Archivos de la categoría Paseos

1-Invisible trío. Pomo, Machi, Spinetta.

Bienvenidos al Jardín Invisible

Luego de sacarle el máximo jugo musical a sus dos bandas anteriores —Almendra y Pescado Rabioso— era momento para probarse una vez más y probarle al resto de los mortales, que Spinetta puede hacer lo que quiera y que siempre lo hará bien y sin repetirse. Por Alvaro Nigro*

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Rufino, Lorenzo & Spinetta: Invisible trío.

Esta vez recluyó a Machi Rufino en bajo y a Pomo Lorenzo en batería, estos dos ya habían formado parte del disco Pappo’s Blues junto al Carpo, así que la base rítmica estaba garantizada, pero Spinetta no quería solamente eso, quería ir más allá, siempre iba más allá. La primer presentación del trío fue en el Teatro Astral en 1973 y pocos meses más tarde lanzaron su primer disco, de nombre homónimo.

Dijo Spinetta sobre la banda: “En Pescado se dio un procedimiento al revés que en Almendra. Si el primer disco de Almendra fue dulce y el segundo agresivo, en Pescado sucedió al revés: con el segundo disco doble se almendrizó el sonido. Y en Invisible llegó el equilibrio entre ambos mundos”. Y así era, ese primer disco es la mezcla perfecta de sus dos bandas previas, pero con la potencia y la sutileza de sus compañeros de turno, siempre girando en torno a los acordes “raros” y hermosos creados por Luis. Pero lo que pasa con este álbum, pasa con todo lo que hace Spinetta: es inclasificable. Creo que debería existir la palabra Spinetteano en el Diccionario de la Real Academia Española. Y que cuando alguien te pregunte, ¿che, y que onda ese disco? Vos puedas responder: y es medio Spinetteano, a lo que el otro ya sabrá de que se habla y que encontrará en la música. Jazz, rock progresivo, melodías hermosas, agradables al oído, todo combinado a la perfección con unas letras que te hacen volar a otro mundo, no muy lejos de Buenos Aires, pero tampoco tan cerca. Caben destacar los temas “Irregular”, “Suspensión”, “El Diluvio y La Pasajera” y “Jugo de Lúcuma”.

Al año siguiente sacaron Durazno Sangrando, con el cual profundizaron aún más en el rock progresivo y en el jazz, con largas composiciones como “Encadenado al Ánima” de 15 minutos y “En una lejana playa del animus”, de 10 minutos. Es un disco conceptual basado en las lecturas de Luis del libro “El secreto de la flor de oro”, de Carl Jung y Richard Wilhem. En él, el “Animus” es la “Vida” y el “Anima”, la “Muerte”. El carozo al tomar contacto con el agua, genera la “Flor de oro”.

Pero también se encuentra un clásico del rock nacional, el que le da nombre al disco, “Durazno Sangrando”. Un bello y delicado tema, con la inconfundible voz de El Flaco en todo su esplendor, quedando en el recuerdo de todos la frase: “Quién canta es tu carozo/Pues tu cuerpo al fin tiene un alma/Y si tu ser estalla/Será tu corazón el que sangre/Y la canción que escuchas/Tu cuerpo abrirá con el alba”. ¿Cómo no amar a una persona que canta algo así? Imposible no hacerlo. Otro dato “de color”, es que la tapa estuvo prohibida en Argentina porque decían que el carozo era una alusión a una vagina, y ya se sabe lo que andaba sucediendo políticamente por esa época en nuestro país. Estoy hablando del año 1975…si, hagan un poquito de memoria, NUNCA MÁS.

Al año siguiente, Invisible saca su tercer y último disco de estudio llamado El Jardín de los Presentes. Para este álbum se incorpora el joven, veloz y virtuoso guitarrista de, por entonces, tan sólo 18 años llamado Tomás Gubitsch. El LP fue presentado en el Luna Park y es considerado una obra maestra, o al menos así debería considerarse. Con temas que van a quedar por siempre en la memoria de todos: “El Anillo del Capitán Beto”, “Los libros de la buena memoria”, “Las golondrinas de Plaza de Mayo”, y “Que ves el cielo”.

Esta vez, profundizaron en los sonidos platenses, incorporando bandoneones y ritmos típicos como el folclore y el tango. Sobre El Anillo, dijo El Flaco: “Yo la nave la veo parecida a la de Volver al futuro, un auto, algo así, que se eleva por una ciencia que sólo Beto conoce, y se va… En realidad, no es que Beto quiera volver. Ha conquistado algo impresionante, pero, como todo conquistador, no puede evitar la comparación y la sensación de distancia para con el mundo que dejó atrás”.

Pero Spinetta no era así, nunca miraba hacia atrás, siempre miraba hacia adelante y cuando se dio cuenta que ya no podía exprimir más esta máquina de rock sutil llamada Invisible, decidieron separarse, aunque como trío volvieron a tocar en el año 1983 en el disco solista de él, Mondo Di Cromo.

