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ETIQUETA

Entrevero, un vino

Hace más de cuatro décadas una empresa de acá comercializaba un vino que llegaba a toda la región. Lo transportaban en tren desde San Juan hasta Salvador María, donde la envasadora Uviac finalizaba el etiquetado para llegar a todas las mesas familieras.

Por Félix Mansilla
Uviac fue la envasadora del vino Entrevero, propiedad de Virgilio Gaddi, que a partir del año 1961 comenzó a funcionar en Salvador María para llevar el cáliz a toda la región. Allí, trabajaron alrededor de diez empleados hasta que en 1968 cerró debido a diversas razones de índole económica. Para muchos jóvenes de este lugar, Uviac es sinónimo de audacia, temor y adolescencia.

Por entrar como ladrones a ese galpón abandonado, por ser el lugar donde la rebeldía de romper en pedazos botellas vacías nos hacía un poco más grandes, por ser el sitio prohibido donde pitamos los primeros vicios humeantes, por correr a saltar ese paredón tan inatravesable, por el miedo a las posibles balas de un vecino que despertábamos en las medianoches previas a cualquier navidad con petardos “tumba rancho”, por esos pozos que juntaban ratones y albergaban lagartos (para nosotros cocodrilos de Hollywood), por atravesar el paso de los años y escuchar el estampido de botellas solitarias, abandonadas, inundadas por la humedad del tiempo, por creer que aún existe allí esa especie de mística que surca el paso de las horas de un reloj que se apagó a fines de los sesentas.

Ángela Malvestiti, tenía veinte años cuando comenzó a trabajar en la envasadora de la familia Gaddi. Ella cuenta aquellas labores: “Venían los camiones a cargar casi todas las semanas. Envasábamos en damajuanas, botellas de litro y de tres cuartos. El tren traía el vino y lo descargaban en el vinoducto de la estación de ferrocarril. Lo traían desde la provincia de San Juan. Después, eso lo hacían en camiones de la vinoteca que la familia tenía en esa provincia, donde fabricaban el vino”. Para cerrar, añade que “trabajábamos dos o tres días a la semana y cuando había stock parábamos, para después retomar cuando volvían los envases”.

El misterio del tubo vináceo

La historia la escuchamos de uno de los papás del grupo. Él nos contó que una vez casi lo atravesó desde la salida de la estación hasta la mitad, pero que no pudo seguir por la falta de oxígeno. La anécdota era más o menos así, pero lo que nos importaba, o me importaba en realidad, era el misterio que escondía ese tubo que recorre más de ciento ochenta metros desde uno de los galpones del ferrocarril, hasta la misma planta donde embotellaban la sangre de Cristo.

También hay una anécdota que cuenta que dos afamados “borrachos” del lugar se llevaron el vino viejo de unos barriles abandonados, hirvieron el contenido como para sacarle la picadura y se lo empinaron así a garganta pelada. Una vez, fuimos una tarde de domingo invernal y vimos un croto. En verdad, no lo vimos en persona. Pero por lo ruidos, dedujimos que sin duda ahí vivía un croto.

Hace poco volví a ese lugar tan incógnito, ese tubo transportador. Así como un reflejo paralelo  del desarrollo y caída de la historia del ferrocarril argentino, el pozo fue profanado y robaron el caño donde conectaban las mangueras transportadoras del líquido sanjuanino. Como hace cuarenta y cuatro años, y como hace casi dos décadas, Uviac sigue siempre igual. Con menos vidrios, botellas rotas y engranajes engranados, duros.

(de la edición Nº 7, mayo 2012)

futbol literatura chillan

Fútbol y literatura en la Argentina

Mediante un repaso por las letras que reflejaron el deporte en sus interiores, el periodista deportivo Walter Vargas abre el juego para demostrar que la literatura de fútbol necesita un reconocimiento en los altares de las letras. 

Por Walter Vargas*
La relación entre fútbol e intelectuales y fútbol y literatura, viceversa, no es cosa de hace un año, ni de cinco, ni de diez. Ya en Rey Lear, de Shakespeare, hay una referencia futbolera en boca de Kent: ¡ni que te echen la zancadilla, mal jugador de fútbol! Francois Rebelais, en Gargantúa, alude a quien jugaba el balón con las manos como con los pies. Martin Heidegger, una suerte de revolucionario de la filosofía, se abstraía de Ser y Tiempo en apasionadas tardes de Bundesliga (era hincha del Hamburgo) y un significativo número de escritores célebres regalaron hermosas páginas futboleras en tiempos en los que los bienpensantes veían el fútbol con sorna, con franco desdén o en todo caso con menor valoración que al boxeo, más salvaje, sí, pero también, según encontraban, más estético y más, como decirlo, más ético.

