó de su lugar. Cazó las valijas y salió con lo puesto, casi. Desde la ventanilla del tren observó cada pueblo que a su alrededor pasaban como fuera de foco. El verde era una forma de escapar. Era ver una manera más de dejar el pasado en su lugar, para iniciar desde nuevos ripios de la vida.

Con veinte años y poco más, su presencia en cada situación mostraba una cara endurecida por el sol, con siestas de cuarenta minutos con cuarenta y dos grados a la sombra. Por eso, el viento en su sombrero hacía aletear el techo de los sueños.

La idea de huir resultó un plan para todo el trecho sin tranqueras. Las casualidades o la suerte o el mismo viento, hizo que una madrugada de agosto baje en la estación de Lobos. Le gustó. Cruzó la avenida sintiéndose un extraño. Nadie calzaba bombacha, ni botas, ni rastra. Avistó sorprendido a un gaucho de azúcar que pasó con la boina desacomodada, toda percudida, pero nada más que eso.

Entró al hotel Géminis y al otro día era ayudante de cocina pelando pilas de bolsas de papa. Así es que decidió quedarse. Pasó una semana en el hotel. Lo que trabajaba le daba asilo y en su sombrero guardaba los morlacos que le serían de gran ayuda si decidía cambiar el rumbo.

El mismo tren que lo trajo a estos lares fue el mismo que lo dejó en la Estación de Salvador María, donde en menos de una semana comenzó a sentirse bien, como del lugar. No era raro que llamase la atención semejante sombrero en su cabeza ni la faja multicolor que resaltaba al bajar del Jeep que compró a cambio de un trabajo bajo el sol, alambrando sueños. Hoy vive bien, no se queja. Cambió un par de veces el auto y siempre anda por El Coloso, conversando, entre copas y anécdotas.

Yo lo conocí de chico. Me resultaba un hombre petiso, pero forzudo, porque cada vez que llegaba te apretaba la mano con un saludo tajante. Una vez compartimos aventuras de su pasado en varias rondas de mate en una obra en construcción. Eran esos años en los que me contaba los pelos de las axilas para encontrar la señal de crecer.

Mi viejo —que lo conocía de jornadas plenas de calor bajo el sol, quemados por rollos interminables de alambre de San Martín— me batió la forma de no ser víctima de su filosa mano derecha. La misma, en cada apretón, hacía que mis dedos queden escurridos como si Ruiz estuviese apretando un guante de látex.

—Yo no saludo más —repetí acobardado.
—Pero no. Tenés que ganarle de mano y tomar vos la mano de él.
—¿Cómo?
—Calculás mentalmente la forma de que tu mano agarre la de Ruiz. Si él no te gana tu mano, hacés que se quede sin fuerza en los garfios.

Pasaron muchos años de aquellos consejos que luego supe (y sé) aplicar en los momentos de cordialidad. Aquella explicación se me grabó en la cabeza y es muy parecida al escudo del PJ, pero sin reveses políticos.

Lo cierto es que la figura de Ruiz, ese que se vino sin rumbo y construyó sus anhelos lejos de su tierra, es como una postal porque siempre está igual. El recuerdo es el mismo cuando pasaba en el Jeep o en el Renault 12 rojo o ahora en un auto más moderno. Calculo que el cuchillo lo lleva en la guantera. Debe ser muy incomodo viajar con el lomo incrustado por un suncho envuelto en cuero.
Hace poco lo crucé. Ruiz es el mismo.

Salía de comprar del mercado donde se cocinan todos los puteríos del pueblo. Yo bajaba de la moto y le vi la sonrisa de tipo que ya no pide más nada. Es el tipo que si la charla dura más de diez minutos seguro cola alguna historia de su lugar. Siguió sonriendo y se vino con ese andar petiso al cordón de la vereda. Volvió el consejo y no sé si porque ahora olvidó el apretar de manos, pero me sentí un ganador de manos de abajo. Ruiz sacó la mano y se acomodó el sombrero.

Vi la estampa en la sombra del cemento. Llevó la bolsa de red hasta el auto, se volvió hacia mi y me preguntó por mis viejos, de la vida de mi hermana y el nuevo trabajo de mi hermano. Cruzamos algunas apreciaciones sobre el presente de River y encaró enseguida para El Coloso.