Invisible fue una excelente banda y será recordada como tal por siempre, cada vez que escuchen sus discos, sentirán que el espíritu de Luis esta con ustedes, que esos acordes suenan en su corazón, que las letras le llegan al alma y que su voz les recorre el cuerpo y los deja con esa sensación de que se puede hacer un mundo mejor, si todos fueran un poquito más parecidos a él. A mí personalmente, no me queda más que decirle gracias, con lágrimas en los ojos, GRACIAS infinitas por todo…por ser simplemente: El Flaco.

*Lobense, escritor de los libros “Solo una idea” y “Persiguiendo al pasado y otros cuentos” (2012).

(de la edición Nº 16, febrero 2013)

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Mi musa en singular

Por Nicolás Bernal*

En los amores no hay plurales, si en las drogas no hay sustancias y en el nido puro huevo, pero que no es perder tiempo. Un defecto que es sin causa, si no hay voluntad que valga, que corra como el agua sobre piedras que hacen montañas. De repente no se saca la cabeza de una imagen y hasta que no haya reencuentro no hay sabor que valga. Los serían que serían sino están atravesados por el juego de palabras, que nos dejan transparentes a cortarnos las pelotas.

Pero en el baile se baila y aprendimos a domarnos para que entre mentiras se pellizquen las verdades, de que somos lo que somos, que lo oscuro es el pasado, que tus risas hacen mezcla de tabaco y chicle de menta. A veces los impulsos pueden más que la cabeza o es el inconsciente que me deja tan desnudo, de volar casi sin plumas y que logre convencerte, que leo el futuro y te conozca hace rato. No te miento si te digo, que hace mucho no escribía, pero estoy convencido que sos mi musa preferida.

La poesía de un cagón

Puedo creerlo que no me mire.
No puedo creerlo que baile sola.
Es un puñal en la noche vagabunda,
perfume de carne en la bosta bien top.
Quiero saberlo tengo algún tiempo,
puedo practicar mentiras galanes.
Es natural en sus brillos se nota,
ese rojo de un fuego hiriente.
Me acerco y choco casi a propósito,
tengo sus roces por causalidad.
Espanta el miedo a la verdad,
el menos que resta sin saber nada más.
Estando tan cerca la siento tan lejos,
ya sé que el silencio nunca es victoria.
No creo que otorgue el que tanto se calla.
Son mil adjetivos que no salen en frases.

Mañera

Yo creía que bailabas para el público en general, la miradas penetrantes dirigidas vaya uno a saber dónde. Vos y tus ojos esperando unas palabras que nunca iban a llegar. Sin espacios y sin tiempos, mi común termina complicado, más mil palabras en mi boca que se van al papel, de empezar por los abrazos y después conocernos. Es que lo suave es tentador y esquivarnos es una maña que nos ata a escondernos cuando nos espiamos mediante amigos.

*Creador del blog brevestiemposraros.blogspot.com.ar

(de la edición Nº 15, enero 2013)

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Hasta pronto, viajero de la luz

Un reguero de lágrimas, rabia y tristeza, fue lo que dejó la partida física de Luis Alberto Spinetta; gigantesca alma de la música y la cultura de acá. Quizás tus canciones, viejo pillo, enseñen a salvar esta distancia, la de saberse un poco huérfanos de vos. Porque hay “algo que se fue, sin totalmente desaparecer”

Spinetta en los años de Los Socios del Desierto.

Spinetta en los años de Los Socios del Desierto.

Por Nacho Babino
A la vera de alguna ruta uruguaya, a metros nomás del Río de La Plata, la lluvia avisa insoportable, pega en la cara primero y luego empapa hasta el alma. Pero la decodificación de ese aviso encubierto de la naturaleza tarda un poco, claro, en advertirse. Dicen que Spinetta murió y ni siquiera el cielo se bancó tanta cosa. La lluvia sigue y ya lloramos todos. ¿Y ahora pues? Cómo se amanece de este dolor, con toda la tristeza que hace afuera, cómo evitar que todo ese torrente de lágrimas cruce la jeta y cómo no buscar refugio en algún dulce regazo cercano, en posición fetal como queriendo volver, salir nuevamente a la vida después de que se confirma que Spinetta murió.

Tal vez ni siquiera el primitivo acto de regar una planta alcance o mirar el cielo o servirse un vaso con cerveza y beberlo hasta el fin, callados, sin la vergüenza de llorar como sonsos delante de quién sea, de nuestra compañera, de nuestros viejos, de nuestros hijos, de nuestras mascotas, solos frente al espejo, corriendo urgentes a poner en el mp3, en la computadora, en el winco, donde carajo sea alguna canción tuya, algún acto reflejo que nos lleve hacia vos, que vuelvas a entrar una y otra vez en nosotros. Flaco… mierda!!! Dicen que te moriste…

Si hay algo que Luis Alberto Spinetta ha rebatido a lo largo de todo este tiempo, es ese viejo axioma –devenido luego máxima peronista- de que “La única verdad es la realidad”, porque entrar en el universo, en el cosmos Spinetta es por momentos entrar a un universo de sensibilidad paralelo, casi infinito, de seguro, único.

