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foto natas

La grieta que amontona

Por Félix Mansilla

—Al galpón de La Grieta, en la estación de trenes —dijo el más fresco que se sentó adelante.
—¿Quién toca, che? —preguntó el tachero más canchero de Silver City.
—Los Natas.
—Uh, altos motoqueros esos locos —arrojó entre tosidas entrecortadas. Sus manos sujetaron fuerte el volante/timón del Peugeot lancha 504, viejo y ruidoso.

El taxi avanzó a alta velocidad por el empedrado del barrio de la vieja estación de trenes. Los muchachos no hablaron entre sí durante el recorrido que empezó en el centro hacía tres minutos. Antes de llegar, el taxista preguntó si había drama en hacer dos cuadras en contramano.

—Son dos cuadras y los dejo en la puerta.
—¿…? —asintieron sin opciones.

Fue un viaje que a velocidades normales dura diez minutos, pero la lancha los dejó en cinco sin diagonales de por medio. Al toparse con el imponente cuadro del Meridiano V, vieron infinidad de autos y bicicletas que se amontonaban sobre el cordón pronto a una interminable fila de eucaliptos centenarios. Desde adentro fluían ruidos entrecortados. “Hola. Si, si. Hola, ¿se escucha?”. Sentadas sobre una tranquera llena de musgos —en el estacionamiento improvisado del predio— tres chicas compartían el humo de un charuto importado. Entre risas y abrazos, la de vestido verde, calzas negras y zapatos de bailarina, cruzó al otro lado de la calle.

—Ey, Lu ¿qué pasa? —interrogó la que se bajó apurada en dirección a su amiga—. ¿Qué encontraste?
—Al final nada. Parecía una moneda —explicó con desilusión. La que se quedó en la tranquera las esperó.
—Ustedes dos están cada vez más quemadas. Muuuy quemadas —rió.

El portón de acceso al galpón de La Grieta no tiene mucho de distinto a cuando era un depósito de encomiendas de los Ferrocarriles provinciales. Un pequeño hall bien iluminado deja ver el brillo de los ladrillos barnizados, las cumbreras viejas y el techo de chapas. Sobre una mesa pequeña llena de panfletos del centro cultural, una caja de zapatillas con billetes y un cuaderno de hojas cuadriculadas, dos chicas cortaban las entradas. Media hora después, The Siniestros comenzó un show que duró poco más de una hora.

foto natas
Luego, los músicos de Natas subieron al escenario. La algarabía rebotó en lo alto de las chapas. Los aplausos se multiplicaron en 360º de una locura a punto de comenzar. Una infinita distorsión de guitarra acopló en las paredes y fue imposible hablarse sin preparar la garganta. Los músicos movían sus cabezas como en una expresión positiva sin fin: cabeza abajo-nuca en cuello y así. Tras el primer tema el bajista de la banda, pelo canoso, remera negra arremangada en los hombros y porro humeante en la boca, dijo un seco “buenas noches”. Los golpes de una batería semiacustizada y ruido a tacho compacto, dieron el pie a una melodía de guitarra sucia de metálico emanar. El guitarrista, barba rala, nariz fina y capucha zombie, se movía como hamacando un bebé. Caminaba hacia el sitio de la batería de espalda al público y se hacía señas con el batero que ya estaba con la remera mojada y una expresión con la boca dura y los pelos con suspensión. La mayoría movía las cabezas sin dejar de mirar el espectáculo. Cerca de donde estaba una chica menuda, un flaco de brazos flacos y piernas flacas, se tambaleaba demasiado. Molestaba sin querer demasiado. Como pudo se acercó a uno de sus amigos con el andar flaco.

—Gordo, sacame de acá que estoy re loco —dijo en una expresión dolorosa, con los pómulos ajustados—. Sacame de acá —su mano de dedos largos apuntó simbólicamente a la entrada. Su amigo lo tomó del brazo pidiendo permiso y disculpas entre la multitud. El flaco ya se había escabullido y pisó a más de uno al pasar. En el playón cercano a la barra se apuró y sólo dejó a su paso gente que observaba su andar zigzagueante sin darle demasiada importancia. Su amigo lo encontró y lo desplazó con el ímpetu de un lazarillo en apuros. El flaco se perdió.

Mientras el guitarrista encapuchado afinaba con la vista clavada en el piso y su pierna derecha pisaba pedales entre cables, el bajista se volvió hacia su amplificador y prendió el cigarrillo que ya no se notaba en sus labios. Acomodó la correa del instrumento y con la mano derecha tomó el cigarro y lo volvió a acomodar en la caja negra. Con movimientos lentos, la visión en el techo y un vaivén moderado, no dejaba de desdoblar notas gruesas que rebotaban en cada pecho como un golpe expansivo. El batero sacudía más los pelos que no dejaban notar su rostro mojado.
Al terminar el set de los Natas, las luces se prendieron y la gente siguió parada. Sobre el escenario, los plomos comenzaron a desarmar la batería que en menos de cinco minutos quedó guardada en un baúl cuadrado con ruedas diminutas. Sobre el cemento donde termina la rampa que conduce a la pista, había una mesa llena de discos de bandas locales. Más de ciento cincuenta placas de producciones semiartesanales se prestaban a salir como el comienzo de un acontecimiento actual con proyección futura. Muchas bandas, muchos discos y arte, que es cultura.

Al costado de la mesa de discos los Natas conversaban con tonos roncos y pausados. La mesa, de dos metros y medio de largo por uno de ancho, brillaba como un espejo a contraluz. Allí, dos chicas observaban las contratapas y averiguaban los precios. Al lado, el bajista de Natas prendió otro charuto que compartió con una joven de baja estatura que lo felicitó por el show.

La humareda espesa del cigarro siguió circulando entre músicos y asistentes. El trío charlaba con los que se acercaban a preguntar los precios de los discos, mientras tomaban de una botella marrón de cerveza sin etiqueta.

En la barra quedaban pocos consumiendo. En el piso se veían los vasos de plástico aplastados, colillas de cigarrillos y papeles de panfletos desperdiciados. Sobre una escalera que conduce al altillo de la cantina, una pareja de jóvenes se besaba como la última vez y otras dos charlaban con señas. Debajo de los escalones, el flaco zig-zag dormía con la cabeza entre sus piernas acurrucadas. Al costado, una mancha de vómito gris opaco tocaba la punta de goma de sus zapatillas de lona roja, manchadas con el negro smoke de la ciudad.