No sé si conoció al Glorioso tito o si compartió copas con Patricio Braque. Ruiz siempre será para el prototipo del provinciano nacional que ríe, se acostumbra y crece lejos.

—Bueno, nos vemos, Ruiz. Ojo con la ñorsa, eh —dije y le volví a apretar la mano como a un guante.
—Bueno che, saludá a tus viejos de mi parte. ¿Qué hace el viejo? Era salvaje tu viejo. Qué tipo más entrador. Si habremos alambrado y bolaceado por ahí —se rió y salió con el paso corto de laucha.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Corazón

Todo corazón

Por Tomás Gianandrea

Corazón

A mi amigo Dardito Ormazábal, desaparecido fisicamente en Junio de 2013.

Dicen que se hizo expulsar cuando el partido recién arrancaba. Diez minutos, veinte, veintiuno como una locura, como una exageración, no más. Partido trabado, como casi siempre. Lógico. Con mucho por jugar a esa altura del encuentro; un 0 a 0, un 1 a 0 o un 20 a 0 daba igual, todo se puede revertir con tanto tiempo por delante. Es más, hubo espectadores que llegaron tarde y se quedaron con ganas de verlo. Se hablaba muy bien de él.

Decían que en él mano a mano era impasable, que cerraba cómo ninguno pero que era horrible pegándole a la pelota, imposible que dejara un despeje dentro de la cancha. Sin ir más lejos, una vez se la puso a uno de los reflectores de la torre de iluminación, en un partido que ganaba sobre la hora y aguantando, obvio. Otra vez, la clavó en contra en una final, para no ser menos. Pero un millón de veces cortó antes de que se generara cualquier bolonqui.

Dicen que lo que hizo, lo hizo de corazón. Qué sintió que no llegaba, que la impotencia al ridículo, a la humillación pudo más. Qué sintió que lo desbordaban por enésima vez, o más, o quizás era el primer caño que le tocaba sufrir y no lo pudo soportar. Dicen que quedó viéndole el número a ese delantero oscuro, escurridizo y rápido que en un abrir y cerrar de ojos lo dejó piantado, loco, desquiciado. Le nubló la vista, lo cegó. Dicen que intentó un primer guadañazo, para hacerse respetar, tal vez, y falló. Porfiado, como todo vasco, se incorporó, lo midió y le metió el trancaso. Listo. Asunto resuelto. Roja directa, sin vueltas.

Creyó que era lo mejor, que así estaba bien. Metió un golpe bajo y duro. Nos dejó con uno menos y se fue sin saludar. Nos metió en un bolonqui importante, preguntándonos si pedir o no el 225 para que vuelva a cruzar, a cortar, a sacar, a reventar, de abajo y de arriba. Justo, ahora más que nunca desde arriba.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

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Guayabas

Por Mariano Contrera*

Era una tarde insoportable, estábamos en primavera pero la temperatura ascendía a cuarenta grados. Escribir un texto que transcurra en la plaza 1810, parecía simple al principio, pero ni una idea se caía de los árboles. Estaba ahí, buscando inspiración en la hora muerta, ese bache entre después que cierra el banco y antes de que abran los negocios y salgan los chicos del colegio.

La fuente apagada llamaba a remojar las patas, y el lagarto Tacho (habitante estable de la plaza, que tiene su guarida debajo del Monumento al Bombero) disfrutaba de sus primeros calores al sol. El cuidador de la plaza, sentado en un banco cercano, era el único allí aparte de mí. A paso lento, arrastrando las alpargatas recorría, siguiendo cuidadosamente un recorrido que abarcaba la sombra de las plantas. Tendría sesenta, grandote el tipo, y pelado completo. Se acercó. A un metro de distancia de mí, se estiró y tomó un fruto de la planta bajo la cual estaba sentado.

—¿Una Guayaba? —dijo el viejo estirando la mano, ofreciéndome algo.
—¿Perdón? —no sabía a qué se refería. Tenía cara de bonachón, de buen tipo, parece que estaba aburrido y con ganas de hablar.
—Guayaba ¿nunca probaste? es una fruta tropical que extrañamente se adaptó a estas latitudes —clavaba una de sus largas uñas en la dura cáscara del fruto, y lo abría. Jamás me había percatado de la existencia de una planta frutal en la Plaza 1810.