Nacido en el barrio Bajo Belgrano de Capital Federal, confeso hincha de River Plate, tuvo algunas fugaces agrupaciones musicales como Los Larkings, Los Mods o The Masters, antes de conformar Almendra junto a Emilio del Guercio, Rodolfo García y Edelmiro Molinari. Y es tan grande la obra de Spinetta que si por desgracia hubiera grabado solamente este primer Lp homónimo de 1969, junto con sus compañeros de entonces, ya bastaba. Si bien al rock en castellano lo parieron Manal, Nebbia y los hermanos Fattorusso de Uruguay, es con Spinetta que le nacen alas y empieza a volar.

Ese primer disco alcanza para dejar culo para arriba a la música rock en castellano, para volarle la bocha a más de uno, tanto como se la volaron Los Beatles a él. En el libro Martropía de Juan Carlos Diez, Spinetta dice: “(…) Cuando los escucho, me da la sensación de que ellos han hecho el sonido en un mural, en una piedra, o en algo que el tiempo no perturba (…) Lo que hicieron es muy perfecto, en el sentido que contiene las imprecisiones del alma”.
Los nombres propios de las agrupaciones que formó son varias, a saber y en orden cronológico: Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Spinetta Jade, Banda Spinetta, Los Socios del Desierto.

Entre medio y repartidos a lo largo de toda su carrera quedan sus discos solistas, desde Spinettalandia y sus amigos, pasando por Artaud -aunque en la tapa figure Pescado Rabioso y mas allá de algunas colaboraciones, es un disco solista- hasta su última producción de estudio, Un mañana. En el medio quedan también el disco doble grabado junto a Páez, el proyecto trunco de sacar un disco a dúo con García, Only love can sustain, financiado por Guillermo Vilas, la banda de sonido para la película Fuego Gris, una mínima incursión el cine en Balada para un Kaiser Carabela, una ópera rock con Almendra que nunca llegó a realizarse.

El libro de poemas Guitarra Negra, la bellísima Bagualerita, canción regalada a Liliana Herrero que forma parte del último disco de la intérprete entrerriana y también el Manifiesto llamado Rock: música dura. La suicidada por la sociedad que repartió durante los conciertos de presentación de Artaud, donde escribió entre otras tantísimas cosas: “En todo caso, cierta estereotipación en los gustos de los músicos debería liberarse y alcanzar otra luz. El instinto muere en la muerte, repito. El Rock es el instinto de vivir y en ese descaro y en ese compromiso. Si se habla de muerte se habla de muerte, si se habla de vivir, VIDA”.

Como colofón puede citarse el recital de diciembre de 2009, donde reunió a todas las bandas en un recital que duró ¡cinco horas! y durante el cual hizo de fino anfitrión. Salvo unos pocos ausentes, esa noche casi todos dieron el presente y formaron parte de una clase magistral de cómo tocar e interpretar música rock.

La universalidad poética, armónica y musical de Spinetta resulta inabordable para quien la quiera someter a un mero análisis, pero en el cosmos de este músico cabe tanto una canción como Me gusta ese tajo o Cheques como también Ave seca donde canta: “Gigante sin ojos, tu vulva, delgada gema, llaga que al secarse besa los pétalos, psicosis de savia, en las ramas esperan moverse con tus párpados.” Y fuera de toda solemnidad que muchos le atribuyen a Spinetta, que la tiene claro, están esos momentos de comicidad e ironía spinetteana.

Por ejemplo: al inicio del show de Vélez en una parte de Tu vuelo al fin, parodia a Pomelo de Capusotto diciendo “Nenenanaaa”, o cuando le dice a Mercedes Sosa mientras están grabando parte del disco Cantora, que está saliendo con Britney Spears, o en aquel recital en el Coliseo de La Plata cuando del público le gritaron “¡Sexo!”, dejó de afinar su infaltable Strato roja y blanca y contestó: “No podemos, estamos tocando”, sabiendo que ese grito hacía referencia a un tema del disco Los niños que escriben en el cielo o en el video de La montaña –tema de Pelusón of milk- en el que se ve a una familia subiendo a la terraza y celebrar a los saltos por la llegada de una heladera mientras se escucha el final de la canción que dice: “Suban a los techos, ya llega la aurora…”

De todas formas, si cierto es que “la modernidad está en los orígenes”, no cabe duda alguna del destino que le tocaba en la historia de la cultura y de la música a alguien que a los diecisiete años compone una canción como Barro tal vez (“y es que esta es mi corteza donde el hacha golpeará donde el río secará para callar/ya me apuran los momentos ya mi sien es un lamento /mi cerebro escupe ya el final del historial del comienzo que tal vez reemprenderá/ si quiero me toco el alma pues mi carne ya no es nada he de fusionar mi resto con el despertar aunque se pudra mi boca por callar”) y que decide repartirlo entre sus compañeros de clase, hecho por el cual es sancionado por estorbar.

Lo sorpresivo de la partida física de Spinetta es justamente que él era un ser hecho de luz y magia y música y poesía, que históricamente se mantuvo alejado del stablishment rockero y no pululó por los medios ni estuvo con Susana Giménez ni se tiró del noveno piso de algún hotel y mucho menos fue un cultor del reviente más allá de afirmar que en algún momento tomó ácidos o esnifó.

