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Noche_de_luna_llena

El gris en las nubes

Por Félix Mansilla

Estábamos en el galpón, fumando bajo la lluvia y el ruido de las chapas se parecía a un teatro lleno de aplausos. Su sombra en las paredes se notaba triste. Hablaba del pasado como no queriendo analizar el presente, sin comprender el por qué de un sufrimiento de más de un trimestre de noches desveladas, sueños transpirados y días de treinta y cinco horas de ojos abiertos. Le dije que se calme, que espere la reacción, que desaparezca. Después, mientras hablaba con la cabeza baja y la pelada brillosa, pensé que era la misma conversación de hacía veinte noches atrás.

La lluvia lo hacía especial. Era un reencuentro especial, como en el pasado. Entre tanta tristeza le confesé que lo mejor de toda su situación tormentosa era el volver a estar juntos, conversando de noche como desde que somos amigos del jardín. Él sonrió y en su rostro tuvo un reflejo de una sonrisa postergada que me indicó el entendimiento. Volvió a su paquete de cigarrillos, me convidó sin mirar y acercó el cenicero verde de madera al rincón de la mesa más cercano a su mano derecha.

—¿Viste que lo pinté? —comenté apuntando al cenicero como queriendo cortar el aire.
—Es verdad. Mirá qué petitero quedó —dijo moviendo la cabeza, las cejas como una ola y alzando el índice derecho como para decir algo.
—Esperá. Vamos a afuera que acá hay más humo que…

En medio de la noche la madrugada se batía sospechosa, indescifrable. La temperatura no era la acostumbrada en un invierno lluvioso y agotador. Parado pero con la pera por el piso, se levantó y prefirió mirar el gris en las nubes. Ya no llovía tanto.

—Se va a cagar lloviendo de nuevo —murmuró despacio, mientras caló una pitada que expandió en el aire como el humo de una goma en ruta cortada. Se le notó nuevamente el lento paso del tiempo. Entramos al galpón. Se cruzó de piernas como un invitado de La biblia y el calefón y se despachó.

—¿Sabés una cosa? A veces siento como que todo lo que me pasa, en alguna parte de todo me hace bien ¿No sé por qué? muchas veces me pregunté por qué actué de ese modo, pero era, como hablé hace unos días con mi vieja, por el momento que yo estaba pasando. No sé. Creo que fue por eso, me sentía mal, sin ganas. Como que actuaba por costumbre.

Dejé que siga. Hice seña de seguí que yo te escucho y abrí la puerta para que entrara aire. La temperatura entró al espacio y el me retó diciendo “cerrá, entra un calor de feo”. Le hice caso y regresé a oírlo como un analista, con la vista en el tablero de las herramientas de mi abuelo. Ahora solo mencionaba las personas con las que habló del tema, contó algo que había pasado en la segunda parte de la relación y no sé que otra cosa que hizo que me calentara por eso de que se lo contó a dos tipos de sobremesa en una cena de esas que ninguno es blando y todos son más duros que un cafiyo.

—Sé que no es lo mejor que te puedo decir en un momento así. Ya te dije que lo mío no es llenarte la cabeza y mucho menos decirte qué es lo que tenés que hacer. Por ahí te duela lo que te voy a decir —anuncié y le hice seña de que fumemos otro, que esto viene para largo—. Le estás errando y actuando compulsivamente.

—Ya sé, tenés razón. Pero entendeme también.
—Obvio que te entiendo y banco a full, pero es hora que de que dejes de contar tu historia para que te digan que sos la víctima, cuando en realidad sos el malo de la película que se esconde detrás de un personaje bueno que le golpearon el corazón con agujeritos.
—No seas boludo. Venías bien, no la cagués —me retó con ansias de que vaya al grano.
—Bueno, entonces dejá de ponerte en la piel de un tipo lastimado. Igual te entiendo porque sos mi amigo.
—Yo también sé eso, pero…
—Pero no podés estar contando la historia para escuchar eso. Por ahí la mina no quiere que sigan juntos, es eso, es entendible. No quiero decirte que ya está, pero por ahí es eso lo que tenés que pensar. Imaginate que te pase a vos ¿Qué harías?
—Sería igual de perro. Pero es algo que no le conviene a ninguno de los dos. Me dice que no se siente bien, que está enojada con ella misma, aunque no puede perdonar.