Parecía ser de esos viejos que saben de todo, por lo que le comenté de mi búsqueda de inspiración para escribir sobre la plaza, tal vez tuviera alguna anécdota digna de ser contada.

—Qué sé yo, tenés el Monumento a la Madre que corona la fuente, está el Monumento al Bombero y el lagarto que vive debajo, el Homenaje al Empleado Público, el recordatorio a los Héroes de Malvinas, el busto de Perón y Evita—. Aquí estuvo como diez minutos el viejo despotricando contra la maldición de los lobenses por ser la cuna de Perón, con improperios varios. Aparentemente no simpatizaba. —Es una fruta rara, tiene un gusto algo extraño, como a kiwi, de exterior verde y blancas por adentro. No era un fruto de lo más sabroso, más bien indefinido en cuanto a sabor, pero antes que nada—. Mientras el viejo seguía.

—Y después tenés las dos réplicas de estatuas griegas, que son las más desubicadas si se quiere. El discóbolo, que es la denominación convencional de una famosa escultura griega realizada por Mirón de Eleuteras en torno al 455 A.C, es un retrato en honor a la disciplina olímpica de lanzamiento de disco, tallada en mármol. La otra es la Venus de Milo, esa joven que vez ahí adelante con el busto al aire y un lienzo cubriéndole la cintura, es una de las estatuas más famosas esculturas de la antigua Grecia y se cree que representa a Afrodita. Si bien a la original le faltan los brazos, a ésta le fueron agregados —parecía saber bastante de historia y de las esculturas, y cuando creía que era todo un erudito, salió con la siguiente anécdota.

—Recuerdo una noche que al flaco Flores lo habían pelado al póquer en Los Naranjos. Un “amigo” tuvo la mala idea de comentarle que un beso a la estatua podía a cambiarle la suerte. Fue tal el golpe que se dio el flaco cuando cayó con la estatua encima que tuvieron que llamar a la ambulancia de los Bomberos para sacarlo de abajo ¡Tendrías que haberlo visto! —estalló en carcajadas el viejo. Qué sé yo quién diantres era el flaco Flores, simulé una risa para no ofenderlo. Escupió un par de semillas de Guayaba y continuó su relato.

—Bueno, lo curioso es que el deportista la observa, mientras ella displicentemente le da la espalda, mirando hacia la calle 25 de mayo. Resulta que ambas esfinges las donó la misma persona, un médico acaudalado que vivía sobre la calle Belgrano, enamorado de una joven de apellido Cantú que vivía en donde ahora está esa heladería. El viejo las hizo poner específicamente en esa posición, y le hizo saber a la dama que estaría allí como la estatua, mirándola y esperando a que ella se digne a no darle más ese dorso desnudo bellamente tallado, esperando al menos una contemplación, que gire ese exquisito cuello bellamente tallado, y lo honre tan solo con un dulce beso de su mirada. Yo era chico en ese entonces, tendría cinco o seis años, pero recuerdo que todo el mundo comentaba eso. La piba era jovencita, veinticinco tal vez, hermosa, gordita pero rubia de ojos claros, piel rozada. Todo ese puterío la traumó, la gente comentaba cosas, que a ella le gustaba provocar, que era una descocada, de todo se decía. La pobre chica, ni salía de su casa, no podía ir a bailes ni a reuniones que ya le sacaban el cuero. Eventualmente dejó de tener amigas, todo el pueblo no dejaba de comentar el tema de las estatuas. El tiempo pasó, ella se fue unos años al campo de la familia en Elvira, pero la fama de loca no la abandonó.

—La vida en este pueblo tiene muchas cosas buenas, como la tranquilidad y el conocer a los vecinos y tener ayuda cuando se la necesita, pero también tiene sus cosas malas. Cuando te tildan de loco, de yeta o de degenerado la fama te sigue hasta la muerte, y fue así que Faustina Esperanza Cantú murió como una pobre loca, colgada de una rama de esta misma planta de guayabas.

—¿Pero quién te contó esta pavada? —fue lo primero que esgrimió mi abuela al leer el texto. Siempre chequeo los textos con mi familia y en esta ocasión fue extraordinariamente incluida ella, que no vive normalmente con nosotros, está en el asilo de ancianos, ya que no está muy bien de la cabeza.

—No sé, un viejo que cuida la plaza, supongo que sabrá algo de todo eso, ¿por? —no entendía los rezongues de la vieja, aunque protestaba por todo últimamente, por lo que no era tan extraño tampoco.