Acaso no ven cuánta vida hay en esa beatífica foto de los cuatro integrantes de Almendra, con el torso desnudo todos, abrazados entre sí, como anudados a un instante mágico e inmortalizado para siempre o cuánta vida y luminosidad hay en sus ojos en esas fotos en las que está levemente inclinado, con su guitarra cruzada y viste camisa negra y corbata roja o cuánto amor y celebración por ella hay en alguien que a sus últimos discos decide titularlos Para los árboles, Pan y el ya citado, Un mañana. Cómo dudar de su optimismo si -y en esta historia no entran los que forman parte de lo que el mismo llamó “prensa buitre” porque se sabe que las moscas y la mierda bien se llevan entre ellos, cretinos- en esa última carta cerca de la navidad pidió que “no paniqueen” y que no beban si van a conducir.

Y se dijo al principio que la naturaleza avisa y tan así es que mientras Pedro Aznar, a los poquísimos días de la partida de Luis, lo homenajeaba cantando Ella también, una estrella fugaz se paseó por el cielo justo detrás del escenario.

Ya encontraremos a quién equivocadamente metió mano en el despacho de Dios mientras este estornudaba y no podía evitar cerrar los ojos y fue justó en ese instante que te llamaron, pero todos sabemos que vos no cabés Luis, en ese bolsodios que vos nos dijiste que se guardan todas las cosas. Quedamos nosotros acá sí, oyendo como ciegos frente al mar, tratando de oír definitivamente alguna vez el crepitar de la hojarasca y trataremos también de no reprimir al niño, de darle tibia leche claro, y de cuidarlo de drogas y ojalá las lluvias borren toda la maldad, porque vos dijiste una vez que “Deberás crear si quieres ver a tu tierra en paz y deberás amar amar, amar hasta morir/ y deberás crecer sabiendo reír y llorar/la lluvia borra la maldad y lava todas las heridas de tu alma/de tí saldrá la luz tan sólo así serás feliz y deberás luchar si quieres descubrir la fe (…) y esto será siempre así, quedándote o yéndote.”

Mierda Flaquito, te vamos a extrañar mano, viejo pillo y bien que lo sabés. Aunque como vos cantaste en La verdad de las grullas: “Y si la esperanza se agota al fin, cuando vuelva el río con sus manos nos reunirá”♫.

(de la edición Nº 5, marzo 2012)

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Bardeame que me gusta

Desde hace algunos años, los comentarios en las notas de los medios digitales en internet se han convertido en un arma de seducción para los portales y en un punto importante para publicar lo impublicable. ¿Debate de ideas, histeria web o un refugio de opinión de los pasivos en la comunicación?

Por Félix Mansilla

Tras leer la información: ¿Las opiniones de los lectores son otra opción para continuar entretenido, informado y descargado? Una posible respuesta, es que todo depende del medio y los intereses que por ellos corre a la hora de la edición y selección de dichas opiniones. Muchas veces, lo allí expuesto no se condice con la información puntual y se expanden los insultos/choques entre usuarios.

Esto deja entrever a las claras que se trata de un espacio que protegido bajo el manto de la noticia/información, desarrolla un flujo que se cobija con al menos dos argumentos: como un espacio que da importancia a las opiniones de sus lectores y como un lugar donde se plantea un debate de ideas que aporta al feedback entre el medio y sus consumidores.

Pero en realidad, muy escasamente lo que allí se comenta se refiere al punto central y sólo se trata de un campo donde las idas y vueltas de los foristas se convierten en ataques mutuos, prejuiciosos y con puntos ideológicos esparcidos y generalizados, con los conceptos básicos de cada rama política.

Así, la red transmuta en una gran cantidad de expresiones que no contienen suficiente sustento argumentativo. Claro que cuando los comentarios giran en modo opuesto, sirven como un canal donde corren las diversas veredas de opinión y de algún modo, conducen a seguir formando opinión, porque la mirada cuantitativa tiene cierto grado de seducción en aumento.

Es muy probable entonces que esto sí funcione en modo positivo, por tratar de atraer al lector a analizar el contenido periodístico. El sentido contrario se da cuando el medio difunde los resultados de las opiniones y dichas participaciones no superan las doscientas. Así, las referencias sólo apuntan a ser acaparadoras de perfiles acaparadores de lo que piensa y analiza cierta porción de la sociedad que cuenta como un todo absoluto.

A partir de los comentarios, los informes seducen mejor en la portada y la estrategia se reparte en un buen título, la infaltable foto que ilustra y la cantidad de opiniones, lo que hace suponer que quien hojee la nota lo hace por el derecho e interés de informarse, desquitarse o el sólo hecho de “formar parte” de los medios.

Esto, lleva implicado el deber de que cada individuo sepa interpretar la información de modo que lo que se diga de ella y sobre ella, no sean agresiones u opiniones que no hacen a lo concreto. Infinidad de medios, construyen las noticias a partir de “lo que dice la gente”, y así, con no más de cinco opiniones, se funda la realidad y el medio difunde eso que presume pero calla.

(de la edición Nº 2, diciembre 2011)

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El gris en las nubes

Por Félix Mansilla

Estábamos en el galpón, fumando bajo la lluvia y el ruido de las chapas se parecía a un teatro lleno de aplausos. Su sombra en las paredes se notaba triste. Hablaba del pasado como no queriendo analizar el presente, sin comprender el por qué de un sufrimiento de más de un trimestre de noches desveladas, sueños transpirados y días de treinta y cinco horas de ojos abiertos. Le dije que se calme, que espere la reacción, que desaparezca. Después, mientras hablaba con la cabeza baja y la pelada brillosa, pensé que era la misma conversación de hacía veinte noches atrás.