Empezamos a debatir fuerte y preferí cambiar de tema. No daba el momento, lo supe. Igual salí con cualquiera.

—¿Te acordás cuando quedó embarazada la loca esta que ahora vive en Merlo? con tu hermano queríamos descifrar quién era el padre y decía: “Tenemos una pista. Si está embarazada es porque la puso”… —conté y nos reímos hasta que le volvió la pena y lo cubrió como con la capa que ponen los peluqueros para no ensuciarte con tu propia capacidad capilar—. Qué hijo de puta, cómo nos reímos con esa boludez que dijo. Che, ¿qué hora es?

—Uh, es re tarde. Mañana arranco a las ocho.
—Bueno, el último pucho y andate, mala gente.

Ya para ese entonces es como que hubiéramos arrancado el último bloque y hablamos de cualquier cosa. Del precio de un auto modelo 2000 no sé de qué marca, el culo de una pendeja — con el que coincidimos en que tenía “fecha de vencimiento”—. Después de fútbol y para rematarla, tiré un comentario sin importancia, algo así como que se le iban a ir los humos a la pendeja cuando se diera cuenta que no estaba tan camión como le hacían creer los buitres que se la querían comer con fritas.

Continué y ya no me paraba ni Perfumo. Él se aburrió al instante porque nada le importaba más que ella. Lo sentí, me di cuenta y apagué el pucho en el cenicero verde. Se levantó, tanteó el bolsillo —celular, encendedor, billetera— se desperezó y se sintió de nuevo el aire caliente que venía de afuera después de que abrí la puerta.

—Bueno, gracias, me fui.
—Andá, andá a dormir, pedazo de mal tipo.
—Eh, no seas así. Si vos sabés que me siento mal.
—Andá y dejá de llorar la nena por todos lados.
—Andá vos, mal amigo.
—Che, en serio: ¿Ya te vas?
—Sí.
—Bueno, llevame ésta —dije para que el final no fuese como en Casa Blanca.

Me miró e hizo seña como John Wayne, con sorna de don Juan, y el techo de estrellas nos dijo que no iba a llover ni por puta otra vez. Apagué la luz del galpón, iluminé el camino con el celular y chiflé el estribillo de Mariposa teknicolor.

Un gato blanco me asustó y cerré la puerta rápido en la parte que dice ‘se proyecta la vida’. Cuando me acosté un trueno muy trucho sonó flojo entre tanta nube gris. Por la ventana una leve luz se mezcló con mi frazada. Me di vuelta y pensé en mi amigo: tres meses y sin novedades en el frente.

E V PJ 2011

Qué mermelada, papá

El 3 de abril vuelve Pearl Jam. Luego de una despedida corta en 2011, la banda de Vedder & cía. se presentará en Costanera Sur. Aquí, crónica del paso por el Estadio Ciudad de La Plata, donde sonaron decenas de hits y las ganas de tocar para ese público tan adorable que somos.

Por Félix Mansilla*
Ver y escuchar a Pearl Jam es estar frente a una banda de rock madura, con tipos grandes que siguen disfrutando eso que planearon con veinte años, allá en los comienzos de los años 90. La tarde del 13 de noviembre en el Estadio Ciudad de La Plata, comenzó con una tranquila entrada por las decenas de ordenados accesos al lugar. Dos cacheos y toda la emoción de ir en busca de esa pequeña cosa que se dice y presenta como el show de una banda de rock. Convertido ya en género, el grunge de Pearl Jam aterrizó por segunda vez en el país, tras dos fogosos shows en Ferro y la sensación de que el back se haría realidad seis años más tarde, desde Seattle a Silver City.

Nada pareció casualidad y la banda telonera hizo que los pelos de punta comiencen a moverse entre una mezcla de ansias pregastadas y una cuenta regresiva interminable. X dejó un set cargado de pequeñas grandes canciones, derivadas de un postpunk con puntualidad inglesa. Como estaba anunciado, la formación a cargo de John Doe, inició el show 19:45. Luego de puro punk rock yankee sin escalas, la fruta fue el gesto de Vedder de subir a cantar el anteúltimo tema. A esta altura, con el Único casi lleno, las miles de almas supieron que lo bueno se venía sin prisa.