—Eso es una pavada, el viejo tarado ese te dijo cualquier cosa. La chica de Cantú se casó con un tipo de Capital, un tipo de plata y se fue a vivir a la Recoleta. Me acuerdo porque era unos años más joven que yo, pero algunas veces hemos hablado en alguna reunión. El viejo que vivía en la calle Belgrano no era médico, era un tiro al aire con fama de galán. Martínez o algo así era el apellido. Se jugó toda la plata que tenía, le gustaba la timba casi tanto como el chupi. Tenía un par de campos heredados que se los terminó jugando. Una vez arruinado, se terminó enganchando una vieja con algo de plata, de las Chacras —parecía estar convencida de lo que decía, pero había algo que faltaba explicar.

—Eso no explica las estatuas abuela. ¿Por qué pusieron esas y justo en esa posición? —pregunté ingenuamente. La abuela se encogió de hombros, mientras meneaba la cabeza.

—Qué se yo, las tendrían de oferta en la fábrica de estatuas. Capaz fueron a comprar alguna de San Martín y no les alcanzó la plata. Y están puestas así por pura casualidad m’hijo. Usted también se cree cada cosa.

Parecía más convincente la explicación de la Nona, aunque suele desvariar, no está muy bien. Quizá la verdad es una mezcla de ambas, o de ninguna de las dos, pero lo interesante es encontrar la más atractiva. Que cada uno elija.

*Lobense, autor de los libros “La idea fija” y “Media hora de felicidad” (Editorial Cien Km).

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

3

Broma Pesada

Por Fernando Negro

Llevaba cerca de una hora sentado en el banco ubicado en frente a la glorieta. La miró tantas veces, como al reloj que le habían regalado la semana pasada cuando cumplió cuarenta y cinco años. Lo recibió de su vecino, el almacenero, único amigo y confidente.

No había mucho para contar de su vida, a esa edad, podría decirse que no conocía nada del mundo, lo que sabía lo sabía por su trabajo, las computadoras. Vive a dos cuadras de la Plaza Tucumán, se lo ve solo los sábados a las veintidós horas cuando va sentarse en ese lugar.

“Sólo una bocanada de aire, para volver a mi propio mundo”, decía Oscar para sus adentros. No le gustaba para nada que se juntara gente cerca de él, sobre todo los pibes, que tenían la molesta costumbre de hacer la famosa “previa” en la glorieta. Eso lo enfadaba en demasía.

Pero ese sábado algo le llamó la atención. Dos personas de traje estaban paradas frente al Monumento a San Martín, un poco lejos, pero la vista todavía le daba para saber que eran dos personas de traje. Uno alto, pelo hasta la cintura. El otro, estatura mediana, pelo corto.

“Me cagaste”, “Vos te acostaste con mi mujer”, “la puta que te parió, cinco lucas valen más que una amistad”, escuchaba a la distancia, al mismo tiempo que intentaba distinguir más de las dos figuras que discutían debajo de la luz sobre la vereda de esa cuadra.

Pasaron cinco minutos, contados sin reloj, hasta que vio como uno de los dos sacaba un arma. Su cuerpo se estremeció antes de escuchar el disparo. Cuando salió, Oscar estaba saltando otro de los bancos de la plaza. Su corazón latía tan aprisa, que ni se dio cuenta que se llevó por delante una rama que el árbol despidió en la tormenta del martes anterior. Caminaba con dificultad, pero esas dos cuadras, las hizo más rápido que la velocidad de la luz.

Fue al baño, se miró al espejo, hasta que mirando su rostro pudo calmarse. Después se desvistió al darse cuenta que en su pierna izquierda debajo de la rodilla le salía sangre. Se curó y se echó a dormir. Olvidó que debía mandar un trabajo urgente a primera hora del domingo.

Eran las doce del mediodía, lo notó porque la luz entraba por la ventana. Se levantó, el dolor había desaparecido. Fue a la PC, envió el mail con el trabajo, fue la primera vez que le importó poco si le pagaban o no. En su cabeza giraba lo sucedido la noche anterior: las palabras, el arma, el disparo. Pensó que la Plaza estaría repleta de policías, que los vecinos iban a ser llamados a declarar a la comisaría y que él iba ser uno de ellos. Pasaban las horas. No recibió un llamado, nunca tocaron su puerta.