La lluvia lo hacía especial. Era un reencuentro especial, como en el pasado. Entre tanta tristeza le confesé que lo mejor de toda su situación tormentosa era el volver a estar juntos, conversando de noche como desde que somos amigos del jardín. Él sonrió y en su rostro tuvo un reflejo de una sonrisa postergada que me indicó el entendimiento. Volvió a su paquete de cigarrillos, me convidó sin mirar y acercó el cenicero verde de madera al rincón de la mesa más cercano a su mano derecha.

—¿Viste que lo pinté? —comenté apuntando al cenicero como queriendo cortar el aire.
—Es verdad. Mirá qué petitero quedó —dijo moviendo la cabeza, las cejas como una ola y alzando el índice derecho como para decir algo.
—Esperá. Vamos a afuera que acá hay más humo que…

En medio de la noche la madrugada se batía sospechosa, indescifrable. La temperatura no era la acostumbrada en un invierno lluvioso y agotador. Parado pero con la pera por el piso, se levantó y prefirió mirar el gris en las nubes. Ya no llovía tanto.

—Se va a cagar lloviendo de nuevo —murmuró despacio, mientras caló una pitada que expandió en el aire como el humo de una goma en ruta cortada. Se le notó nuevamente el lento paso del tiempo. Entramos al galpón. Se cruzó de piernas como un invitado de La biblia y el calefón y se despachó.

—¿Sabés una cosa? A veces siento como que todo lo que me pasa, en alguna parte de todo me hace bien ¿No sé por qué? muchas veces me pregunté por qué actué de ese modo, pero era, como hablé hace unos días con mi vieja, por el momento que yo estaba pasando. No sé. Creo que fue por eso, me sentía mal, sin ganas. Como que actuaba por costumbre.

Dejé que siga. Hice seña de seguí que yo te escucho y abrí la puerta para que entrara aire. La temperatura entró al espacio y el me retó diciendo “cerrá, entra un calor de feo”. Le hice caso y regresé a oírlo como un analista, con la vista en el tablero de las herramientas de mi abuelo. Ahora solo mencionaba las personas con las que habló del tema, contó algo que había pasado en la segunda parte de la relación y no sé que otra cosa que hizo que me calentara por eso de que se lo contó a dos tipos de sobremesa en una cena de esas que ninguno es blando y todos son más duros que un cafiyo.

—Sé que no es lo mejor que te puedo decir en un momento así. Ya te dije que lo mío no es llenarte la cabeza y mucho menos decirte qué es lo que tenés que hacer. Por ahí te duela lo que te voy a decir —anuncié y le hice seña de que fumemos otro, que esto viene para largo—. Le estás errando y actuando compulsivamente.

—Ya sé, tenés razón. Pero entendeme también.
—Obvio que te entiendo y banco a full, pero es hora que de que dejes de contar tu historia para que te digan que sos la víctima, cuando en realidad sos el malo de la película que se esconde detrás de un personaje bueno que le golpearon el corazón con agujeritos.
—No seas boludo. Venías bien, no la cagués —me retó con ansias de que vaya al grano.
—Bueno, entonces dejá de ponerte en la piel de un tipo lastimado. Igual te entiendo porque sos mi amigo.
—Yo también sé eso, pero…
—Pero no podés estar contando la historia para escuchar eso. Por ahí la mina no quiere que sigan juntos, es eso, es entendible. No quiero decirte que ya está, pero por ahí es eso lo que tenés que pensar. Imaginate que te pase a vos ¿Qué harías?
—Sería igual de perro. Pero es algo que no le conviene a ninguno de los dos. Me dice que no se siente bien, que está enojada con ella misma, aunque no puede perdonar.

Empezamos a debatir fuerte y preferí cambiar de tema. No daba el momento, lo supe. Igual salí con cualquiera.

—¿Te acordás cuando quedó embarazada la loca esta que ahora vive en Merlo? con tu hermano queríamos descifrar quién era el padre y decía: “Tenemos una pista. Si está embarazada es porque la puso”… —conté y nos reímos hasta que le volvió la pena y lo cubrió como con la capa que ponen los peluqueros para no ensuciarte con tu propia capacidad capilar—. Qué hijo de puta, cómo nos reímos con esa boludez que dijo. Che, ¿qué hora es?

—Uh, es re tarde. Mañana arranco a las ocho.
—Bueno, el último pucho y andate, mala gente.

Ya para ese entonces es como que hubiéramos arrancado el último bloque y hablamos de cualquier cosa. Del precio de un auto modelo 2000 no sé de qué marca, el culo de una pendeja — con el que coincidimos en que tenía “fecha de vencimiento”—. Después de fútbol y para rematarla, tiré un comentario sin importancia, algo así como que se le iban a ir los humos a la pendeja cuando se diera cuenta que no estaba tan camión como le hacían creer los buitres que se la querían comer con fritas.