Sus amigos le hacían una ronda como custodiando el trance y charlaban bebiendo de la misma botella. En la salida quedaban pocas bicicletas y ningún auto. Sobre el empedrado, los taxis al acecho levantaban a los caminantes con vuelos nocturnos. La chica de la entrada seguía en la vereda repartiendo panfletos de los próximos shows en La Grieta. Como salida de foco, la luz de un patrullero con velocidad de rutina pasó sin hacer ruido.

El oficial hizo un paneo con los ojos negros bien abiertos. La camioneta se detuvo. Tres chicos se quedaron callados. Otro escondió el humo detrás. Fue un minuto. Después se alejaron sin dejar rastros. Lo que acababan de ver, no pasó en ningún otro lugar del globo. Por lo menos esa noche.

(de la edición Nº 27, enero 2014)

Vía eutanasia

Vía eutanasia

Por Félix Mansilla

El cuadro que ofrece mi ventana no es más que eso: una vida que se expande en un cuadrado, neto, poco particular. Nada más. Es todo lo que tengo, todo lo que recibo hoy. Desde que el destino me acarició para permitirme crecer, nunca lo pensé de otra manera. A veces me alimento como un optimista ortodoxo o como un tipo al que no le quedan elecciones. Quién pudiera devolverme el tiempo que no es más que aquel donde mi vida no era ni una cama, ni el techo o la pantalla de mi ordenador como únicos escapes forzosos.
Hace tres años todo cambió. No supe jamás resolver esta desidia que cayó sobre mí.

Pensar que en muchos momentos creí tener resueltos mis dilemas de existencia. La perfidia que me tendió el tiempo aquel que, sin dudas, desperdicié a falta de imaginación para escapar de aquello que me esclavizaba con culpas, temor y algunos rencores no superados. La ruta estaba transitada. Mi deseo era tan simple, tan ordinario, que dudé apenas escapado en la mente. Esa noche ella vendría a casa y el plan era casi perfecto, porque lo único que no había resuelto era la marca del vino, aún sabiendo que ese detalle era esencial.

La lluvia que caía sobre el asfalto se hacía vapor. A cada instante miraba alrededor el movimiento atronador de los árboles. Producto de un viento incómodo, las ramas se agitaban como los brazos de un banderillero de aeropuerto, desesperado. En la radio anunciaron que llovería hasta el fin de semana. Quedé atrás de un camión. Quiero aclarar que mis palabras son el destello de recuerdos que en este momento decido contar porque fue lo que me marcó a fuego este presente.

Después de leer el informe de los peritos, destaco que no corrí con la mejor suerte. El conductor del camión optó por un desafortunado zigzag que me malgastó la vida. Después de bloquear con las ruedas traseras, mi reacción fue nula. Así lo explica la pericia: mi coche quedó incrustado sobre los chapones que anteceden el puente. El auto finalizó como una sardina. El impacto quedó como una piña en el barro de una historia amortizada. A partir de ese instante, las circunstancias me indican que el resultado fue el mejor de todos aquellos que aparecen como opción: la muerte con suerte, una vida vegetal o la anestesia que desconcierta.

Las mejores estrellas son las personas o la vida como una ocasión. Una oportunidad —que leo entre algodones— de sendas que no son más. Ahora no me dejan elegir, no puedo elegir ser porque no me puedo trasladar por mis medios y mis miedos. No logro conciliar con las ideas que en un fondo gris de mi inconsciencia me dicen que acuda a una muerte vía eutanasia. Nadie me quiere entender.

Mis propósitos en el camino, quedaron ahí mismo, en el camino. Cuando me salve de esta prisión en la que resido inquieto, todos podrán sentirse un poco en mis zapatos (curioso decir zapato). No más sufrimientos que empañen mis pasiones o que destruyan todo eso que fui, porque en la medida que mis piernas no vuelvan a darme esa normalidad que antes desprecié, no quiero ni deseo comportarme como un lisiado o simplemente un renegado sin salida. Cuando llegue el fin, todos me pensarán como alguien que supo elegir, alguien que luchó hasta que no le dieron más —vaya paradoja— las piernas. Y el orgullo.

No creo haber hecho las cosas mal. No pienso que mi paso por este camino haya sido vacío, sino como una forma de ejercicio de desaprender a cada instante. Mis memorias no serán más que aquello que transformo como legado de una vida de sueños. Creo que los sueños dejan de ser cuando se cumplen o cuando se desisten, se renuncian bajo presión o son meramente anulados por una circunstancia adversa por completo. No desisto, pero prefiero prescindir de todo aquello que —como siempre— planificamos para cumplir con mandatos sociales o para conformar a los más cercanos.

Podría resumir cada uno de mis días a través de casilleros que una vez acomodados en un plano en blanco se convergen y son: niñez feliz, adolescencia regular, adultez sin retornos. Digo sin retornos porque todo lo que tuvo que ser, fue. Simple como mirar el cielo, pero tan complicado como entender los rezagos de la lluvia. Creo en las buenas intenciones, pero descreo de las cosas que se apoyan sobre constantes turbaciones que desorientan las miradas. Jamás, aquellas personas que estuvieron a mi lado se enteraron de mi decisión. Ahora, mi deseo es que me ayuden a lograr mi final.

Los jueces no comprenden. La justicia no me ve más que como un pobre tipo al que no le funcionan las piernas. No puedo caminar, no quiero vivir. No me puedo trasladar más que en un turismo mental. Lleno mis días con pensamientos horribles como el sentir que caigo y no puedo levantarme. Cosas de un tipo simple, sin salida. Por eso, espero comprensión.

De ahora en más, mi decisión debe valerse por los deseos, como el de todos lo que soñaron alguna vez con conocer o viajar con las mochilas livianas. Este viaje será mejor a partir del momento que pueda caminar entre las nubes. Jamás pensé llegar hasta acá, pero es el fin. No cuenten conmigo para las lágrimas. Quiero volar y sentir que puedo hacerlo.