Antonio Machado y León Felipe gestaron sendos poemas tributados al balompié, pero sin dudas dos de los más célebres pertenecen a Rafael Alberti y Miguel Hernández. Oda a Platklo, de Alberti, es un texto de cuño antológico: Porque volviste el pulso a la pelea/en el arco contrario el viento abrió una brecha. A su vez, Hernández contribuyó con su Elegía al guardameta, dedicada a Lolo, “sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela”, cuyo acto supremo y definitivo fue salvar su arco al precio de dar la cabeza contra un poste. Como un sexo femenino, abrió la ligereza del golpe una granada de tristeza/ aplaudieron tu fin por tu jugada/ Tu gorra, sin visera, de tu manida testa fue lanzada, como oreja tercera, al área que a tus pasos fue frontera/ Te arrancaron, cogido por la punta, el cabello del guante, si inofensiva garra, ya difunta.

En este confín del planeta abrevaron en la poética de la número 5 luminarias como Catulo Castillo, Julián Centeya, Manuel Mujica Lainez, Héctor Negro, César Fernández Moreno, Baldomero Fernández Moreno, Enrique González Tuñón, Humberto Costantini, entre otros, sin olvidar, desde luego, una verdadera joyita como Literatura de la pelota, ofrenda póstuma de Roberto Jorge Santoro antes de ser desaparecido por la dictadura militar que devastó a la Argentina en el período 1976/1983.
En materia de prosa futbolera han dejado testimonio popes del porte de Camilo José Cela, Horacio Quiroga, Henry de Montherlat, Rubem Fonseca, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Augusto Roa Bastos, Vladimir Nabokov, siguen firmas, pero si de nuestro país hablamos disponemos del excepcional póker que componen, en estricto orden alfabético, Rodolfo Braceli, Roberto Fontanarrosa, Juan Sasturain y Osvaldo Soriano. Nótese que Sasturain nació en 1945, que Braceli nació en 1940, que Fontanarrosa (el inobjetable Maradona del género) y Soriano constan en el infinito cósmico, pero los cuatro ya hacían genuina literatura futbolera cuando lejos estaba de avizorarse una expansión que se esbozó hacia finales del siglo XX y se consumó a comienzos del siglo en curso.

En mucho contribuyó, sería injusto omitirlo, la aparición de Ediciones Al Arco, un sello plenamente dedicado a textos vinculados con los deportes, fundado por los periodistas Julio Boccalatte y Marcos González Cézer. Pero igual de justo es reponer, en todo caso, que Ediciones Al Arco surgió y se consolidó como un vigoroso correlato de un viento de cola que interpeló prejuicios, estimuló a los indiferentes y liberó a quienes se sentían en posición de contar sus propias historias. Dicho de otro modo, el sello editorial autorizó a todo el mundo, aun cuando no todos publicaran en Al Arco. De esos años provienen el portentoso Eduardo Sacheri y unos cuantos autores más que, en última instancia, no hacen otra cosa que corresponder a la quintaesencia de su cultura. ¿Cuántos pilares identitarios gozarán, como el fútbol, de una savia de tan rozagante argentinidad?

Quedará por establecer el origen del viento de cola, y sus razones primigenias, si tales hubieran (¿el abierto reconocimiento del fútbol como un suceso de impregnación extraordinaria y su legitimación como fuente de divisas copiosas?), pero mientras elucidamos el asunto, lo justo y debido es disfrutar del existente. ¿Así que fútbol y literatura se han vuelto tan armónicos como madera y carpintería? Enhorabuena. Lo verdaderamente raro, y difícil de explicar, es por qué en nuestras tierras los libros de historia ignoran olímpicamente (valga el futbolismo) la influencia de un quehacer tan difundido, tan descomunal y tan fundante. Pero no vayan a creer. Ese día no debe de estar muy lejos**.

*Platense, trabaja en ESPN, agencia Télam, Diario Olé. Es autor de Regreso del llanto (Poesía, junto a J.L.Cutello, 1988), Perchas flojas (1991), Diccionario de equívocos (con Patricia Mercado, 2004), Noches de sal (2005) y Marchar hacia la espera (2007), Fútbol: opiniones y merodeos (Jugados, 1999), Del diario íntimo de un chico rubio (2004) y Fútbol Delivery (2007).

**Nota escrita para la revista de literatura de fútbol Centrofóbal  de Félix Mansilla y Francisco Clavenzani. Octubre 2012.