Continué y ya no me paraba ni Perfumo. Él se aburrió al instante porque nada le importaba más que ella. Lo sentí, me di cuenta y apagué el pucho en el cenicero verde. Se levantó, tanteó el bolsillo —celular, encendedor, billetera— se desperezó y se sintió de nuevo el aire caliente que venía de afuera después de que abrí la puerta.

—Bueno, gracias, me fui.
—Andá, andá a dormir, pedazo de mal tipo.
—Eh, no seas así. Si vos sabés que me siento mal.
—Andá y dejá de llorar la nena por todos lados.
—Andá vos, mal amigo.
—Che, en serio: ¿Ya te vas?
—Sí.
—Bueno, llevame ésta —dije para que el final no fuese como en Casa Blanca.

Me miró e hizo seña como John Wayne, con sorna de don Juan, y el techo de estrellas nos dijo que no iba a llover ni por puta otra vez. Apagué la luz del galpón, iluminé el camino con el celular y chiflé el estribillo de Mariposa teknicolor.

Un gato blanco me asustó y cerré la puerta rápido en la parte que dice ‘se proyecta la vida’. Cuando me acosté un trueno muy trucho sonó flojo entre tanta nube gris. Por la ventana una leve luz se mezcló con mi frazada. Me di vuelta y pensé en mi amigo: tres meses y sin novedades en el frente.

E V PJ 2011

Qué mermelada, papá

El 3 de abril vuelve Pearl Jam. Luego de una despedida corta en 2011, la banda de Vedder & cía. se presentará en Costanera Sur. Aquí, crónica del paso por el Estadio Ciudad de La Plata, donde sonaron decenas de hits y las ganas de tocar para ese público tan adorable que somos.

Por Félix Mansilla*
Ver y escuchar a Pearl Jam es estar frente a una banda de rock madura, con tipos grandes que siguen disfrutando eso que planearon con veinte años, allá en los comienzos de los años 90. La tarde del 13 de noviembre en el Estadio Ciudad de La Plata, comenzó con una tranquila entrada por las decenas de ordenados accesos al lugar. Dos cacheos y toda la emoción de ir en busca de esa pequeña cosa que se dice y presenta como el show de una banda de rock. Convertido ya en género, el grunge de Pearl Jam aterrizó por segunda vez en el país, tras dos fogosos shows en Ferro y la sensación de que el back se haría realidad seis años más tarde, desde Seattle a Silver City.

Nada pareció casualidad y la banda telonera hizo que los pelos de punta comiencen a moverse entre una mezcla de ansias pregastadas y una cuenta regresiva interminable. X dejó un set cargado de pequeñas grandes canciones, derivadas de un postpunk con puntualidad inglesa. Como estaba anunciado, la formación a cargo de John Doe, inició el show 19:45. Luego de puro punk rock yankee sin escalas, la fruta fue el gesto de Vedder de subir a cantar el anteúltimo tema. A esta altura, con el Único casi lleno, las miles de almas supieron que lo bueno se venía sin prisa.

Volviendo a las cavernas ya

21:09 Pearl Jam estaba arriba de un austero escenario de luces perfectas, pantalla con las iniciales entre sombras y un sonido traído de otros lares. En las butacas y cabeceras, los ojos se fundían en mirar a cinco tipitos moviéndose a puro rock y con un campo que ardía como puñados de lombrices que se mueven al ritmo de un terremoto veloz.

Con un instrumental que se fundió entre aplausos y sombras, “Reléase” dio comienzo a un show interminable, cargado de hits y partes en las que la emoción se hizo carne entre los fanáticos. Siguieron “Go”, “Corduroy”, “Hail Hail”, “Given To Fly”, “The Fixer” y “Amongst The Waves”, como para ir afinando todo lo que luego vendría.

Con el mismo apuro que tiene alguien que no se quiere ir de la fiesta, Vedder comenzó con trabados diálogos y halagos para los seguidores argentinos y todos los que se acercaron al deleite. En las tribunas se agitaron banderas de todo el continente: Uruguay, Perú, Colombia y Venezuela. Eso, hizo sentir que la globalidad del mensaje musical no necesita traducciones, sino el sentir necesario para disfrutar el concepto claro de Pearl Jam. Un par de hits de la banda, se desplegaron, pero nada terminó ahí. “Immortality”, “Even Flow”, “You Are”, “Elderly Woman Behind the Counter in a Small Town”, “Lukin” y “Unthought Known”, hicieron que el temple se muestre finiquitado. Pero no fue así y los tracks de todos los discos de PJ, sonaron sin gastarse: Ten, VS, Yield, Vitalogy, No code, Backspacer, etc., etc.

La última semilla

Para la mayor alegría de los que comenzaron a escuchar Pearl Jam a partir del combate a través de sus letras, la inmortal “Do the Evolution”, hizo eco en las paredes del estadio, en la catedral y en la Autopista Bs. As La Plata. Entrelazaron grandes canciones que se ajustaron a la lista que compone la gira Twenty, gran producción audiovisual que intenta resumir dos décadas de creaciones inoxidables. “Wasted”, “Life Wasted”, “Jeremy”, “Porch”. En el medium del espectáculo, pareció un final. Los músicos descansaron apenas un pucho, pero la mermelada, comenzó otra vez: Just Breathe, Garden, Last Kiss (cover de Wayne Cochran), Supersonic, “I Believe In Miracles” de los Ramones, “State Of Love And Trust”, “Blood”. A esta altura, si todo terminaba allí, nadie se quejaría. Iban más de dos horas de show. Transpirados, emocionados y sacados, los PJ no pararon: “Smile”, “Mother” de Pink Floyd, bajó sobre el suelo y estadio fue un solo silencio.