Necesito alas, porque mi cielo se hundió hace mucho y no corren nubes, acá, postrado en mi lecho. Un final con el principio de un instante que comenzó en zigzag, se expandió en dolor una tarde de lluvia y me empujó hasta este momento desesperado o aparente. Nadie siente aquello que no quiere ver.

(de la edición Nº 27, enero 2014)

Bellamore

El triple crimen de Bellamore

Por El Negro Sin Techo

In Memorian de H. Quiroga por El triple robo de Bellamore

—Insisto que en este boliche se esconde una de las claves para resolver este caso —le apuntó inquisidoramente el comisario a su propietario—. Le reitero que hace más de cinco años que no veo por estos pagos a la persona por la que usted me indaga. De haberlo visto le reclamaría una deuda. ¡Bueno! ¡Qué más da! Si no le pude cobrar cuando era empleado bancario menos ahora que está sin trabajo. Creo que tiene anotado unos embutidos, escabeches y vinos. Hablamos de poca plata— afirmó minimizando lo ocurrido el propietario del café.

—¿Algo insignificante? Esta fotografía es del finado. Fíjese como le escribieron “pruebas x 3” en el rostro al Sr. Zaninski. Según los peritos sería como un mapa donde se ven claramente los bancos atracados por Sr. Bellamore un lustro atrás. Al parecer, los años de encierro más que disciplinarlo le potenciaron su instinto asesino y despiadado —narró envalentonado el policía.

—¡Lo sé! Por la alevosía con la que se ensañó el muy maldito debería tenerle bastante bronca al ruso.

—¡Ajá! ¡Hábleme de él! ¿Usted conoce al señor que frecuentaba su propiedad junto con el ruso? ¿Recuerda aquella juntada, con café de por medio, que se había formado al tiempo nomás de la encanada de Bellamore en su boliche? Todavía recuerdo la bronca de estos dos sujetos cuando les quiso aplicar el derecho de admisión a su cantina.

—¡Vamos comisario! Está bien que desconfíe de todos pero pretender transformar una causalidad en evidencia… me parece mucho… ¿digo no?.

—¿Por qué lo afirma tan categóricamente? Le hago saber que Bellamore, el ruso y el comensal que frecuentaba estos lugares registraban antecedentes policiales por delitos varios.

—Los tengo bien presente porque he tenido problemas con los tres en al menos una oportunidad. Con Bellamore fue un entrevero nacido de una distracción mía. Debí haber estado más atento en aquella ocasión. Aún hoy no me perdono el error cometido. Pero, es sólo una anécdota para sobremesas. Es más, si la oportunidad hace al ladrón; desde que enrejé el boliche la rapidez de sus manos dejaron de ser un problema.

—Despreocúpese. Ya no serán un problema. Todas las pistas conducen al ex presidiario Bellamore. Efectivamente quedó resentido con el ruso y su amigo porque le atestiguaron en su contra en aquella ocasión. Hombre de manos rápidas para el atraco de bancos y por lo que veo habilidoso para el pillaje de aguardientes en boliches. Pero buscamos a otro hombre. El asesino de su comensal, del ruso y de Bellamore debe andar merodeando por acá; es alguien que los conoce y los estuvo esperando durante mucho tiempo.

—Interrumpiéndolo ¿Cómo que Bellamore está muerto? Vi en el diario de mensajes mafiosos dejados en el cuerpo del ruso; pero nada sabía del sr. Bellamore —exclamó sorprendido el comerciante.

—Lo encontraron el pasado lunes en las proximidades del cruce fronterizo. Lo identificaron por sus pertenencias. Parecía otra persona. En nada se parecía al fichado en Tribunales cuando recuperó su libertad. Su cuerpo fue mutilado por las fieras. Su rosto irreconocible e hinchado por la avanzada podredumbre. Estamos embretados ¿Se entiende por qué buscamos por estos lados? Me están presionando desde Buenos Aires porque el ruso era un anarquista de peso. No tenemos pistas. Solo tres muertos. Uno con un mapa estampado al acero. El otro atragantado por un papel escrito. Y un tercero despellejado por bestias carroñeras ¿Tiene algo para agregar?

Pausa y silencio del bolichero. Últimamente no se ven caras nuevas por el boliche. Por acá todo es más de lo mismo. Siempre los mismos viejos hablando de las mismas pavadas. Hasta los naipes se barajan solos de tanta rutina. Somos pocos y nos conocemos bastante. Y ahora que escasea el laburo hay algunos que pasan por acá cada tanto porque cruzan la frontera temprano para hacer changas en el Paraguay. Son tantos los que van para allá que los lunes cruzan migraciones como alambre caído. El silencio se imponía en el recinto. Los hombres allí presentes mutuamente se observaban y desconfiaban.

—¿En qué piensa?! —rompió el hielo el Comisario.

—Nada importante. Recuerdo a Bellamore por una extraña oferta que me propuso para cancelarme su deuda. Una falsificación burda y vulgar. Él lo denominaba re-etiquetado. El ardid consistía en falsificar minuciosamente la etiqueta de vinos finos para luego estamparlos sobre vinos berretas. El solía decir que la gente elige a los vinos por sus etiquetas y no por sus sabores ¿Se imagina en los problemas que me hubiese metido con mis clientes ante torpe adulteración? Muchos de los que frecuentan este boliche prácticamente desayunan tinto al alba —relató el dueño.

Nuevamente una pausa seguida de un largo silencio. Observaciones de un lado. Suspicacia del otro.
Veo que era idiota para robar bancos como para hacer pequeños fraudes ¿No le parece? —instigó el policía.

—¡Qué se yo! Ese tal Bellamore era muy observador. Se parecía a las lechuzas como miraba todo sin parpadear y sin chistar. Flaco, vestido de negro, callado… ¡Qué bicho raro!… ¿y cuál es el otro mensaje mafioso del que habla el diario? ¿qué tiene de extraño que no pueden descifrado?

Dentro de la boca de su finado comensal había un papel con una leyenda toda baboseada que decía “el silencio condena tanto como las falsas pruebas”. Un señuelo de poca monta. Un trabajo poco profesional, inculto y ordinario. Seguramente escrito por encargue porque todas estas bestias eran analfabetas —vociferó el Comisario.