Volviendo a las cavernas ya

21:09 Pearl Jam estaba arriba de un austero escenario de luces perfectas, pantalla con las iniciales entre sombras y un sonido traído de otros lares. En las butacas y cabeceras, los ojos se fundían en mirar a cinco tipitos moviéndose a puro rock y con un campo que ardía como puñados de lombrices que se mueven al ritmo de un terremoto veloz.

Con un instrumental que se fundió entre aplausos y sombras, “Reléase” dio comienzo a un show interminable, cargado de hits y partes en las que la emoción se hizo carne entre los fanáticos. Siguieron “Go”, “Corduroy”, “Hail Hail”, “Given To Fly”, “The Fixer” y “Amongst The Waves”, como para ir afinando todo lo que luego vendría.

Con el mismo apuro que tiene alguien que no se quiere ir de la fiesta, Vedder comenzó con trabados diálogos y halagos para los seguidores argentinos y todos los que se acercaron al deleite. En las tribunas se agitaron banderas de todo el continente: Uruguay, Perú, Colombia y Venezuela. Eso, hizo sentir que la globalidad del mensaje musical no necesita traducciones, sino el sentir necesario para disfrutar el concepto claro de Pearl Jam. Un par de hits de la banda, se desplegaron, pero nada terminó ahí. “Immortality”, “Even Flow”, “You Are”, “Elderly Woman Behind the Counter in a Small Town”, “Lukin” y “Unthought Known”, hicieron que el temple se muestre finiquitado. Pero no fue así y los tracks de todos los discos de PJ, sonaron sin gastarse: Ten, VS, Yield, Vitalogy, No code, Backspacer, etc., etc.

La última semilla

Para la mayor alegría de los que comenzaron a escuchar Pearl Jam a partir del combate a través de sus letras, la inmortal “Do the Evolution”, hizo eco en las paredes del estadio, en la catedral y en la Autopista Bs. As La Plata. Entrelazaron grandes canciones que se ajustaron a la lista que compone la gira Twenty, gran producción audiovisual que intenta resumir dos décadas de creaciones inoxidables. “Wasted”, “Life Wasted”, “Jeremy”, “Porch”. En el medium del espectáculo, pareció un final. Los músicos descansaron apenas un pucho, pero la mermelada, comenzó otra vez: Just Breathe, Garden, Last Kiss (cover de Wayne Cochran), Supersonic, “I Believe In Miracles” de los Ramones, “State Of Love And Trust”, “Blood”. A esta altura, si todo terminaba allí, nadie se quejaría. Iban más de dos horas de show. Transpirados, emocionados y sacados, los PJ no pararon: “Smile”, “Mother” de Pink Floyd, bajó sobre el suelo y estadio fue un solo silencio.

Pasaron “Black”, “Better Man”, “Why Go”. Otra versión tomada fue “Alive” compactada con “Rockin’ in the Free World del legendario Neil Young. Todo un gran final: Vedder fumando sentado a pie del escenario y McCready terminando “Yellow Ledbetter”, mezclado y engachado a “Little Wing” de un tal Jimi Hendrix.

Con unas pocas palabras mal pronunciadas, Vedder nombró a cada músico de la banda y dejó claros guiños de ternura, amor y satisfacción. Desde el campo a todo el aro de gente, el aplauso se mezcló con gritos desgarradores de unas infinitas ¡Gracias, Pearl Jam!

(Crónica escrita para el diario de rock Degarage de la ciudad de La Plata. Publicada en diciembre de 2011)

*Lic. en Periodismo y Comunicación de la FPyCS de la UNLP.

 

ETIQUETA

Entrevero, un vino

Hace más de cuatro décadas una empresa de acá comercializaba un vino que llegaba a toda la región. Lo transportaban en tren desde San Juan hasta Salvador María, donde la envasadora Uviac finalizaba el etiquetado para llegar a todas las mesas familieras.

Por Félix Mansilla
Uviac fue la envasadora del vino Entrevero, propiedad de Virgilio Gaddi, que a partir del año 1961 comenzó a funcionar en Salvador María para llevar el cáliz a toda la región. Allí, trabajaron alrededor de diez empleados hasta que en 1968 cerró debido a diversas razones de índole económica. Para muchos jóvenes de este lugar, Uviac es sinónimo de audacia, temor y adolescencia.