Empezaba a morir la tarde, detrás del inmenso eucaliptos que Oscar lograba ver desde su casa. Ese inmenso árbol nacía en la plaza. Una vez llegó a pensar que era como el ojo de Sauron, pero descartó esa idea, no por la altura, sino por lo malvado, ese árbol era su protector. Cuando volvió a la realidad, giró su cabeza y vio el celular sobre la mesada. No tenía mucho crédito, tal vez para un mensaje.

Recordó a su confidente, fue con el celular hasta el borde de la cama, se sentó y empezó a escribir. “Anoche vi un asesinato. Dos tipos discutiendo. Tengo miedo, lo vi todo, pero no quiero llamar a la policía, encima por el cagazo que tuve ni me senté en la PC y tengo mucho laburo para hacer, mañana pasate que te cuento, ni ganas de salir me da, el barrio no es lo que era antes”.

El mensaje llegó cuando Marcelo estaba cenando con su mujer, su hijo, y su cuñado que venía de Mar Del Plata a pasar un tiempo con la familia. Lo vio, miró a su mujer y se empezó a reír.

—¿No te parece que te fuiste al carajo?
—Necesita que lo despierten, dice Marcelo.
—¿Pero todo esto vale la pena? Es una broma pesada, de muy mal gusto, sentenció la mujer.
—Mi amor, está todo bien, a lo sumo si sigue así iré a hablar con él. Durante toda la semana me encargué de hablar con los vecinos y la policía para que sepan. Estaban todos de acuerdo. La imagen que daba todos los sábados por la noche en la plaza, era suficiente para saber que había que hacer algo por él.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

1

Pancho Quintero: su vida

Por Menocchio y Melquíades

Pancho Quintero fue un no tan célebre personaje llamado a quedar en la historia. Siempre los personajes son recordados por hacer cosas inolvidables o impensables, pero Pancho lo será por ser un antihéroe y por sus actos simples, mundanos y desgraciados. Ignorado por la prensa y por la historia oficial, nos ofrecemos al mejor postor con esta semblanza exclusiva.

Nació un lejano y lluvioso 25 de mayo, en Empalme Lobos. Su casa se encontraba sobre la Avenida Zapiola, camino que conduce al cuartel homónimo del partido de Lobos. Es el paso más súbito del campo a la ciudad y viceversa, con el bar “El último farol” como refugio del paisanaje más variado de estas pampas.

Su familia estaba compuesta por su padre Julián, su madre Amelia y su hermano mayor, Leonardo. Éste partiría en 1985 a la selva misionera en busca de una vida en contacto directo con la naturaleza. Fue, con los años, un inolvidable luchador que le cantó a la paz mundial. Su madre, como toda madre, lo apoyó en su aventura. Pancho se mantuvo indiferente, en cambio, su padre creía que era un pelotudo y que tenía que trabajar en el ferrocarril.

La infancia de Pancho transcurrió en la calle, al ritmo de bicicleteadas en la siesta, escondidas y manchas televisor. Los niños y los perros eran el paisaje cotidiano, por doquier. Al partir su hermano y estar su padre comprometido en cuerpo y alma al ferrocarril y necesitando Pancho de referentes, se hizo de éstos en el barrio. Entre otros, el “Paleta” González, central zurdo metedor de la Primera de Provincial y, en sus ratos libres, lector de poemas de Garcilaso de la Vega.

Pero también el Paloma Trecú, privilegiado tenor en el coro de Elu Reyes que se quedó mudo a los diecisiete por un único y desconocido agente viral que fue a dar con su garganta en un cumpleaños con choripaneada en el Parque. Música coral, literatura colonial y fútbol local: este inusitado caldo de cultivo moldearía la vocación por la que Pancho pasaría a la historia, en sus supuestos ochenta y dos años de vida, la de furibundo crítico de cualquier tipo de manifestación artística, deportiva y social, tanto local como internacional, actual como pasada.

Trabajó casi toda su vida. Lo hizo por míseros salarios en negro o en gris: empleado municipal, vendedor de espuma en los corsos, mozo y albañil. Fue cadete y ayudante de cocina. Logró terminar la secundaria en el Comercial con el título de Perito Mercantil e intentó seguir sus estudios en el Instituto Nº 43. Fue estudiante de magisterio y de varios profesorados, viajó por todo el país en busca de carreras que fueron desde Veterinaria con orientación en pequeñas mascotas hasta Medicina.