Días más tarde, el bolichero recibiría una caja de vino con una tarjeta con la silueta de una lechuza negra que rezaba: “Considere la presente como pago por las deudas contraídas años atrás; desde los mejores viñedos del Paraguay. Pd: “Los mejores vinos están detrás de las etiquetas menos llamativas”. El comisario había sido trasladado por la irresolución del resonante caso.

(de la edición Nº 26, diciembre 2013)

Mateo 10.16

Mateo 10:16

Por El Negro Sin Techo

—Usted solicitó decirme unas palabras antes de escuchar su sentencia… ¿es correcto? Pues bien; visto y considerando su ejemplar conducta durante todos estos años de proceso le di lugar a su pedido —se expidió el Juez.

—Por Habacuc 1, por Isaías 41:10 y por Jeremías 1:4-6 —murmuró el reo.
—¡Perdón! ¿Qué ha dicho? —preguntó el Juez algo desconcertado.
—¡Edreas 10: 4, señor Juez! Y en el Salmo 37 están las palabras que tanto deseé decirle para esta ocasión.
—Mire usted, por derecho propio solicitó esta instancia, entonces, ¿para qué? ¿Para citar fragmentos bíblicos? No deje pasar su oportunidad ni malgaste los recursos públicos de la Justicia. Deponga su actitud o daremos por finalizado su petitorio ¿Queda claro?
—Jeremias 33:3 —dijo el Reo para sus adentros y comenzó a recitar el Salmo 91.
—¡Suficiente! Interrumpió tajantemente el Juez. Estoy aquí para darle cumplimiento a la Ley. Hasta el momento el procesado no ha dicho palabra propia alguna conforme a su pedido.
—Jeremias 1:19 —escribió con su dedo anular sobre el polvillo acumulado por la carga eléctrica estática del vidrio del escritorio del Juez que observaba detenidamente. Al instante le retrucó—. ¡En el Salmo 37 está mi verdad, Señor Juez! ¡En el Salmo 119 está la suya!
—¡Señores! Que conste en acta todo lo ocurrido. Completen el procedimiento de rutina con preguntas de rigor para evitar eventuales cuestionamiento de los Organismos de Derechos Humanos. Dejen sentado al pie del acta que me reservo la facultad de librarle orden de peritaje psicológico por eventual delirio místico al imputado.

El Juez se marchó enfadadísimo. Mientras tanto, el Secretario del juzgado continuó con el encargue masticando bronca.

—¿Tiene algo para agregar antes de comenzar con el interrogatorio? —le apuró el Secretario al reo con total desgano después de haberle fraguado las respuestas.
—¡Sí, señor! ¡Lo que ha dicho el Señor Juez pertenece al II Corintios 5:13.
—¡Así! ¡A mí no me vas a tomar el pelo! ¡Vamos a hacerla corta! Dictame un par citas bíblicas y hacemos como que te dimos el derecho a réplica… y todos contentos.
—II Timoteo capítulo 2 —exclamó.
—¡Muy bien! Así se hace. Dale que transcribo un par más en el escrito y nos vamos a casa tempranito.
—Filipense 4:13 —le dictó.
—¡Perfecto! Pásame una o dos citas más para impresionar a alguna rata de biblioteca, por si el día de mañana se le da por leer estas cosas…
—Lucas 8:40. Pausa. Silencio. Y observando fijamente al Secretario II Corintios 5:12.-
—¡Eso es, campeón! Una o dos más para rematarlo y que quede bien prolijito.
—Hechos, 16:30-32 e Isaias 60:1-11.
—¡Suficiente! —le toreó—. Ahí nomás que no soy escriba ni monjecito de la edad media como para andar transcribiendo biblias enteras. Así que vamos cerrando porque esto se hizo más largo de lo esperado.

Pero cuando el Secretario se disponía a cerrar el Acta el reo le interrumpió pidiendo que consten los siguientes pasajes con la advertencia: “Y para el Señor Juez, que seguramente lo leerá antes del fallo, le recomiendo Mateo 6:3; Mateo 6: 24 y Salmo 4:5.
—¡Perfecto! Será justicia. Mañana tendrás tu sentencia firme a primera hora. Más que recomendarte un buen abogado te sugiero un gran teólogo. Creo que será mejor un psiquiatra idóneo —le advirtió el Secretario al reo bastante molesto por el caso que le delegaron. Debido a que no pudo conciliar sueño, durante toda la noche el Juez estudió el caso. Citó a su empleado para las primeras horas de la madrugada. Después de un fuerte intercambio de opiniones entre ambos, se redactó la sentencia final.

Al día siguiente; a continuación de escuchar su absolución, mientras se marchaba de los Tribunales, dirigió su mirada hacia el Secretario del Juzgado que atónito contemplaba la medida tomada por su superior. Con un gesto irónico le balbuceó al pasar en los pasillos del Palacio de Justicia. En II Corintios 12:16, encontrará muchas respuestas. Un hombre libre circulaba por las calles. Un juez había hecho justicia. Un Secretario de Justicia, contra su voluntad, debía guardar celosamente secreto de todo lo presenciado.

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El verdadero amor

Por Tomás Gianandrea

A mi querido Carlos Tunstall

Y así como llegó corriendo detrás de un amor, enseguida nomás se topó con el otro, que no sé si es más fuerte o menos importante. Se topó con ese amor a los colores, el que no se negoció, con el que no se transa. Ese amor, que irremediablemente es puro y para siempre. Sin buscarse, se encontraron. Lo de ellos fue amor a primera vista.

El Gordo llegó con el bolso llenó de ilusiones, de futuro. Dejó la ciudad de las diagonales y se mudó al pueblo del General, para formar su familia. Y ahí lo estaba esperando el Gigante, que caminaba lentamente hacia el centenario.

El Decano necesitaba un incondicional y el Gordo se dejó llevar. De entrada nomás, mientras Los Beatles alcanzaban su máximo esplendor, a él lo maravillaban los fenómenos del básquet: Capponi, Coccaro, Tomatis.

Pero fue el bendito fútbol quien le dio la llave del club, primero como entrenador luego como directivo, y así lo enlazó para siempre, mientras los dorados años ‘80 se hacían desear. Pero no conforme con la naranja y la Nº 5, incursionó también en el voley.