Por entrar como ladrones a ese galpón abandonado, por ser el lugar donde la rebeldía de romper en pedazos botellas vacías nos hacía un poco más grandes, por ser el sitio prohibido donde pitamos los primeros vicios humeantes, por correr a saltar ese paredón tan inatravesable, por el miedo a las posibles balas de un vecino que despertábamos en las medianoches previas a cualquier navidad con petardos “tumba rancho”, por esos pozos que juntaban ratones y albergaban lagartos (para nosotros cocodrilos de Hollywood), por atravesar el paso de los años y escuchar el estampido de botellas solitarias, abandonadas, inundadas por la humedad del tiempo, por creer que aún existe allí esa especie de mística que surca el paso de las horas de un reloj que se apagó a fines de los sesentas.

Ángela Malvestiti, tenía veinte años cuando comenzó a trabajar en la envasadora de la familia Gaddi. Ella cuenta aquellas labores: “Venían los camiones a cargar casi todas las semanas. Envasábamos en damajuanas, botellas de litro y de tres cuartos. El tren traía el vino y lo descargaban en el vinoducto de la estación de ferrocarril. Lo traían desde la provincia de San Juan. Después, eso lo hacían en camiones de la vinoteca que la familia tenía en esa provincia, donde fabricaban el vino”. Para cerrar, añade que “trabajábamos dos o tres días a la semana y cuando había stock parábamos, para después retomar cuando volvían los envases”.

El misterio del tubo vináceo

La historia la escuchamos de uno de los papás del grupo. Él nos contó que una vez casi lo atravesó desde la salida de la estación hasta la mitad, pero que no pudo seguir por la falta de oxígeno. La anécdota era más o menos así, pero lo que nos importaba, o me importaba en realidad, era el misterio que escondía ese tubo que recorre más de ciento ochenta metros desde uno de los galpones del ferrocarril, hasta la misma planta donde embotellaban la sangre de Cristo.

También hay una anécdota que cuenta que dos afamados “borrachos” del lugar se llevaron el vino viejo de unos barriles abandonados, hirvieron el contenido como para sacarle la picadura y se lo empinaron así a garganta pelada. Una vez, fuimos una tarde de domingo invernal y vimos un croto. En verdad, no lo vimos en persona. Pero por lo ruidos, dedujimos que sin duda ahí vivía un croto.

Hace poco volví a ese lugar tan incógnito, ese tubo transportador. Así como un reflejo paralelo  del desarrollo y caída de la historia del ferrocarril argentino, el pozo fue profanado y robaron el caño donde conectaban las mangueras transportadoras del líquido sanjuanino. Como hace cuarenta y cuatro años, y como hace casi dos décadas, Uviac sigue siempre igual. Con menos vidrios, botellas rotas y engranajes engranados, duros.

(de la edición Nº 7, mayo 2012)

futbol literatura chillan

Fútbol y literatura en la Argentina

Mediante un repaso por las letras que reflejaron el deporte en sus interiores, el periodista deportivo Walter Vargas abre el juego para demostrar que la literatura de fútbol necesita un reconocimiento en los altares de las letras. 

Por Walter Vargas*
La relación entre fútbol e intelectuales y fútbol y literatura, viceversa, no es cosa de hace un año, ni de cinco, ni de diez. Ya en Rey Lear, de Shakespeare, hay una referencia futbolera en boca de Kent: ¡ni que te echen la zancadilla, mal jugador de fútbol! Francois Rebelais, en Gargantúa, alude a quien jugaba el balón con las manos como con los pies. Martin Heidegger, una suerte de revolucionario de la filosofía, se abstraía de Ser y Tiempo en apasionadas tardes de Bundesliga (era hincha del Hamburgo) y un significativo número de escritores célebres regalaron hermosas páginas futboleras en tiempos en los que los bienpensantes veían el fútbol con sorna, con franco desdén o en todo caso con menor valoración que al boxeo, más salvaje, sí, pero también, según encontraban, más estético y más, como decirlo, más ético.

