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Foto 1 Bandas E

Noche eterna, hoy presente

La noche del 4 de diciembre de Spinetta y las Bandas Eternas fue única, memorable, perfecta. Un Flaco armonioso, fresco y dispuesto, interpretó un derrotero de canciones de su vasto camino en el rock argento, sin pausas, con amigos y 37 mil almas de pie. Por Nico y Félix Mansilla

Sí, con más de un treintena de invitados y cinco horas y cuarto de show, el Amalfitani rebalsó de alegrías del tiempo y el repaso de un puñado grande de canciones que, como anticipó semanas antes en rueda de prensa el Flaco, fueron “a los bifes”. A tres años de aquel show, las palabras no se agotan en el repaso pleno de una lista que comenzó con lo más reciente de su último disco de estudio “Un mañana” (2008), a la que le siguieron invitados como Gustavo Cerati, Juanse, Fito Páez, Charlx García, Ricardo Mollo, y muchos más.

El médium y el final, no dejó amigos sin venir: todos los músicos que formaron parte de sus bandas Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Jade, Banda Spinetta, Los Socios del Desierto…todos esa noche con Luis, ese Flaco tan francés, tan porteño, tan único, tan dulce, tan ácido en la despedida al remarcar un fuck you a la revista Rolling Stone, por no publicar el mensaje de su remera de Conduciendo a Conciencia en la portada junto a García. Fue la noche en que el sueño de 37 mil almas se hizo realidad y posible.

El Flaco ahí, con su música y un sonido inclasificable: sereno, pleno, limpio, con ecos de voces, con cantos de siempre mañana es mejor, audaces, potentes, rockeros. Sin descripción posible, pero eso en fin.

Parece ayer cuando entramos en ese estadio tan lleno, distinguiendo a lo lejos un escenario que contendría a los hacedores de la banda de sonido de nuestras —y la de muchos— vidas. Allá a lo lejos, pudimos escuchar… y el día después no fue igual. Mucho para una noche, poco a esos años luz que separan al músico de su obra: cambiante, progresiva, melódica, folk, tantas cosas.

Tales de una personalidad específica que recorrió —y recorre sin dudas— cada vez que se enciende, se eleva y es real. Treinta seis discos lo dicen todo, no esconden nada, lo tienen todo. Porque si ponemos cualquiera, está ahí, pleno de luz. Esa noche en Vélez nos recorre como esa despedida, sin resignación.

(de la edición Nº 16, febrero 2013)

Lecciones del carajo

Lecciones del carajo

Por Félix Mansilla*
De esto hace por lo menos dieciocho años. Yo era apenas un crédulo que observaba el mundo desde abajo y de a poco elegía quién ser y cómo aprender para actuar en eso que mis viejos —y todos los mayores— decían: para cuando seas grande. Siempre decía que quería ser un veterinario de pájaros, algo que sonaba bien y nadie discutía. Sabía todas las clases de aves y recuerdo aquella vez que mi viejo paró en el camino a la estancia “La Juanita” para dispararle a un carancho que cayó como huevo podrido sin morir, en un boulevard de eucaliptos típicos de estas pampas polvorientas. Insistí para llevarlo. Quedó aleteando en la caja de una Chevrolet roja modelo ’73 con jaula blanca anti-vuelco y unas llantas Mangels.

Mi viejo la había comprado a cinco mil pesos/dólares a mediados de la década del noventa. Cuando juntó tres mil, me llevó hasta su mesa de luz, me mostró el fajo de billetes y me dijo que le faltaba poco para llegar a tenerla en el fondo de casa, que no diga nada a nadie. Después, yo creía que iba en una de las que manejaba Chuck Norris en Walker Texas Ranger. Cuando llegamos a la estancia los perros del puestero rodearon la camioneta. Mi viejo me miró y dijo algo así como “qué olfato tienen estos bichos”. Así y repetidamente fue in crecendo mi infancia.

Por eso, albergo hoy los recuerdos como fotos viejas a color guardadas en una caja de zapatillas Topper celestes, como las que usaba Vilas en los ochenta. Un tesoro testimonial.

En medio de esa marea de pasado está la señorita Irma: una maestra morocha, grandota con cara de mala cuando seria, pero que escondía detrás del ‘cuco’ a una mujer hecha y derecha, frontal y cariñosa. Cuando comencé primer grado ella era directora y fumaba Jockey suave. Usaba un saco a cuadritos, una pollera del mismo tono que sus medias y zapatos marrones claro que se los sacaba para hacernos meditar. Siempre recuerdo esas escenas, cuando hacía una introducción para que su acción descalza no pareciera de locos.
También recuerdo cuando izábamos la bandera y ella proponía hablar de los temas de lo que estaba pasando en el mundo. Como si fuera ayer, la fila de guardapolvos blancos y mochilas de colores se mezcla con las palabras de uno de los de séptimo grado, Polvorita, cuando respondió a la pregunta de cómo llegar a que se solucionen los conflictos entre países, o algo así. Con la voz enconada para que escuchemos todos, dijo que mediante la palabra y el diálogo. Ella pidió un aplauso y todos entramos a los salones con una lección de vida simple, pero tan certera como todos los libros que podamos leer en una vida, a los tirones.