Abarcó todo y más. Se llenó de alegrías y tristezas, de gloria y amargura. Pero jamás renunció a ese flechazo de la primera vez.
A cada paso demuestra la pasión, el sentimiento, el sentido de pertenencia. Pisa el hall central y se le infla el pecho, se le agranda la sonrisa.

Respira el aire del Poli y parece que vuela. Es uno pero es todos. Conoce la historia como la palma de su mano. Puede ser entrenador, directivo, planillero, utilero, aguatero o ponele el nombre que quieras, pero si lo veo llorar sé que está recordando.

Si lo veo enojarse, sé que tiene razón. Si lo veo alentar, sé que lo siente. Si lo veo sonreír, sé que algo bueno está por venir. Yo lo quiero ver siempre junto a su amor.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

3

Las aventuras de Pancho Quintero

Por Menocchio y Melquíades

Los personajes, acciones y lugares oscilan entre la más pura de las verdades y la más desembozada invención. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

En esta biografía no autorizada, inédita y desquiciada diremos que, ya a los doce años, comentó como al pasar un cuento de media carilla de un amigo de la Escuela Nº 26 a la que asistían. Sin mediar otra intención que la de provocar le dijo: “Che, ¿qué quisiste decir después del “había una vez…?”. A los 16 agarró a las patadas al grito de “¡César ‘Leche’ Lapaglia, retirate del fútbol y poné una parrilla al paso!”, un hermoso jarrón congoleño de arcilla blanca que su abuela mendocina ó entrerriana trajo como regalo del Paraguay.

Casi todos en la Villa Cattoni aún recuerdan el día en que su mejor amigo, el negro Roberto Battistini, lo esperó a la salida de la escuela para boxearlo a raíz de una lapidaria observación a su desempeño en el acto del 12 de octubre. Pancho le gritó que él no peleaba con gente que no sabía moverse y apenas hablar.

Dicho esto, trepó al Expreso Empalme Lobos que lo refugió durante todo ese año de la pesada mano del Negro, famoso por haber derribado de un solo golpe de puño a su tío materno en una discusión familiar de notables características.

Ya en su primera adolescencia, Pancho comenzó a aficionarse por la lectura. Hemos hablado ya de sus referentes pero no aún del libro que lo acompañó al irse de su casa: un incunable, regalo del “Paloma”, titulado “La vez que divisé tierra y cambié la historia para siempre”, de Rodrigo de Triana, con prólogo del “Polaco” Bastía.

Ya en sus fervientes 19 y en la más dura de sus etapas, se encontraba firmemente moldeado e influenciado por una amplia alameda de autores, entre los cuales se encontraban desde el analista político y profesor de pilates, Joaquín Morales Solá, el popular bandoneonista lobense Roberto “Corazón” Vistalli, la poeta infantil y concertista de piano, María Elena Walsh y Roberto Retamar, el mediático ex DT de Atlas y actual vendedor de almanaques en los semáforos, que publicó una obra de tan poca tirada como polémica, titulada “Cuba y ron: el papel de los laterales volantes en el proceso revolucionario”.

A los 21, Pancho consiguió su primer trabajo en el semanario “La Palabrería” como crítico de espectáculos. En una humilde media carilla ofrecía su opinión sobre la cartelera local. Todos recordarán la morrocotuda polémica que se armó cuando publicó su crítica sobre un show de danzas clásicas, reflexología y ciencias ocultas en el Centro Cultural “Cabral, soldado heroico”.

Decía cosas como: “¡Horrible! ¿Quién fue el carpintero que talló a esas bailarinas? ¡De- MA-DE-RA, todas!” ó “…lo único que se puede ver en este antro son hippies como el Betito Carranza, responsable directo de este malcarado baile…”. Las artistas a las que Pancho describía como de madera y de otras formas abominables, sólo tenían 8 años y estaban realizando un espectáculo a beneficio de la preservación del pejerrey peludo, muy apreciado pero en vías de extinción por las pestes bubónicas medievales y los agroquímicos neoliberales.

Además, el Betito (homónimo del recordado ex jugador de Boca Juniors y Racing Club entre otros) la ligó de rebote y fue tildado de hippie cuando era, en realidad, uno de los promotores culturales más aclamados de la ciudad a costa del odio e incomprensión del aparato cultural dominante. Algunos decían que estaba construyendo, pacientemente, su candidatura a la intendencia. Otros, más realistas pero igual de alcahuetes, sostenían que aspiraba a formar parte de la Comisión Directiva de la Biblioteca Sarmiento.

Pocos dieron cuenta de que en realidad era un jugador compulsivo en rehabilitación y que lo perdían el Gancia con limón y las bochas en el Club Independiente. Tras este funesto hecho, Pancho se alejará definitivamente no sólo de la crítica sino también de la asistencia a espectáculos actuados por menores de 18 años.

Bajo el seudónimo de Lydia Lamaison escribió unos cuantos años para la célebre revista “Vida”, aunque, por el estilo y vocación que ya le vamos conociendo, fue amablemente invitado a dar un paso al costado por el jefe de redacción cuando realizó una contundente crítica a esa misma revista titulada “Ya no compre esta revista”. En ella iba nombrando y acusando no sólo a los que escribían en ella y a todos los directores de sección sino que también se llevaron su parte el señor que realizaba la limpieza y una lectora llamada Sonia Santagata que, muy amable y persistentemente, todos los días mandaba una carta de dos carillas en las que siempre recordaba que amaba la revista y todo lo que en ella salía.

En total diez personas fueron marcadas a fuego por la columna del Licenciado Quintero, como le gustaba hacerse llamar, bajo acusaciones tan infundadas como temerarias que iban desde el mote de deudor moroso del nunca bien ponderado Charly Bar hasta comerse los mocos, las uñas y las eses.

Las vueltas de la vida lo fueron poniendo en otros lugares. Una calurosa noche en la que la conocidísima banda local “Caminando por Valdano” presentaba su disco volvió a irrumpir, clara como un grito en la noche, la crítica de Pancho. Haciendo ya unos cuantos años que se había llamado a silencio ante una amenaza del Club de Amigos del Velocípedo, regresó patéticamente triunfante con la entrega a los miles de asistentes de panfletos titulados “¿Caminando… por dónde mierda?