Antonio Machado y León Felipe gestaron sendos poemas tributados al balompié, pero sin dudas dos de los más célebres pertenecen a Rafael Alberti y Miguel Hernández. Oda a Platklo, de Alberti, es un texto de cuño antológico: Porque volviste el pulso a la pelea/en el arco contrario el viento abrió una brecha. A su vez, Hernández contribuyó con su Elegía al guardameta, dedicada a Lolo, “sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela”, cuyo acto supremo y definitivo fue salvar su arco al precio de dar la cabeza contra un poste. Como un sexo femenino, abrió la ligereza del golpe una granada de tristeza/ aplaudieron tu fin por tu jugada/ Tu gorra, sin visera, de tu manida testa fue lanzada, como oreja tercera, al área que a tus pasos fue frontera/ Te arrancaron, cogido por la punta, el cabello del guante, si inofensiva garra, ya difunta.

En este confín del planeta abrevaron en la poética de la número 5 luminarias como Catulo Castillo, Julián Centeya, Manuel Mujica Lainez, Héctor Negro, César Fernández Moreno, Baldomero Fernández Moreno, Enrique González Tuñón, Humberto Costantini, entre otros, sin olvidar, desde luego, una verdadera joyita como Literatura de la pelota, ofrenda póstuma de Roberto Jorge Santoro antes de ser desaparecido por la dictadura militar que devastó a la Argentina en el período 1976/1983.
En materia de prosa futbolera han dejado testimonio popes del porte de Camilo José Cela, Horacio Quiroga, Henry de Montherlat, Rubem Fonseca, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Augusto Roa Bastos, Vladimir Nabokov, siguen firmas, pero si de nuestro país hablamos disponemos del excepcional póker que componen, en estricto orden alfabético, Rodolfo Braceli, Roberto Fontanarrosa, Juan Sasturain y Osvaldo Soriano. Nótese que Sasturain nació en 1945, que Braceli nació en 1940, que Fontanarrosa (el inobjetable Maradona del género) y Soriano constan en el infinito cósmico, pero los cuatro ya hacían genuina literatura futbolera cuando lejos estaba de avizorarse una expansión que se esbozó hacia finales del siglo XX y se consumó a comienzos del siglo en curso.

En mucho contribuyó, sería injusto omitirlo, la aparición de Ediciones Al Arco, un sello plenamente dedicado a textos vinculados con los deportes, fundado por los periodistas Julio Boccalatte y Marcos González Cézer. Pero igual de justo es reponer, en todo caso, que Ediciones Al Arco surgió y se consolidó como un vigoroso correlato de un viento de cola que interpeló prejuicios, estimuló a los indiferentes y liberó a quienes se sentían en posición de contar sus propias historias. Dicho de otro modo, el sello editorial autorizó a todo el mundo, aun cuando no todos publicaran en Al Arco. De esos años provienen el portentoso Eduardo Sacheri y unos cuantos autores más que, en última instancia, no hacen otra cosa que corresponder a la quintaesencia de su cultura. ¿Cuántos pilares identitarios gozarán, como el fútbol, de una savia de tan rozagante argentinidad?

Quedará por establecer el origen del viento de cola, y sus razones primigenias, si tales hubieran (¿el abierto reconocimiento del fútbol como un suceso de impregnación extraordinaria y su legitimación como fuente de divisas copiosas?), pero mientras elucidamos el asunto, lo justo y debido es disfrutar del existente. ¿Así que fútbol y literatura se han vuelto tan armónicos como madera y carpintería? Enhorabuena. Lo verdaderamente raro, y difícil de explicar, es por qué en nuestras tierras los libros de historia ignoran olímpicamente (valga el futbolismo) la influencia de un quehacer tan difundido, tan descomunal y tan fundante. Pero no vayan a creer. Ese día no debe de estar muy lejos**.

*Platense, trabaja en ESPN, agencia Télam, Diario Olé. Es autor de Regreso del llanto (Poesía, junto a J.L.Cutello, 1988), Perchas flojas (1991), Diccionario de equívocos (con Patricia Mercado, 2004), Noches de sal (2005) y Marchar hacia la espera (2007), Fútbol: opiniones y merodeos (Jugados, 1999), Del diario íntimo de un chico rubio (2004) y Fútbol Delivery (2007).

**Nota escrita para la revista de literatura de fútbol Centrofóbal  de Félix Mansilla y Francisco Clavenzani. Octubre 2012.