Tuvo su paso por la difícil Licenciatura en Artes Plásticas con orientación en grabado y muralismo mexicano. Sus ex compañeros de estudio ya no lo recuerdan.

También pasó muchos años del otro lado de la ley, violándola con actividades como el tráfico de saquitos de té, proxeneta de ovejas para la peonada de la estancia El Capricho, en General Villegas, y testaferro de jueces y ex galanes de novelas. Pero también se vio reñido con la moral y las buenas costumbres al involucrarse en una red clandestina de figuritas del Mundial 74 y en la compraventa de rulemanes para armar carritos durante los festejos del día del Niño. Fue procesado por asociación ilícita al integrar el staff de un programa en una radio ilegal como imitador de Jorge Corona.

En su vida pasó por matrimonios tan felices como fugaces y adicciones varias (a las películas en blanco y negro, al sexo en grupo, a las tiras de Cataldo). Cambió de orientación política y de religión casi tantas veces como orientaciones políticas y religiones hay. Se lo escuchó definirse, pedantemente, como un “obrero del intelecto” pero también, más modesto y menos borracho, como “un don nadie sin fortuna, caído en desgracia por obra de un destino esquivo”. Nunca tuvo certeza en ningún orden de la vida pero en ella hizo lo que mejor y peor le salía: criticarla.

Vivió como pudo: con hambre en las sobremesas, con frío en verano y calor en invierno, con sueño al despertarse. Su ánimo y su apariencia lo erigían como un ser hosco, inútil, abstracto e inverosímil. El motor incansable de su vida le trajo todo tipo de consecuencias: atentados con molotovs, pedradas en el techo de su casa por las noches, gases lacrimógenos de la policía, ejecución sumaria de hipotecas en su contra y persecución de inspectores de tránsito, supermercadistas chinos y vecinas solteronas.

Algunos cuentan que en la época en que Antonio Cafiero fue gobernador de la provincia, fue desafiado a duelo por muchos de sus criticados. Asimismo, otros dicen que fue incluido en una lista de peligrosos criminales por la DEA junto a Pablito Café, narco y poeta colombiano de escaso relieve.

Lo que es cierto es que no se salvaban ni las obras de teatro experimentales, los relatos eróticos de aficionados ni los resultados de los torneos de libres. En realidad apuntaba, con todo su resentimiento, a todo un estado de cosas que no lo dejaba vivir en paz con nada ni nadie. Su estrechez intelectual era la coraza que lo defendía de tanta injusticia, de tanta verdad a medias y de tanta espesa amargura.

Intentaremos encontrarle la vuelta a toda esta desgraciada historia. Tal vez el origen de toda su infelicidad y temeridad haya derivado de la conflictiva relación con sus padres. Pancho, al cumplir los diecisiete, fue agasajado con una cena por su madre: pastel de papas con pasas de uva. Ni bien fue servido, cubrió la fuente con un espeso vómito, de mala apariencia y peor vaharada.

Dijo que le pareció infame la decisión de ponerle pasas de uva. Su padre lo estampilló contra la pared de un cachetazo de revés ya que lo creía un pelotudo como el hermano. Su madre lloró a mares. Pancho se fue de casa para no volver jamás. Esos primeros años de fugado los pasó sobreviviendo debajo del puente distribuidor.

¿Habrá tenido algo que ver todo esto con su última aparición como crítico en la revista “Empanadas criollas, asado con cuero y caudillos federales”? En ella aparecieron una serie de notas anónimas que exaltaban el guiso de mondongo como un “regalo al paladar” al tiempo que demonizaban al pastel de papas con pasas de uva por el hecho de incluir a éstas últimas. “Una infamia imperdonable” era la frase que cerraba una de esas notas.

Nos quedan un par de certezas: la primera es que la vida es hermosa pero finita y, de tal forma, trágica. La segunda, que la libertad de uno empieza donde termina la del otro. Pancho, a pesar de tanto infortunio buscado o involuntario, las comprueba sin medias tintas, arriesgando el todo por el todo.

Afortunada o desgraciadamente, ya no hay chances de que alguien más se anime a recordarlo o a invocarlo en vano o, tal vez, con algún mínimo atisbo de legitimidad, misericordia o benevolencia.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)