En ellos denunciaba al empresario pyme quinielero Jorge Vaslano por el dudoso financiamiento de esta banda con dinero que, según esta incomprobada denuncia, provenía del blanqueo de dinero a partir de negociados con jeques árabes, milicos de frontera y vendedores de muebles usados. Todo terminó mal: hubo una confusión del departamento de imprenta de la DGI que determinó finalmente que el investigado era el ex futbolista y actual empresario Jorge Valdano.

Esa noche terminaron el quinielero, los de la banda, el dueño del Bar “Almacén Martínez” (lugar donde se presentaba “Caminando…”) y Pancho en la comisaría jugando al truco y cebándoles mates a los presos.

Quienes aseguran y recontra juran que lo vieron por última vez afirman que, todo cagado su raído saco gris por las palomas de la plaza, el viejo Pancho deliraba en inenarrables insultos contra las calles adoquinadas y su anacronismo.

Esperaba que alguien con “las pelotas bien puestas” desde el gobierno comunal tome la decisión de asfaltar “estos empedrados de mierda” pese a la reticencia de los tradicionalistas y de las “viejas chotas”.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

CHUSE 4

Alto comando

Por Félix Mansilla

Mirar esa parte del pueblo en las alturas nos hacía sentir héroes de la nada. Estábamos en la terraza de la fábrica abandonada Uviac, por fumar el pucho de la victoria y siendo parte de una aventura más de sábado a la tarde.

Desde lo alto, podíamos divisar apenas una parte del pueblo, lo que nos conducía a investigar todo el abandono de las botellas de tres cuartos o descubrir etiquetas de vinos que no fueron a parar a ninguna mesa.

El Pollo sacó un paquete de Philips Morris, arrugado —igual a los que fuma también hoy—- con apenas dos cigarros aplastados. No recuerdo quién agarró el resto, pero sé que eso hizo que todos saquemos de nuestros paquetes para convidar.

Tomá uno

—Ahora me toca a mí.
—Pero si recién fumamos de los tuyos.
—Agarrá, che. Dos mangos salen. Fumate uno —dijo George casi sobre el final de la década un peso un dólar.
—No, gracias. A los cohetes los prendo en navidad —contestó Verdún con media carcajada.
—Pero andá a cagar, si cuando no tenés sos capaz de fumar un marlo de choclo, infeliz.
—Che, dejensé de joder con los puchos ¿Vieron la calza de Meli? —preguntó el Gordo.
—Sí, boludo. El otro día en el baby pasó con las manos ocupadas pero con la cola que se le movía sola para todos lados.
—Andá, mejor está la amiga. Pero, bueno, que tiene mejor cola Meli eso está cantado.

Món jamón

—Che, ¿cuándo vamos a hacer una pesca? Hace un montón que no vamos todos juntos —tiró el Pollo.
—Sí, en especial vos, que ahora sos monaguillo y vas todos los sábados a misa —mandó Atilio.
—Faaa, ¿té acordás de la monja? Qué vieja de mierda. A mí no me quería —rezongó el Gordo.
—Claro, también vos —se defendió el Pollo.
—¿Yo qué? si lo único malo que hice fue avisarle que habían traído al video La tentación de Cristo. Hizo de cuenta que le nombré al diablo. Ya habrá espichado la vieja.
—No, no murió. Está en Lobos. Vive cerca de Las Delicias.
—La otra era buena, pero esta vieja era más mala que la mierda. No te podías ni tirar un pedo sordo que en el medio de la misa te hacía parar para mandarte al fondo donde te veía todo el mundo. Con qué necesidad.
—Che, pero vos no querés a nadie.
—Cómo qué no. A vos te quiero, bobo, pero esa vieja que reviente por zorra.
—Che, dejala tranquila a la vieja.
—Ahí lo tenés al santulón. Si comés santos y cagás diablos.
—Vos porque nunca tuviste un vínculo con las monjas.
—¿Qué, vos tuviste algún vínculo con las monjas? —dijo el Gordo haciendo que vomitaba en la cornisa.

Sin cura

—No sé, el único copado era el cura, que después le pintó el amor y se fue a ponerla sin culpa. Un genio. Una vez, en la primera confesión antes de la comunión, me dijo que le cuente algún pecado.
—Y sí, si fuiste a confesarte le tenías que contar los pecados —arrojó George sin decir boludo.
—No sé, le dije que había discutido con mi vieja, que le había pegado a mi hermano. Pero el tipo sabía que le estaba escondiendo algo, entonces, me dijo con esa cara de buen tipo y tono de cura después de dormir la siesta: ¿Pero debe haber algo más? Y ahí no pude traicionar a los santos que siempre pensé que eran de mármol. Pero bueno, me apretó y largué. Le conté que había visto con mis amigos unas revistas porno, que sabía que eso estaba re mal, que no era lo mejor para mí, bla bla blá.
—¿Y? —preguntó el Pollo.
—Me dejó que terminara. Y estoy seguro que alguna porno habría visto el cura.
—No creo —largó el Pollo con un tono incrédulo.
—Va, no sé, tenía pinta de que alguna había visto. En ese momento, pensé que se venía un sermón larguísimo. Pero no. El tipo fue al grano, así de una, para despacharme. “No hagas eso, dejá que tus amigos hagan lo que quieran. Eso es cosa de pajeros”, me dijo. Después cuando me enteré que había dejado los hábitos, lo entendí. El tipo la tenía clara, no por lo que me dijo, sino porque no salió con que era pecado ni nada de eso. Imaginate lo que hubiera sido.

Tipos como nosotros

—Bueno, ¿terminaron la misa ya? —apuró Verdún.
—Callate, vos ni bautizado estás.
—Sos como un anticristo. Acá, estamos todos bautizados menos vos.
—Sí, si me bautizaron. Preguntale a mi vieja, a mi hermana.
—Vos no estás bautizado…
—Che, dejen de hablar de religión un poco. Hablemos de las chicas.
—Sí, tiene razón el Gordo. Igual, las minas de nuestra edad se fijan en los más grandes.
—Te dan minas las motos por las bolas. Es eso.
—¿Qué?
—Nada, un loco de La Pampa decía eso: “Te dan bola las minas por las motos” —agregó Tobi que fumaba como un dandy, acodado en uno de los rincones de la terraza.
—No sé, hay que inventar algo, no puede ser. Un plan o una manera de que las chicas se fijen en nosotros. En tipos como nosotros.