Tiempo después, dejó la dirección para continuar —igual que como cuando era la directora— dando clases a los de séptimo grado, en el salón de uno de los rincones que daba al frente del arenero del lado de la calle del canal. Todas sus palabras jamás se oxidarán en ninguno de todos los que fuimos sus alumnos, porque a pesar del paso de los años todas ellas reviven en todos.

Ella decía que para muchos era ‘el cuco’. Impartía justicia y ejemplo con largos sermones de traspiés cotidianos y anécdotas del pasado, porque conocía a la mayoría de nuestros padres y sabía la situación por la que cada uno de nosotros atravesaba. Siempre defendió mi curso, considerado el peor de todo el colegio por revoltosos y salvajes. Así, el tiempo pasó y siempre está en mi recuerdo una lección de lengua en un recreo con mucho sol y su guardapolvo viejo pero honrado. “La coma reemplaza al verbo”, dijo y ejemplificó: “Félix, pesado”. Ahí entendí que esa raya vertical en el renglón podía sustituir el verbo ser en presente y definir una esencia.

Sigo revolviendo en la memoria y aparecen más momentos que de alguna forma hoy repercuten en mí. Como cuando en un viaje a Tandil me vio cabizbajo sentado en una piedra y me dijo que así nunca iba a conseguir que una chica se interese en mi. O aquella vez que los chicos de su clase nos cultivaron la imaginación describiendo una casa en medio de la montaña, con pinos, picos nevados y un río que bajaba desde donde se asomaba el sol. Fue así. Después de que leyeron la imagen, entraron el cuadro. Pareció un truco de magia. Estaba tal cual lo había(mos) imaginado.

También recuerdo cuando escribí mi primera oración, en primer grado. La señorita Viviana la vio y corrió a la dirección. Al rato la portera Susana me mandó a buscar. Empecé a no entender qué pasaba y veía todo como en los dibujos animados, solo piernas, medias y zapatos docentes. La consigna había sido llenar las viñetas de un padre que miraba serio a un chico que había roto un vidrio. Puse: “Eso no se hace carajo”.

Cuando llegué a la dirección, entre risas y la complicidad de las demás profesoras, Irma me dijo que carajo no era una mala palabra, sino la punta del barco donde iban a parar los que se portaban mal, pero que no la podía escribir en la tarea, que cuando fuera grande lo iba a entender mejor. A más de veinte años de aquel recuerdo aun recuerdo que todas las maestras se rieron y me dieron un beso. Ella me felicitó porque fui el primero en escribir. A Victoria también, por ser la primera en leer de todo el curso. Y en eso creo que influyó esa forma tan cercana de hacer aprender.

También me acuerdo que le gustaba que le cantemos canciones a capela y una vez Magalí desafinó una que dice “pueden pasar tres mil años”. Ella, gustosa de la buena música, se quejaba de que no le tocaran Yesterday en el órgano de su casa. Otra de las cosas por las que la recuerdo en esos años en el cole es por su mirada y comprensión del presente. Nadie de la docencia hablaba bien de los Redondos y ella contó que le había prestado atención al disco “La mosca y la sopa” y decía que esas letras tenían mensaje, el Indio no era un demonio y demás mentiras que los viejos repetían sin saber.

A veces me pregunto si sabrá de las huellas que dejó en muchos de nosotros. En cómo con un ejemplo te descolgaba un gol tan formador como imborrable. Una vez defendió el uso de la calculadora en las escuelas y lo argumentó en una discusión de los alumnos que decían —influidos por padres cabezones— que así nunca sabríamos hacer las cuentas. “Usar calculadora es parte de los tiempos que corren. No hacerlo, sería como seguir usando cocinas a leña”. Un remate al ángulo.

Con un cuarto de siglo en el cuerpo, estoy en condiciones de afirmar que parte de la esencia de todos los que la conocimos y aprendimos alguna lección de las que explicaba en el pizarrón y con palabras, no fueron de gusto. Sé de ella por comentarios y la pienso fuerte y mirando por la ventana como cuando nos cuidaba en los recreos y se quedaba corrigiendo las pruebas con esa letra inentendible y los lentes en medio de su nariz morena, incansable. Hoy, a muchos años de aquellas lecciones, Irma está ahí, parada con su saco a cuadritos, los zapatos chatos gastados y esas lecciones del carajo.

(de la edición Nº 11, septiembre 2012).

*Lic. en Periodismo y Comunicación Social de FP y CS UNLP.