Pasaron “Black”, “Better Man”, “Why Go”. Otra versión tomada fue “Alive” compactada con “Rockin’ in the Free World del legendario Neil Young. Todo un gran final: Vedder fumando sentado a pie del escenario y McCready terminando “Yellow Ledbetter”, mezclado y engachado a “Little Wing” de un tal Jimi Hendrix.

Con unas pocas palabras mal pronunciadas, Vedder nombró a cada músico de la banda y dejó claros guiños de ternura, amor y satisfacción. Desde el campo a todo el aro de gente, el aplauso se mezcló con gritos desgarradores de unas infinitas ¡Gracias, Pearl Jam!

(Crónica escrita para el diario de rock Degarage de la ciudad de La Plata. Publicada en diciembre de 2011)

*Lic. en Periodismo y Comunicación de la FPyCS de la UNLP.

 

ETIQUETA

Entrevero, un vino

Hace más de cuatro décadas una empresa de acá comercializaba un vino que llegaba a toda la región. Lo transportaban en tren desde San Juan hasta Salvador María, donde la envasadora Uviac finalizaba el etiquetado para llegar a todas las mesas familieras.

Por Félix Mansilla
Uviac fue la envasadora del vino Entrevero, propiedad de Virgilio Gaddi, que a partir del año 1961 comenzó a funcionar en Salvador María para llevar el cáliz a toda la región. Allí, trabajaron alrededor de diez empleados hasta que en 1968 cerró debido a diversas razones de índole económica. Para muchos jóvenes de este lugar, Uviac es sinónimo de audacia, temor y adolescencia.

Por entrar como ladrones a ese galpón abandonado, por ser el lugar donde la rebeldía de romper en pedazos botellas vacías nos hacía un poco más grandes, por ser el sitio prohibido donde pitamos los primeros vicios humeantes, por correr a saltar ese paredón tan inatravesable, por el miedo a las posibles balas de un vecino que despertábamos en las medianoches previas a cualquier navidad con petardos “tumba rancho”, por esos pozos que juntaban ratones y albergaban lagartos (para nosotros cocodrilos de Hollywood), por atravesar el paso de los años y escuchar el estampido de botellas solitarias, abandonadas, inundadas por la humedad del tiempo, por creer que aún existe allí esa especie de mística que surca el paso de las horas de un reloj que se apagó a fines de los sesentas.

Ángela Malvestiti, tenía veinte años cuando comenzó a trabajar en la envasadora de la familia Gaddi. Ella cuenta aquellas labores: “Venían los camiones a cargar casi todas las semanas. Envasábamos en damajuanas, botellas de litro y de tres cuartos. El tren traía el vino y lo descargaban en el vinoducto de la estación de ferrocarril. Lo traían desde la provincia de San Juan. Después, eso lo hacían en camiones de la vinoteca que la familia tenía en esa provincia, donde fabricaban el vino”. Para cerrar, añade que “trabajábamos dos o tres días a la semana y cuando había stock parábamos, para después retomar cuando volvían los envases”.

El misterio del tubo vináceo

La historia la escuchamos de uno de los papás del grupo. Él nos contó que una vez casi lo atravesó desde la salida de la estación hasta la mitad, pero que no pudo seguir por la falta de oxígeno. La anécdota era más o menos así, pero lo que nos importaba, o me importaba en realidad, era el misterio que escondía ese tubo que recorre más de ciento ochenta metros desde uno de los galpones del ferrocarril, hasta la misma planta donde embotellaban la sangre de Cristo.

También hay una anécdota que cuenta que dos afamados “borrachos” del lugar se llevaron el vino viejo de unos barriles abandonados, hirvieron el contenido como para sacarle la picadura y se lo empinaron así a garganta pelada. Una vez, fuimos una tarde de domingo invernal y vimos un croto. En verdad, no lo vimos en persona. Pero por lo ruidos, dedujimos que sin duda ahí vivía un croto.

Hace poco volví a ese lugar tan incógnito, ese tubo transportador. Así como un reflejo paralelo  del desarrollo y caída de la historia del ferrocarril argentino, el pozo fue profanado y robaron el caño donde conectaban las mangueras transportadoras del líquido sanjuanino. Como hace cuarenta y cuatro años, y como hace casi dos décadas, Uviac sigue siempre igual. Con menos vidrios, botellas rotas y engranajes engranados, duros.

(de la edición Nº 7, mayo 2012)

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Fútbol y literatura en la Argentina

Mediante un repaso por las letras que reflejaron el deporte en sus interiores, el periodista deportivo Walter Vargas abre el juego para demostrar que la literatura de fútbol necesita un reconocimiento en los altares de las letras. 