Masterplan

—¿Y qué? ¿qué vamos a hacer?, ¿a ver, el genio?
—Bueno, el señor es el primero en renunciar sin siquiera escuchar o tirar una idea.
—Pero qué vas a hacer. Los tipos grandes se agarran a las chicas. Es así. Cuando tengamos más años…
—Ah, sos un optimista esperador ‘de-la-edad-en-que-las-minas’…
—Bueno, pero es lo que pasa —se resignó George sin decir hermano.
—Bueno. Vos no escuches. Yo pensaba la otra noche. Algo tenemos que hacer. No puede ser que nos arrebaten a las chicas, si no hacen nada. No tienen un mango igual que nosotros.
—¿Cómo que no? El viejo del granudo cambió la camioneta, se fueron un mes a Mar del Plata…
—¿Y? eso no tiene nada que ver.
—Sí, ya sé, pero bueno, dijiste que no tienen guita.
—Bueno, si vos no crees en mi plan, no digas nada. La idea sería armar una fiesta con la excusa de que estamos en primavera, vamos a la pileta…
—Pero si todavía no es verano, hace un frío para meterse a la pileta.
—Bueno, está la parrilla. Hacemos algo ahí. Colgamos dos focos, compramos cerveza, vino. Las mamamos y después va a ser más fácil.
—Es verdad. En Buenos Aires se usa eso.
—¿Viste? Yo no lo vi en Buenos Aires, pero tiene que funcionar.

Cohetazos

—¡¡¡Bajen de ahí, carajo!!! —gritó el viejo de la casa de al lado de la vinería.
—Boludo, el viejo. Rajemos —dijo el Pollo.
—Dale, dale —susurró Atilio haciendo señas con las manos. Se escucharon dos estruendos.
—Uh, está con la escopeta —alertó el George después de los cohetazos.
—Bajen, bajen que nos caga a tiros.

Escape

Los disparos hicieron que la banda se gane como sapo para el lavadero en los pajonales de la fábrica abandonada. Por instinto, por cagazo o supervivencia extrema corrieron como correcaminos, saltando en limpio el paredón alambrado de casi dos metros que cercaba la fábrica. Después, descansaron fumando en los andenes abandonados de la Estación.

—Bueno ¿Cómo era el plan?
—No sé, ni idea. Por ahí es una cagada lo que pensé.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Electromac

Creciendo siendo en Empalme

Por Nicolás Bernal

Y los primeros recuerdos que se vienen en fotos, esas calles de tierra ahora de asfalto, en la avenida Zapiola el jardín 902, con el Mapa y Pablo éramos tortugas ninjas, festejando cumpleaños en Rivadavia, nada malo podía suceder a menos que mis padres me vayan a buscar. El barrio era nuevo de casas iguales, en la colonia Manotas nunca aprendí a nadar y a lo hondo le tenía terror. El grupo era sano, acampando en el gran Electromac.

Y de los chicos del barrio nunca me voy a olvidar, reventando los sapos con fosforitos, caminábamos a la deriva como nos guía el viento, en bicicleta a la casa de mi abuela cerca del Porongazo, un bar de borrachos que nos faltaba tiempo para pisar.

Descubríamos lugares nunca antes investigados, de casas abandonadas, de cavas extrañas con mitos de gente ahogada. Y pordioseros y mal hablantes nos descubríamos en el humo al fumar varios cardos sobre el canal y mareados seguíamos escondidos en las gorras de bandidos, con guerras de piedras y encierros de castigos. Los amores no existían, todos juntos espiando una vecina. El chocolate era el barro y el barro nuestra pintura, salpicado en la cara, resecado por el sol que en Empalme pega distinto.

Las piletas eran las zanjas o la de algún afortunado, secándonos en las paredes esperando que se haga la hora para ir a entrenar al inigualable Club Provincial. Los dedos pegoteados de naranja afanada de estación, los caramelos que se fueron al bolsillo sin preguntar, las lagartijas esperando ser desafiadas y los días de lluvia jugando con el Songa de los hermanos Viglieri.

Mis amigos de Lobos que venían a colaborar en las inseguras chocitas de bolsas arpilleras, mi hermano Luquitas que me seguía a todos lados era adorado y protegido por todos, en los arcos con palos de paraísos se cansó de hacer goles. Buscando la vuelta para conseguir algunas monedas para las figuritas, el problema se armaba cuando el álbum se llenaba. El kiosco del bigote era el más visitado. Llegaban las fiestas y todos juntos doce y media en la esquina de siempre.

Fui creciendo y poco a poco aprendiendo que las cosas sencillas me llevan a esos momentos que están guardados en mi corazón. Los pelos que asoman, la voz que se aflauta y la excitación ya es otra con las rayas del Venus que me acompañan. Podemos todo lo que queremos, todo vomitado esperando el Expreso de regreso a Empalme.

Y hablando de viajes, esos viajes eternos en bicicleta sobre la Arévalo con viento en contra, el galpón de Provincial que chiquito se ve. En el Porongazo a la tardecita vermut y papas fritas, invitándolo a mi abuelo para que nos acompañe. En frente de casa, en el Pali Bar, aprendí a jugar al billar gol y a mentir en el truco, estos tipos de bares eran muy concurridos.

Lo demás por ese entonces era paja y re significación. ¿De dónde soy? De Empalme Lobos. Empalme es el Springfield de Argentina y el lugar de las cinco esquinas. Empalme es lo que lo que la gente es.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Ningún agregado

Ningún agregado

Por Félix Mansilla

El ahora viejo Ruiz un día se cansó de su lugar. Cazó las valijas y salió con lo puesto, casi. Desde la ventanilla del tren observó cada pueblo que a su alrededor pasaban como fuera de foco. El verde era una forma de escapar. Era ver una manera más de dejar el pasado en su lugar, para iniciar desde nuevos ripios de la vida.

Con veinte años y poco más, su presencia en cada situación mostraba una cara endurecida por el sol, con siestas de cuarenta minutos con cuarenta y dos grados a la sombra. Por eso, el viento en su sombrero hacía aletear el techo de los sueños.

La idea de huir resultó un plan para todo el trecho sin tranqueras. Las casualidades o la suerte o el mismo viento, hizo que una madrugada de agosto baje en la estación de Lobos. Le gustó. Cruzó la avenida sintiéndose un extraño. Nadie calzaba bombacha, ni botas, ni rastra. Avistó sorprendido a un gaucho de azúcar que pasó con la boina desacomodada, toda percudida, pero nada más que eso.

Entró al hotel Géminis y al otro día era ayudante de cocina pelando pilas de bolsas de papa. Así es que decidió quedarse. Pasó una semana en el hotel. Lo que trabajaba le daba asilo y en su sombrero guardaba los morlacos que le serían de gran ayuda si decidía cambiar el rumbo.

El mismo tren que lo trajo a estos lares fue el mismo que lo dejó en la Estación de Salvador María, donde en menos de una semana comenzó a sentirse bien, como del lugar. No era raro que llamase la atención semejante sombrero en su cabeza ni la faja multicolor que resaltaba al bajar del Jeep que compró a cambio de un trabajo bajo el sol, alambrando sueños. Hoy vive bien, no se queja. Cambió un par de veces el auto y siempre anda por El Coloso, conversando, entre copas y anécdotas.

Yo lo conocí de chico. Me resultaba un hombre petiso, pero forzudo, porque cada vez que llegaba te apretaba la mano con un saludo tajante. Una vez compartimos aventuras de su pasado en varias rondas de mate en una obra en construcción. Eran esos años en los que me contaba los pelos de las axilas para encontrar la señal de crecer.

Mi viejo —que lo conocía de jornadas plenas de calor bajo el sol, quemados por rollos interminables de alambre de San Martín— me batió la forma de no ser víctima de su filosa mano derecha. La misma, en cada apretón, hacía que mis dedos queden escurridos como si Ruiz estuviese apretando un guante de látex.

—Yo no saludo más —repetí acobardado.
—Pero no. Tenés que ganarle de mano y tomar vos la mano de él.
—¿Cómo?
—Calculás mentalmente la forma de que tu mano agarre la de Ruiz. Si él no te gana tu mano, hacés que se quede sin fuerza en los garfios.

Pasaron muchos años de aquellos consejos que luego supe (y sé) aplicar en los momentos de cordialidad. Aquella explicación se me grabó en la cabeza y es muy parecida al escudo del PJ, pero sin reveses políticos.

Lo cierto es que la figura de Ruiz, ese que se vino sin rumbo y construyó sus anhelos lejos de su tierra, es como una postal porque siempre está igual. El recuerdo es el mismo cuando pasaba en el Jeep o en el Renault 12 rojo o ahora en un auto más moderno. Calculo que el cuchillo lo lleva en la guantera. Debe ser muy incomodo viajar con el lomo incrustado por un suncho envuelto en cuero.
Hace poco lo crucé. Ruiz es el mismo.

Salía de comprar del mercado donde se cocinan todos los puteríos del pueblo. Yo bajaba de la moto y le vi la sonrisa de tipo que ya no pide más nada. Es el tipo que si la charla dura más de diez minutos seguro cola alguna historia de su lugar. Siguió sonriendo y se vino con ese andar petiso al cordón de la vereda. Volvió el consejo y no sé si porque ahora olvidó el apretar de manos, pero me sentí un ganador de manos de abajo. Ruiz sacó la mano y se acomodó el sombrero.

Vi la estampa en la sombra del cemento. Llevó la bolsa de red hasta el auto, se volvió hacia mi y me preguntó por mis viejos, de la vida de mi hermana y el nuevo trabajo de mi hermano. Cruzamos algunas apreciaciones sobre el presente de River y encaró enseguida para El Coloso.

No sé si conoció al Glorioso tito o si compartió copas con Patricio Braque. Ruiz siempre será para el prototipo del provinciano nacional que ríe, se acostumbra y crece lejos.

—Bueno, nos vemos, Ruiz. Ojo con la ñorsa, eh —dije y le volví a apretar la mano como a un guante.
—Bueno che, saludá a tus viejos de mi parte. ¿Qué hace el viejo? Era salvaje tu viejo. Qué tipo más entrador. Si habremos alambrado y bolaceado por ahí —se rió y salió con el paso corto de laucha.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Corazón

Todo corazón

Por Tomás Gianandrea

Corazón

A mi amigo Dardito Ormazábal, desaparecido fisicamente en Junio de 2013.

Dicen que se hizo expulsar cuando el partido recién arrancaba. Diez minutos, veinte, veintiuno como una locura, como una exageración, no más. Partido trabado, como casi siempre. Lógico. Con mucho por jugar a esa altura del encuentro; un 0 a 0, un 1 a 0 o un 20 a 0 daba igual, todo se puede revertir con tanto tiempo por delante. Es más, hubo espectadores que llegaron tarde y se quedaron con ganas de verlo. Se hablaba muy bien de él.

Decían que en él mano a mano era impasable, que cerraba cómo ninguno pero que era horrible pegándole a la pelota, imposible que dejara un despeje dentro de la cancha. Sin ir más lejos, una vez se la puso a uno de los reflectores de la torre de iluminación, en un partido que ganaba sobre la hora y aguantando, obvio. Otra vez, la clavó en contra en una final, para no ser menos. Pero un millón de veces cortó antes de que se generara cualquier bolonqui.

Dicen que lo que hizo, lo hizo de corazón. Qué sintió que no llegaba, que la impotencia al ridículo, a la humillación pudo más. Qué sintió que lo desbordaban por enésima vez, o más, o quizás era el primer caño que le tocaba sufrir y no lo pudo soportar. Dicen que quedó viéndole el número a ese delantero oscuro, escurridizo y rápido que en un abrir y cerrar de ojos lo dejó piantado, loco, desquiciado. Le nubló la vista, lo cegó. Dicen que intentó un primer guadañazo, para hacerse respetar, tal vez, y falló. Porfiado, como todo vasco, se incorporó, lo midió y le metió el trancaso. Listo. Asunto resuelto. Roja directa, sin vueltas.

Creyó que era lo mejor, que así estaba bien. Metió un golpe bajo y duro. Nos dejó con uno menos y se fue sin saludar. Nos metió en un bolonqui importante, preguntándonos si pedir o no el 225 para que vuelva a cruzar, a cortar, a sacar, a reventar, de abajo y de arriba. Justo, ahora más que nunca desde arriba.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)