Por Walter Vargas*
La relación entre fútbol e intelectuales y fútbol y literatura, viceversa, no es cosa de hace un año, ni de cinco, ni de diez. Ya en Rey Lear, de Shakespeare, hay una referencia futbolera en boca de Kent: ¡ni que te echen la zancadilla, mal jugador de fútbol! Francois Rebelais, en Gargantúa, alude a quien jugaba el balón con las manos como con los pies. Martin Heidegger, una suerte de revolucionario de la filosofía, se abstraía de Ser y Tiempo en apasionadas tardes de Bundesliga (era hincha del Hamburgo) y un significativo número de escritores célebres regalaron hermosas páginas futboleras en tiempos en los que los bienpensantes veían el fútbol con sorna, con franco desdén o en todo caso con menor valoración que al boxeo, más salvaje, sí, pero también, según encontraban, más estético y más, como decirlo, más ético.

Antonio Machado y León Felipe gestaron sendos poemas tributados al balompié, pero sin dudas dos de los más célebres pertenecen a Rafael Alberti y Miguel Hernández. Oda a Platklo, de Alberti, es un texto de cuño antológico: Porque volviste el pulso a la pelea/en el arco contrario el viento abrió una brecha. A su vez, Hernández contribuyó con su Elegía al guardameta, dedicada a Lolo, “sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela”, cuyo acto supremo y definitivo fue salvar su arco al precio de dar la cabeza contra un poste. Como un sexo femenino, abrió la ligereza del golpe una granada de tristeza/ aplaudieron tu fin por tu jugada/ Tu gorra, sin visera, de tu manida testa fue lanzada, como oreja tercera, al área que a tus pasos fue frontera/ Te arrancaron, cogido por la punta, el cabello del guante, si inofensiva garra, ya difunta.

En este confín del planeta abrevaron en la poética de la número 5 luminarias como Catulo Castillo, Julián Centeya, Manuel Mujica Lainez, Héctor Negro, César Fernández Moreno, Baldomero Fernández Moreno, Enrique González Tuñón, Humberto Costantini, entre otros, sin olvidar, desde luego, una verdadera joyita como Literatura de la pelota, ofrenda póstuma de Roberto Jorge Santoro antes de ser desaparecido por la dictadura militar que devastó a la Argentina en el período 1976/1983.
En materia de prosa futbolera han dejado testimonio popes del porte de Camilo José Cela, Horacio Quiroga, Henry de Montherlat, Rubem Fonseca, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Augusto Roa Bastos, Vladimir Nabokov, siguen firmas, pero si de nuestro país hablamos disponemos del excepcional póker que componen, en estricto orden alfabético, Rodolfo Braceli, Roberto Fontanarrosa, Juan Sasturain y Osvaldo Soriano. Nótese que Sasturain nació en 1945, que Braceli nació en 1940, que Fontanarrosa (el inobjetable Maradona del género) y Soriano constan en el infinito cósmico, pero los cuatro ya hacían genuina literatura futbolera cuando lejos estaba de avizorarse una expansión que se esbozó hacia finales del siglo XX y se consumó a comienzos del siglo en curso.

En mucho contribuyó, sería injusto omitirlo, la aparición de Ediciones Al Arco, un sello plenamente dedicado a textos vinculados con los deportes, fundado por los periodistas Julio Boccalatte y Marcos González Cézer. Pero igual de justo es reponer, en todo caso, que Ediciones Al Arco surgió y se consolidó como un vigoroso correlato de un viento de cola que interpeló prejuicios, estimuló a los indiferentes y liberó a quienes se sentían en posición de contar sus propias historias. Dicho de otro modo, el sello editorial autorizó a todo el mundo, aun cuando no todos publicaran en Al Arco. De esos años provienen el portentoso Eduardo Sacheri y unos cuantos autores más que, en última instancia, no hacen otra cosa que corresponder a la quintaesencia de su cultura. ¿Cuántos pilares identitarios gozarán, como el fútbol, de una savia de tan rozagante argentinidad?

Quedará por establecer el origen del viento de cola, y sus razones primigenias, si tales hubieran (¿el abierto reconocimiento del fútbol como un suceso de impregnación extraordinaria y su legitimación como fuente de divisas copiosas?), pero mientras elucidamos el asunto, lo justo y debido es disfrutar del existente. ¿Así que fútbol y literatura se han vuelto tan armónicos como madera y carpintería? Enhorabuena. Lo verdaderamente raro, y difícil de explicar, es por qué en nuestras tierras los libros de historia ignoran olímpicamente (valga el futbolismo) la influencia de un quehacer tan difundido, tan descomunal y tan fundante. Pero no vayan a creer. Ese día no debe de estar muy lejos**.

*Platense, trabaja en ESPN, agencia Télam, Diario Olé. Es autor de Regreso del llanto (Poesía, junto a J.L.Cutello, 1988), Perchas flojas (1991), Diccionario de equívocos (con Patricia Mercado, 2004), Noches de sal (2005) y Marchar hacia la espera (2007), Fútbol: opiniones y merodeos (Jugados, 1999), Del diario íntimo de un chico rubio (2004) y Fútbol Delivery (2007).

**Nota escrita para la revista de literatura de fútbol Centrofóbal  de Félix Mansilla y Francisco Clavenzani. Octubre 2012.